Aurora, una joven de campo marcada por el miedo, huye hacia Londres junto a su pequeño hermano Charles, escapando de un pasado oscuro y de un padrastro que amenaza con destruirlo todo. En medio de una ciudad desconocida y desafiante, su dulzura e inocencia se convierten en su única fortaleza.
Su vida cambia cuando conoce a Christian Potter, un hombre que ella cree un simple chofer, sin imaginar que en realidad es un poderoso y frío CEO multimillonario. Acostumbrado al éxito, pero atrapado en una vida de soledad y amargura, Christian encuentra en Aurora una luz inesperada.
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Capítulo 3
El cuarto era diminuto, oscuro y olía a humedad. Apenas cabía una cama estrecha, una silla rota y un pequeño lavabo con grietas. Aurora había logrado convencer a la casera de que solo serían unos días, pero la mujer no dejaba de quejarse.
—Una libra por noche y solo para una persona —gruñó la señora McGregor desde la puerta, cruzada de brazos—. Yo no alquilo para familias. Dos personas en esa cama tan pequeña… ¡es un abuso!
Aurora, con las manos temblando mientras contaba las pocas monedas que le quedaban, respondió con voz suave pero firme:
—Por favor, señora. Es solo por unos días más. Mi hermano es muy pequeño, no molesta. Le prometo que pagaremos.
La casera soltó un bufido.
—Al tercer día ya me debes dos noches completas. Si mañana no tengo el dinero completo, los echo a los dos a la calle. No soy un orfanato.
Charles, sentado en el borde de la cama con las piernas colgando, miró a su hermana con ojos asustados.
—Aurora… ¿nos van a echar?
—No, mi amor —mintió ella, forzando una sonrisa mientras le acariciaba el cabello—. Todo va a estar bien. Mañana voy a conseguir trabajo. Ya verás.
Pero los días pasaban y nada cambiaba.
Aurora caminaba desde el amanecer hasta el anochecer por las calles de Londres, ofreciéndose en todas las tiendas, cafeterías y casas que encontraba. En todas partes recibía la misma respuesta:
—Experiencia, señorita. Sin experiencia no podemos contratarla.
—Pero yo sé limpiar, cocinar, ordeñar vacas, hacer queso… —insistía ella.
La dueña de una panadería se rio en su cara.
—¿Vacas? Querida, aquí no necesitamos que ordeñes nada. Necesitamos alguien que sepa usar una caja registradora y atender clientes elegantes. Vuelve cuando tengas experiencia de verdad.
Al final de la primera semana, solo le quedaban cuatro libras. Charles pasaba los días encerrado en el cuarto, sin ir a la escuela, sin jugar, solo mirando por la ventana sucia.
—Hermana… ¿puedo salir un rato? —preguntaba cada tarde.
—No, Charlie. La ciudad es peligrosa. Quédate aquí y pórtate bien. Pronto todo cambiará.
Una mañana, casi por milagro, Aurora vio un anuncio en la puerta de las Torres Potter: “Se busca personal de limpieza. Turno nocturno. Sin experiencia requerida.”
Corrió hasta el sótano del edificio y, después de esperar dos horas, una mujer de rostro severo le entregó un uniforme gris y una escoba.
—Empiezas hoy. No hables con nadie, no mires a los señores, y haz tu trabajo en silencio. Si rompes algo, te lo descuentan del sueldo.
Aurora aceptó agradecida. Era el primer rayo de esperanza.
La primera semana pasó sin incidentes. Limpiaba los pisos superiores cuando ya casi no quedaba nadie. Una noche, mientras fregaba el pasillo del piso dieciocho, escuchó pasos detrás de ella.
—Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí?
Aurora se giró asustada. Frente a ella estaba un hombre de unos cincuenta años, bien vestido, con bigote cuidado y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Era Robert Potter.
—Buenas noches, señor —dijo ella bajando la mirada, recordando las instrucciones.
Robert se acercó lentamente, observándola de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron en el cabello castaño ondulado que escapaba del pañuelo y en esos grandes ojos verdes llenos de inocencia.
—Eres nueva, ¿verdad? No te había visto antes.
—Sí, señor. Empecé hace unos días.
Él sonrió de medio lado.
—Qué ojos tan bonitos tienes. Pareces un ángel perdido en esta jungla de cemento. ¿Cómo te llamas, preciosa?
—Aurora, señor.
—Aurora… —repitió él saboreando el nombre—. Un nombre precioso para una chica preciosa.
Se acercó un poco más, bajando la voz.
—Escucha, Aurora. Yo soy Robert Potter, uno de los dueños de todo esto. Puedo hacer que tu vida sea mucho más fácil. Si eres… amable conmigo, te puedo dar dinero. Bastante dinero. Lo suficiente para que tú y ese hermanito que tienes no tengan que preocuparse por nada.
Aurora sintió que se le helaba la sangre. Dio un paso atrás, apretando la fregona contra su pecho.
—No, señor. Gracias, pero… no quiero dinero de esa forma.
Robert soltó una risa baja y desagradable.
—No seas tonta, niña. En esta ciudad las chicas como tú no duran mucho si no saben jugar bien sus cartas. Solo tendrías que desnudarte un rato para mí. Nada más. Nadie se enteraría.
Aurora levantó la mirada, temblando pero decidida.
—Lo siento, señor Potter. Pero no. Prefiero limpiar pisos toda la noche antes que hacer eso.
El rostro de Robert cambió. La sonrisa desapareció y sus ojos se volvieron fríos.
—Como quieras. Pero recuerda que las decisiones tienen consecuencias, querida.
Al día siguiente, cuando Aurora llegó al sótano para su turno, la misma mujer de rostro severo la esperaba con un sobre en la mano.
—Estás despedida —dijo sin rodeos—. Recoge tus cosas y vete. No vuelvas.
—¿Por qué? —preguntó Aurora, con la voz quebrada—. He hecho bien mi trabajo. No he roto nada.
La mujer la miró con lástima.
—Órdenes de arriba. Alguien se quejó de ti. No preguntes más.
Aurora salió del edificio con el corazón en un puño. Cuando llegó al cuarto alquilado, la casera ya la estaba esperando en la puerta con los dos bolsos en el suelo.
—Se acabó el plazo —dijo la señora McGregor—. Debes tres noches. Si no pagas ahora mismo, te vas a la calle.
—Por favor… —suplicó Aurora, con lágrimas en los ojos—. Solo deme un día más. Mañana buscaré otro trabajo. Tengo un hermano pequeño…
—¡No me importa! —gritó la mujer—. ¡Fuera de mi casa! ¡No quiero problemas!
Charles salió llorando, aferrado a la falda de su hermana.
—Aurora… ¿a dónde vamos ahora?
Ella tomó los dos bolsos con manos temblorosas, abrazó a su hermano contra su pecho y miró la noche fría de Londres.
—No lo sé, Charlie… pero no vamos a rendirnos. Vamos a encontrar una solución.
Mientras caminaban por las calles oscuras, sin saber dónde pasar la noche, Aurora murmuró con la voz rota:
—Dios… si nos estás viendo, por favor, ayúdanos. No sé cuánto más podamos resistir.