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Vínculo Prohibido

Vínculo Prohibido

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Mafia / Romance oscuro / Completas
Popularitas:66
Nilai: 5
nombre de autor: Maiara Brito

Dos jefes mafiosos. Un matrimonio arreglado.
El odio que los separa es tan intenso como la atracción que los consume.
Entre lealtad, sangre y deseo prohibido, Jay y Win descubrirán que el enemigo más peligroso no está fuera de la guerra… sino dentro de ellos mismos.

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Capítulo 15

Los preparativos para la boda continuaban y llenaban la mansión de voces y pasos apresurados. Telas, flores, documentos. Nin pasaba los días siendo medida, instruida, ensayada como si fuera una pieza de porcelana a ser exhibida.

Jay estaba siempre a su lado, postura impecable, semblante frío. Para todos los ojos externos, él era el novio perfecto: protector, respetuoso, confiable.

Pero Win veía más allá de la máscara. Cada vez que Jay sujetaba la mano de Nin en público, cada vez que la miraba delante de invitados, la sangre de él hervía. No solo por los celos de hermano, sino porque sabía, en el fondo, que la mirada de Jay cambiaba cuando se volvía hacia él.

Aquella noche, tras otro ensayo de la boda, Nin se retiró temprano para descansar. El abogado también se despidió, llevándose carpetas y papeles. La mansión enmudeció.

Oleg sugirió reforzar el ala este, ya que aún había temor de ataques. Los guardias ocuparon los corredores, pero restaba un problema: las habitaciones estaban siendo reorganizadas para recibir a los invitados extranjeros del consejo.

—Solo hay una habitación disponible en el ala central esta noche —informó uno de los funcionarios—. Para seguridad, sería mejor que los señores Volkov y Win se quedaran juntos.

El silencio que siguió fue pesado.

Win se cruzó de brazos.

—Prefiero dormir en el suelo del corredor.

Jay alzó una ceja, frío.

—Entonces duerme. Yo me quedaré con la cama.

Nin, que aún estaba cerca, suspiró, exhausta.

—Ustedes dos ya no tienen elección sobre casi nada. Al menos acepten esta.

Y subió las escaleras, dejándolos con la sentencia.

La habitación era amplia, paredes cubiertas de paneles de madera oscura, una cama ancha en el centro, lámparas de noche encendidas proyectando sombras suaves.

Jay se quitó el saco y lo dejó sobre el sillón, revelando la camisa blanca ajustada al cuerpo musculoso. Se sentó al borde de la cama, quitándose los zapatos con calma.

Win se quedó de pie, apoyado en la pared, los brazos cruzados, como si el aire fuera demasiado peligroso para respirar.

—Pareces demasiado cómodo para alguien que está a punto de casarse con la hermana de su enemigo.

Jay alzó la mirada, gris y fría.

—No confundas cama con altar.

Win rió corto, pero el sonido no tenía humor.

—Hablas como si no te importara nada.

—Me importa lo que importa —replicó Jay, la voz baja—. Y lo que importa ahora es sobrevivir a este pacto.

Win se acercó, los ojos negros chispeando.

—¿Sobrevivir… o aprovechar?

Jay inclinó la cabeza, la sonrisa fría surgiendo.

—Depende de quién divida la cama conmigo.

El silencio que vino fue casi sofocante. Win se detuvo frente a él, demasiado cerca. La tensión entre los dos era palpable, como cuerdas estiradas a punto de romperse.

—Eres un desgraciado —murmuró Win.

—Y tú no consigues alejarte —respondió Jay.

Win agarró el cuello de la camisa de él, como si fuera a empujarlo contra la cabecera. Pero Jay no se resistió. Por el contrario, se inclinó hacia adelante, acercando los rostros. El calor de los cuerpos se mezcló, la respiración pesada llenando el espacio.

Los ojos se cruzaron: rabia, deseo, negación. Todo en un único instante.

Pero en vez de puñetazo o grito, Win soltó el cuello y retrocedió medio paso, respirando hondo.

—No debería estar aquí.

Jay se puso de pie, acercándose aún más, hasta que sus hombros se tocaron.

—Pero estás.

El silencio quemaba. Ninguno de los dos se movió para romperlo.

Por fin, Win se dejó caer en la cama, exhausto.

—Si cierro los ojos, prométeme que no vas a matarme.

Jay se quitó el reloj de la muñeca, se acostó al lado, mirando el techo.

—Si quisiera, ya lo habría hecho.

Win giró el rostro, encarándolo.

—Me vuelves loco.

Jay mantuvo los ojos en el techo, pero una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios.

—Lo sé.

La habitación se sumió en silencio. Poco a poco, las respiraciones se volvieron más lentas. Dos enemigos, dividiendo la misma cama, cercados por un pacto que ya no era más el verdadero lazo entre ellos.

Y, aquella noche, incluso sin tocarse más, durmieron juntos.

Para Nin, que pasó por el corredor al amanecer y vio la puerta entreabierta, bastó una mirada rápida para entender: la guerra dentro de la casa había cambiado de forma.

No eran más enemigos separados por la rabia.

Ahora eran dos llamas, quemando en la misma cama.

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