Adrián Varma es el CEO Omega de un imperio tecnológico; un hombre rubio y tierno que oculta su sensibilidad tras trajes impecables y un aroma a pino y toronja. Su mundo perfecto se sacude cuando conoce a Leo, un Alfa atractivo pero con graves dificultades económicas que sobrevive trabajando en lo que puede para salvar a su familia.
A diferencia de otros, Leo exhala un aroma a eucalipto seductor que es capaz de calmar el estrés de Adrián. Lo que comienza como una relación laboral se convierte en una conexión profunda donde el dinero no importa
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Capítulo 18: El Silencio del Patriarca
Adrián esperó a que la mansión quedara en silencio. Evitó la mirada de Leo, quien se había quedado en la sala leyendo, y se dirigió al ala oeste, donde su padre, Samuel, solía pasar las noches en su biblioteca privada. El aroma a pino de Adrián estaba tan cargado de toronja ácida que la madera de las puertas parecía vibrar a su paso.
Al entrar, encontró a Samuel frente a la chimenea, sosteniendo una copa de brandy. El aroma del padre era un pino añejo, pesado y sabio, pero esa noche se sentía extrañamente apagado, como cenizas.
— Sabía que este día llegaría, Adrián —dijo Samuel sin girarse—. Tu aroma me avisó desde que entraste al pasillo. Estás buscando respuestas que no te van a gustar.
Adrián lanzó la fotografía antigua sobre la mesa de centro.
— ¿Quién es Elias Thorne, papá? ¿Y por qué dice la base de datos que Aether Soft le debe su existencia a una "adquisición forzada" de sus patentes? —La voz de Adrián tembló—. He pasado meses llamando a Julian "parásito" y "envidioso", pero... ¿acaso nosotros le robamos primero?
Samuel suspiró, cerrando los ojos. El fuego de la chimenea proyectaba sombras largas en su rostro cansado.
— No fue un robo legal, hijo. Fue una ejecución de deuda. Elias era un visionario, pero un pésimo administrador. Tu abuelo le prestó el capital para salvar su empresa a cambio de esas patentes como garantía. Cuando Elias no pudo pagar, tu abuelo no tuvo piedad. Se quedó con todo y lo dejó en la calle.
— Lo destruyó —susurró Adrián, sintiendo náuseas—. Julian no solo nos odia por arrogancia. Nos odia por herencia.
— Julian es un monstruo por elección propia —replicó Samuel, girándose finalmente—, pero su odio tiene una raíz real. Alguien ha salido de las sombras para reclamar lo que Elias perdió. Y ese alguien no es Julian. Es Valerius Thorne, el hermano mayor de Elias que desapareció en Europa hace décadas.
De repente, un estruendo rompió el silencio. No fue en la biblioteca, sino en la planta baja. El aroma a eucalipto de Leo explotó en un estallido de alerta territorial, mezclado con un grito de Mila.
Adrián y Samuel corrieron hacia la sala principal. Leo estaba de pie frente al gran ventanal destrozado. En el suelo, entre los cristales, no había una bomba, sino un objeto que dejó a Adrián helado: un viejo servidor de madera y cobre, el prototipo original de las patentes en disputa, envuelto en una bandera con el escudo de los Thorne.
Leo tenía los puños cerrados, su eucalipto ahumado cubriendo a la madre de Leo y a Mila, que estaban en shock.
— Había alguien en el jardín —dijo Leo, su voz vibrando de rabia—. No era Julian. Era alguien mucho más grande, un Alfa. Me miró a los ojos y me dejó esto.
Adrián se acercó al objeto. Pegada al servidor, había una nota escrita a mano con una caligrafía elegante y antigua:
..."La sangre no se borra con algoritmos. Mañana, la deuda se paga con la empresa o con el heredero."...
Leo miró a Adrián, notando por fin que el Omega ya sabía de qué se trataba. El aroma de Leo se volvió amargo, herido por la desconfianza.
— Tú ya sabías que venían, ¿verdad? —preguntó Leo, su voz rompiéndose—. Por eso te encerraste en el estudio. Me ocultaste que estábamos bajo ataque.