En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.
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Capítulo 2: Promesas.
La recuperación de Antonio fue un secreto guardado entre gasas y el silencio cómplice de la noche. Durante dos semanas, el consultorio se convirtió en un refugio donde el mundo exterior, con sus fusiles y leyes, parecía no existir.
Mientras Isaí entraba a la habitación trasera con una bandeja de curación, tratando de ignorar cómo su corazón se aceleraba al verlo desconocía el porqué se sentía así, solo se respondía a si misma, me siento extraña por miedo, que más va a ser se decía una y otra vez. Él ya no era solo el guerrillero herido; era el hombre que durante esos días supo ganarse un poco de la confianza de esa Doctora que aceleraba su corazón, haciendo que olvidará el mundo exterior, atraído, ignotizado para alargar los encuentros, le contaba historias de las estrellas mientras ella limpiaba sus cicatrices.
—Ya casi cierra la herida —dijo Isaí, evitando su mirada mientras aplicaba el antiséptico—. Mañana podrías marcharte si así lo deseas.
Antonio la sujetó de la muñeca. Su toque ya no era febril, sino firme y cargado de una atracción que quemaba.
—No quiero irme, doctora. Por primera vez en años, no siento que el mundo se está acabando, mirando sus ojos. —susurró él, acercándose tanto que ella pudo oler el tabaco y el jabón en su piel.
Fue esa noche cuando el engaño echó raíces. Antonio, sabiendo que su vida pertenecía a la guerra, paro aun así no desistió en besarla, besos que fue correspondido por Isaí.
Besos que desató un gran impulso de deseo que no se pudo apagar, y que realmente ninguno de los dos quiso hacerle fin. Entré caricias, él le juró que buscaría la forma de dejar las armas. Le pintó un futuro de paz, de una casa lejos del pueblo, donde ella no tuviera que curar balazos. Isaí, joven y hambrienta de esperanza, decidió creerle. Se entregó a ese amor con la desesperación de quien sabe que está caminando hacia un abismo.
Sin embargo, mientras ella soñaba, recostada en su pecho, Antonio oía mensajes cifrados que se colaban por la ventana. Sus compañeros lo buscaban. La guerra no suelta a sus hijos tan fácilmente. Él sabía que su presencia ponía una diana en la espalda de Isaí, si allí lo encontraban pero su egoísmo —reflejado en amor— lo mantuvo allí un poco más, es que bien era irresistible no hacerlo.
Esa misma noche de tantos temas hablados Isaí le dice:
—Prométeme que no volverás a la montaña, tocando la marca de la bala en su costado no quiero que te regrese.
Mientras Antonio pensaba, solo respondió.
—Te lo Prometo — aunque también quiero que tengas presente doctora que quedarme es arriesgarte. Sólo are lo que sea mejor, sellando con un beso en su mano la frase que marcaría el resto de sus vidas,
Al amanecer, el primer estallido de un fusil a lo lejos les recordó que el tiempo se había agotado que aunque la conexión de sus cuerpos seguía unidad no se podía esperar más recostados.