Tu nombre en mi pasado
En la ciudad de Vareth, donde el poder se mueve en silencio y la lealtad se paga con sangre, Adrián Voss vive atrapado en un pasado que nunca logró enterrar.
Años después de la muerte de su padre, una sola pista aparece de la nada: un nombre que no debería existir… Elena Rivas.
Ella es todo lo que no encaja en su mundo: tranquila, normal, aparentemente ajena a la oscuridad que domina la ciudad. Pero en Vareth, nadie es inocente… y nadie aparece por casualidad.
Mientras Adrián se acerca a ella buscando respuestas, lo que encuentra es algo mucho más peligroso: una conexión que no entiende, una atracción que no puede controlar… y un secreto que podría destruirlos a los dos.
Porque alguien más ya los está observando.
Y esta vez…
el pasado no viene a recordarse.
Viene a cobrarse.
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Donde empieza la verdad
La trampilla se cerró sobre sus cabezas con un golpe seco.
Y entonces…
oscuridad.
No una oscuridad cualquiera.
Era espesa.
Cerrada.
Como si el aire mismo fuera más denso ahí abajo.
Elena fue la primera en reaccionar.
—No veo nada…
Su voz sonó más baja de lo normal, absorbida por las paredes húmedas del túnel.
Un clic.
Una luz tenue apareció.
Mateo sostenía una linterna pequeña, suficiente para revelar un pasillo estrecho de concreto, con tuberías oxidadas recorriendo el techo y agua filtrándose en algunos puntos.
Cada gota que caía…
retumbaba.
—Sigan de cerca —dijo él.
Adrián bajó último, cerrando completamente la trampilla por dentro.
El sonido del exterior desapareció.
Pero no la sensación de peligro.
Esa… los había seguido.
El túnel olía a humedad y metal viejo. El suelo estaba irregular, con zonas resbalosas y otras cubiertas de polvo seco. Era evidente que no era un lugar hecho para el tránsito constante… pero tampoco estaba abandonado del todo.
Elena caminaba con cuidado, apoyando una mano en la pared para no perder el equilibrio.
—¿Esto a dónde lleva? —preguntó.
Mateo no se detuvo.
—A varios lugares.
—Eso no responde nada.
—Eso es lo que lo hace útil.
Silencio.
Adrián caminaba detrás de ella.
Más atento a ella que al camino.
—Cuidado —murmuró, cuando vio que Elena resbaló ligeramente.
Ella recuperó el equilibrio.
—Estoy bien.
Pero no lo estaba.
No del todo.
Y él lo sabía.
Pasaron unos minutos en silencio.
Solo pasos.
Respiración.
Gotas.
Hasta que el túnel se abrió un poco más, dando paso a una especie de cámara subterránea más amplia. Había estructuras antiguas, restos de maquinaria oxidada… y algo más.
Paredes marcadas.
Con símbolos.
Elena se detuvo.
—Esos signos… los vi arriba.
Mateo levantó la linterna.
La luz reveló mejor las marcas.
No eran aleatorias.
Eran patrones.
—No son símbolos cualquiera —dijo Adrián.
Mateo asintió.
—Son rutas.
Elena frunció el ceño.
—¿Rutas de qué?
Mateo la miró.
—De movimiento.
—¿Personas?
—Información.
Silencio.
—Y cosas que no deberían moverse.
Eso no tranquilizó a nadie.
Adrián se acercó más a la pared.
Pasó los dedos por uno de los símbolos.
Frío.
Demasiado.
—Mi padre sabía de esto.
No era una pregunta.
Mateo negó suavemente.
—No.
Pausa.
—Tu padre ayudó a construirlo.
El golpe fue directo.
Adrián se quedó quieto.
—Eso no puede ser.
—Puede —respondió Mateo—. Y es peor de lo que crees.
Elena miró a Adrián.
—Adrián…
Pero él no apartaba la vista del símbolo.
—Explícate.
Mateo avanzó unos pasos.
—Tu padre no solo descubrió la red…
Señaló el túnel.
—Fue parte de su origen.
Silencio absoluto.
Elena sintió cómo algo dentro de ella se tensaba.
—Entonces… ¿todo esto…?
Mateo asintió.
—Existió antes de las familias.
—¿Y ahora lo controlan ellos? —preguntó ella.
—Intentan hacerlo.
Pausa.
—Pero nunca lo han tenido completo.
Adrián giró lentamente.
—¿Y la llave?
Mateo lo miró directo.
—Es la última pieza.
El aire se volvió más pesado.
Otra vez.
Un ruido lejano interrumpió el momento.
No arriba.
Más profundo.
Como un eco.
Como si algo se moviera en otro punto del sistema.
Elena lo escuchó.
—¿Eso qué fue?
Mateo apagó la linterna un segundo.
Silencio total.
Escucharon.
Otra vez.
Un golpe.
Lejano.
Pero real.
Mateo encendió la luz de nuevo.
Su expresión había cambiado.
—No somos los únicos aquí abajo.
Adrián reaccionó al instante.
—¿Nos siguieron?
Mateo negó.
—No.
Pausa.
—Esto es otra cosa.
Elena sintió un frío distinto.
No el del ambiente.
Uno más interno.
—No me gusta esto…
—A mí tampoco —respondió Adrián.
Pero no retrocedió.
Nunca lo hacía.
Mateo caminó hacia otra sección del túnel, donde una puerta metálica oxidada bloqueaba el paso.
Tenía marcas.
Antiguas.
Y otras más recientes.
—Aquí empieza lo que no deberían ver —murmuró.
Adrián se acercó.
—Ábrela.
Mateo lo miró.
—Si la abro…
Pausa.
—Ya no hay vuelta atrás.
Elena respiró hondo.
—Creo que eso ya lo pasamos hace rato.
Silencio.
Adrián puso una mano sobre la puerta.
Fría.
Pesada.
—Ábrela.
Mateo sacó una pequeña herramienta, manipulando el mecanismo antiguo. El sonido del metal cediendo fue lento… incómodo… como si la puerta misma se resistiera.
Hasta que finalmente…
clic.
La puerta se abrió.
Y el aire que salió de dentro…
era diferente.
Más seco.
Más viejo.
Más… muerto.
La linterna iluminó el interior.
Y lo que vieron…
no parecía un simple túnel.
Era una sala.
Amplia.
Con estructuras metálicas organizadas en filas.
Y en el centro…
una especie de terminal antigua.
Conectada a cables.
Y a algo más.
Algo que hizo que Adrián se detuviera en seco.
—No…
Elena lo miró.
—¿Qué pasa?
Adrián no respondió de inmediato.
Se acercó.
Lento.
Como si no quisiera confirmar lo que estaba viendo.
Pero lo hizo.
Y cuando habló…
su voz no era la misma.
—Esto… lo diseñó él.
Silencio.
Mateo no dijo nada.
Elena dio un paso más cerca.
—¿Tu padre?
Adrián asintió lentamente.
Pero su mirada estaba fija en otra cosa.
Un detalle.
Pequeño.
Pero imposible de ignorar.
Un símbolo.
Grabado en la estructura.
El mismo que llevaba en la llave.
Elena lo vio.
Y entendió.
—Esto es el acceso.
Mateo no respondió.
No hacía falta.
Adrián sacó la llave.
La sostuvo frente al dispositivo.
Y por un segundo…
todo pareció detenerse.
—Si haces eso… —dijo Elena, en voz baja— ya no hay vuelta atrás.
Adrián no apartó la vista.
—Nunca la hubo.
Silencio.
Pero esta vez…
no era miedo.
Era decisión.
Mientras la llave se acercaba al dispositivo…
el sonido en el túnel volvió.
Más cerca.
Más claro.
Pasos.
Pero no venían corriendo.
Venían… seguros.
Como si ya supieran dónde encontrarlos.
Adrián no se detuvo.
Porque ahora ya entendía algo.
No estaban huyendo del peligro.
Estaban entrando directo en él.
Y esta vez…
no era por accidente.
Era por elección.
Porque algunas verdades…
no se buscan.
Se enfrentan.