La chica invisible del colegio soporta el bullying del más lindo hasta que él se enamora de ella por celos, que pasará con ellos???
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Capítulo 8: La esquina
El viernes no hubo Historia porque la profe tenía mesa de examen en otra escuela. A la salida, Thiago me esperó en la puerta del aula. No dijo nada, solo levantó las cejas como preguntando. Yo asentí. Caminamos hasta la biblioteca sin hablar.
Alicia nos miró cuando entramos juntos y levantó una ceja pero no dijo nada. Nos sentamos en la mesa del fondo, la mía. Thiago sacó el libro de Lengua y lo dejó abierto en la página de Pizarnik. Yo saqué el cuaderno.
—Tenemos que elegir tres poemas y hacer un análisis —dije.
—Elegí vos —contestó él—. Yo no entiendo nada de poesía.
—¿Y entonces para qué me pediste hacer el trabajo con vos?
Se encogió de hombros. —Para hacer el trabajo con vos.
Me puse colorada y bajé la vista al libro. Leímos “La jaula se ha vuelto pájaro”. Thiago frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir eso?
—Que lo que te encierra te termina cambiando —dije sin pensar—. O que vos te volvés lo que odiás. No sé.
—Vos sabés.
—No siempre.
Se quedó mirando el poema. Después dijo: —Yo me sentía así cuando te decía Cuatro ojos. Como si tuviera que decirlo para que Ramiro no me dijera cagón. Y después me sentía como el orto.
Lo miré. —¿Por qué me lo contás?
—Porque me preguntaste la otra vez qué quiero. Y no sé explicarlo bien. Pero eso. Que me sentía encerrado en decirte cosas para que no se rieran de mí. Y ahora me siento encerrado en no decirte nada para no cagarla.
No supe qué contestar. Subrayé una línea del poema y me tembló la mano.
—Elegí este —le dije—. Y “El deseo de la palabra” y “El despertar”.
—Bueno.
Trabajamos una hora. Él copiaba lo que yo le dictaba y cada tanto decía “esto suena re careta” y yo le contestaba “es poesía, Benítez”. Dos veces me rozó la mano sin querer cuando me pasó el lápiz y las dos veces la sacó rápido como si quemara.
Cuando Alicia dijo “chicos, en diez minutos cierro”, Thiago cerró el cuaderno.
—¿Terminamos en tu casa? —preguntó.
Me quedé helada. —No.
—No para nada raro —dijo rápido, y se le puso la cara colorada—. Para terminar el trabajo. Mi casa está vacía hasta las ocho. Mi vieja trabaja y mi viejo no llega.
—No.
—Bueno.
Guardé las cosas. Él también. Salimos juntos.
En la puerta de la biblioteca Santiago estaba hablando con Valentina. Nos vio y levantó la mano. —Che, Ríos, ¿mañana traés el resumen?
—Sí —le dije.
Thiago no dijo nada. Caminó al lado mío hasta el portón. Ahí se frenó.
—¿Te acompaño? —preguntó.
—Vivo a tres cuadras.
—Ya sé. ¿Te acompaño?
—Bueno.
Fuimos en silencio. Cuando llegamos a la esquina de mi casa me frené.
—Acá vivo.
—Ya sé.
—Bueno. Chau.
—Chau.
Dio media vuelta y después se frenó.
—Ríos.
—¿Qué?
—El beso en el baño fue mal porque no sabía qué hacía. —Lo dijo rápido, como si lo hubiera ensayado—. Si te lo doy de vuelta no va a ser mal.
Me quedé mirándolo con la mochila colgando de un hombro.
—Te dije que no lo hagas si no sabés por qué lo hacés —le contesté.
—No es que no sé. Es que me da miedo cagarla otra vez.
No me moví. Él tampoco.
—Entonces no lo hagas —le dije.
Asintió. —Bueno.
Se fue. Tres pasos después se dio vuelta otra vez.
—Pero quiero —dijo.
Y se fue corriendo antes de que yo contestara.
Esa noche no hice la trenza. Me dejé el pelo suelto y me acosté con los anteojos puestos hasta que mamá me gritó que me los sacara. En el cuaderno de Lengua, abajo de “el viernes”, escribí “quiere” y no puse el signo de pregunta.
El sábado me mandó un mensaje al Instagram. No teníamos el número del otro. “Terminamos el trabajo el lunes?”
Le contesté: “Sí.”
Me puso: “bueno”.
Y después, cinco minutos después: “me gusta tu trenza floja”.
No le contesté. Pero me guardé el mensaje y lo leí tres veces antes de dormirme.
me gustaría una segunda parte
si quisiera saber de Lautaro pero que no intervenga en la vida de ellos el ya fue historia