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ME ENAMORE DEL CUÑADO DE MI HIJO

ME ENAMORE DEL CUÑADO DE MI HIJO

Status: Terminada
Genre:CEO / Posesivo / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:559k
Nilai: 4.9
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2.

Pov Raquel

Subimos al segundo piso. El pasillo estaba en penumbras, iluminado apenas por pequeñas luces en el suelo que creaban un ambiente de suspenso. Él sacó una llave de su bolsillo y abrió la última puerta del corredor.

Cuando entramos, me quedé sin aliento.

No era una habitación común. Era una suite diseñada para el pecado. Un sofá negro de cuero adornado con cadenas discretas. Un columpio que colgaba del techo con correas de terciopelo. Y en el centro, una cama enorme con sábanas de satén negro. Velas perfumadas iluminaban cada rincón, creando sombras danzantes en las paredes.

—Dios... —susurré.

—¿Tienes miedo? —preguntó, cerrando la puerta con pestillo.

—Aterrada —admití con honestidad brutal.

Él se quitó la chaqueta con una calma que rayaba en lo obsceno. Cada movimiento era deliberado, controlado, como si tuviera todo el tiempo del mundo. No había apuro. No había ansiedad. Solo una seguridad absoluta que me hacía temblar.

Yo estaba de pie en medio de la habitación, sin saber qué hacer con mis manos, con mi cuerpo, con la confusión que me invadía. La música del piso de abajo era apenas un murmullo lejano. Aquí, el tiempo se había detenido.

Solo estábamos nosotros dos. Dos extraños. Una viuda en quiebra y un hombre que era el pecado encarnado.

—Estás temblando —dijo, acercándose despacio.

Y así era. Temblaba. Pero no por miedo. Temblaba porque mi cuerpo, dormido durante años, comenzaba a despertar. Porque este hombre me miraba como si fuera fuego, no cenizas.

—Ha pasado mucho tiempo... desde que alguien me tocó así —confesé, y mi voz sonó quebrada.

Esa era la verdad. Miguel y yo llevábamos más de un año sin sexo antes de su muerte. Y cuando lo hacíamos, era mecánico, rápido, sin pasión. Como cumplir con un deber.

Él levantó una mano y la posó sobre mi cuello con delicadeza. Su pulgar acarició mi clavícula, trazando círculos lentos que me erizaron la piel.

—Entonces —susurró contra mi oído—, dejemos que tu piel recuerde lo que es ser adorada.

Sus dedos descendieron por mi brazo, cada roce me desnudaba emocionalmente antes de hacerlo físicamente. Encontró el cierre del vestido en mi espalda y lo bajó con una habilidad que hablaba de experiencia.

La tela cayó al suelo como una segunda piel.

Me quedé frente a él en lencería negra y la máscara del fénix. Expuesta. Vulnerable. Y extrañamente poderosa.

Sus ojos recorrieron cada centímetro de mi cuerpo. No con lujuria barata, sino con apreciación genuina.

—¿Por qué me miras así? —pregunté con un nudo en la garganta.

—Porque esto —dijo, señalándome con la mirada—, esto es lo que un hombre de verdad desea. Curvas reales. Piel que cuenta historias. Una mujer que sabe lo que quiere aunque le dé miedo pedirlo.

Y entonces me besó.

Su boca era firme pero no agresiva. Me devoró como si supiera exactamente cuánto necesitaba sentirme deseada. Su lengua danzó con la mía, demandante y segura, arrancándome un gemido que no pude contener.

Sus manos encontraron mis pechos y los masajeó por encima del sostén. El placer me atravesó como un rayo.

—Dios... —gemí contra sus labios.

—¿Puedo? —murmuró, sus dedos rozando el broche de mi sujetador.

Asentí porque las palabras se me habían quedado atascadas en la garganta.

Lo desabrochó con cuidado y dejó que cayera. Sus ojos se oscurecieron al verme completamente expuesta de la cintura para arriba.

—Preciosa —dijo, y sonó tan sincero que sentí lágrimas amenazando con escapar.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, como si no cargara años, hijos, culpas y fracasos. Como si fuera un tesoro.

Me recostó sobre la cama y las sábanas de satén me acariciaron como lenguas húmedas. Me sentí parte de un sueño ajeno y, al mismo tiempo, dueña absoluta de ese sueño.

Sus labios recorrieron mi cuello, mis clavículas, el valle entre mis pechos. Cada beso era una promesa. Cada roce de su lengua era una declaración.

Cuando su boca capturó uno de mis pezones, arqueé la espalda con un grito ahogado.

—No te calles —ordenó, mirándome a los ojos—. Quiero escuchar cada sonido que haces.

Su lengua trazó círculos alrededor del pezón antes de succionar con fuerza. El placer fue tan intenso que enterré los dedos en su cabello, manteniéndolo ahí.

Mientras su boca trabajaba un pecho, su mano masajeaba el otro, pellizcando el pezón hasta que gemí sin poder contenerme.

Sus labios descendieron más. Besó cada centímetro de mi abdomen, incluyendo las estrías que tanto odiaba. Y cuando llegó al borde de mi tanga, levantó la vista.

—Voy a quitarte esto —dijo—. Y luego voy a devorarte hasta que olvides tu propio nombre.

Antes de que pudiera responder, enganchó los dientes en el encaje y lo bajó despacio, tortuosamente despacio, dejándome completamente expuesta.

Y entonces su boca estuvo donde más lo necesitaba.

El primer toque de su lengua me hizo gritar. Literalmente gritar. Jamás, en veinticinco años de matrimonio, había sentido algo así.

—¡Dios! ¡Sí!

Él gruñó contra mi sexo, el sonido vibrando a través de mí de una manera que casi me hace venir ahí mismo.

Su lengua me lamió de arriba abajo, saboreándome como si fuera su última comida. Succionó mi clítoris mientras introducía dos dedos dentro de mí, moviéndolos con un ritmo devastador.

—Tan mojada —murmuró—. Tan perfecta.

Arqueé las caderas, buscando más fricción, más presión, más de todo. Y él me lo dio. Sus dedos se curvaron dentro de mí, encontrando ese punto que me hizo ver estrellas.

—¡Ahí! ¡Justo ahí!

—Córrete en mi boca, Raquel —ordenó—. Quiero probarte.

Y eso fue suficiente.

El orgasmo me destrozó. Grité tan fuerte que probablemente me escucharon en todo el edificio, pero no me importó. Mi cuerpo se sacudió violentamente mientras él seguía lamiéndome, prolongando mi clímax hasta que estuve al borde del colapso.

Cuando finalmente me soltó, tenía los labios brillantes con mi humedad y una sonrisa de satisfacción masculina.

Se incorporó y se quitó la camisa. Su torso era una obra de arte. Músculos definidos. Algunas cicatrices que contaban historias silenciosas. Tatuajes discretos que añadían un toque de peligro.

Luego se bajó el pantalón y los bóxers de un solo movimiento.

Y mierda.

Era grande. Grueso. Completamente erecto y apuntando directamente hacia mí.

Tomó un condón de la mesita de noche y se lo puso con movimientos eficientes. Luego se colocó entre mis piernas, la punta de su erección rozando mi entrada.

—Mírame —ordenó.

Abrí los ojos y lo miré. Y lo que vi en su mirada me quitó el aliento. Deseo, sí. Pero también algo más. Algo más profundo que no podía nombrar.

Entró despacio, estirándome, llenándome, haciéndome sentir completa de una manera que jamás había experimentado.

—Dios... eres tan grande... —gemí.

—Y tú me tomas tan bien —gruñó, hundiéndose hasta el fondo—. Tan perfecta. Tan mía.

Empezó a moverse. Embestidas profundas, controladas, que me arrancaban gemidos cada vez más fuertes.

—Por favor... —supliqué.

—¿Qué necesitas? —preguntó, sin dejar de moverse—. Dímelo.

—Más fuerte... más rápido... por favor...

Y él obedeció.

Las embestidas se volvieron brutales. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación junto con mis gritos y sus gruñidos.

Me tomó de las caderas, levantándome ligeramente, cambiando el ángulo. Y cuando golpeó ese punto dentro de mí, exploté.

—¡Sí! ¡Me vengo!

—Eso es, preciosa. Córrete en mi verga. Déjame sentirte.

El segundo orgasmo fue aún más intenso que el primero. Lloré. Grité. Temblé tan violentamente que pensé que me rompería.

Y él siguió moviéndose, prolongando mi placer hasta que fue casi doloroso.

—Una más —gruñó—. Dame una más.

—No puedo... es demasiado...

—Sí puedes —dijo, y su mano bajó para frotar mi clítoris con precisión quirúrgica.

Y tenía razón.

El tercer orgasmo me arrancó un grito que probablemente rompió cristales. Mi visión se volvió blanca. Mi cuerpo dejó de pertenecerme.

Solo existía el placer.

Sentí cómo se tensaba, sus dedos clavándose en mis caderas mientras alcanzaba su propio clímax con un rugido gutural.

Se dejó caer a mi lado, ambos respirando como si hubiéramos corrido un maratón.

Las lágrimas rodaban por mis mejillas sin control.

—¿Te lastimé? —preguntó inmediatamente, incorporándose para verme mejor.

—No —sollocé—. Es solo que... nunca... nadie me había hecho sentir así.

Su expresión se suavizó. Me limpió las lágrimas con el pulgar antes de besarme con una ternura que contrastaba con la brutalidad de minutos atrás.

Y entonces sucedió.

Su máscara se deslizó y cayó a un lado de la cama.

Me quedé completamente inmóvil, paralizada al ver su rostro a la luz de las velas.

Julian Harrington.

El CEO más joven y rico del país. El hombre cuya foto aparecía en Forbes. El multimillonario que salía en todas las revistas de negocios.

El jefe de Ana.

—Tú... tú eres... —apenas pude articular palabra.

—No me preguntes quién soy fuera de esta habitación —dijo, besando mi cuello como si nada hubiera pasado.

Mi cerebro intentó procesar la información, pero mi cuerpo aún estaba flotando en las nubes del mejor sexo de mi vida.

—Solo si tú no me preguntas lo mismo —respondí, porque era un trato justo.

Él sonrió contra mi piel y me abrazó, acurrucándome contra su pecho.

Y esa noche, en la penumbra de una habitación que no me pertenecía, por primera vez en años, logré dormir sin miedo. Sin niños que me llamaran. Sin facturas que pagar. Sin el peso de la empresa en quiebra sobre mis hombros.

Una mujer bien cogida.

Dios, ya había olvidado lo que era tener un buen POLVO.

1
Maria Gonzalez Gonzalez
esa putizorra de Valeria ya no podrá lástimar a Raquel
Maria Gonzalez Gonzalez
me encanta esta novela 🤩😍🤔
Maria Gonzalez Gonzalez
si con el diablo 🤔🤩😍🤩😍 pero que diablo 😍😍😍😍
Maria Gonzalez Gonzalez
mendiga vieja desgraciada de la putizorra esam
Maria Gonzalez Gonzalez
maldito del hijo pocos huevos, quien le dio el derecho de criticar y juzgar a su madre, yo que ella le hubiera dado un par de bofetadas bien puestas.
Maria Gonzalez Gonzalez
esa buena faena bien que valió la pena para quitar esas telarañas que ya tenías en tu cucú, mi querida Raquel 😍🤩😃 y que eso te de las ganas de ser más mujer y más emprendedora que la amante del pinche esposo 🤔😁🤩😍
Maria Gonzalez Gonzalez
interesante historia 🤔😁
Grace Patricia Jacome Hidalgo
Sofía no se llama la primera hija? Como le pone el mismo nombre?
Dulce López
Me encantó esta novela , muchas gracias autora por regalarnos está trama tan interesante y controversial que nos pone a reflexionar: que haríamos si nosotros o alguien cercano estuviera en una situación similar? el amor es hermoso pero difícil en algunas situaciones
Luisa Maria Prada
Hola, cómo prometiste la trans no te deja tregua. Solo no cuadra lo de las terapias para el parto si estubo hospitalizada y en este capitulo dices cesárea y fue parto normal en el anterior. Corrí y te felicito.Gracias por compartir tus tramas. Bendiciones
Lily
uffff se leyó en mi mente ricooooooo 🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Grace Patricia Jacome Hidalgo
Cuando le dijo como se llamaba? Y no q no se podían reconocer... Pero si le reconoció a la amiga al instante el Jefe
Maira Aguero
no me gusta q siempre utiliza la palabra retorcida...familia retorcida..y otros ejemplos
..no sé creo q se puede cambiar o buscar otra palabra..cuando le dijeron a Angel me pareció bien porq está enojado...pero ahora q nació la bebé siguen con lo de retorcida...
Victoria
👏👏👏👏
María Antonieta Martinez Bañuelos
que Julián hable con el hijo mayor y le diga que esta enamorado de su mamá y se den la oportunidad de ser felices
Grace Patricia Jacome Hidalgo: Si. Debería ver lo de la pastilla del día después
total 2 replies
María Antonieta Martinez Bañuelos
lo que debe de hacer es hablar con angel,y decirle que está enamorado de su madre desde hace años y que quiere su permiso para cortejar a su madre y casarse con ella , y decirle también a su hermana Isabella que está enamorado de su suegra y que ella no quiere lastimar a sus hijos y que también lo ama con la ayuda de los dos ,va a funcionar .
Nancy Ledgard Leon
no es la misma situación, mi hermana y mi mamá estaban embarazadas en la misma época, una de 44 y la otra de 19 años, mi mamá ya tenía un nieto y mi hermana menor tiene sobrinos mayores que ella.
Graciela Selva
muy buena al fin una distinta
Graciela Selva
muy buena al fin una distinta
Graciela Selva
muy linda novela al gin algo diferente
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