Elías murió de la forma más absurda… y despertó dentro de su novela omegaverse favorita.
Ahora es Adrian Valmont, el omega dulce destinado a ser ignorado, humillado y finalmente morir de amor a manos de su esposo: el frío y arrogante duque alfa Cassian Armand.
Pero hay un problema.
Él ya conoce la historia.
Y esta vez no piensa esperar a que lo abandonen.
Decidido a cambiar su destino, Adrian exige el divorcio desde el principio. Sin embargo, el duque se niega a dejarlo ir. Lo que comienza como un matrimonio político sin amor se convierte en una batalla de orgullo, deseo y poder, donde el alfa que nunca miró atrás empieza a obsesionarse con el omega que ya no lo ama.
¿Podrá Adrian romper el destino que ya fue escrito…
o el duque hará todo lo posible por mantenerlo a su lado?
NovelToon tiene autorización de Fanny123 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL JUCIO DEL PODER
CAPITULO 14
La sesión extraordinaria del consejo no terminó ese día.
Se extendió como una tormenta contenida.
Los miembros del consejo aceptaron la auditoría, pero lo hicieron con sonrisas tensas y dedos crispados sobre los respaldos de sus asientos. Nadie quería parecer culpable.
Pero alguien lo era.
Cassian no habló más de lo necesario. Dejó que el silencio trabajara por él. Dejó que la palabra auditoría flotara en el aire como una sentencia anticipada.
Harrington mantuvo la compostura.
Demasiado.
Y eso, para un hombre acostumbrado a provocar y acusar, ya era extraño.
—Si buscamos transparencia —dijo finalmente el conde con voz medida—, entonces también deberíamos acelerar la sentencia del consorte Valmont. No podemos mantener una investigación abierta indefinidamente.
Cassian lo miró con frialdad impecable.
—Coincido.
El consejo parpadeó.
—Entonces —continuó el duque— propongo juicio público en tres días. Con pruebas formales. Y testigos juramentados.
Harrington no esperaba eso.
Sus dedos se tensaron apenas.
Porque una cosa era manipular rumores.
Otra muy distinta era sostener acusaciones bajo juramento.
—Aceptamos —respondió tras un segundo demasiado largo.
Cassian inclinó levemente la cabeza.
La trampa estaba tendida.
En la torre oriental, Adrian recibió la noticia esa misma tarde.
Juicio público.
Tres días.
Sonrió apenas.
Eso era rápido.
Demasiado rápido para fabricar pruebas sólidas.
Perfecto.
Isolde volvió esa noche.
—Harrington intentará presentar registros alterados —informó sin rodeos—. Pero nuestros contables ya detectaron inconsistencias en sus propios libros.
Adrian asintió.
—Atacará antes de que la auditoría lo alcance.
—Exactamente.
El omega caminó despacio por la pequeña celda.
—Entonces el juicio no es para condenarme.
—Es para medir fuerzas —completó Isolde.
Adrian se detuvo frente a la ventana enrejada.
—El duque necesita que el consejo se exponga solo.
Isolde lo observó con atención.
—Usted no parece preocupado.
Adrian soltó una pequeña risa.
—Preocupado, sí. Sorprendido, no.
—¿Confía tanto en él?
Adrian guardó silencio unos segundos.
No era confianza ciega.
Era cálculo compartido.
—Confío en que no le gusta perder.
Isolde sonrió apenas.
—En eso tiene razón.
La mañana del juicio llegó con cielos grises.
El salón principal estaba lleno.
Nobles.
Magistrados.
Representantes imperiales.
El rumor de la caída de un consorte acusado de manipulación política había atraído demasiada atención.
Adrian fue escoltado desde la torre con dignidad intacta.
No llevaba cadenas.
Cassian se había asegurado de eso.
Cuando entró al salón, el murmullo creció.
Algunos lo miraban con lástima.
Otros con desconfianza.
Y algunos… con miedo.
Cassian ya estaba allí.
De pie.
Impecable.
No intercambiaron palabras.
No intercambiaron gestos.
Pero la tensión entre ellos era distinta.
No distante.
No cálida.
Estrategia pura.
El magistrado abrió la sesión.
—Se acusa al consorte Adrian Valmont de manipulación indebida en las reformas comerciales del este, beneficiando intereses personales y debilitando la autoridad del consejo.
Harrington tomó la palabra.
Presentó registros.
Documentos.
Firmas.
Fechas.
Todo parecía en orden.
Demasiado en orden.
Adrian escuchó sin interrumpir.
Cuando llegó su turno, no alzó la voz.
—Solicito revisión cruzada de los libros contables del conde Harrington correspondientes al mismo periodo.
El salón quedó en silencio.
El magistrado dudó.
Cassian habló entonces.
—La solicitud es razonable.
Harrington mantuvo la compostura, pero una sombra cruzó su expresión.
—No veo relevancia —
—La relevancia —interrumpió Adrian con suavidad— radica en que las compañías que supuestamente fueron perjudicadas por mi reforma recibieron préstamos significativos del conde semanas antes de presentar esta acusación.
Un murmullo recorrió el salón.
Harrington frunció el ceño.
—Eso es una insinuación infundada.
—Por eso pedí revisión —respondió Adrian con calma.
Cassian dio un paso al frente.
—La auditoría preliminar confirma movimientos financieros inusuales.
El silencio ahora era pesado.
No de expectativa.
De sospecha.
El magistrado ordenó traer los registros.
Harrington no pudo negarse sin declararse culpable.
Los documentos fueron examinados allí mismo.
Comparados.
Fechas cruzadas.
Firmas verificadas.
Y entonces apareció.
Una transferencia significativa realizada tres días antes de que Harrington presentara la denuncia formal.
El salón estalló en murmullos.
—Esto no prueba manipulación —dijo el conde, pero su voz ya no era firme.
Adrian lo miró directamente.
—No. Prueba motivación.
El golpe fue limpio.
No había atacado con emoción.
Había atacado con lógica.
Cassian observaba en silencio.
Su expresión no cambió.
Pero sus ojos sí.
Orgullo contenido.
Respeto.
Harrington intentó recuperar terreno.
—Aun así, el consorte no ha demostrado que sus reformas no beneficiaran intereses personales.
Adrian dio un paso adelante.
—Mis registros financieros están abiertos desde hace meses. Cualquiera puede revisarlos.
Y lo sabían.
Porque él mismo había solicitado auditorías anteriores para proteger su proyecto.
El consejo comenzaba a entender.
No estaban juzgando a un omega manipulador.
Estaban presenciando una confrontación de poder.
Y Harrington estaba perdiendo.
Después de horas de revisión, el magistrado habló:
—No hay evidencia concluyente de manipulación indebida por parte del consorte Adrian Valmont.
Un suspiro colectivo recorrió el salón.
—Sin embargo —continuó— la auditoría sobre el conde Harrington continuará.
Esa frase fue el verdadero veredicto.
Adrian estaba libre.
Harrington estaba expuesto.
Cassian avanzó hasta quedar junto a su consorte.
—El consejo debe recordar —declaró con voz firme— que las acusaciones infundadas no son herramientas políticas.
No miró a Adrian.
Miró al consejo.
—Son errores estratégicos.
Harrington bajó la mirada por primera vez.
No había sido derrotado formalmente.
Pero había perdido autoridad.
Y eso, en política, era más grave.
Esa noche, Adrian regresó a sus habitaciones.
No a la torre.
A sus habitaciones.
El cambio fue silencioso.
Pero definitivo.
Cassian entró minutos después.
La puerta se cerró.
Y por primera vez en días, no había público.
No había consejo.
No había testigos.
Solo ellos.
El silencio no era incómodo.
Era denso.
—Sabías que intentarían acelerar el juicio —dijo Cassian finalmente.
—Sí.
—Y aun así pediste que eligiera el poder.
Adrian sostuvo su mirada.
—Si me elegías públicamente, habrían dicho que estabas cegado.
Cassian dio un paso más cerca.
—Y ahora dirán que fui calculador.
—Lo eres.
No era insulto.
Era reconocimiento.
El alfa exhaló lentamente.
—Estuviste dispuesto a ir a prisión.
Adrian no bajó la mirada.
—Estuve dispuesto a ganar.
El silencio se tensó un segundo.
Luego Cassian habló más bajo.
—No volveré a dejar que te encierren.
Adrian arqueó levemente una ceja.
—Entonces no me obligues a pedirlo.
Un destello casi imperceptible de humor cruzó los ojos del duque.
—Eres problemático.
—Y tú eres orgulloso.
Se quedaron frente a frente.
No era reconciliación romántica.
No era confesión apasionada.
Era algo más peligroso.
Confianza estratégica.
Respeto mutuo.
Y algo que ninguno de los dos estaba listo para nombrar.
Cassian extendió la mano.
No como duque.
Como esposo.
Adrian la miró un segundo.
Luego la tomó.
La guerra política no había terminado.
Pero ahora el consejo sabía algo importante.
El duque había elegido el poder.
Y el poder había elegido a Adrian.
Dando margen a que te diga, no. 😒. Deberías de haber llegado con el papel de divorcio o "¡quiero el divorcio!".
Y si te rechaza ir al consejo y exigir el divorcio.🤨🤨