Mariana odió el libro dramático que leyó. Y como castigo, el libro la teletransporta dentro de la historia. dónde ahora es la protagonista muda y tonta.
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Capitulo 19
La casa del duque se encontraba en silencio esa mañana, no el silencio cómodo de descanso, sino uno más contenido, donde cada persona seguía su rutina sin cruzarse demasiado con los demás; la puerta de la habitación de Bruno estaba entreabierta, la luz entraba sin obstáculos, y él permanecía de pie frente al espejo, con una calma que no había tenido en días.
Había pasado la noche sin fiebre, sin ese peso en el cuerpo que lo obligaba a quedarse en la cama, y ahora, con la mente más despejada, pudo mirarse con atención, sin evitarlo, sin apartar la vista; acercó un poco el rostro, observando su piel, tocando con la yema de los dedos algunas zonas donde antes las marcas eran más visibles.
—Esto… —murmuró para sí mismo.
Giró ligeramente el rostro hacia un lado y luego al otro, examinando con detalle, la inflamación había bajado, el tono de su piel se veía más uniforme, las marcas del acné se habían reducido de forma evidente, no era un cambio completo, pero era claro.
—La medicina está funcionando de diferente manera.
Se alejó apenas, manteniendo la mirada fija en el reflejo, luego bajó la vista hacia su propio cuerpo, sus manos pasaron por el torso con lentitud, notando lo que ya sabía, lo delgado que se había vuelto en las últimas semanas.
—Esto no está bien.
No lo dijo con queja, lo dijo con una decisión que no había expresado antes, sus hombros se tensaron, no por debilidad, sino por un intento de sostenerse de otra manera.
—No voy a seguir así.
Se sostuvo de la mesa cercana, como si afirmara lo que acababa de decir.
—Ni por Fátima, ni por nadie.
Respiró más profundo, levantó la cabeza otra vez, su mirada ya no se movía con duda, se mantuvo fija.
—Voy a cambiar esto.
No levantó la voz, pero tampoco dejó espacio para vacilar, se giró hacia el ropero, abrió las puertas, observando la ropa que tenía, todo ordenado, todo en su lugar, pero sin reflejar realmente lo que quería ser.
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Mientras tanto, en la antigua casa del conde Ernesto, ahora bajo el control total de Gisela, el ambiente también había cambiado, ya no había presencia de quienes antes ocupaban espacios sin permiso, las habitaciones estaban reorganizadas, los objetos colocados con intención, y cada rincón reflejaba una decisión tomada sin interferencias.
En una de las salas principales, Gisela se encontraba sentada frente al abogado, una mesa entre ambos, con una bandeja de té cuidadosamente servida, la conversación llevaba un tiempo, sin tensión, pero con un tono serio.
—Entonces, el caso está cerrado —dijo Gisela, sirviendo una taza.
El abogado asintió.
—No hay más revisiones pendientes, todo quedó registrado.
Gisela deslizó la taza hacia él.
—Gracias por todo.
Él tomó la taza, sin apartar la mirada de ella.
—No fue nada fuera de lo que correspondía.
—Para mí lo fue —respondió ella—, no cualquiera se toma el tiempo.
El abogado bebió un poco de té.
—Usted necesitaba que las cosas se hicieran bien.
Gisela sostuvo su mirada.
—Y usted lo hizo.
Él dejó la taza sobre la mesa.
—Porque había razones.
Gisela inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Razones?
—Sí —respondió—, no parecía alguien buscando ventaja, parecía alguien recuperando lo que le pertenecía.
Gisela no respondió de inmediato, sus dedos se apoyaron sobre la mesa con suavidad.
—Fue un proceso largo.
—Se notaba.
—Hubo momentos en los que pensé que no iba a lograrlo. Me humillaba en mi propia casa.
El abogado la observó con más atención.
—Pero no se detuvo.
Gisela negó suavemente.
—No podía.
El silencio entre ambos no fue incómodo, al contrario, se sostuvo con naturalidad, como si no necesitaran llenar cada espacio con palabras.
—Ahora todo está en orden —añadió él.
—Sí.
—Y bajo su control.
Gisela asintió.
—Como debía ser.
El abogado tomó la taza otra vez, pero no bebió, la sostuvo unos segundos.
—Aún quedan asuntos menores.
Gisela lo miró.
—¿Menores?
—Registros, ajustes, algunos documentos que deben actualizarse.
—Entonces tendrá que volver.
El abogado permitió una leve sonrisa.
—Si usted lo permite.
Gisela sostuvo su mirada, sin cambiar la expresión.
—La puerta está abierta.
Él dejó la taza nuevamente, se puso de pie con calma.
—Entonces vendré cuando tenga un espacio.
Gisela también se levantó.
—Lo esperaré.
Caminaron juntos hacia la entrada, sin prisa, sin necesidad de apresurar el momento, al llegar a la puerta, el abogado se detuvo, girando hacia ella.
—Ha sido un gusto trabajar con usted.
Gisela inclinó la cabeza apenas.
—El gusto es mío.
El hombre tomó su mano con cuidado, elevándola con respeto, y dejó un beso breve en ella.
—Nos veremos pronto.
Gisela no retiró la mano de inmediato.
—Así será.
El abogado soltó su mano, dio un paso atrás, y salió de la casa, el carruaje ya lo esperaba, subió sin mirar atrás de inmediato, pero antes de que la puerta se cerrara, volvió la vista un segundo.
Gisela seguía en la entrada.
No hizo ningún gesto exagerado, solo sostuvo la mirada.
Luego el carruaje partió.
Gisela permaneció en su lugar unos segundos más, luego cerró la puerta con calma, apoyando la mano sobre la madera.
—Todo en su tiempo.
No había apuro en su voz.
Se giró y caminó hacia el interior de la casa, sus pasos firmes, sin dudas, cada decisión que había tomado la había llevado a ese punto, y ahora no tenía intención de soltarlo.
Es inteligente y sensata y buena persona 🥰🥰