⚠️🔞Esto es sólo fantasía. Personajes e historia ficticia.🔞⚠️
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Natt, no solo renuncia a su hogar, sino a su propia naturaleza, por una conexión ni él mismo entiende...
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La primera grieta en la voluntad
La biblioteca de Dion City era un edificio de techos altos, pasillos laberínticos y un silencio que pesaba como el plomo. Para Dag, siempre había sido su refugio, el único lugar donde los susurros en su cabeza se calmaban entre el olor a papel viejo y barniz. Pero hoy, el silencio se sentía hostil. Cada vez que una puerta chirriaba o un estudiante pasaba una página con demasiada fuerza, el joven daba un respingo, con el corazón martilleando contra sus costillas.
¿Estará bien? ¿Habrá intentado salir?, se preguntaba una y otra vez, imaginando a Natt incendiando accidentalmente el sofá o, peor aún, siendo encontrado por las sombras del cielo.
Dag se obligó a concentrarse en el carrito de devoluciones. Tomó un pesado tomo de botánica y caminó hacia la sección de ciencias naturales, en el rincón más alejado y sombrío de la planta baja. Allí, la luz de las ventanas apenas llegaba, y las estanterías de madera de roble creaban un túnel que parecía conducir a otro mundo.
-Disculpa... ¿podrías ayudarme a encontrar este título?-
La voz era suave, casi musical, pero hizo que Dag soltara el libro que sostenía. Se giró rápidamente, encontrándose con un joven que no aparentaba más de veinte años. Tenía el cabello de un rubio tan pálido que parecía plata y unas gafas que le daban un aire intelectual y distraído. Vestía un suéter de lana color crema que parecía quedarle un poco grande.
-Lo siento, no quería asustarte.- Dijo el joven, dedicándole una sonrisa que parecía la definición misma de la inocencia -Me llamo Orm. Estoy buscando algo sobre la simbología de las flores en el Edén... quiero decir, en la mitología antigua.
Dag parpadeó, tratando de calmar su respiración. Había algo extraño en Orm. No era una amenaza física... de hecho, el chico se veía frágil. Pero había una limpieza excesiva en él, como si nunca hubiera tocado el barro de la calle o respirado el aire contaminado de la ciudad. Sus ojos eran de un azul tan claro que resultaban casi transparentes.
-Claro...- Respondió Dag, recuperando el libro del suelo -Esa sección está justo detrás de ti. Pero no recuerdo que tengamos mucho sobre "flores del Edén". Es un tema bastante específico.-
Orm se acercó un paso más. El espacio entre ellos se redujo, y Dag sintió una extraña calidez recorriendo su espalda. No era el fuego abrasador de Natt, sino un calor tibio, como el sol de la tarde a través de un cristal.
-A veces lo que buscamos está justo frente a nosotros, ¿no crees?- comentó el ángel, clavando sus ojos azules en los de Dag -Tienes una energía muy curiosa, Dag. Hueles a... cenizas y a algo muy antiguo. Como si hubieras estado cerca de un incendio forestal.-
Dag se tensó, dando un paso atrás. El pánico empezó a subir por su garganta.
-He estado limpiando el sótano.- mintió, con la voz temblorosa -Hay mucho polvo acumulado. Si me disculpas, tengo mucho trabajo que terminar.-
-No tengas miedo.- Dijo Orm, extendiendo una mano como si fuera a tocarle el hombro, pero deteniéndose a medio camino -Solo soy un estudiante de paso. Pero te daré un consejo, por amabilidad: las cosas que caen del cielo suelen quemar a quienes intentan recogerlas. A veces es mejor dejar que las cenizas se las lleve el viento.-
Dag no respondió. Se dio la vuelta y caminó lo más rápido que pudo hacia el mostrador principal, sintiendo la mirada del ángel clavada en su nuca como una aguja de hielo. No era un humano común. Lo sabía. Pero tampoco se sentía como el monstruo que Natt le había descrito. Era algo más sutil, un observador silencioso que desnudaba sus secretos con una sonrisa amable.
Mientras tanto, a tres kilómetros de allí, Natt estaba viviendo su propio infierno personal. El hambre había regresado, pero ahora venía acompañada de una sed que le secaba la garganta hasta hacerle doler. Había intentado beber agua del grifo, pero el sabor a cloro lo hizo toser. Su cuerpo estaba rechazando la impureza del mundo mortal, luchando por mantener una divinidad que ya no le pertenecía.
Se desplomó en el suelo de la sala, jadeando. El Cielo dentro de él estaba inquieto. Podía sentir el rastro de Dag alejándose, volviéndose borroso. Y entonces, lo sintió.
Una presencia. Una firma de energía que conocía muy bien.
-Orm...- Gruñó, apretando los dientes—. Pequeño rastreador... ¿Cómo te atreves a acercarte a él?-
Natt intentó ponerse de pie, pero un dolor punzante en su espalda, justo donde solían estar sus alas, lo obligó a arrodillarse de nuevo. Las cicatrices doradas brillaron con una luz violenta. Si intentaba usar su poder ahora, su corazón de carne podría estallar bajo la presión. Estaba atrapado. Era un león enjaulado en una habitación de cinco por cinco, viendo cómo la presa que juró proteger era acechada por un lobo disfrazado de cordero.
Frustrado, Natt golpeó el suelo con el puño, agrietando la madera.
-¡Dag, vuelve ya!- Rugió al vacío.
Cuando Dag finalmente llegó al edificio, estaba oscureciendo. Subió las escaleras corriendo, tropezando con sus propios pies. Al abrir la puerta del apartamento, no tuvo tiempo ni de encender la luz. Unas manos poderosas lo agarraron por los hombros y lo empujaron contra la pared, pero no con violencia, sino con una desesperación física que le quitó el aliento.
Dag estaba allí, con el torso desnudo, cubierto de sudor y con los ojos brillando como brasas en la penumbra.
-¡Estás aquí!- Exclamó, enterrando su rostro en el hueco del cuello de Dag -Te han tocado. Hueles a la luz de Orm. ¿Qué te ha hecho? ¿Dónde te ha encontrado?-
El joven, lejos de asustarse, sintió una oleada de alivio. Envolvió sus brazos alrededor de la espalda caliente del ángel, sintiendo los músculos tensos bajo su piel.
Solo fue un chico en la biblioteca.- Susurró, tratando de calmarlo -Me hizo preguntas raras, pero no me hizo daño. Natt, estás temblando...-
-Orm es un espía de Hrim.- Dijo levantando la cabeza para mirar a Dag a los ojos. Su proximidad era peligrosa. Sus labios estaban a centímetros de distancia -Si él está aquí, significa que Hrim no quiere matarnos todavía. Quiere jugar con nosotros. Quiere ver cómo te quiebras bajo el peso de mi presencia.-
-No me voy a quebrar.- Aseguró Dag, acariciando la mejilla del ángel con una valentía que no sabía que poseía -Pero tienes que comer algo. Estás ardiendo de fiebre.-
Natt lo miró con una intensidad que hizo que las piernas del joven flaquearan. El ángel caído tomó la mano de Dag y la llevó a su pecho, justo encima de su corazón latiente.
-Este fuego no es enfermedad, Dag. Es la agonía de estar atrapado en un mundo que no te merece y no poder hacer nada para evitar que te miren como lo hizo ese ángel.-
En la penumbra del pequeño apartamento, la tensión entre ambos alcanzó un punto crítico. El hambre, la sed, el miedo y la devoción se mezclaron en un aire tan denso que era difícil respirar. Dag se dio cuenta de que, aunque el Cielo no hubiera enviado a sus guerreros, la verdadera guerra ya estaba ocurriendo dentro de esas cuatro paredes: la lucha por no rendirse al deseo prohibido que crecía entre un chico que no tenía nada y un ser que lo había perdido todo por él.
Afuera, en la ventana del edificio de enfrente, un gorrión de ojos demasiado azules observaba la escena antes de emprender el vuelo hacia las nubes, llevando consigo el informe de la primera grieta en la voluntad del gran guerrero Natt.
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