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La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Amor-odio
Popularitas:846
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.

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II- pétalos de cristal

Clara:

La campana de la puerta anunció su entrada con un tintineo que me hizo dar un respingo, tirando las tijeras de podar al suelo. El sonido metálico resonó en el silencio de la tienda, y mi corazón empezó a martillear contra mis costillas. Me preparé para el impacto, para la voz ruda y esa presencia que ayer me hizo sentir como si estuviera a punto de ser devorada.

Pero, cuando levanté la vista, algo había cambiado.

Él no entró como una tormenta. Sus pasos eran lentos, casi cautelosos. Hoy no vestía la chaqueta de cuero amenazante, sino una camisa de lino azul oscuro con las mangas remangadas, revelando unos antebrazos fuertes pero relajados. Sus ojos verde olivo, que ayer parecían brasas ardientes, hoy tenían una claridad distinta, una suavidad que me dejó descolocada.

—Clara —dijo mi nombre, y esta vez no sonó como una orden, sino como una caricia áspera.

—Señor... aquí están sus lirios —balbuceé, señalando el mostrador con manos temblorosas—. He conseguido todos los que había en el mercado central.

Él ni siquiera miró las flores. Se acercó al mostrador, pero se detuvo a una distancia prudencial, como si supiera que si daba un paso más, yo saldría corriendo por la puerta trasera.

—Siento lo de ayer —soltó de repente. Su voz era baja, profunda—. Fui un idiota. Un patán. No suelo... no suelo tratar con personas tan delicadas como tú y olvidé mis modales.

Me quedé de piedra. ¿Aquel hombre, el mismo que ayer casi rompe mi mostrador con su arrogancia, se estaba disculpando? Lo miré a los ojos, buscando la burla, el engaño, pero solo encontré una fijeza magnética que me impedía apartar la vista.

—Acepto su disculpa, señor... —esperé a que completara la frase.

—Alessio —respondió él, y por primera vez, una pequeña y casi imperceptible sonrisa curvó sus labios—. Solo Alessio.

Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó una pequeña caja de terciopelo negro. La deslizó por el mostrador hacia mí. El aire se volvió espeso de nuevo, pero no de miedo, sino de una extraña anticipación.

—No puedo aceptar esto —dije antes de que la abriera.

—Ábrela, Clara. Por favor.

Con los dedos torpes, levanté la tapa. El aliento se me escapó de los pulmones. Sobre un lecho de seda blanca descansaba un anillo de oro blanco con una esmeralda central tan profunda y brillante que parecía una gota de agua del océano. Era verde. Mi color favorito. El color de las hojas frescas después de la lluvia, el color que siempre busco en mis plantas.

—Es... es una esmeralda —susurré, fascinada a pesar de mi sentido común—. Es preciosa, pero es demasiado. No puedo quedarme con algo así. No nos conocemos.

—Sé que es tu color favorito —dijo él, y su voz tenía una cadencia suave que me envolvía—. Lo supe en cuanto vi cómo cuidabas aquellas plantas del rincón. Quédatelo. Es una forma de asegurar que me has perdonado por ser un animal ayer.

—No, de verdad, Alessio... —intenté empujar la cajita de vuelta, pero él puso su mano sobre la mía.

Su piel estaba caliente, y el contacto envió una descarga eléctrica que me recorrió el brazo hasta la nuca. No era la presión violenta de ayer; era un toque firme, posesivo, pero extrañamente dulce. Me obligó a mirarlo. Sus ojos verdes parecían devorar los míos, pidiéndome, casi suplicándome con una intensidad que me mareaba, que aceptara su ofrenda.

—Póntelo —murmuró—. Solo quiero ver cómo le queda a tu mano.

Mis defensas se desmoronaron bajo el peso de su mirada. Con manos aún temblorosas, saqué el anillo. El metal estaba frío, pero la piedra parecía irradiar luz propia. Sin pensar mucho en el significado, lo deslicé en el dedo corazón de mi mano izquierda. Encajaba perfectamente, como si hubiera sido forjado pensando en mí.

Extendí la mano sobre el mostrador y la esmeralda brilló bajo las luces de la florería. Alessio soltó un suspiro pesado, casi satisfecho, y tomó mi mano entre las suyas para observar el anillo puesto. Su pulgar acarició mi nudillo con una lentitud que me hizo olvidar cómo se respiraba.

—Te queda mejor de lo que imaginé —dijo, y por un segundo, vi un destello de algo oscuro y triunfal en sus ojos, algo que me recordó que, aunque hoy fuera dulce, seguía siendo un hombre peligroso—. Ahora, cada vez que mires ese verde, te acordarás de que me perteneces... de que me debes una sonrisa al menos.

Me estremecí, pero no retiré la mano. Había algo en su suavidad que era casi más aterrador que su furia, porque me estaba atrayendo hacia su mundo con hilos de seda y piedras preciosas, y yo, como una tonta, me estaba dejando llevar.

Alessio:

Me alejé del mostrador sintiendo una bilis amarga subiendo por mi garganta. Agarré el maldito ramo de lirios con una mano y, con la otra, arrojé cinco billetes de cien euros. No dije nada. No podía. Si abría la boca en ese momento, la máscara de "caballero arrepentido" se rompería en mil pedazos y terminaría gritándole lo mucho que detestaba su fragilidad.

Salí de la tienda a zancadas, ignorando el tintineo estúpido de la puerta, y me encerré en mi coche. En cuanto la puerta blindada se cerró, descargué un puñetazo violento contra el volante. El cuero crujió bajo mis nudillos.

—¡Maldita sea! —rugí, sintiendo un asco profundo recorrer mi cuerpo.

Nunca en mis veintiocho años de vida me había rebajado a fingir dulzura. Los Veraldi no piden perdón, no son "suaves" y, desde luego, no regalan anillos con miradas de cordero degollado. Hablarle así, con esa voz baja y fingidamente protectora, me había dejado un sabor a podrido en la boca. Me sentía sucio, como si hubiera arrastrado el apellido de mi padre por el lodo de la hipocresía.

En el asiento trasero, Belial soltó un ronquido bajo. El león se removió, estirando su enorme cuerpo marcado por la larga cicatriz blanca que le cruzaba todo el costado, el recuerdo eterno de cuando casi muere protegiendo a mi madre. Sus ojos dorados me miraron por el retrovisor, juzgándome. Hasta mi propia bestia parecía burlarse de mi actuación de hoy.

—Cállate, Belial —mascullé, sacando un cigarrillo con dedos temblorosos por la adrenalina contenida.

Lo encendí y aspiré el humo con desesperación, queriendo que el alquitrán borrara el aroma a flores y esa falsa ternura que le había dedicado a Clara. Cada calada era un intento de recuperar mi propia piel, de volver a ser el patán despiadado que no tiene que dar explicaciones a nadie. Fingir que me importaba su perdón había sido la tarea más degradante de mi vida.

Pero entonces, recordé por qué lo había hecho.

Tiré la ceniza por la ventana y saqué mi teléfono. Abrí la aplicación de seguridad de la Orden y una sonrisa torcida, cargada de triunfo y veneno, apareció en mi rostro. Un punto rojo parpadeaba con precisión quirúrgica justo en el centro del mapa de la florería.

El anillo de esmeralda. El color favorito de la idiota.

Ella creía que era una joya de arrepentimiento, una prenda de "amor" incipiente. No tenía ni idea de que acababa de colocarse voluntariamente una cadena invisible. Esa esmeralda llevaba integrado un rastreador GPS de grado militar, conectado directamente a mi terminal privada. Ahora, no importaba dónde fuera, con quién hablara o en qué rincón del mundo intentara esconderse de mi sombra: yo lo sabría.

La tenía marcada. Era mía, y ni siquiera se había dado cuenta de que el precio de su perdón era su libertad total.

—Disfruta de tu joya, Clara —susurré, viendo cómo el punto rojo permanecía estático en su dedo—. Porque a partir de hoy, yo soy el dueño de cada paso que des.

Arranqué el motor, dejando una estela de humo y neumáticos quemados. El asco por haber fingido dulzura seguía ahí, pero el sabor de la victoria era mucho más potente.

Maria veraldi:

Entré en el comedor con la elegancia que los años y la sangre me han otorgado. A mi lado, Maximiliano cortaba su carne con la precisión de un cirujano, sus ojos grises fijos en el plato pero su mente, lo sabía bien, analizando cada sombra de la casa. Bianca bebía vino en silencio, una réplica de su padre, mientras Luis y Dante compartían una risa baja al final de la mesa, celebrando su amor eterno entre susurros de logística y lealtad.

Todo parecía paz, hasta que escuché el rugido del motor de Alessio. Mi hijo. El heredero que a veces olvida que antes de ser un león, fue un cachorro bajo mi cuidado.

Me incorporé con una suavidad gélida. Mis movimientos no alertaron a los hombres, que siguieron en su charla trivial, pero Bianca me miró de reojo. Ella sabía lo que venía. Caminé hacia el recibidor justo cuando Alessio entraba, apestando a tabaco, a un whisky barato y a ese olor metálico de la obsesión.

No le di tiempo a saludar.

Lancé mi mano hacia adelante y enterré mis dedos en su cabello revuelto, tirando con una fuerza que lo obligó a arquear la espalda.

—¡Maldita sea, mamá! ¡Suéltame! —rugió él, soltando una cadena de insultos que habrían hecho sangrar los oídos de cualquier otra mujer.

—Cállate —le siseé al oído.

Lo arrastré, ignorando sus quejas y su tamaño de casi dos metros, hasta el gran sofá de la estancia principal. Con un movimiento brusco de cadera y brazo, lo estampé contra los cojines. Él intentó levantarse, con esa mirada salvaje de los Veraldi, pero yo me cerní sobre él como una sombra antigua.

—¿Crees que soy estúpida, Alessio? —mi voz no era un grito, era un látigo—. ¿Crees que no sé que te estás comportando como un pervertido asqueroso? Acechando a una niña que solo vende flores. Usando tácticas de rastreo para una criatura que no tiene garras para defenderse.

—¡Es mía! —escupió él, intentando recuperar su arrogancia de patán.

¡ZAS!

El sonido de mi bofetada resonó en las paredes de mármol. Le crucé la cara con tal violencia que su cabeza giró hacia un lado. Al fondo, en el comedor, el tintineo de los cubiertos de Max y Dante no se detuvo; ellos sabían que este era mi territorio.

Me incliné, agarrándolo de la mandíbula para que me mirara a los ojos. Mis ojos verde olivo, los mismos que él porta como una maldición, brillaban con una promesa de muerte.

—Escúchame bien, pequeño animal —le advertí, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro letal—. Si llegas a tocarle un solo pelo a esa florista, si derramas una sola lágrima de esa inocente por tu ego de macho herido, juro por la tumba de Elena que yo misma te sacaré las manos y la lengua.

Alessio parpadeó, el fuego de sus ojos apagándose ante la frialdad de los míos.

—Te arrancaré la capacidad de tocar y de hablar —continué, apretando su mandíbula hasta que gimió—. Te dejaré vivo, pero deseando estar muerto, pudriéndote en una tumba de silencio por el resto de tu miserable existencia. No eres un hombre por acosar a una niña, Alessio. Eres un cobarde. Y yo no parí cobardes.

Lo solté con asco. Mi hijo, el gran guerrero de la Orden, se quedó allí, encogido en el sofá, con los hombros hundidos y la mejilla roja. Parecía un niño de cinco años castigado, despojado de toda su bravuconería ante la única persona en el mundo a la que realmente teme.

Me arreglé el vestido, recuperando mi compostura de reina, y regresé al comedor.

—¿Todo bien, querida? —preguntó Maximiliano sin levantar la vista, llevando una copa de vino a sus labios.

—Perfectamente, Max —respondí, sentándome y tomando mi servilleta—. Solo le estaba recordando a nuestro hijo quién manda en este linaje.

Alessio:

Me quedé hundido en el terciopelo del sofá, sintiendo el ardor de la bofetada de mi madre como un hierro al rojo vivo en la mejilla. Maldita sea. Me sentía pequeño, patético, como si los veintiocho años y los cadáveres que he dejado a mi espalda se hubieran evaporado bajo su mirada. María Veraldi no amenaza en vano; si ella dice que me arrancará la lengua, buscará el bisturí antes de que yo pueda parpadear.

Pero el asco no era por ella. Era por la traición.

Me levanté con los músculos tensos, ignorando el comedor donde mi padre seguía cenando con esa calma glacial que me ponía enfermo. Sabía perfectamente quién había abierto la boca. Caminé hacia la cocina, donde Bianca estaba sirviéndose una copa de agua con una parsimonia que me hizo hervir la sangre.

La agarré del brazo con brusquedad y la jalé hacia la zona de las sombras, cerca de la despensa fría.

—Fuiste tú, ¿verdad, maldita víbora? —le murmuré al oído, apretando los dientes para no gritar—. ¿Desde cuándo eres la informante de mamá? ¿Desde cuándo te importa lo que yo haga con una estúpida civil?

Bianca no intentó soltarse. Se limitó a mirarme la mano sobre su brazo con una expresión de asco profundo, como si estuviera tocada por algo infectado. Luego, subió sus ojos grises —esos malditos ojos de Maximiliano— a los míos.

—Suéltame, Alessio. Hueles a desesperación y eso me revuelve el estómago —dijo con una voz que cortaba como el hielo—. No se lo "conté" a mamá. Ella lo olió en ti en cuanto entraste ayer. Lo que pasa es que eres tan idiota que crees que puedes ocultar tu rastro de pervertido en esta casa.

—Es mi asunto, Bianca. Lo que yo haga con Clara no le incumbe a nadie...

—¡Nos incumbe a todos cuando pones en riesgo el apellido por una obsesión de enfermo! —me siseó ella, zafándose de mi agarre con un movimiento seco—. Mamá tiene razón. Lo que estás haciendo no es poder, es debilidad. Papá está de acuerdo con ella, aunque no haya dicho una palabra. No vamos a permitir que el heredero de los Veraldi termine en los periódicos o en una guerra innecesaria porque no puede mantener su polla y sus complejos de propiedad fuera de una florería de barrio.

Se acercó a mí, quedando a escasos centímetros, y su advertencia final fue un susurro cargado de veneno:

—Si mamá no te corta la lengua, yo misma te daré el tiro de gracia. No por ella, sino por el honor que estás arrastrando. Madura de una maldita vez o deja que alguien con cerebro tome tu lugar.

Me quedé solo en la cocina, escuchando el eco de sus pasos alejándose. Mi propia familia me estaba rodeando como lobos a un miembro herido de la manada. Pero mientras sacaba el teléfono y veía ese punto rojo —esa esmeralda que Clara todavía llevaba puesta—, una idea oscura se formó en mi mente.

Mamá dijo que no la tocara. Papá y Bianca querían que me alejara. Pero ninguno de ellos entendía que cuanto más me prohibían algo, más hambre me daba.

No la tocaría... todavía. Pero eso no significaba que no pudiera seguir rompiéndola desde las sombras. El anillo seguía ahí, y mientras ella lo tuviera, yo seguía siendo el dueño de su aire.

Me quedé solo en la penumbra de la cocina, apretando el teléfono con tanta fuerza que los nudillos me crujían. Bianca, mamá, papá... todos creían que una bofetada y una amenaza de castración me iban a domesticar. No me conocen. No saben que cuando un Veraldi desea algo, el mundo entero puede arder antes de que demos un paso atrás.

Si querían que jugara a las escondidas, jugaría. Pero yo siempre juego para ganar.

Salí al balcón de la parte trasera, lejos de los oídos de mis padres, y marqué el número que solo uso cuando necesito que alguien desaparezca o que una vida entera sea diseccionada bajo un microscopio.

—Dime —la voz de Enzo sonó al otro lado, tan seca y profesional como un disparo con silenciador. Es mi mejor investigador, un hombre que puede encontrar un rastro de sangre en el océano.

—Tengo un nombre: Clara —solté, dejando que el humo de mi cigarrillo se mezclara con el aire frío de la noche—. Trabaja en la florería L’Anima dei Fiori. La quiero desnuda, Enzo. No su cuerpo, sino su vida. Quiero saberlo TODO.

—Dame detalles —pidió él, y escuché el tecleo rápido en su computadora.

—Quiero su apellido oficial. Quiero saber cuántos años tiene exactamente; parece una niña, pero apuesto a que ronda los veintidós. Quiero saber con quién vive, si tiene algún perro estúpido o un novio al que tenga que romperle las piernas. Quiero su dirección exacta, sus horarios, qué hace cuando cierra la tienda. ¿Estudia? ¿Dónde? ¿Qué le gusta comer? ¿A qué le tiene miedo?

Hice una pausa, mirando el punto rojo del rastreador en mi pantalla.

—Sé que su color favorito es el verde, pero quiero saber el segundo, el tercero y el último. Quiero saber qué música escucha cuando cree que nadie la oye. Quiero que me entregues su existencia en una carpeta antes de que amanezca.

—Entendido, Alessio. Mañana tendrás el perfil completo. ¿Algo más?

—Sí —mis ojos se oscurecieron al recordar la advertencia de mi madre—. Si alguien más pregunta por ella, incluso si es alguien de mi propia familia, no sabes nada. Esta chica es mi propiedad privada. ¿Queda claro?

—Cristalino.

Colgué. El asco que sentía por haber fingido dulzura en la tienda empezó a transformarse en una satisfacción eléctrica. Mamá cree que me ha asustado, pero lo que ha hecho es avivar el fuego. Si ella supiera que ahora mismo tengo el pulso de Clara latiendo en mi teléfono...

Me apoyé en la barandilla, mirando hacia la oscuridad de la ciudad. Ella tiene veintidós años. Es una florista. Es inocente. Es común. Y es la única cosa en este maldito planeta que ha logrado que un Veraldi pierda los estribos.

Mañana, cuando Enzo me entregue esa carpeta, dejaré de ser un espectador. Sabré hasta el más mínimo secreto de su piel sin haberla tocado todavía. Y mientras ella duerma tranquila creyendo que el anillo de esmeralda es un regalo de un "hombre dulce", yo estaré en las sombras, aprendiendo a destruirla de la manera más perfecta posible.

Clara:

La noche ha caído sobre la ciudad y, con ella, una calma que me resulta necesaria para procesar todo lo que ha pasado hoy. El olor de los lirios —esos que Alessio dejó atrás sin siquiera mirarlos después de haberme exigido que los consiguiera— inunda la tienda. Es un aroma dulce, casi empalagoso, que ahora se mezcla con el brillo verde que desprende mi mano cada vez que muevo las tijeras para podar los tallos de las últimas rosas.

Miro el anillo. Esmeralda. Es tan hermoso que duele, pero también se siente pesado, como si el oro blanco fuera una cadena sutil que me amarra al mostrador. «Alessio». Su nombre suena a peligro, pero sus ojos de hoy... Dios, hoy eran distintos.

Estoy sola, o eso creo. La calle está desierta y solo las luces amarillentas de los faroles se filtran por la vitrina, dibujando sombras alargadas entre los helechos y las orquídeas. El silencio es absoluto, roto solo por el clic-clic de mis tijeras y el suave zumbido de la nevera de las flores.

De repente, siento un escalofrío. Esa sensación de ser observada que me ha perseguido desde que salí de la tienda ayer por la tarde vuelve a erizarme los vellos de la nuca. Me quedo congelada, con una rosa a medio podar en la mano izquierda.

—¿Hola? —susurro, pero mi voz se pierde entre los pétalos.

Me doy la vuelta lentamente, esperando ver la figura imponente de aquel hombre recortada contra el cristal, pero no hay nadie. Suspiro, intentando calmar los latidos desbocados de mi corazón. "Estás paranoica, Clara", me digo a mí misma. "Es solo un anillo y un cliente con mucho dinero".

Me inclino sobre el balde de agua para dejar la rosa cuando, de la nada, un aliento cálido me roza la oreja y una voz ronca, profundamente femenina y cargada de una diversión traviesa, me hace saltar un metro del suelo.

—Hola, niña bonita...

El grito se me queda atascado en la garganta mientras me giro con las tijeras en alto, el corazón a punto de salirse de mi pecho. Pero no es Alessio. No es un asesino.

—¡DIOS MÍO, VALENTINA! —exclamo, dejando caer las tijeras sobre el mostrador con un estruendo—. ¡Casi me matas de un susto!

Mi mejor amiga se dobla de la risa, apoyada contra uno de los estantes de madera, con su chaqueta de cuero negra y ese aire rebelde que siempre la acompaña. Sus ojos brillan con malicia mientras observa mi cara de terror palidecer.

—Tendrías que haber visto tu cara, Clara —dice ella, recuperando el aliento mientras se acerca a mí—. Estabas tan concentrada en tus pensamientos románticos que podrías haber vendido la tienda entera y no te habrías dado cuenta.

Se detiene frente a mí y, antes de que pueda regañarla, sus ojos se clavan en mi mano izquierda.

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Anonymous
me encantó!! bendiciones 🙏
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