Descubrió que todo en su vida era mentira y que su marido era un usurpador que, instruido por sus padres, se había apoderado de toda su herencia.
Decidió averiguar la verdad, y era peor de lo que había oído de ellos.
Ella no era quien creía ser, su matrimonio era una farsa y los planes que tenían para ella eran de destrucción.
— Espérenme… esto no quedará así…
Por desgracia, no sería tan fácil deshacerse de ellos, pero no contaba con recibir una ayuda inesperada y tener la oportunidad de formar una familia solo para ella.
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Capítulo 4
Lucinda observó a su suegra, sin creer que estaba siendo acusada de hacerle daño al niñito de mamá.
—Yo no he hecho nada, fue él quien quería estrangularme y yo corrí al baño. La señora oyó los golpes de él en la puerta. Ahora, si me da permiso, estoy muy cansada y no tengo condiciones de cuidarlo, cuide a su hijo usted misma.
¡Plaf!
—¡Qué insolente! No le hable así a su madre, usted es responsable por él, él es su marido, cuídelo usted.
Impactada, Lucinda llevó la mano al lado del rostro que recibió la bofetada y miró a Rose, viendo el descontrol de la mujer que cobraba ser respetada como madre, pero no la respetaba como hija.
—Él es quien hace travesuras y yo soy quien sufre, no tengo edad para tener un hijo de ese tamaño, cuídelo usted que es la madre.
Antes de que la suegra le diera otra bofetada, ella se giró rápidamente y corrió a su cuarto, cerrando la puerta con llave. Lucía aprovechó para retirarse también, dejando a madre e hijo para que se cuidaran.
Lucinda aprovechó para llenar la bañera y tomó un buen baño de espuma tratando de calmar su cuerpo y su mente, después de tanto estrés. Mientras estaba allí pensando en lo que sucedió, un clic le trajo otra preocupación:
"¿Será que los impuestos de la casa estaban al día?"
Terminó su baño sin conseguir calmarse, se puso una bata y cogió el portátil para abrir la página de la hacienda pública e investigar los pagos del impuesto predial y territorial.
—¡Hijo de una madre degenerada! Solo podía ser, si no pagó los impuestos de la empresa, ¿pagaría los de la casa?
Ella sacó el extracto y vio que el valor era muy alto, todos los años en que vivían allí, él nunca había pagado los impuestos. No conseguiría pagar con su poco capital en caja, tendría que vender la casa.
En el piso de abajo, Alonso finalmente se despertó y gimió, poniendo la mano en la cabeza.
—¿Qué fue lo que me golpeó?
—No sé, cuando llegué usted ya estaba desmayado sobre el sofá.
—No fue Lucinda, ella estaba encerrada en el baño. Solo sobra Lucía, ¿será que ella tendría coraje de pegarme? —gritó—. ¡Lucíaaa!
Lucía llegó, rápidamente, trayendo una sartén en la mano e informó:
—Hola, patrón, el señor estaba descontrolado y yo le pegué en su cabeza con esta sartén. Discúlpeme, pero fue necesario.
—Ah, su… —él quería levantarse y partir para la agresión, pero su madre lo contuvo.
—¡Para, Alonso! ¿Qué está pasando contigo? ¿Qué generó todo ese nerviosismo a punto de que te pelees con la persona más calma que conozco, tu esposa Lucinda?
—Yo estoy con deudas en la empresa y le pedí a ella que vendiera los inmuebles para liquidarlas y ella se negó.
Rose bajó la cabeza, consternada, jamás imaginaría que su hijo fuera tan incompetente. Con sus actitudes irresponsables, estaba echando a perder todo el trabajo que ellos tuvieron para tener la vida que vivían hoy.
—Existen otras maneras de lidiar con el problema que no es la agresión. Tú perdiste completamente la razón, cuando intentaste agredirla. Voy a cuidar de esa herida y volver a mi casa.
—Tú podrías hablar con Lucinda por mí, tal vez ella te atienda. —él contó el motivo que Lucinda dio para no vender las casas y Rose le dio la razón a Lucinda.
—Del modo en que estás cuidando de la empresa, si tienes un hijo, cuando él crezca no tendrá herencia alguna. Lucinda está en lo cierto en pensar en el futuro.
Al examinar la cabeza de Alonso, reparó que solo había un chichón alto, la piel no se había cortado y no necesitaba de curativo, solo de una compresa de hielo.
—Mimado… pon hielo en el local y toma un analgésico. Cuídate. —habló y se fue, dejando a Alonso sorprendido, era la primera vez que su madre salía sin siquiera despedirse.
Lo que él no sabía era que su madre estaba corriendo para contar todo al marido. Necesitaban programarse para no quedarse sin sus bienes preciosos. Habían amasado una buena cantidad y también adquirido algunos inmuebles durante los años, pero si el hijo continuaba gastando y actuando irresponsablemente, acabarían perdiendo todo.
Después de una noche de sueño perturbado, Alonso no tuvo otra salida sino volver a la oficina y enfrentar toda la confusión que armó por allá.
Lucinda, por su parte, entró en el sitio y buscó cómo podía resolver la cuestión y le dieron la opción de pagar en cuotas con descuento de los intereses, desde que saldara el 20% de la deuda de una vez.
Ella se comprometió y ellos le enviaron un boleto. La cantidad era alta, pero ella fue a su cofre, cogió uno de los conjuntos de joyas que Alonso le dio y fue hasta una joyería para vender. El valor ofrecido era bien por debajo del valor de mercado, pero daría para pagar el impuesto.
Después que pagó el boleto, buscó una inmobiliaria y colocó la mansión a la venta. La corredora quedó entusiasmada, aquel tipo de inmueble era bien valorizado y daría una bella comisión. No sería difícil vender y Lucinda conseguiría liquidar la deuda de los impuestos.
—Muchas gracias, señora Gusmão, por darnos preferencia.
—Yo no tengo prisa, quiero quedarme en el inmueble por más tres meses.
—Sin problemas, ese es el plazo normal para desocupación de una mansión. Tengo un cliente en potencial, así que obtenga la respuesta de él, entraré en contacto.
—Gracias, necesito solo arreglar las cosas para mudarme. —se despidió y salió, tranquila sabiendo que ellos cuidaban de la transferencia de propiedad y ella estaría libre de los impuestos.
Resolvió visitar a Alonso en la oficina y comunicar sobre los impuestos de la casa y que la colocó a la venta. Necesitarían comunicar a Rose que no tendrían más fiesta.
Llegó a la empresa y fue barrada en la recepción, pues necesitaba de una identificación para entrar.
—¿Pues no señora, tiene hora marcada?
—Buenos días, soy la Sra. Ferreira. Avise a mi marido que estoy aquí. No necesita hacer esta cara de quien parece estar viendo a otra loca, ¡llama para él, ahora!
La autoridad de Lucinda fue tanta, que la joven no osó hablar nada, cogió el teléfono y llamó a la secretaria del presidente. Para la infelicidad de ella, la secretaria no atendió, entonces, ella llamó directo para el presidente, que tampoco atendió.