Irene Blanch era una señorita proveniente de una familia tranquila, ella igual era alguien de muy bajo perfil, fue por eso por lo que Ezra Markov la eligió como su esposa luego de ser rechazada por su primer amor, Lina Lewel. Irene lo sabía, y acepto de todas formas, porque tampoco estaba enamorada de Ezra, solo vió los beneficios de ese matrimonio y los del divorcio en el que pensaba antes incluso de estar casada.
Irene nunca previo el cambio de actitud de su esposo ni tampoco los de ella misma. Menos aún que el primer amor de Ezra mostrara tanto interés en sus vidas.
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Capitulo 18
Ezra salió del cuartel con paso firme.
El eco del duelo aún parecía resonar en su mente.
La conversación con el príncipe Eliott lo había dejado irritado.
¿Por qué se había reído?
¿Por qué había dicho algo así?
Ezra caminaba por el sendero de piedra que conectaba el cuartel con la salida del palacio. El aire fresco de la tarde no lograba disipar el ligero malestar que llevaba en el pecho.
"Pero tú amas a Lina…"
La voz burlona de Eliott volvió a cruzar por su mente.
Ezra frunció el ceño.
—Lo que siento por Lina…
Las palabras escaparon de sus labios en un murmullo casi imperceptible.
Durante un instante, un recuerdo apareció en su mente.
Lina.
La Lina de años atrás.
La joven que solía sonreírle con dulzura, cuyos ojos brillaban con una calidez casi ingenua. Aquella muchacha había logrado hacer latir su corazón con una intensidad que en ese entonces le resultaba imposible ignorar.
Ezra sintió un ligero estremecimiento al recordarlo.
Sí.
Había reconocido sus sentimientos por ella.
No había sido una ilusión.
Pero ahora…
Ahora algo era diferente.
Cuando pensaba en Lina, su corazón ya no reaccionaba de la misma forma.
No había nerviosismo.
Ni expectación.
Ni esa sensación inquieta que alguna vez lo había acompañado.
Entonces, casi sin darse cuenta, otro rostro apareció en su mente.
Irene.
Una mujer completamente distinta.
Orgullosa.
Nada ingenua.
Firme en sus palabras y aún más firme en sus decisiones.
Recordó su mirada directa, su manera de responder sin rodeos, la forma en que se mantenía erguida incluso cuando las circunstancias eran incómodas.
Antes de darse cuenta, Ezra se encontró sonriendo ligeramente.
Aquella mujer sería su esposa.
Y, para su propia sorpresa, esa idea le producía una satisfacción que no sabía explicar del todo.
Pero entonces una voz interrumpió sus pensamientos.
—¿Ezra?
El tono sonaba levemente sorprendido.
Ezra se tensó de inmediato.
Levantó la mirada lentamente.
Frente a él estaba Lina.
Ella lo observaba con una sonrisa que apareció en cuanto sus miradas se encontraron.
—¡Ezra!
Sus pasos se volvieron más rápidos mientras se acercaba a él con una alegría evidente.
Cuando llegó frente a él, lo observó con curiosidad.
Su apariencia era ligeramente desordenada.
La camisa tenía un par de botones abiertos, las botas estaban cubiertas de polvo y pequeñas gotas de sudor brillaban aún en su frente después del entrenamiento.
Lina sacó un pequeño pañuelo bordado.
—¿Qué estabas haciendo? —preguntó con una sonrisa suave—. Te ves un poco agitado.
Extendió la mano con naturalidad, intentando limpiar el sudor de su frente.
Pero antes de que pudiera siquiera tocarlo, Ezra detuvo su muñeca.
El gesto fue firme.
La expresión de Lina se congeló.
La mirada de Ezra sobre ella era fría.
—¿Qué… qué pasa, Ezra?
Su voz salió titubeante, casi frágil.
Ezra soltó lentamente su muñeca.
—Alteza.
El tono que utilizó marcaba una distancia clara.
Después dio un par de pasos hacia atrás, alejándose de ella.
Lina lo observó completamente desconcertada.
—¿Aún… aún estás enojado?
Su voz tembló ligeramente.
—No me gusta esto, Ezra…
Sus manos se apretaron nerviosamente entre sí.
—Quiero que volvamos a ser como éramos antes.
Ezra la observó en silencio durante un momento.
Luego habló con serenidad.
—Eso no es posible.
Las palabras cayeron con una firmeza que hizo que Lina se tensara.
Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, Ezra continuó.
—Estos límites debieron haberse aclarado hace mucho tiempo.
Su expresión no cambió.
—Creo que no necesito explicar el por qué.
Hizo una breve pausa.
—Nuestra relación no puede seguir siendo la misma.
Los ojos verdes de Lina comenzaron a llenarse de lágrimas.
Ezra habló nuevamente, con formalidad.
—Le pido, alteza, que me trate como trataría a cualquier otro súbdito.
Durante unos segundos Lina pareció incapaz de reaccionar.
Luego su cuerpo comenzó a temblar.
Sus ojos se cristalizaron por completo.
Era como si estuviera a punto de derrumbarse frente a él.
Finalmente habló, con la voz entrecortada.
—Ella…
Tragó saliva.
—¿Esa mujer te lo pidió?
Ezra frunció el ceño.
—¿Ella te pidió que te alejaras de mí?
Los ojos azules de Ezra se volvieron notablemente más fríos.
La forma en que Lina había dicho “esa mujer” no pasó desapercibida.
—Si se refiere como “esa mujer” a mi prometida —respondió con severidad—, no.
Su voz se volvió más firme.
—Ella no me pidió nada.
Sus ojos se clavaron en los de Lina.
—Y le pediré amablemente, alteza, que se refiera a mi prometida con el debido respeto.
Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Lina.
Sus hombros temblaban mientras intentaba contener los sollozos.
En otra ocasión, esa imagen habría sido suficiente para quebrar la determinación de Ezra.
Pero esta vez no ocurrió.
Ezra simplemente inclinó ligeramente la cabeza en una breve reverencia.
Luego se dio la vuelta. Y se marchó, sin detenerse y sin mirar atrás.
Lina se quedó inmóvil en el sendero. Observando cómo su figura se alejaba.
Lo que más la desconcerto fue la ausencia total de remordimiento en su expresión.
Aquella imagen de fragilidad que tantas veces había logrado conmover a Ezra…
Esta vez no había provocado nada.
Solo indiferencia.
Las lágrimas dejaron de fluir lentamente.
La expresión de Lina cambió.
La tristeza fue reemplazada por un gesto de fastidio.
Apretó los labios con irritación mientras observaba el camino por donde Ezra había desaparecido.
—¿Por qué estas jugando así Ezra? —murmuró con frustración.
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La medianoche había pasado hacía rato.
La habitación permanecía en silencio, apenas iluminada por la tenue luz de una lámpara junto a la cama. Lina se encontraba despierta, recostada entre las sábanas, con la mirada fija en el techo.
El silencio era tan profundo que el leve sonido de la puerta al abrirse resultó evidente.
La manija giró con cuidado.
La puerta se entreabrió lentamente, como si quien entraba intentara no hacer el menor ruido.
Eliott apareció en el umbral.
Entró casi en puntillas, cerrando la puerta con suavidad antes de dirigirse hacia la cama. Sus movimientos eran cuidadosos, intentando no despertarla.
Pero en cuanto se acercó lo suficiente, se dio cuenta de que Lina tenía los ojos abiertos.
—¿A dónde estabas? —preguntó ella.
Su tono era claramente molesto.
Eliott se detuvo un segundo, como si no esperara encontrarla despierta. Luego se quitó el abrigo y se metió en la cama con un suspiro cansado.
—Trabajando… —respondió con voz baja—. Lo siento si te desperté.
Se acomodó bajo las sábanas.
—Estoy muy cansado. Hablemos mañana, cariño.
Acto seguido se dio la vuelta, dándole la espalda.
Lina lo observó en silencio.
Su mirada se volvió fría.
—Trabajando… —repitió para sí misma con desprecio.
Un leve gesto de disgusto apareció en su rostro.
—Dices que estás trabajando cuando hueles tan asquerosamente a perfume de mujer… descarado.
El aroma era inconfundible.
No era la primera vez que lo percibía.
Lina sabía perfectamente que Eliott estaba viendo a otra mujer.
Pero fingía no saberlo.
En realidad, no había nada que pudiera hacer para detenerlo.
Y, si era sincera consigo misma, tampoco le importaba demasiado.
Después de todo, ya había conseguido lo que quería de él. Y sabía bien que Eliott no sería tan descuidado haciendo algo que pudiera dañar su imágen de pareja de cuento de hadas.
No era que entre ellos nunca hubiera existido intimidad.
La hubo.
Pero hacía ya algún tiempo que aquello había dejado de ocurrir.
Lina se recostó también, girándose hacia el lado opuesto de la cama.
Le dio la espalda.
Durante unos momentos solo se escuchó la respiración lenta de Eliott, que parecía haberse quedado dormido casi de inmediato.
Lina cerró los ojos, pero el sueño no llegó.
— Si quien estuviera acostado a mi lado fuera Ezra…— pensó.
Su pecho se tensó.
— Esto no sería así.
El pensamiento la llenó de una amarga sensación.
— Ezra…
En su mente apareció su imagen con absoluta claridad.
— Ezra es tan perfecto…
Sus labios se apretaron con frustración.
Pero no podía tenerlo todo.
— Si tan solo él fuera el príncipe heredero…
Su respiración se volvió más pesada.
—Yo… yo sería realmente feliz... por eso no puedes dejarme Ezra—murmuró apenas, en un susurro que se perdió en la oscuridad.
Aquellos pensamientos siguieron dando vueltas en su cabeza durante largo rato.
El tiempo pasó lentamente aquella noche.
Pero, al mismo tiempo, los días parecieron avanzar con una rapidez inquietante.
Como si el propio tiempo estuviera ansioso por alcanzar un momento en particular.
El día de la boda de Irene y Ezra.
Hay Ezra m imagino tu cara de celos
estos celos me hacen daño me enloqueceeeen~🤣🤣
pobre ezra la cara que debe de tener