📖 Sinopsis
Emma es una chica que siempre ha preferido el silencio. Desde niña, su timidez la mantuvo oculta tras las páginas de sus libros y las escenas de sus series románticas favoritas. Solo una vez fue valiente: cuando entregó una nota de papel preguntando: "¿Quieres ser mi novio?". Recibió un "Sí" de vuelta, pero el destino le arrebató ese amor el mismo día cuando sus padres la cambiaron de escuela sin previo aviso.
Años después, Emma trabaja en una fábrica de zapatos, atrapada en una rutina de cuero, máquinas y soledad, refugiándose en una cuenta de Instagram anónima donde escribe sus penas. Pero su mundo de cristal está a punto de romperse cuando recibe una notificación en su cuenta personal: “Hola, ¿tú eres Emma Rodríguez?”.
¿Es posible que el niño de la nota nunca la haya olvidado? ¿Podrá Emma superar su timidez antes de que el pasado se le escape de las manos otra vez?
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Capítulo 14: Susurros a las tres de la mañana
Me quedé mirando la cámara frontal del teléfono y suspiré. Mis ojeras gritaban "fábrica" y mi cabello parecía haber peleado con una de las máquinas de coser.
—No puedo, Julián —susurré, sintiendo una mezcla de pena y ansiedad—. No quiero que esta sea la primera imagen que tengas de mí después de trece años.
Mis dedos temblaron un poco al escribir, temiendo que él pensara que lo estaba rechazando o que era una "pesada".
Emma: "Julián, de verdad me da mucha pena... pero no me siento muy bien tratando de enviarte una foto ahora. Mi cara refleja mucho el cansancio de la semana y el turno de hoy. Mejor dejémoslo para otro día, cuando no parezca un fantasma. Disculpa de verdad... ¡qué pena contigo!"
Le di a enviar y escondí el rostro en el sofá, esperando un "Está bien" seco o una señal de decepción. Pero el teléfono vibró casi de inmediato.
Julián: "Jejeje, tranquila Emma. Te entiendo perfectamente. No te obligaría a nada que te hiciera sentir incómoda. Además, ya conozco esa voz tuya y tus palabras, con eso me basta por hoy".
El nudo en mi pecho se deshizo. Así, entre risas digitales y confesiones pequeñas, se nos fue la vida. Pasamos horas preguntándonos cosas: su comida favorita en la ciudad, mi serie coreana del momento, los nombres de los vecinos que aún seguían en el barrio. La pantalla era un puente que borraba los kilómetros y los años.
Cuando miré el reloj de la cocina, me sobresalté. Eran las tres de la mañana.
Emma: "¡Julián! Son las tres... ya debo dormir. Mañana (bueno, hoy) tengo mil cosas que hacer en la casa".
Julián: "¡Nooo! ¿Por qué? Estábamos en la mejor parte de la historia...".
Emma: "Porque mis ojos ya no aguantan más, literalmente se me cierran solos. Si sigo escribiendo, voy a terminar enviándote coherencias en chino".
Julián: "Está bien, está bien. Tienes razón. Que descanses, princesa de las notas de cuadro".
Solté el teléfono con una sonrisa boba que no podía borrar de mi cara. Corrí a mi habitación, sintiendo una energía extraña, como si me hubieran inyectado vida. Me di un baño rápido, dejando que el agua caliente se llevara el olor a cuero y pegamento, me puse mi pijama más cómoda y me desplomé en la cama.
Justo cuando estaba cerrando los ojos, el teléfono en la mesa de noche emitió un sonido suave. Era un audio.
Lo acerqué a mi oído en la oscuridad de la habitación. Su voz sonaba más baja, más íntima, casi como si estuviera ahí mismo, al lado de mi almohada.
—Espero que descanses, Emma. Duerme tranquila y, por favor... recuerda que ya no estás sola en ese patio. Buenas noches.
Me quedé inmóvil, abrazando la almohada, con el eco de su voz dándome vueltas en la cabeza. Por primera vez en trece años, el silencio de mi casa no se sentía frío. Me quedé dormida con el teléfono pegado al pecho, sintiendo que, finalmente, alguien había vuelto a casa por mí.