Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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Donde empieza el riesgo
El café se había enfriado hacía rato, pero ninguno de los dos parecía notarlo.
Adrián apoyó los codos sobre la mesa, inclinándose apenas hacia mí. No invadía mi espacio, pero lo rozaba lo suficiente como para que mi cuerpo lo sintiera antes que mi cabeza. Siempre había sido así con él. Nunca forzaba nada. Simplemente… estaba.
—No me dijiste de dónde eres —comentó, como si fuera una pregunta casual.
Tomé la taza y bebí un sorbo que ya no sabía a nada.
—De muchos lugares —respondí—. Nunca me quedé demasiado tiempo en ninguno.
—Eso también lo hacía ella.
El golpe fue silencioso, pero certero.
Alcé la mirada con lentitud, obligándome a no tensar la mandíbula.
—¿Siempre comparas a la gente con alguien que perdiste? —pregunté.
—No —dijo—. Solo cuando se siente parecido.
El ruido del café desapareció por un momento. Las voces, las tazas, la música de fondo… todo se volvió lejano. Solo estábamos él y yo. Otra vez. Como antes. Como si la muerte no hubiera pasado por medio.
—Debe ser difícil —dije finalmente—. Perder a alguien así.
Sus ojos se oscurecieron.
—Lo fue. Lo sigue siendo.
No habló más. No hizo falta. Había silencios que decían más que cualquier confesión. Yo conocía ese dolor. Vivía con él desde el día en que desperté sabiendo que el mundo me había enterrado.
—A veces —continuó— pienso que no la conocí del todo. Que había cosas que no me dijo.
Sentí un nudo formarse en mi garganta.
—Todos guardamos algo —respondí—. No siempre es por maldad.
—Lo sé —dijo—. Pero hay verdades que duelen más cuando llegan tarde.
Sostuvimos la mirada. Demasiado tiempo. Demasiada intensidad. Mi piel reaccionó antes que mi voluntad.
Fue entonces cuando su teléfono vibró.
Adrián frunció el ceño al leer el mensaje.
—Disculpa —dijo—. Tengo que irme.
Asentí, agradecida y decepcionada al mismo tiempo.
Nos levantamos. Al pasar junto a mí, su mano rozó la mía. No fue un accidente. Tampoco fue del todo intencional. Pero bastó.
Una corriente me recorrió el cuerpo.
Se detuvo.
—Emilia… —dijo en voz baja—. Si alguna vez sientes que necesitas decir algo… no soy tu enemigo.
Lo miré.
—Eso espero.
Se fue.
Yo me quedé ahí, respirando hondo, intentando recordar quién se suponía que era. Porque por un segundo, había dejado de ser Emilia Cruz… y eso era peligroso.
Esa misma tarde, Isabella cerró la puerta de su oficina con un golpe seco.
—Quiero saberlo todo —le dijo a su asistente—. Estudios, trabajos, contactos. Todo sobre Emilia Cruz.
—No hay mucho —respondió él—. Es… limpia. Demasiado.
Isabella apretó los labios.
—Nadie es así de limpio sin razón.
Se acercó al ventanal, cruzando los brazos. Desde ahí podía ver parte de la ciudad, la misma que creía controlar.
—Y quiero que alguien la siga —añadió—. Con cuidado.
Yo no sabía que me observaban cuando salí de la fundación. Caminé unas cuadras antes de sentirlo. Esa presión en la espalda. Ese instinto que no se equivoca cuando has sobrevivido a lo peor.
No miré atrás.
Entré en una tienda, salí por la puerta lateral, cambié de dirección. Mi pulso se aceleró, pero mi mente estaba clara. No era la primera vez que jugaba a desaparecer.
Cuando llegué a casa, cerré con doble llave.
—Empezó —susurré.
Isabella ya no solo sospechaba. Estaba actuando.
Me quité los zapatos y me dejé caer en el sofá, llevándome una mano al pecho. Ahí, donde aún sentía el eco de su cercanía. De su voz. De esa forma tan suya de mirarme como si el mundo se redujera.
—Esto no iba a pasar así —me dije—. No tan pronto.
Pero nada importante ocurre cuando una está lista.
Esa noche, el mensaje llegó a mi teléfono.
Adrián: No dejo de pensar que hay algo que no me dices.
Cerré los ojos.
Porque mientras Isabella afilaba sus armas,
Adrián se acercaba peligrosamente a la verdad.
Y yo…
yo empezaba a preguntarme cuánto estaba dispuesta a perder
antes de cobrarlo todo.