trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas
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capitulo 6 segunda parte
Llegaron al centro del salón para el banquete. La mesa presidencial era una larga pieza de mármol blanco decorada con cubertería de oro y copas de cristal grabadas con sus nuevas iniciales entrelazadas: S&V.
Marcus Valerius se puso en pie para el brindis. Su rostro reflejaba una mezcla de triunfo empresarial y una tristeza paternal que intentaba ocultar.
—A los nuevos esposos —dijo Marcus, levantando su copa—. Que la fuerza de su unión sea el cimiento de un imperio que dure mil años. Ethan, te entrego lo más valioso que tengo. Cuídala como el acero que da nombre a tu familia.
Ethan se puso en pie, su figura imponente eclipsando incluso a su suegro.
—No necesito que me pidan que la cuide, Marcus —respondió Ethan con una voz que silenció los murmullos de los mil quinientos asistentes—. Elena es mi vida. Y el acero no es solo para construir, es para destruir a cualquiera que intente interponerse en nuestro camino. Por mi esposa.
El salón estalló en un brindis sonoro, pero la atmósfera estaba cargada. En las mesas periféricas, los rivales intercambiaban miradas. Los Vane, sentados en un rincón oscuro, observaban con odio. Silas Vane, con un ojo todavía ligeramente amoratado por el altercado en la gala anterior, apretaba su copa con tal fuerza que parecía a punto de estallar.
La cena fue un despliegue de opulencia: caviar Beluga sobre láminas de oro, bogavante azul del Atlántico y un vino cuya cosecha era tan escasa que solo quedaban doce cajas en el mundo. Ethan apenas comió. Sus ojos verdes no dejaban de escanear el salón, detectando cada movimiento sospechoso, cada conversación susurrada. Su posesividad no era solo hacia el cuerpo de Elena, sino hacia su entorno.
—Ese hombre de la mesa ocho te ha mirado tres veces más de lo necesario —murmuró Ethan, señalando discretamente con la mirada a un joven conde europeo—. Mañana haré que revisen sus líneas de crédito. Nadie mira lo que es mío con hambre y sale impune.
—Ethan, por favor —suspiró Elena, probando un bocado de postre que sabía a ceniza en su boca—. Es una fiesta. Intenta no arruinar la economía de un país pequeño solo porque alguien me miró el vestido.
—No te miraba el vestido, Elena. Te miraba a ti. Y tú ya tienes dueño.
El maestro de ceremonias anunció el primer baile. Las luces bajaron de intensidad y un solo foco iluminó el centro de la pista. La orquesta empezó a tocar una versión instrumental de una melodía oscura y romántica. Ethan tomó la mano de Elena y la condujo al centro.
Cuando sus cuerpos se unieron para el vals, el resto del mundo desapareció. Elena apoyó su mano en el hombro de Ethan, sintiendo el tejido costoso de su chaqueta y la solidez del hombre que ahora era su dueño legal. Ethan la rodeó por la cintura con una fuerza que le recordaba que no podía escapar, incluso si quisiera.
Bailaron en un silencio tenso pero eléctrico. Sus miradas estaban fijas la una en la otra. A sus 18 y 19 años, estaban en la cima del mundo, pero se sentían solos en un océano de tiburones.
—¿Estás cansada? —preguntó él, su voz suavizándose solo para ella.
—Estoy asfixiada, Ethan. Quiero quitarme este vestido. Quiero quitarme esta tiara. Quiero dejar de ser una Steelwood por un segundo.
Ethan la hizo girar con una elegancia técnica y la atrajo de nuevo hacia su pecho, tan cerca que sus narices se rozaban.
—Pronto, Elena. Pronto nos iremos de aquí. Y cuando estemos en el avión, haré que olvides que existe alguien más en este planeta. Solo quedaremos nosotros dos. Como siempre debió ser.
El baile terminó con una ovación de pie. Pero mientras los invitados aplaudían la belleza de la escena, Ethan y Elena ya estaban mirando hacia la salida. La ceremonia había terminado; la verdadera vida, la que se vivía tras puertas cerradas y bajo la sombra de una obsesión que no conocía límites, estaba a punto de comenzar.
A las dos de la mañana, la recepción todavía bullía con el exceso de alcohol y ambición, pero los protagonistas ya habían tenido suficiente. Siguiendo una tradición de la alta sociedad, pero impulsada por la impaciencia devoradora de Ethan, la pareja se preparó para su salida.
Elena se había cambiado el pesado vestido de ceremonia por uno de “salida” igualmente costoso: un vestido de seda blanca líquida que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, diseñado por Versace. No llevaba velo, solo un sencillo diamante en el cuello. Se veía más vulnerable, pero también más real.
Ethan la esperaba en el vestíbulo principal. Había dejado el chaqué por una camisa de seda negra ligeramente abierta en el cuello y unos pantalones de vestir oscuros. Sus ojos brillaban con una anticipación peligrosa.
—¿Lista? —preguntó él, extendiendo su mano.
—Más que lista —respondió Elena, tomando su mano con firmeza.
Salieron de la mansión bajo una lluvia de pétalos de orquídea blanca. En lugar de un coche tradicional, un helicóptero con el emblema del Grupo Steelwood esperaba en el césped delantero, sus aspas ya girando y cortando el aire nocturno con un rugido ensordecedor. Los invitados salieron a los balcones para despedirlos, gritando felicitaciones que se perdían en el ruido del motor.
Ethan ayudó a Elena a subir, asegurándose de que su vestido no se enganchara y protegiéndola del viento generado por las aspas. Una vez dentro de la cabina de lujo, el silencio se restableció gracias al aislamiento acústico. El interior del helicóptero estaba tapizado en cuero crema y olía a champán recién abierto.
El aparato se elevó, dejando atrás las luces de la mansión y el pequeño mundo de reglas que habían habitado toda su vida. Abajo, la ciudad se extendía como un mapa de conquistas.
—Se acabó —dijo Elena, dejándose caer en el asiento de cuero y mirando por la ventana—. Realmente lo hicimos. Estamos casados.
Ethan se sentó frente a ella, observándola con una intensidad que hizo que Elena se enderezara. No había nadie más allí; los pilotos estaban aislados tras una mampara de cristal. Estaban solos a mil metros de altura.
—No se ha acabado, Elena. Apenas está empezando —dijo Ethan. Se desabrochó el cinturón de seguridad y se arrodilló entre las piernas de ella, poniendo sus manos sobre las rodillas de su esposa—. Has pasado toda tu vida preparándote para este día, escuchando a tu padre, a tu madre, a los tutores. Pero desde este momento, solo hay una voz que importa. La mía.
Él subió sus manos por los muslos de ella, sintiendo la suavidad de la seda y el calor de la piel debajo. Elena sintió que el pulso se le aceleraba. La libertad que pensaba haber encontrado al salir de la fiesta era una ilusión; simplemente se había mudado a una jaula más pequeña y mucho más intensa.
—¿Vas a empezar con tus órdenes ahora mismo, “Señor Steelwood”? —desafió ella, aunque su voz temblaba ligeramente.
—No son órdenes, Elena. Es la realidad. En una hora llegaremos al aeropuerto privado. En ocho horas estaremos en nuestra isla. Nadie podrá llamarte. Nadie podrá pedirte fotos. Nadie podrá tocarte. Serás solo tú y yo, en medio del océano.
Él se inclinó y la besó, un beso que ya no tenía la restricción de la catedral o la etiqueta del salón de baile. Era un beso hambriento, cargado de los años de espera y de la frustración de tener que compartirla con el ojo público. Sus manos se cerraron en la cintura de ella con una fuerza que dejaría marcas, marcas que a Elena, sorprendentemente, no le importaba llevar.
El helicóptero sobrevoló la costa. Elena miró a su esposo y vio en él no solo al hombre que la controlaba, sino al único ser en el mundo que estaría dispuesto a quemar ciudades enteras para mantenerla a salvo. Era una realización aterradora y excitante al mismo tiempo.
El jet privado de largo alcance, un Gulfstream G700 personalizado, los esperaba en la pista con los motores encendidos. Era un palacio volador: dormitorio principal con cama King-Size, ducha de lluvia y un salón con acabados de madera de ébano.
Al subir a bordo, Ethan despidió a la azafata con un gesto seco de la mano.
—No necesitamos nada. No nos interrumpan hasta que aterricemos en las Maldivas.
—Sí, señor Steelwood —respondió la mujer, desapareciendo hacia la cabina de mando.
Ethan cerró la puerta que separaba la zona de descanso del resto del avión. El clic de la cerradura resonó en el silencio de la cabina como un disparo. Elena estaba de pie junto a la ventana, observando cómo el jet empezaba a rodar por la pista. La adrenalina de la boda estaba desapareciendo, dejando lugar a una fatiga profunda y a una anticipación nerviosa.
Ethan se acercó por detrás. No dijo nada. Simplemente empezó a desabrochar la cremallera del vestido de Versace de Elena. Sus dedos rozaban la piel de la espalda de ella, provocándole escalofríos.
—¿Sabes cuánto tiempo he esperado para que estemos así? —susurró él contra su nuca—. Sin guardaespaldas en la puerta, sin cámaras en las ventanas. Solo tú y yo.
Elena dejó que el vestido cayera al suelo, quedando solo en su lencería de encaje blanco. Se giró para enfrentar a Ethan. A la luz tenue de la cabina, él se veía imponente, una sombra de deseo puro.
—Toda la vida —respondió ella, pasando sus manos por los hombros de él—. Hemos estado esperando toda la vida para que este contrato se hiciera carne.
Ethan la tomó en brazos y la llevó hacia la cama. En ese espacio confinado, a once mil metros de altura, el mundo exterior dejó de existir. Ya no eran los herederos de dos imperios; eran dos jóvenes de 18 y 19 años consumidos por una pasión que había sido alimentada por la prohibición y la posesividad durante más de una década.
Esa noche, mientras el avión cruzaba el océano, Ethan no solo la reclamó como su esposa según la ley. La reclamó en cada suspiro, en cada caricia y en cada promesa susurrada en la oscuridad. La posesividad que antes era una barrera, ahora era el fuego que los unía. Elena descubrió que, bajo el control de Ethan, había una vulnerabilidad que solo ella podía ver, y Ethan descubrió que su esposa era mucho más que un trofeo; era su igual en fuego y voluntad.
El amanecer los encontró todavía despiertos, observando desde la cama cómo el sol empezaba a iluminar las nubes bajo ellos. Estaban cansados, pero por primera vez en sus vidas, se sentían completos.
—Te amo, Elena —dijo Ethan, siendo la primera vez que pronunciaba esas palabras sin el tinte de la propiedad, sino con la sinceridad del alma—. Y te juro que este es el último día que alguien más te dice qué hacer. A partir de ahora, el mundo es nuestro.
Elena se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido del corazón que ahora le pertenecía tanto como ella le pertenecía a él.
—Nuestro, Ethan. Pero prométeme que, incluso en nuestra isla, me dejarás ser yo de vez en cuando.
—Serás tú, Elena. Pero siempre serás mi Elena.
El jet inició su descenso hacia las aguas turquesas del Índico. La luna de miel estaba a punto de empezar, treinta días de aislamiento total donde la pareja de oro aprendería lo que significa realmente estar unidos, no por un papel, sino por la piel y el destino