Yulian, un estudiante universitario harto de su gris y monótona vida, encuentra su único refugio en una novela gráfica de fantasía titulada El amanecer del amor. Aunque la trama sigue el romance tradicional entre la heroína Clara y el noble Albert, Yulian está perdidamente obsesionado con el antagonista: Eric, el brillante, incomprendido y temido Señor de la Torre Mágica, cuya trágica obsesión por Albert lo lleva a la locura y a una muerte injusta.
Tras una rabieta de frustración por el final del último capítulo, Yulian sufre un accidente mortal desde el balcón de su apartamento. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de Daniel, el hermano mayor de la protagonista y oficial de la guardia real. Decidido a reescribir el destino y evitar la trágica muerte de su personaje favorito, Daniel se infiltra en el mundo de la novela con un solo propósito: amar y salvar al hechicero malvado, cueste lo que cueste.
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Capítulo 5: La grieta en la armadura del hechicero
El silencio en el balcón se volvió denso, casi palpable. El viento nocturno traía de fondo el eco lejano de la orquesta imperial, pero dentro de la burbuja que rodeaba a los dos hombres, el resto del universo se había extinguido.
Eric dio un paso atrás de forma impulsiva, tropezando levemente contra la balaustrada de piedra. Se llevó una mano a la boca, tocándose los labios que aún conservaban el calor y la presión del beso de Daniel. Sus pupilas vibraban. Durante toda su vida, Eric había sido tratado como un monstruo divino o una herramienta política. Nadie en su sano juicio se había atrevido jamás a invadir su espacio personal, y mucho menos a besarlo de esa manera.
—Estás demente... —murmuró Eric. Su voz, por primera vez en años, carecía de esa autoridad aplastante y retumbaba con una mezcla de desconcierto y rabia defensiva—. ¿Sabes quién soy? Soy Eric, el Señor de la Torre Mágica. Con un solo pensamiento podría reducir tu cuerpo a cenizas antes de que vuelvas a respirar.
Un hilo de magia morada volvió a crepitar alrededor de las manos de Eric, alimentado por la conmoción de su mente. Las runas de su túnica brillaron con intensidad.
Daniel no dio un solo paso atrás. Al contrario, cruzó los brazos sobre el pecho, manteniendo la mirada esmeralda clavada en el hechicero con una compostura absoluta.
—Sé exactamente quién eres, Eric —respondió Daniel con serenidad—. Sé que eres el mago más poderoso de esta era. Sé que puedes destruir este palacio en segundos. Y también sé que bajo todo ese poder, estás muriéndote de soledad mientras observas a un hombre que jamás sabrá apreciar el valor de tu alma.
Las palabras de Daniel cayeron como estacadas en el pecho del hechicero. Eric se tensó visiblemente, su rostro volviéndose ridículamente pálido.
—¿Cómo... cómo te atreves? —siseó Eric, avanzando un paso. La magia a su alrededor amenazaba con hacer estallar los cristales de las ventanas cercanas—. ¿Crees que sabes algo sobre mí, insignificante guardia real? Eres el hermano de esa chiquilla que se acaba de casar con Albert. Solo eres un parásito más de la nobleza.
—Puede que para los demás sea Lord Daniel, el hermano de la novia —dijo Daniel, dando un paso hacia adelante para acortar la distancia recién creada—. Pero para ti, soy la única persona en este maldito continente que te ve tal como eres. No te temo, Eric. Ni un poco.
Daniel volvió a extender la mano. Esta vez no fue violento. Con una lentitud calculada, acercó sus dedos enguantados a la mejilla de Eric. El hechicero se congeló instintivamente. Toda su mente le gritaba que cortara la mano de este insolente noble con una lámina de viento, pero la mirada de Daniel era tan profunda, tan desprovista de cualquier atisbo de falsedad o miedo, que su cuerpo no obedeció a sus órdenes.
La mano de Daniel rozó la pálida mejilla de Eric. El tacto fue suave, casi reverencial.
—Tu odio y tus celos te van a consumir si sigues mirando hacia esa fiesta —continuó Daniel en un susurro ardiente—. No voy a dejar que te destruyas por alguien que no te merece. Si quieres a alguien que no te tenga miedo, si quieres a alguien que te desee con la misma locura con la que tú miras el mundo... mírame a mí.
Eric sintió un choque eléctrico recorrerle la espina dorsal. Su corazón latía a una velocidad desenfrenada. Intentó buscar en la mente de Daniel a través de la magia de empatía, buscando una trampa, una burla o algún plan de la familia real para desacreditarlo. Pero la magia mental de Eric solo chocó con una muralla de determinación pura y un afecto obsesivo que lo dejó desconcertado.
—Esto es ridículo... —Eric apartó la mano de Daniel de su rostro de un manotazo, aunque el gesto carecía de la fuerza letal de antes—. No sé qué juego estás jugando, Lord Daniel. Si esto es una estratagema política de tu hermana o de Albert para provocarme, te advierto que no dudaré en masacrar a tu familia.
—No hay ningún juego —dijo Daniel con una sonrisa ladina—. Mañana por la mañana. Iré a la Torre Mágica.
Eric frunció el ceño, incrédulo.
—Nadie entra a la Torre Mágica sin mi permiso explícito. Las defensas te desintegrarán en la entrada.
—Entonces asegúrate de dejar la puerta abierta —respondió Daniel con absoluta seguridad—. Porque voy a ir. Y cuando llegue, te demostraré que lo de esta noche fue solo el comienzo.
Antes de que Eric pudiera responder o procesar la insolencia de aquellas palabras, Daniel dio media vuelta, reajustó la capa de su uniforme militar y caminó de regreso hacia las puertas del salón de baile, desapareciendo tras las cortinas de terciopelo.
Eric se quedó solo en el balcón. Su mano volvió a subir lentamente hacia sus labios. El aire helado de la noche no lograba enfriar el calor que abrasaba su rostro.
—¿Quién demonios es este hombre...? —mencionó en la oscuridad, con los ojos azul violeta fijos en la puerta por la que Daniel se había ido.