SOY LA VILLANA QUE SALVARÁ A SU FAVORITO
Violeta Alber ha vivido tres vidas: mercenaria letal en la Metrólis Feudal, mariscala de élite en la era moderna y diseñadora de moda exitosa, pero la traición la ha acompañado siempre. Al morir por tercera vez, despierta en el cuerpo de Roxana Ruiz —la esposa por contrato del personaje que más admiró en una novela: Bruno Castellano, un CEO brillante pero paralizado y sumido en la depresión, condenado a morir para que los protagonistas oficiales vivan felices.
Conociendo el destino trágico que les espera a Bruno y su familia, Roxana decide cambiar el curso de la historia. Convertirá su imagen de mujer despreciada en la de una líder imponente, luchará contra la manipulación de Orquídea y Gael, salvará a los hermanos de Bruno y protegerá sus bienes —incluyendo tierras en París con minas de diamantes y oro que le garantizarán libertad.
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LA VERDAD QUE DESTRUYE
Después de que Isabella regresara al salón, el abuelo don Alejandro reunió a todos los hijos, nietos y familiares en el centro del salón. El ambiente se volvió serio cuando Gael se puso de pie junto a Orquídea, con una pila de documentos en la mano.
—Aprovecho esta oportunidad en el banquete para hacer público un asunto importante —dijo Gael con voz segura—. Ahora debo ser el CEO de la compañía, porque poseo las acciones de César. Con estos documentos oficiales que demuestran la herencia, paso a ser el mayor accionista.
Muchos familiares asintieron con la cabeza, ya que los documentos parecían legítimos a simple vista. Algunos empezaron a felicitarlo, convencidos de que sería el mejor líder para la empresa.
—Así debe ser, Gael es el más capacitado —dijo uno de los tíos de Bruno.
—Con él al mando, la compañía seguirá creciendo —añadió otra familiar.
Yo me levanté lentamente y sonreí, mientras sacaba una carpeta negra de la mano de Sebastián.
—Lo siento, Gael, pero creo que estás mal —dije con calma, acercándome al centro del salón—. En realidad, las acciones de César pasaron a mí, y aquí tengo la firma auténtica y los documentos oficiales registrados en la oficina de propiedad industrial.
El abogado del abuelo, don Roberto, se acercó para revisar ambos conjuntos de documentos. Después de unos minutos de revisión minuciosa, levantó la cabeza con una expresión seria.
—Los documentos de la señora Roxana son los verdaderos —anunció—. Los de don Gael tienen firmas falsificadas y sellos que no corresponden a los registros oficiales. Sumando las acciones de la señora Roxana (30%) con sus 15% propios, posee un 45% del capital. Por tanto, según las reglas de la compañía, debe ocupar un puesto más alto: el de administradora del consejo administrativo.
Bruno y el abuelo asintieron con aprobación.
—Como fundador de la empresa, doy mi total apoyo a Roxana —dijo don Alejandro—. Y Bruno, como el CEO elegido por mí, seguirá siendo la máxima autoridad operativa de la compañía. Juntos, liderarán nuestra empresa hacia un futuro mejor.
Gael y Orquídea estaban furiosos, pero ocultaban su ira con expresiones neutras. Me acerqué a Orquídea y le susurré al oído:
—Ya ves, querida. Tú no eres competencia para mí, porque hay niveles y niveles. Y tú ni volviendo a nacer estarás a mi nivel, querida Orquídea.
Los demás miembros de la familia pusieron cara de enojo, pero nadie se atrevió a cuestionar la decisión del abuelo ni la autoridad de Bruno, ahora protegido por mi puesto directivo importante.
Después de este anuncio, me retiré un momento al balcón para respirar aire fresco. Bruno se acercó a mí y tomó mi mano.
—No tenías que hacer todo eso por mí —dijo con voz emocionada.
—Bruno, eres mi favorito, y te voy a proteger hasta el final —respondí con una sonrisa tierna—. Quiero hacer todo esto porque eres importante para mí, para nuestra familia.
De repente, escuchamos un grito desde el salón. Rodrigo —uno de los nietos del abuelo, hijo del tío Marcos de Bruno— acusó a Diego de haber robado una joya de gran valor: un collar de diamantes que pertenecía a la primera esposa del abuelo. Sabía que eso pasaría me preparé días antes.
—¡Él se lo llevó! Lo vi metiéndolo en su bolsillo cuando pasábamos junto a la vitrina de reliquias familiares —gritó Rodrigo, señalando a Diego con el dedo—. Debemos castigarlo y echarlo de la familia.
Algunos familiares ya empezaron a gritar contra Diego, quien se quedaba inmóvil, con los ojos llenos de lágrimas de impotencia. Pero yo me interpuse entre ellos con paso firme.
—Un momento —dije con voz contundente que silenció el salón—. No voy a permitir que castiguen a Diego sin antes investigar. Quiero que primero se haga una investigación exhaustiva. Y les aseguro que si demuestro que Diego es inocente, el que lo acusó tendrá que pagar las consecuencias establecidas en los estatutos familiares.
Mientras llamaba a los guardias de seguridad, empecé a explicar cómo me había preparado para este momento:
—Hace varios días , cuando me enteré de que se expondría el collar de la difunta esposa del abuelo en este banquete, comencé a tomar medidas de seguridad. Primero, contraté a un equipo de expertos en seguridad electrónica para instalar cámaras de alta resolución en todos los rincones del salón, incluyendo puntos estratégicos alrededor de la vitrina de reliquias —explique, mientras los guardias preparaban el equipo de proyección—. Cada cámara cuenta con grabación en tiempo real y reconocimiento de movimientos sospechosos.
—Segundo, acudí al joyero de la familia, don Francisco, quien me mostró la marca única que él mismo grabó en la cerradura del collar original hace cincuenta años —continué, tomando el objeto que Rodrigo había presentado como evidencia—. También me informó sobre las características que diferencian al original de cualquier copia, como la composición del metal y el corte de los diamantes.
—Tercero, investigué a todos los miembros de la familia que tendrían acceso a la vitrina. Descubrí que Rodrigo había estado consultando precios de joyas de alto valor en varias casas de subastas y que tenía deudas millonarias con grupos delictivos locales —dije, sacando un documento con registros bancarios y declaraciones de testigos—. Para confirmar mis sospechas, coloqué un rastreador en la tienda de reproducciones de joyas del centro, donde descubrí que había comprado una copia exacta del collar hace dos días, con su firma y huella digital en el registro de compra.
—Cuarto, preparé un análisis químico del polvo que cubría la pieza que Rodrigo encontró en la bolsa de Diego —añadí, mostrando un informe técnico—. El resultado confirma que se trata del mismo talco que usan en esa tienda para proteger las reproducciones, mientras que el original se conserva con productos especiales que no dejan residuos similares.
Los guardias llegaron con las grabaciones y las proyectaron en una pantalla grande. Se pudo ver claramente cómo Rodrigo colocaba el collar en la bolsa de Diego cuando este se distraía al saludar a una prima, y luego cómo iba a buscar a los familiares para acusarlo. También se mostró el video de la tienda, donde se veía a Rodrigo pagando por la copia.
—Además, he obtenido declaraciones de los empleados de la tienda y de los acreedores de Rodrigo, quienes confirmaron que él les había prometido pagar sus deudas con el dinero de la venta del collar —continué, sacando más documentos—. Pensó que acusando a Diego, quien es el heredero de una parte importante de los bienes de la familia, podría desacreditarlo y quedarse con su porción del patrimonio.
Rodrigo se quedó sin palabras, con la cara completamente pálida. El abuelo ordenó que fuera expulsado de la familia y que pagara por los daños causados a la reputación de Diego, además de enfrentar cargos criminales por falsa acusación y tentativa de estafa.
Todos los familiares quedaron impactados por mi planificación meticulosa y mi capacidad para descubrir la verdad de forma tan rápida y precisa. Diego se acercó a mí y me abrazó con fuerza, mientras los demás miraban con respeto a la nueva administradora del consejo administrativo que protegería a todos los miembros de la familia Castellano.