El destino teje hilos oscuros, pero el poder verdadero reside en decidir qué nudos desatar y cuáles cortar con tu propia voluntad
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Capítulo 22
El silencio que siguió al derrumbe del palacio de Vyrwel fue más ensordecedor que el rugido de las llamas. Era un silencio denso, cargado de partículas de mármol pulverizado, seda quemada y el eco de una civilización que se había desmoronado en una sola noche. Entre las ruinas de la Gran Sala del Trono, el humo se arremolinaba como fantasmas hambrientos, buscando los restos de la gloria que alguna vez prometieron las paredes de oro.
En el centro de este desastre, Alessia permanecía inmóvil. Su armadura de obsidiana ya no brillaba; estaba cubierta por una capa de ceniza gris, dándole el aspecto de una estatua funeraria que hubiera cobrado vida para presenciar el fin del mundo. Sus ojos, pozos de negrura infinita, estaban fijos en el amasijo de escombros bajo el cual Caleb, el hombre que una vez llamó su luz, intentaba arrastrarse hacia una libertad que ya no existía.
—¿A dónde vas, Caleb? —la voz de Alessia cortó el aire como un cuchillo de hielo. No era un grito, era un susurro que vibraba en las piedras mismas—. ¿Buscas la salida? ¿O buscas el reino que vendiste por un puñado de sombras?
Caleb soltó un quejido ronco. Sus manos, antes cuidadas y adornadas con anillos de sello, estaban ensangrentadas y llenas de astillas. Logró apoyar la espalda contra la base del Trono del Sol, que ahora estaba partido a la mitad, su fulgor dorado apagado por el hollín.
—Mátame de una vez, Alessia —escupió él, con una mezcla de desafío y pura desesperación—. Hazlo. Termina tu papel de villana. Conviértete en lo que todos sabíamos que eras desde el día en que naciste con esa marca maldita.
Alessia caminó hacia él. Cada paso que daba hacía que las sombras en los rincones de la sala se agitaran con una anticipación hambrienta. Se detuvo a escasos centímetros de él, obligándolo a mirar hacia arriba, hacia la mujer que había transformado su propio dolor en un imperio.
—Ese es tu error, Caleb —dijo ella, inclinándose sobre él—. Sigues pensando que esto se trata de la profecía. Sigues pensando que estoy aquí porque el destino me trajo de la mano. No lo entiendes. El destino quería que yo muriera en aquel acantilado. El contrato decía que yo era una ofrenda. Pero yo dije "no".
Ella le tomó la barbilla con su mano enguantada en sombra. La piel de Caleb se quemó al contacto, pero él no apartó la mirada.
—Yo no soy la villana de tu historia, Caleb —continuó ella, sus ojos brillando con una intensidad sobrenatural—. Soy la consecuencia de tus actos. Soy la voluntad que no pudiste quebrar. Y hoy, voy a reclamar lo que nunca fue tuyo.
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La Última Súplica del Traidor
Caleb rió, una risa histérica que se convirtió en una tos violenta. La sangre manchó su túnica blanca, antes símbolo de su supuesta pureza.
—¿Reclamar qué? —preguntó él—. ¿Un montón de piedras humeantes? ¿Un pueblo que te odia? ¿Crees que te seguirán? Eres un monstruo, Alessia. Valerius te dejará cuando vea que no queda nada de la mujer que amó. Todos te dejarán. La oscuridad solo engendra soledad.
Alessia sintió un pinchazo de duda en su corazón, un vestigio de la vieja Alessia que todavía buscaba aprobación. Pero entonces, sintió la presencia de Valerius entrando en la sala. El Lobo Negro caminaba sobre los escombros con una calma mortal, su espada envainada, pero su mirada fija en ella con una devoción que no necesitaba palabras.
Valerius se detuvo a unos metros de ellos. Su capa negra estaba desgarrada y su rostro manchado de sangre, pero sus ojos estaban limpios.
—No está sola, Caleb —dijo Valerius, su voz resonando en la sala en ruinas—. Nunca lo estuvo. Incluso en el exilio, ella era el centro de nuestro mundo. Tú tenías el trono, pero ella tenía nuestra lealtad. Tú tenías la corona, pero ella tenía nuestras almas.
Alessia miró a Valerius y sintió que el frío del Abismo se mitigaba un poco. No era un monstruo a sus ojos. Era su Reina. Era su igual.
Caleb miró a Valerius con un odio puro.
—Tú... el gran capitán que se convirtió en el perro faldero de una bruja. ¿Qué te prometió ella, Valerius? ¿Poder? ¿Su cama? ¿O simplemente te gusta el olor de la muerte que ella lleva consigo?
Valerius no se inmutó.
—Me dio una razón para luchar que no fuera el oro o el miedo, Caleb. Me dio la verdad. Algo que tú nunca podrías entender, porque has vivido toda tu vida escondido tras una máscara de justicia.
Alessia se volvió de nuevo hacia Caleb. El tiempo de las palabras se estaba acabando. El palacio seguía desmoronándose y el pueblo de Vyrwel esperaba fuera, entre el terror y la esperanza.
—Tuviste todas las oportunidades, Caleb —dijo Alessia, y su lanza de sombras se materializó en su mano derecha—. Pudiste haber roto el contrato conmigo. Pudiste haber luchado contra tu padre y contra el mío. Pero elegiste el camino fácil. Elegiste el sacrificio de otro para salvar tu propia piel.
—¡Era por el bien común! —gritó Caleb, sus ojos llenos de una convicción rota.
—No —respondió ella—. Fue por tu bien. Y ahora, el bien común exige que dejes de respirar el aire de este reino.
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El Juicio de la Reina Oscura
Alessia levantó su lanza. Las sombras de la sala se congregaron detrás de ella, formando una figura alada y colosal que parecía tocar el cielo a través del techo derruido. Era la manifestación de todo su poder, de toda su agonía y de toda su voluntad.
—Por el Banquete de las Mil Espadas —dijo ella, su voz multiplicándose por mil ecos—. Por cada noche que pasé en el frío del Abismo preguntándome qué había hecho mal. Por cada hombre y mujer que condenaste al exilio para alimentar tu mentira. Por la niña que mataste... te condeno, Caleb de Vyrwel.
Caleb cerró los ojos, esperando el golpe final. No hubo ruego de perdón, solo una última mueca de amargura.
Pero el golpe no llegó.
Caleb abrió los ojos, confundido. Alessia había bajado la lanza. Las sombras se retiraron, aunque no desaparecieron.
—No —dijo Alessia, con una sonrisa fría que le heló la sangre a Caleb—. La muerte es el escape de los cobardes. Tú no mereces la paz del olvido.
Se giró hacia Silas, que acababa de entrar con un grupo de soldados renegados.
—Silas, llevadlo a las mazmorras de la Ciudad de Hierro. Aquellas que él mismo mandó construir para los "traidores". Asegúrate de que viva mucho tiempo. Quiero que vea cómo construimos un mundo sobre las cenizas de su engaño. Quiero que cada mañana, cuando el sol salga sobre la nueva Vyrwel, sepa que sigue viva gracias a la mujer que él intentó destruir.
Caleb empezó a luchar, a gritar, mientras los soldados de Silas lo arrastraban fuera de la sala. Sus gritos se perdieron en la distancia, dejando a Alessia y Valerius solos entre los restos del trono.
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El Peso del Mañana
Alessia soltó un largo suspiro y su armadura de obsidiana se desvaneció, dejando ver su piel pálida y su ropa de combate rota. Se tambaleó, el cansancio de meses de guerra y años de dolor cayendo sobre ella de golpe. Valerius estuvo allí para sostenerla antes de que cayera.
—Se acabó —susurró ella, apoyando la cabeza en el hombro de él—. Realmente se acabó.
—Casi —respondió Valerius, acariciando su cabello blanco—. Falta lo más difícil. Convencerlos de que no eres la villana que ellos vieron arder en sus pesadillas.
Alessia miró hacia la brecha en la pared, desde donde se veía la ciudad baja. Miles de luces brillaban en la oscuridad: hogueras de los ciudadanos, antorchas de los soldados, los últimos incendios extinguiéndose.
—¿Cómo lo hago, Valerius? —preguntó ella, con una vulnerabilidad que solo mostraba ante él—. ¿Cómo se gobierna a un pueblo que te teme por lo que eres, y te odia por lo que les hiciste ver?
Valerius se separó un poco para mirarla a los ojos.
—No les pidas que dejen de temerte, Alessia. El miedo es una forma de respeto para los que solo conocen la fuerza. Pídeles que miren tus actos. Los Reyes de Oro les dieron seguridad basada en mentiras. Tú dales libertad basada en la verdad. Será un camino largo y sangriento, pero es el único que vale la pena recorrer.