Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo XX Es hora de que tengan un heredero
Punto de vista de Alexander
El silencio en la suite era tan denso que podía escuchar el tictac de mi propio reloj. Me deshice de la camisa y observé la inmensa cama matrimonial. No iba a pasar otra noche en ese sillón; mi espalda no lo resistiría y, más importante aún, mi orgullo no me lo permitía. Si íbamos a vivir bajo el techo de mi abuelo, la farsa tenía que ser absoluta.
—Dormiré aquí —sentencié, señalando el lado derecho del colchón—. Mañana volvemos a la ciudad y el abuelo fue muy claro: quiere que nos instalemos en la mansión Volkov de inmediato.
Tenemos que acostumbrarnos a compartir espacios, Isabella. No podemos permitir que el servicio o mi familia noten que somos dos extraños compartiendo una habitación.
Vi cómo ella tragaba saliva. Estaba sentada al borde de la cama, envuelta en un pijama de seda que, aunque era elegante, la hacía ver pequeña y vulnerable.
—Está bien —respondió en un susurro—. Es lo lógico.
Apagué las luces, dejando que solo la luz de la luna que entraba por el ventanal iluminara la estancia. Me deslicé bajo las sábanas, manteniendo una distancia prudencial, pero el calor que emanaba su cuerpo era como un imán. Ella estaba rígida, casi sin respirar, pegada al borde opuesto de la cama.
—No voy a morderte —dije en la oscuridad, con una voz más suave de lo que pretendía—. A menos que me des una razón para hacerlo.
—No es eso —contestó ella, y pude notar el temblor en su voz—. Es solo que... todo está cambiando demasiado rápido.
Me giré hacia su lado, apoyando la cabeza en mi mano. En la penumbra, sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y algo que no supe identificar.
—Mañana empieza el verdadero juego —continué—. En la mansión no habrá escapatoria. Mi abuelo es un experto en detectar mentiras, y Claudia... ella estará buscando cualquier grieta para destruirte. Necesito saber que estás conmigo en esto, Isabella.
—Estoy contigo, Alexander. No tengo otra opción —dijo ella, y por un momento me pareció detectar una profunda tristeza en sus palabras.
Me quedé observándola hasta que sus ojos se cerraron por el cansancio. El nombre "Elena" y la llamada del doctor seguían rondando mi cabeza, pero esa noche, mientras escuchaba su respiración calmarse, decidí que la investigación podía esperar unas horas. Quería disfrutar de esa paz extraña que sentía a su lado, una paz que nunca había experimentado con nadie más.
Punto de Vista: Elena
Sentir el peso de Alexander al otro lado del colchón era una tortura de nervios. Cada vez que él se movía, mi corazón daba un vuelco. Estaba en la cama con el hombre que legalmente era mi esposo, pero que en realidad era el dueño de mi destino.
"Mañana en la mansión...", pensé con terror.
Vivir en la mansión Volkov significaba estar bajo la lupa las veinticuatro horas del día. Significaba que ya no podría esconderme. Pero lo que más me asustaba no era el abuelo Dimitri ni la envidiosa Claudia; era el hecho de que, en la oscuridad de la noche, el aroma de Alexander y su presencia me hacían sentir extrañamente protegida.
Cerré los ojos con fuerza, obligándome a recordar por qué estaba aquí. Lo hago por mamá. Solo por ella. Pero mientras el sueño me vencía, una parte de mí temía que, al despertar en esa mansión, la línea entre Elena e Isabella se borrara tanto que terminara perdiéndome a mí misma en los brazos del hombre que se suponía debía odiar.
Al día siguiente volvimos a la ciudad, al llegar a la mansión Valkov Alexander mantenía su mano firmemente apoyada en mi cintura mientras subíamos las escalinatas de la entrada. Su toque era posesivo, una señal para los guardias y el servicio de que yo era su territorio. Al cruzar el umbral, el silencio sepulcral de la casa fue roto por la voz profunda de Dimitri Volkov, quien nos esperaba en el gran salón, sentado en su sillón de cuero como un rey en su trono.
—Bienvenidos a casa —dijo Dimitri, aunque sus ojos no mostraban calidez, sino una inspección minuciosa—. Espero que la luna de miel haya servido para... limar asperezas.
—Fue productiva, abuelo —respondió Alexander con una brevedad profesional.
Cenamos bajo la mirada vigilante de Claudia, quien permanecía de pie a un lado de Dimitri, anotando cosas en una tablet, pero lanzándome miradas que pretendían desollarme viva. El ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica hasta que Dimitri dejó su copa de vino sobre la mesa y nos miró a ambos con una seriedad que me heló la sangre.
—Alexander, Isabella... —comenzó el patriarca—. Este matrimonio se realizó por una razón específica: la estabilidad de ambas familias y la continuidad de nuestro legado. He sido paciente, pero a mi edad, la paciencia es un lujo que no puedo permitirme.
Alexander se tensó a mi lado. Yo apreté los cubiertos con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos.
—¿A dónde quieres llegar, abuelo? —preguntó Alexander, aunque sabía perfectamente la respuesta.
—Quiero saber para cuándo llegará el bisnieto. Necesito un heredero, alguien que asegure que la sangre Volkov y la fortuna Castillo no se dispersen en manos de abogados cuando yo ya no esté. No espero que sea hoy, pero espero que sea pronto.
El silencio que siguió fue asfixiante. Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. ¿Un hijo? Mi mente voló de inmediato a mi madre, a la clínica, a la farsa en la que estaba metida. Tener un hijo con Alexander significaba encadenarme para siempre a esta mentira, a una identidad que no era la mía. Significaba que mi hijo nacería de un engaño.
—Abuelo, acabamos de llegar —intervino Alexander, y por primera vez sentí que su voz tenía un tono defensivo hacia mí—. Es un tema que Isabella y yo discutiremos en privado.
—No hay nada que discutir, Alexander —replicó Dimitri con frialdad—. Es una obligación. Isabella, tú siempre has sido una mujer... activa. Supongo que no será un problema para ti cumplir con este deber, a menos que haya algo que me estés ocultando sobre tu salud.
Claudia soltó una pequeña risa burlona, que ocultó rápidamente tras una tos fingida. Yo levanté la mirada, encontrándome con los ojos grises de Alexander. Él me observaba, esperando mi reacción, buscando quizás esa chispa de rebeldía de la verdadera Isabella o la fragilidad que vio en la playa.
—Nuestra prioridad ahora es adaptarnos a esta nueva vida, señor Volkov —dije, tratando de que mi voz no temblara—. Un niño merece un hogar estable, no un contrato. Y Alexander y yo aún estamos... construyendo esa estabilidad.
Alexander me miró sorprendido. No era la respuesta de una heredera que solo quería gastar dinero, era la respuesta de una mujer que valoraba la familia. Dimitri entrecerró los ojos, analizando mis palabras.
—Construyan rápido —sentenció el viejo—. No me gusta esperar.
Esa noche, al subir a la habitación, el peso de la petición de Dimitri colgaba sobre nosotros como una guillotina. Alexander cerró la puerta y me miró fijamente.
—Mi abuelo no bromea —dijo en voz baja—. Y ahora que lo ha dicho en voz alta, no dejará de presionarnos.
—No puedo tener un hijo contigo, Alexander —solté, antes de que pudiera contenerme.
Él dio un paso hacia mí, con una expresión que mezclaba la rabia con una curiosidad dolorosa.
—¿Por qué? ¿Porque todavía estás pensando en ese doctor? ¿O porque tienes miedo de que un hijo te quite tu preciada libertad?
La pregunta quedó flotando en el aire, recordándome que, aunque estuviéramos en la mansión más lujosa del mundo, yo seguía caminando sobre un campo minado.
ojalá no bajen la Guardia