Él es cristal: frío, poderoso e inquebrantable. Ella es la luz que amenaza con romperlo.
Alistair Vance, un CEO implacable que lo toma todo por la fuerza, encuentra su obsesión en la dulce Evie Morales. Pero cuando una traición cruel destruye su confianza, ella desaparece, dejando al hombre más poderoso del mundo de rodillas.
Él está dispuesto a quemar el mundo para encontrarla. Ella solo quiere olvidar que alguna vez lo amó.
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El eco de la sangre y el acero
La vida en la granja se había convertido para Evie en una letanía de esfuerzo físico y silencios curativos. Los días comenzaban antes de que el sol lograra romper la línea del horizonte, en ese azul profundo y gélido donde el rocío todavía empapaba las botas. Evie se obligaba a cumplir con cada tarea; limpiaba los establos, alimentaba a las aves y ayudaba en la huerta hasta que sus manos, antes acostumbradas a la delicadeza de una cámara fotográfica, se llenaron de callos y pequeñas cicatrices de trabajo rudo.
Sin embargo, algo en su naturaleza estaba cambiando de forma sutil y perturbadora. Al principio, Evie lo atribuyó al agotamiento extremo y al cambio drástico de dieta. Una mañana, mientras recolectaba huevos en el granero, el olor penetrante del heno húmedo y el corral la golpeó con una violencia inusitada. Sintió una oleada de náuseas que le revolvió el estómago, obligándola a apoyarse contra una viga de madera para no caer. Su corazón, siempre acelerado por la ansiedad, latía ahora con un ritmo pesado y extraño.
—¿Estás bien, Evie? —la voz de Asher llegó desde la entrada del granero.
Ella se enderezó de inmediato, tragando saliva y forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos. Asher se acercó con su caminar tranquilo, su cabello negro y liso perfectamente recogido en esa coleta que ya se había vuelto familiar para ella. Sus ojos color gateado la observaron con una intensidad analítica, captando la palidez inusual de su rostro.
—Es solo el calor, Asher —mintió ella, aunque el aire de la mañana era todavía fresco—. No he desayunado bien.
Asher no pareció convencido, pero su respeto por la privacidad de Evie era su rasgo más marcado. Él era el polo opuesto a la invasión constante que representaba Alistair. Asher no preguntaba sobre su pasado, no intentaba descifrar sus suspiros nocturnos; simplemente estaba ahí, ofreciéndole una jarra de agua o compartiendo el silencio del atardecer en el porche. Evie se sentía extrañamente atraída por esa paz, aunque por las noches, al tocar sus curvas voluptuosas frente al espejo roto de su habitación, sentía que su cuerpo estaba volviéndose más sensible, más denso, como si estuviera acumulando una energía que ella misma se negaba a reconocer.
El descenso de "El Ejecutor"
Mientras Evie se perdía en la sencillez de la tierra, a cientos de kilómetros de allí, el mundo de Alistair Vance se estaba transformando en un campo de batalla de cenizas y obsesión.
Alistair ya no era el CEO impecable que las revistas de negocios idolatraban. En solo tres meses, el hombre de cristal se había vuelto un espectro de furia y decadencia. En el piso 50 de la corporación, el ambiente era de terror absoluto. Alistair pasaba noches enteras sin dormir, con la barba descuidada y sus ojos negros hundidos en cuencas oscuras, fijos en mapas digitales y reportes de detectives que no le traían más que decepciones.
Había dejado de importarle el precio de las acciones. Había cancelado fusiones millonarias simplemente porque el tiempo de la reunión le restaba minutos a la búsqueda de Evie. Su personalidad dominante se había vuelto errática; ya no negociaba, dictaba sentencias. Sus socios, asustados por su inestabilidad, intentaron una intervención legal para retirarlo del mando, pero Alistair los aplastó en una sola tarde, revelando secretos oscuros de cada uno de ellos. Si él se hundía, el resto del mundo empresarial se hundiría con él.
—Señor, la junta directiva insiste en que asista a la gala anual... —comenzó su secretaria, temblando.
Alistair rompió el vaso de whisky que tenía en la mano, dejando que los fragmentos de cristal se clavaran en su palma. No se inmutó por el dolor físico; para él, la sangre era preferible al vacío de la ausencia de Evie.
—Diles que si vuelven a interrumpirme con trivialidades, mañana no tendrán una empresa a la cual asistir —rugió él, su voz ronca por el tabaco y el desuso.
Alistair se levantaba cada día con una sola meta: quemar el mundo hasta encontrar el rastro de su luz. Su mansión se sentía como una morgue. Se pasaba horas en el estudio de fotografía de Evie, acariciando las lentes de sus cámaras, oliendo la ropa que ella había dejado atrás. La culpa era una sombra que lo devoraba. Sabía que la trampa de Sloane había sido efectiva no por la droga, sino por el miedo de Evie, y se odiaba por no haber sido el escudo infalible que prometió ser.
—Te voy a encontrar, Evie —susurraba contra la oscuridad de su habitación vacía, apretando el puño hasta que los nudillos se volvían blancos—. Y cuando lo haga, no me importará si me odias. Me aseguraré de que el mundo entero sepa que nadie puede esconderte de mí.
Alistair estaba perdiendo la cordura, transformándose en una criatura puramente instintiva. No sabía que, mientras él destruía su propio imperio en un arranque de locura protectora, en una granja lejana, el fruto de su última noche de pasión comenzaba a latir silenciosamente, preparando el escenario para un reencuentro que ninguno de los dos estaba listo para enfrentar.