Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.
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El refugio de los pecadores.
La ventisca se había transformado en un monstruo blanco que rugía con la fuerza de mil demonios. La visibilidad era nula; cada paso que Alessandra y Julián daban fuera de la cabaña se sentía como hundirse en un abismo de cristal líquido. El motor del viejo Jeep que habían intentado usar se congeló a los pocos kilómetros, dejándolos a merced de la montaña.
—¡No te sueltes! —gritó Julián, su voz casi devorada por el viento. Tenía el brazo de Alessandra rodeado por el suyo, anclándola a la realidad mientras el frío intentaba apagarles el corazón.
Alessandra apenas podía sentir sus pies. El pánico de la llamada de Isabella todavía vibraba en su pecho, pero el miedo a morir congelada empezaba a ser más real. De repente, el suelo bajo ellos cedió. No fue una caída larga, pero sí violenta. Rodaron por una pendiente hasta quedar atrapados en una entrada natural: una cueva oculta por el exceso de nieve y el saliente de una roca.
El calor de la ceniza
El silencio dentro de la cueva era sepulcral, un contraste aterrador con el rugido exterior. Alessandra tiritaba tan fuerte que sus dientes castañeaban de forma dolorosa. Julián, herido en un hombro por la caída, no perdió un segundo. Usando las habilidades que aprendió en su juventud, logró encender una pequeña fogata con restos de madera seca que la corriente de aire había arrastrado al fondo de la gruta y un poco de alcohol de su botiquín de emergencia.
—Mírame, Ale. Mírame —le pidió él, tomando su rostro entre sus manos enguantadas—. No te vas a quedar dormida. No aquí.
—¿Por qué lo haces? —susurró ella, con lágrimas que se congelaban en sus pestañas—. Después de todo... ¿por qué arriesgarte por alguien que te quitó tu libertad con un contrato?
Julián suspiró, y el vapor de su aliento se mezcló con el humo del fuego.
—Porque nunca estuve preso de ti, Alessandra. Estuve preso de mi propio orgullo. El contrato solo fue la excusa que usé para no admitir que, incluso cuando te trataba mal, mi alma te buscaba en cada habitación de la casa. Fui un cobarde que prefirió odiarte a aceptar que no era digno de tu sacrificio.
La entrega absoluta
En la penumbra de la cueva, rodeados de sombras y el eco de la tormenta, la tensión que había durado años se rompió. Alessandra se acercó al calor del fuego, y Julián la envolvió en su abrigo, compartiendo el calor corporal. No fue un momento de lujuria superficial; fue un acto de comunión entre dos personas que lo habían perdido todo para encontrarse.
—Si no salimos de esta montaña —dijo Alessandra, apoyando la cabeza en el pecho de él—, quiero que sepas que el día que te salvé de la quiebra... no lo hice por poseerte. Lo hice porque no concebía un mundo donde tú no pudieras seguir brillando.
Julián la besó. Fue un beso amargo por el frío, pero dulce por la redención. En ese momento, en la oscuridad de los Alpes, Alessandra dejó de ser la poderosa ejecutiva de Blue Phoenix y Julián dejó de ser el magnate arrogante. Eran simplemente dos almas heridas buscando refugio en la única verdad que les quedaba: se pertenecían.
El despertar del enemigo
Mientras ellos luchaban por no morir en la nieve, a miles de kilómetros, la traición seguía su curso. Isabella no se había quedado esperando. Al ver que Julián no contestaba, llamó a la prensa internacional.
—Sí, tengo la primicia —decía Isabella al teléfono, mirando su reflejo en un espejo carísimo con una sonrisa psicópata—. Alessandra no solo lavó dinero para salvar a su esposo; ella es la responsable de la muerte de un heredero europeo hace diez años. Tengo las fotos. Mañana, el nombre de mi hermana será sinónimo de asesina.
Pero Isabella no se dio cuenta de que su padre, el verdadero asesino, la observaba desde las sombras del pasillo con un arma en la mano. Él sabía que si la verdad salía a la luz, él iría a la cárcel de por vida. Para él, Alessandra era un peón sacrificable, pero Isabella se había convertido en un cabo suelto.