Reencarné en el omega destinado a morir por amor.
Abandonado por el protagonista, incluso estando embarazado.
Esta vez no rogaré.
Me iré con mi hijo… y escribiré mi propio final feliz.
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Capítulo 4 — Donde aprendo a quedarme
La capital interior apareció al anochecer, extendida como un cuenco de luces cálidas entre colinas bajas. Lysien observó el perfil de las torres desde la ventanilla del carruaje. No eran las agujas orgullosas del palacio imperial, ni las murallas severas de Blackmere. Había algo más humano en esa ciudad: mercados que aún murmuraban a esa hora, casas apiñadas con ventanas encendidas, un río lento que reflejaba el cielo oscuro.
El carruaje se detuvo frente a una posada amplia, con un letrero de madera gastado por los inviernos. Kaelen descendió primero y dio órdenes breves a la escolta. Sus gestos eran medidos; la forma en que apoyaba la mano en la empuñadura de la espada no era amenaza, sino costumbre.
—Aquí estaremos a salvo —dijo, volviéndose hacia Lysien—. No es lujoso, pero es discreto.
Lysien bajó con cuidado. El suelo empedrado estaba húmedo. Agradeció en silencio el reflejo con el que Kaelen ajustó el paso para no apurarlo. No hubo una mano extendida esta vez; Lysien ya se sostenía mejor. Ese detalle le importó: no quería acostumbrarse a ser llevado.
En la habitación, dejó el equipaje pequeño sobre la cama. La posadera explicó horarios, comidas, normas simples. Lysien escuchó con atención. Le gustaba esa normalidad sin títulos.
Cuando quedaron solos en el pasillo, Kaelen carraspeó.
—Mañana puedo ayudarte a encontrar alojamiento más estable… si decides quedarte.
Lysien tardó en responder. Se apoyó en la pared, respirando hondo. El viaje había sido largo, y su cuerpo se lo recordaba.
—No quiero ser una carga —dijo al fin.
Kaelen frunció apenas el ceño, no molesto; preocupado.
—No lo eres. Pero tampoco tienes que demostrar fortaleza todo el tiempo.
Lysien bajó la mirada. Sus dedos se cerraron y abrieron, como si ensayaran soltar algo.
—En mi vida anterior —confesó—, pedir ayuda siempre terminaba en deuda. Aprendí a sostenerme solo.
Kaelen asintió, lento.
—Aquí, pedir ayuda no te hace menos. Te hace humano.
No fue una frase grandilocuente. Fue dicha sin adornos. Y, por alguna razón, eso la volvió más pesada. Lysien sintió el nudo en la garganta y giró el rostro para que no se notara. Kaelen no insistió. Respetó ese gesto de pudor emocional.
Esa noche, Lysien se sentó en la cama con una vela encendida. Sacó los documentos: certificados, sellos, cartas. Miró su nombre escrito con tinta elegante: Lysien Armandell. El peso de la identidad era real ahora. No podía seguir siendo un espectador de historias ajenas. Tenía que construir la suya.
Al amanecer, salió a caminar por el barrio. Los vendedores armaban puestos; una mujer regañaba a su hijo por llegar tarde; un herrero abría la fragua. El mundo no lo esperaba. Y eso, extrañamente, lo liberaba.
Entró en una pequeña oficina de registros. Habló con una funcionaria de cabello recogido. Su voz tembló al principio, pero se afirmó al explicar que buscaba residencia temporal. No mencionó títulos. No los necesitaba. La funcionaria levantó la vista, midió su compostura, y le ofreció opciones. Lysien escuchó, preguntó, tomó notas. Sus manos se mancharon de tinta. Se sintió vivo de una manera distinta: no como duque consorte, sino como alguien que negocia su lugar en el mundo.
A la salida, Kaelen lo esperaba a una distancia respetuosa. No lo había seguido dentro.
—¿Cómo fue? —preguntó.
—Más sencillo de lo que pensé —respondió Lysien, sorprendido de su propia sonrisa breve—. Tengo opciones.
Caminaron juntos por la calle. Kaelen le señaló un local donde alquilaban habitaciones por mes. Otro donde vendían pan fresco al amanecer. Lysien memorizó rutas, olores, nombres. Cada detalle era una estaca que lo anclaba al presente.
Por la tarde, el cansancio lo alcanzó de golpe. En la posada, Lysien se sentó en el borde de la cama, respirando con cuidado. El mareo regresó, más fuerte. Cerró los ojos. El mundo osciló.
—Lysien —dijo Kaelen, desde la puerta—. ¿Te sientes…?
No terminó la frase. Avanzó dos pasos, se detuvo. No invadió. Esperó a que Lysien levantara la mano.
—Solo… un momento —susurró Lysien—. Se me pasa.
Kaelen se arrodilló frente a él, a la altura de sus ojos, sin tocarlo.
—Respira conmigo —dijo, marcando el ritmo con la voz—. Inhala. Sostén. Exhala.
Lysien obedeció. El mareo cedió poco a poco. Cuando abrió los ojos, Kaelen seguía allí, quieto, presente sin imponerse.
—Gracias —dijo Lysien.
—No me des las gracias por quedarme —respondió Kaelen—. Eso es lo mínimo.
Esa frase le golpeó más fuerte que cualquier gesto heroico. En la vida que había dejado atrás, quedarse había sido siempre una moneda de cambio. Aquí, parecía un acto simple.
Más tarde, llegó un mensajero con un sello de Blackmere. Lysien lo reconoció al instante. Su pecho se tensó. No lo abrió de inmediato. Lo sostuvo como si pesara más que el papel.
Kaelen lo observó sin acercarse.
—No tienes que leerlo ahora.
Lysien respiró hondo.
—Si no lo leo, el pasado se queda conmigo de todos modos.
Rompió el sello. La letra de Darian era precisa, firme. Las palabras, medidas: preocupación por su estado, ofrecimiento de protección, una invitación a volver “para hablar con calma”. No había disculpa. No había reconocimiento del daño. Era el mismo tono de siempre: control envuelto en cortesía.
Lysien cerró los ojos. Sintió la punzada antigua del “tal vez si vuelvo…”. La reconoció. No la obedeció.
—No voy a responder —dijo, con una calma que le sorprendió.
Kaelen asintió.
—No debes nada a quien no supo quedarse.
El silencio que siguió no fue incómodo. Lysien dobló la carta con cuidado y la guardó en el fondo del bolso. No como recuerdo. Como prueba de que había aprendido a no confundirse.
Esa noche, antes de dormir, apoyó la mano en su vientre.
—No prometo que no tenga miedo —susurró—. Prometo que no te cambiaré por un lugar donde no nos quieran.
El viento golpeó la ventana con suavidad. Afuera, la ciudad respiraba. Dentro, Lysien se permitió quedarse. No en un palacio. En sí mismo.
se dieron el picó tan anhelado 🤭
me encanta 💖 y ojalá en el próximo caputulo almenas le de un beso al pobre kaelen.
la evolución q a tenido es .uy buena a comparación con otras novelas de omegas q lloran y se sienten morir este me gusta y mucho
sigue así autora