trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas
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capitulo 8 segunda parte
Es Julian, Ethan. Estábamos por empezar la clase.
Ethan asintió y se inclinó, besando a Elena en los labios frente a todos, un beso largo y deliberado que no era una muestra de afecto, sino una firma de propiedad. Al separarse, miró a Julian.
—Asegúrate de que no se distraiga, Julian —dijo Ethan con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Elena tiene una agenda muy apretada y yo soy un hombre muy poco paciente con el tiempo de mi esposa.
Ethan salió del salón tan rápido como había entrado, dejando tras de sí un rastro de tensión y a una Elena cuya cara ardía de rabia y humillación. Julian ni siquiera volvió a mirarla el resto de la clase; se movió a otra mesa en cuanto tuvo oportunidad.
Esa noche, la Mansión Norte fue testigo de la primera gran pelea del matrimonio. Elena entró al despacho de Ethan como una tromba, tirando su bolso sobre la mesa de ébano.
—¡¿Cómo te atreves?! —gritó ella—. ¡Me humillaste, Ethan! ¡Ese chico solo quería compartir un libro! ¡Has hecho que ahora todos en la facultad me tengan miedo o me odien!
Ethan, que estaba revisando unos informes financieros, ni siquiera se inmutó.
—No te humillé, Elena. Establecí los límites. Ese chico te miraba como si fueras accesible. Y no lo eres. Eres mi esposa. Si quieres amigos, yo elegiré quiénes son los adecuados para tu estatus. No un estudiante de diseño con ropa de segunda mano.
—¡No eres mi dueño, Ethan! —chilló ella, las lágrimas de frustración rodando por sus mejillas.
Ethan se puso en pie con una lentitud amenazante. Rodeó el escritorio y se acercó a ella hasta que sus pechos chocaron con el pecho de él. La tomó de la mandíbula, obligándola a mirarlo.
—Te equivocas, Elena. Legalmente, socialmente y físicamente, soy tu dueño. Yo pagué el precio por ti, yo te protegí cuando nadie más lo hacía y yo soy el que te da todo lo que tienes. ¿Quieres estudiar? Estudia. Pero no esperes que me quede sentado mientras otros hombres intentan entrar en tu círculo.
—¡Me asfixias! —sollozó ella, intentando soltarse—. ¡Preferiría estar de vuelta en la casa de mis padres que aquí contigo!
Esa frase fue el detonante. La mirada de Ethan se oscureció hasta volverse casi negra. La tomó de la cintura y la pegó a él con tal fuerza que a Elena le faltó el aire.
—No vuelvas a decir eso —susurró él, su voz vibrando con una rabia contenida—. Nunca volverás a esa casa. Esta es tu jaula, Elena, y yo soy el único que tiene la llave. Si intentas escapar, si intentas buscar a alguien más, quemaré esa universidad y a cualquiera que esté cerca de ti. ¿Me has oído?
Elena lo miró, aterrorizada por la intensidad de su obsesión, pero también, en una parte oculta de su ser, fascinada por el hecho de que ella fuera el único motor de semejante locura.
Pasaron las horas. La tensión en la mansión se podía cortar con un cuchillo. Elena se había encerrado en el vestidor, negándose a salir para la cena. Sin embargo, sabía que Ethan no la dejaría sola por mucho tiempo.
Cerca de la medianoche, escuchó el sonido de la cerradura biométrica. Ethan entró. Ya no vestía el traje; llevaba solo un pantalón de dormir. Se acercó a ella, que estaba sentada en el suelo, rodeada de sus zapatos de diseñador.
No dijo nada. Se sentó a su lado y la rodeó con sus brazos. Elena intentó resistirse al principio, pero terminó apoyando la cabeza en su hombro, agotada.
—Lo siento —susurró Ethan contra su cabello—. Lo siento por perder el control. Pero la idea de que alguien más pueda tocarte, o incluso hacerte reír de una manera que yo no pueda… me vuelve loco, Elena. Literalmente loco.
—Tienes que confiar en mí, Ethan —murmuró ella—. Si no me dejas respirar, terminaré odiándote de verdad.
—Confío en ti —respondió él, besando su frente—. Pero no confío en el mundo. Mañana irás a clase. Reduciré la escolta a dos hombres, y no entraré al salón. Pero a cambio, quiero que lleves esto.
Sacó una pequeña caja de terciopelo. Dentro había un reloj delicado, una pieza de relojería suiza exquisita, llena de diamantes.
—Tiene un botón de pánico discreto. Si alguna vez te sientes incómoda, solo púlsalo. Mis hombres estarán a tu lado en diez segundos.
Elena miró el reloj. Sabía que era otra correa, pero una más bonita. Aceptó que le pusiera el reloj, sellando un nuevo pacto de paz armada entre los dos.
—Vamos a la cama —dijo Ethan, levantándola en brazos—. Mañana es un día largo. Tenemos que asistir a la cena del consejo directivo de tu padre. Quieren ver cómo va “la inversión”.
Elena se acurrucó contra él mientras la llevaba a la cama. A sus 18 y 19 años, su matrimonio era una mezcla tóxica de pasión, control y una ambición dinástica que los devoraba. Pero en la oscuridad de su habitación, rodeados por el mármol negro y el silencio de la mansión Steelwood, Elena se dio cuenta de que, por muy apretadas que estuvieran las cadenas, ya no sabía cómo vivir sin el peso de Ethan sobre su vida.