Zoe Aldana despierta en el cuerpo de la chica más odiada de una novela: una joven de familia adinerada a la que todos desprecian. Según la historia original, su destino es servir de villana y terminar destruida. Pero Zoe no piensa seguir el guion.
Armada con una lengua afilada, una puntería letal y cero tolerancia hacia la hipocresía, Zoe empieza a desmontar las mentiras que la rodean. Lo que nadie esperaba es que detrás de la "princesa falsa" se escondiera una mujer capaz de poner de rodillas a las familias más poderosas de la ciudad.
Y luego está Iker Navarro: su prometido por arreglo, frío como el hielo, temido por todos… y peligrosamente empeñado en protegerla. Lo que empieza como un matrimonio forzado se convierte en algo que ninguno de los dos puede controlar.
Pero cuanto más secretos desentierra Zoe, más enemigos se gana. Traiciones familiares, conspiraciones mafiosas y un pasado oscuro que conecta a las dos familias más poderosas amenazan con destruir todo lo que ha construido.
En este mundo, la sangre no garantiza lealtad, el amor es el arma más peligrosa, y la única regla es sobrevivir.
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La inquietud de Zoe
Sonó la campana de salida. Zoe y Valentina caminaban juntas hacia la salida del salón.
Se veía que Zoe le hacía muchas preguntas a Valentina sobre su vida cotidiana, cosas que en su mayoría resultaban curiosamente parecidas a los gustos de Vale, su amiga.
Al llegar al estacionamiento, la voz de Alicia se convirtió en el centro de atención.
—¡Zoe! —llamó.
Zoe y Valentina se detuvieron. Alicia se acercaba con una sonrisa dulce. Mateo, Diego y Damián la seguían de cerca, temerosos de que Zoe le hiciera algo.
Al llegar, Alicia, que venía apresurada, casi tropezó hacia adelante. Zoe, por reflejo, jaló a Valentina hacia un lado.
—¡Ah! —exclamó Alicia, sorprendida, a punto de caer de nuevo, de no ser porque Mateo la sujetó.
—Cuidado, Alicia —dijo Mateo con suavidad.
Zoe chasqueó la lengua con frialdad.
—No sé por qué, pero siempre quieres caerte delante de nosotras. ¿Lo haces a propósito?
—¡Cuida lo que dices, Zoe! —bramó Diego, lanzándole una mirada filosa.
Zoe lo ignoró por completo y dijo:
—Es que es verdad, ¿no? Hasta si le sopla una lagartija, Alicia se desploma. Y la culpable siempre soy yo. Como si lo hiciera adrede.
—Tú… —empezó Damián, pero Alicia lo interrumpió.
Alicia bajó la mirada, asustada.
—P-perdón, Zoe. Es que me emocioné al verte.
Zoe resopló con frialdad.
—¿Para qué me llamas?
Alicia alzó la vista y dijo con dulzura:
—Vámonos juntas a casa.
—No, gracias. Estoy harta de ustedes —cortó Zoe sin rodeos.
Diego, Damián y Mateo apretaron los puños.
—No…
Antes de que Damián pudiera reprenderla, Zoe ya se había dado la vuelta y se marchaba con Valentina, que se había mantenido callada todo el rato.
El cielo empezaba a teñirse de dorado cuando Zoe iba sentada en silencio en el asiento trasero de un taxi, dejando que sus pensamientos volaran. La mirada vacía fija en la ventanilla, pero la mente ocupada en calcular, comparar y buscar respuestas.
Una mano presionaba la pequeña venda en su mano, que aún le ardía por la sopa de la mañana.
El taxista la vio por el retrovisor y preguntó:
—¿A la Avenida San Martín número 5, señorita?
Zoe respondió sin emoción:
—Sí.
Al poco rato, el auto se detuvo en una zona comercial ajetreada. Frente a Zoe se alineaban locales modernos con pintura llamativa y letreros luminosos.
Zoe se inclinó hacia adelante y contempló los locales con mirada vacía. En su mundo, este lugar era su colegio. El Colegio San Martín.
Donde había forjado tantos recuerdos. Pero en este mundo novelesco…
Solo había concreto frío y muerto.
—San Martín, aquí no es más que una hilera de tiendas —murmuró Zoe.
Se reclinó de nuevo en el asiento. Los puños se le cerraron despacio sobre la falda.
—Resulta que aquí tampoco hay nada que pueda buscar.
El taxista preguntó con cautela:
—Si me permite, señorita, ¿qué anda buscando?
Zoe contestó despacio, con desgano:
—Mi antiguo colegio.
—Ah, que yo sepa aquí nunca hubo un colegio, señorita. Aunque quizá me equivoque, porque soy de afuera.
Zoe volteó despacio.
—No, usted no se equivoca. Yo soy la que se confundió de dirección.
Zoe sacó el celular y buscó otra dirección. Esta vez, sobre sus padres biológicos.
—Señor, a la Calle Las Flores número 11. Barrio norte.
—Entendido, señorita —respondió el taxista.
El viaje continuó. Detrás de ellos, una moto deportiva negra los seguía a distancia prudente. Iker, con el casco puesto, mantenía la vista fija al frente, sin perder el rastro.
Unos veinte minutos después, el taxi se detuvo de nuevo. Zoe bajó despacio, mirando a su alrededor. Silencio. No se oían vehículos. No había casas.
Solo un terreno vacío.
Los cimientos de lo que fue una casa estaban cubiertos de hierba silvestre. Lo único que se mantenía en pie era un letrero inclinado que decía: "Propiedad del gobierno. Prohibido construir."
Zoe se quedó helada.
Se paró en medio del terreno. La brisa de la tarde le alborotó el cabello suelto. Inspiró hondo y luego agachó la cabeza.
—En mi mundo real… aquí estaba mi casa. —Zoe contempló el terreno vacío—. Pero en este mundo, mi casa ni siquiera existió.
Recorrió el lugar con la mirada. Nada.
Su voz se fue apagando.
—Aunque el lugar sea el mismo, todo es diferente. Este mundo no es mío.
Lentamente, volvió al taxi. El conductor la miró por el espejo, pero no dijo nada. Sabía que un rostro como el de Zoe no necesitaba consuelo, solo tiempo.
—Señor, vamos a casa.
—¿A la dirección de antes, señorita?
La chica negó despacio.
—No. Lléveme al parque municipal más cercano. Necesito… aire.
El taxi arrancó suavemente, dejando atrás el terreno vacío. Mientras tanto, al otro lado de la calle, Iker —que había estado observando todo el tiempo— se apoyó contra un poste de luz.
Sus ojos seguían fijos en Zoe, que ahora iba sentada en el auto, mirando sin ver por la ventanilla.
—¿Qué es lo que estás buscando, Zoe? —murmuró Iker.
Y volvió a subirse a su moto.
Todavía siguiéndola. Todavía vigilándola. Todavía intrigado.
El cielo se iba oscureciendo. La luz del atardecer se colaba entre las hojas de los árboles que se mecían suavemente con la brisa vespertina. Zoe estaba sentada sola en una banca del parque, inmóvil. Los brazos cruzados, los ojos fijos en una pequeña fuente frente a ella… pero la mirada perdida.
Una mirada que no veía lo que tenía delante, sino lo que extrañaba.
—Papá… mamá…
—Si este mundo es real, ¿entonces dónde están ustedes?
Aunque solía fingir que no le importaba nada, detrás de su coraza fría, Zoe era solo una adolescente solitaria.
En su corazón susurró: Papá siempre decía que la vida hay que vivirla con disciplina. Calificaciones perfectas, logros extraordinarios. Un solo fracaso y ya no servías para nada. Pero ahora… ni siquiera sé quién soy en este mundo.
En el mundo real, a Zoe siempre le exigieron la perfección, tanto en lo académico como en todo lo demás.
Cerró los ojos. Intentó contener esa sensación extraña que le carcomía el pecho desde que llegó a este mundo novelesco. Nostalgia. Confusión. Rabia. Vacío.
Pero desde hacía rato, Zoe percibía algo.
Pasos lentos. Una mirada que no se apartaba de ella. Finalmente abrió los ojos. No giró la cabeza. Solo siseó con frialdad:
—¿Hasta cuándo vas a seguirme como acosador, Iker?
Al poco, de detrás de un árbol grande apareció una figura alta con chaqueta negra. El rostro, como siempre, frío y parco. Iker se acercó con paso lento y se sentó en la banca de enfrente.
Quedaron cara a cara. Pero ninguno habló primero.
Zoe finalmente alzó una ceja, la mirada afilada y penetrante.
—¿Qué haces siguiéndome? ¿No tienes nada mejor que hacer?
Iker se recargó en el respaldo, los brazos cruzados sobre el pecho.
—No te estoy siguiendo —respondió con calma.
Zoe entrecerró los ojos.
—¿Ah, sí? ¿Qué casualidad, no? "Casualmente" apareces en el colegio, luego "casualmente" enfrente del San Martín, y ahora "casualmente" también en este parque.
—Así es. El mundo es chico, así que no te sorprendas de que nos crucemos seguido —dijo Iker, impasible.
Zoe resopló.
—Qué chistoso. ¿Crees que me voy a tragar tus mentiras?
Iker mantuvo la cara de piedra, aunque ya lo habían descubierto.
—Me da igual si me crees o no.
—A mí también me da igual por qué estás aquí. Pero me estorbas. Quiero estar sola.
—Si te estorbo, ¿por qué me hablas? —preguntó Iker.
—Porque me irritas.
Iker esbozó una sonrisa mínima.
—Qué raro. Normalmente la irritante eres tú.
Zoe calló. No respondió más. Desvió la cara y miró el cielo que se oscurecía. El viento soplaba más frío ahora.
Iker la contempló un instante, a escondidas. Había muchas cosas que no entendía. La Zoe de ahora no era la Zoe que siempre había conocido. Antes, Zoe era terca, buscaba atención, era egoísta, cruel y tonta. Pero ahora…
—Cambiaste —dijo Iker, entre creer y no creer.
Zoe volteó despacio.
—¿Y qué? ¿No se puede?
—Se puede. Solo que no es lo habitual.
Zoe suspiró.
—Tal vez es porque ahora estoy cansada.
Iker frunció el ceño.
—¿Cansada?
Zoe desvió la mirada. Su voz fue baja pero firme.
—Cansada de fingir. Cansada de ser alguien que no soy. Cansada de vivir según las expectativas de los demás.
Silencio.
Iker no respondió. Pero su mirada cambió. Como si estuviera viendo a Zoe por primera vez: no como su prometida, no como la chica que perseguía a Mateo, sino como un ser humano.
Zoe se levantó despacio, se acomodó la mochila.
—Me voy a casa. Si quieres seguirme, allá tú. Pero no me hables.
—Te llevo en la moto —ofreció Iker.
Zoe lo miró con dureza.
—¿Me crees tonta? Manejas esa moto como si fuera un cohete. Prefiero un taxi.
Iker sonrió —por primera vez.
—Tú fuiste la que manejó como loca mi moto esta mañana.
Zoe replicó al vuelo:
—Eso fue porque quería que te murieras. Ahora ya no.
Iker se rio quedamente.
—No sé si eso es una amenaza o un cumplido.
Zoe ya se alejaba, sin voltear.
—Tómalo como quieras.
Iker suspiró, se puso de pie y la siguió desde lejos. Sin hacer ruido.
Como una sombra. Silencioso, vigilante.