Haru creía que el amor era sacrificio. Graduado con honores en Tokio y con un futuro brillante en el arte y las letras, lo dejó todo por un matrimonio de contrato con Ren, un alfa que solo le devolvió desprecio y violencia. Tras tres años de infierno, Ren lo desecha como a un mueble viejo, dejándole solo un pequeño apartamento en un complejo exclusivo.
En el ático de ese mismo edificio vive Kaito Kuroda, el heredero de un imperio que se mueve entre la legalidad empresarial y las sombras de la mafia japonesa. Kaito no cree en el amor romántico; para él, la lealtad solo existe en la sangre. Sin embargo, su paz se ve interrumpida por un vecino ruidoso que huele a miedo y a pintura fresca.
Lo que comienza como roces por paquetes mal entregados y quejas por mudanzas nocturnas, se convierte en una conexión inevitable. Pero la libertad de Haru es una amenaza para el ego de su exesposo.
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Capítulo 3: El Eco de los Pasos y el Aroma al Pasado
El edificio en el distrito de Minato era una estructura de concreto y cristal que prometía anonimato, pero para Haru Mizushima, cada rincón se sentía como una nueva celda. Llevaba puestas unas gafas de sol grandes para ocultar el hematoma que el maquillaje no lograba cubrir por completo y una bufanda que escondía las marcas de dedos en su cuello, a pesar del calor incipiente de la tarde.
Sus manos, vendadas toscamente bajo sus mangas largas, sostenían una caja de cartón que contenía lo único que Ren no pudo quemar: sus pinceles viejos y unos cuadernos de bocetos con las hojas amarillentas. Era todo lo que le quedaba tras tres años de "matrimonio".
—Piso 12... —susurró Haru para sí mismo, su voz temblando.
El ascensor se abrió y el pasillo alfombrado tragó el sonido de sus pasos. Haru caminaba pegado a la pared, con los hombros hundidos, esperando que en cualquier momento alguien le gritara o lo golpeara por "estorbar". Su mente era un campo de minas; cada vez que un hombre pasaba cerca, el corazón de Haru martilleaba contra sus costillas rotas, enviando ráfagas de dolor que le cortaban la respiración.
Al llegar a la puerta de su nuevo apartamento, el 12-B, Haru dejó caer la caja para buscar las llaves. El estruendo del cartón golpeando el suelo silencioso del pasillo lo hizo saltar, ahogando un grito de puro pavor. Se quedó paralizado, mirando a ambos lados, esperando la reprimenda.
—¿Problemas con la mudanza?
La voz era profunda, una vibración de barítono que pareció golpear a Haru directamente en la nuca. Se giró con la rapidez de una presa acorralada.
Frente a él, saliendo del apartamento 12-A, estaba Kaito Kuroda. No vestía su traje de CEO, sino un jersey de cachemira negra que acentuaba su envergadura. Su sola presencia irradiaba esa energía de alfa dominante, ese aroma a tormenta y poder que Haru había aprendido a asociar con el dolor.
Haru retrocedió hasta que su espalda chocó contra su puerta, sus ojos se dilataron por el pánico y su respiración se volvió errática, superficial.
—Yo... lo siento... el ruido... no volverá a pasar, señor. Por favor, no se moleste —balbuceó Haru, bajando la cabeza de inmediato, ofreciendo su nuca en un gesto de sumisión instintivo que le revolvió el estómago de náuseas.
Kaito frunció el ceño. Estaba acostumbrado a que la gente le tuviera miedo por su reputación o su poder, pero este omega no le tenía respeto; le tenía un terror absoluto, como si esperara que Kaito fuera a ejecutarlo allí mismo por dejar caer una caja. Kaito notó el temblor en las manos del chico y cómo evitaba desesperadamente cualquier contacto visual.
—Es solo ruido, no una declaración de guerra —dijo Kaito, intentando suavizar su tono, aunque su voz seguía sonando como el crujido del hielo—. Soy Kaito Kuroda. Tu vecino.
Kaito dio un paso adelante, con la intención genuina de recoger la caja que se había abierto, dejando ver unos pinceles desgastados.
—¡No me toque! —el grito de Haru fue un chirrido de puro pánico. Se agachó frenéticamente, cubriendo sus pertenencias con su cuerpo, temblando como una hoja al viento—. No... no hace falta. Yo puedo. Por favor, entre a su casa. No quise molestar. Lo limpiaré todo... lo siento, lo siento...
Kaito se detuvo en seco, con la mano extendida en el aire. Sus ojos de ámbar oscuro analizaron la escena con la precisión de un depredador. Vio el destello de una venda bajo la manga de Haru y la forma en que el omega protegía su costado, como si tuviera las costillas lastimadas. Un instinto protector, enterrado bajo capas de frialdad mafiosa, se removió en su pecho.
—No iba a tocarte a ti, sino a la caja —dijo Kaito con una frialdad que ocultaba su desconcierto—. Tienes un paquete que entregaron en mi puerta por error. Está dentro de mi apartamento. Si quieres recuperarlo, tendrás que pedirlo.
Haru ni siquiera respondió. Se apresuró a meter todo en la caja, entró en su apartamento y cerró la puerta con tres vueltas de llave, dejando a Kaito solo en el pasillo.
Dentro de su nuevo hogar, Haru se deslizó por la puerta hasta quedar sentado en el suelo, abrazando sus rodillas. Su respiración era un sollozo ahogado. El vecino era un alfa. Un alfa joven, fuerte y con una mirada que parecía ver a través de sus mentiras.
"Es igual a Ren", pensó Haru, apretando los ojos. "Todos son iguales. Solo quieren que me someta. Solo quieren romperme lo poco que me queda".
Mientras tanto, en el pasillo, Kaito se quedó mirando la puerta cerrada del 12-B. El aroma del omega se había quedado flotando en el aire: era una mezcla extraña de jazmín marchito y un miedo tan agrio que resultaba casi doloroso de oler.
Kaito regresó a su sala, donde un paquete a nombre de "Haru Mizushima" descansaba sobre su mesa de mármol. Era un pedido de óleos y lienzos baratos. Kaito pasó sus dedos por el nombre escrito en la etiqueta. No sabía por qué, pero esa mirada de terror absoluto en los ojos del omega le había dejado un sabor amargo en la boca.
—Haru... —susurró Kaito—. ¿Qué clase de monstruo te enseñó a tener tanto miedo?
Esa noche, el silencio del piso 12 se rompió varias veces. Kaito escuchaba el sonido de cajas siendo arrastradas y el llanto sofocado que se filtraba por las paredes del edificio, un sonido que su instinto de alfa le pedía silenciar, pero que su mente lógica le ordenaba ignorar.