Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.
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Capítulo 5 Reglas nuevas para un desastre inevitable
Alessandro di Ravenna decidió que necesitaba reglas.
No leyes del castillo.
No códigos de honor.
Reglas personales.
Si no podía evitar a Luca Avenni —y había quedado claro que no podía—, al menos podía poner límites que le recordaran quién era y por qué había regresado al pasado.
Regla uno: no permitir que Luca lo siguiera a todas partes.
Regla dos: no reaccionar a los rumores.
Regla tres: no escuchar música después del anochecer.
Escribió las reglas en un trozo de papel y las dobló con cuidado. Luego se quedó mirándolo, con una sensación incómoda de que estaba redactando algo que no iba a obedecer ni una sola semana.
—Ridículo —murmuró, guardando el papel en el bolsillo.
La primera regla se rompió antes del desayuno.
—Hoy te seguiré solo hasta la escalera —anunció Luca, caminando a su lado—. Luego prometo no seguirte más.
—Eso sigue siendo seguirme.
—Es un seguimiento responsable.
Alessandro no respondió.
—¿Eso es un sí? —insistió Luca.
—Es un no.
—Entonces haré lo del sí.
Alessandro suspiró.
La segunda regla se rompió en el patio.
—Mi señor —dijo un paje con una sonrisa contenida—. Dicen que el joven Luca lo considera su prometido.
—No soy su prometido.
—Claro, mi señor.
—De verdad no lo soy.
—Por supuesto.
Ese “por supuesto” sonó exactamente a “nadie le cree”.
La tercera regla duró hasta la primera noche de lluvia.
El castillo se llenó de truenos. El viento golpeó las ventanas con fuerza. Alessandro se despertó con el ruido y se sentó en la cama, molesto consigo mismo por reaccionar como si aún fuera el hombre que temía las tormentas después del incendio de su vida pasada.
Entonces escuchó el arpa.
No era una melodía alegre.
Era lenta. Constante. Como un pulso.
Se levantó antes de darse cuenta.
Encontró a Luca en el pasillo, sentado con las piernas cruzadas, tocando para el silencio.
—No deberías estar despierto —dijo Alessandro.
—Tú tampoco —respondió Luca—. La lluvia hace ruido feo.
—Es solo lluvia.
—Sí —asintió—. Pero suena como si el castillo respirara fuerte.
Alessandro se apoyó en la pared.
—¿Tocas para que no dé miedo?
—Toco para que el miedo tenga algo que escuchar —respondió Luca.
Eso… era más sabio de lo que debería ser un niño de seis años.
—Entra —dijo Alessandro, abriendo la puerta de su habitación—. Aquí se escucha menos el viento.
Luca parpadeó, sorprendido.
—¿De verdad?
—De verdad.
Se sentaron en el suelo. Luca tocó más bajo. La lluvia siguió golpeando afuera. El ruido se volvió parte de la música.
—No te besaré hoy —anunció Luca—. Es una noche seria.
—Gracias.
—Mañana vemos.
A la mañana siguiente, Alessandro se dio cuenta de que había roto tres reglas en menos de veinticuatro horas.
Decidió escribir otras nuevas.
Regla cuatro: no invitar a Luca a su habitación.
Regla cinco: no admitir que la música ayuda.
Guardó el papel con un suspiro.
La convivencia tácita comenzó a sentirse… normal.
No se buscaban de forma abierta.
No se evitaban de forma efectiva.
Luca aparecía con pequeñas ofrendas absurdas: una flor que encontró en el jardín, una nota con un dibujo torpe del castillo, una melodía nueva que “sonaba a mañana”.
—No necesito regalos —dijo Alessandro.
—No son regalos —respondió Luca—. Son recordatorios.
—¿De qué?
—De que existo cerca.
Eso no debía importarle.
Le importaba.
Un día, Alessandro cayó enfermo.
No fue grave. Fiebre ligera, cansancio. Los tutores insistieron en que descansara. Alessandro, acostumbrado a no mostrar debilidad, se dejó convencer por pura falta de energía.
Luca apareció con una taza humeante.
—Dicen que el té ayuda —dijo.
—No deberías traer cosas calientes —replicó Alessandro—. Te puedes quemar.
—Entonces la dejo aquí —dijo Luca, con cuidado—. Y toco despacio.
La melodía fue suave. Torpe. Con pausas largas. Alessandro se quedó dormido escuchándola.
Cuando despertó, la taza estaba vacía y el arpa, apoyada contra la pared.
—No tienes que cuidarme —le dijo más tarde.
—No te cuido —respondió Luca—. Te acompaño.
Eso era peor.
Los rumores volvieron a crecer.
—Dicen que el omega pasó la noche cerca del heredero…
—¿En su habitación?
—No, en el pasillo…
—Igual cuenta…
Alessandro decidió ignorarlos.
Por primera vez, ignorar algo no le costó tanto.
Esa tarde, Luca trajo una hoja doblada.
—Hice reglas también —anunció.
—¿Reglas?
—Sí. Para no molestarte.
Alessandro la abrió.
No besarlo cuando está serio.
No decir “esposo” frente a adultos.
Tocar música bajito por la noche.
No seguirlo cuando dice “no”.
Alessandro sintió un nudo extraño en el pecho.
—Son… buenas reglas.
—¿Cumples las tuyas? —preguntó Luca.
—No.
—Entonces estamos iguales —sonrió.
Esa noche, la tormenta no volvió. Pero la música sí.
Alessandro no escribió más reglas.
Se sentó en la cama, escuchando desde la puerta entreabierta, y admitió algo que no pensó que admitiría tan pronto:
No estaba preparado para este tipo de desastre.
No uno que llegara con arpa, sonrisas torpes
y promesas infantiles que no sabía cómo negar sin romper algo.
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