NovelToon NovelToon
Sangre De Dos Imperios : Bisturí Y Plomo

Sangre De Dos Imperios : Bisturí Y Plomo

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Mafia / Completas
Popularitas:9.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: Manos de cirujana

El monitor multiparamétrico marcaba un ritmo cardíaco acelerado de ciento cuarenta latidos por minuto. En el centro del quirófano número cuatro del Policlínico de Milán, bajo la luz gélida de las lámparas cialíticas, el silencio era tan denso que parecía crujir.

—Se rompió el cuello del aneurisma, doctora Rossi. El campo está completamente inundado —la voz del primer ayudante temblaba detrás del barbijo esterilizado—. La presión intracraneal está subiendo en picada. Si no clampeamos en treinta segundos, entra en muerte cerebral.

Aleksandra ni siquiera pestañeó.

A través del microscopio quirúrgico de alta resolución, sus ojos verde oscuro permanecían fijos en la maraña de vasos del polígono de Willis. La sangre arterial brotaba con violencia, amenazando con ahogar el tejido nervioso de una mujer de cuarenta y dos años, madre de dos niños, que había colapsado esa misma tarde en la vía pública.

Cualquier otro residente de último año de neurocirugía vascular habría sentido que el pulso le traicionaba los dedos. Aleksandra, en cambio, sintió cómo el mundo exterior se apagaba hasta convertirse en una línea recta y fría.

Respira desde el diafragma, Sashenka. El tiempo no corre afuera, corre en tu cabeza. Si tú no dudas, la mano jamás tiembla.

La voz de su padre resonó en un rincón olvidado de su memoria, tan nítida como si estuviera parado detrás de ella. No era un recuerdo de la facultad de medicina ni de los libros de anatomía que había devorado durante noches en vela. Era el eco de una casa vieja con aroma a madera y nieve, de tardes enteras en las que un hombre alto de nudillos rotos le enseñaba a sostener palillos con pesas atadas a las muñecas, a vendarse los ojos y ensamblar mecanismos diminutos sin titubear, a calcular trayectorias y ángulos antes de que el cerebro formulara una excusa de cansancio. «Un juego de concentración», le decía él con una sonrisa cálida mientras le acariciaba el cabello rubio ceniza.

Para Aleksandra, toda su vida había sido una preparación para algo que nunca terminó de comprender.

—Aspiración continua, cánula número tres —ordenó con una calma que descolocó a todo el equipo—. Mantengan la presión arterial media en sesenta y cinco. Ni un milímetro más.

Sus dedos se movieron con una precisión milimétrica, casi inhumana. Donde otros veían una catástrofe irreversible, ella leía la anatomía como un mapa táctico. Con la mano izquierda introdujo el microdisector, apartando las estructuras elocuentes sin rozar un solo haz axonal; con la derecha, deslizó el clip vascular de titanio a través del torrente rojo.

Un chasquido metálico casi inaudible vibró en la punta de las pinzas.

El sangrado cesó de golpe.

—Aspirador limpio —dijo ella, alzando apenas la vista del ocular—. Lavado con solución tibia y verifiquemos la perfusión distal con fluoresceína sódica.

Diez segundos después, la pantalla de angiografía intraoperatoria mostró el milagro: el flujo de la arteria cerebral media continuaba intacto, bordeando el clip perfecto. El aneurisma estaba sellado.

—Dios santo... —murmuró el anestesista, soltando el aire que llevaba un minuto conteniendo—. Qué tiro tan limpio, Rossi. Eso fue quirúrgicamente imposible.

Aleksandra le dedicó una mirada suave, cargada de esa calidez natural que la caracterizaba fuera de la zona de peligro.

—No hay nada imposible si el paciente todavía quiere respirar, doctor —respondió en un tono dulce mientras daba el primer punto de aproximación a la duramadre—. Cierre por planos. Yo me encargo de la sutura.

Tres horas más tarde, Aleksandra salió del vestuario del área de quirófanos. Llevaba el uniforme azul desteñido por los lavados industriales y una campera impermeable negra que le quedaba ligeramente holgada sobre sus hombros delgados. Su cabello ondulado, recogido en una trenza práctica, caía sobre su espalda. Lucía exhausta, pero su rostro conservaba una serenidad luminosa, ajena al cinismo que solía carcomer a los médicos tras años de lidiar con la muerte.

Había pasado por la sala de espera para hablar con la familia de la paciente. No se limitó al parte técnico; se sentó con la hija adolescente en un banco de plástico, tomó sus manos heladas entre las suyas y le prometió que su madre despertaría al día siguiente. No cobraba nada por esa empatía, pero la entregaba entera.

Cruzó el pasillo subterráneo hacia la salida. En su casillero dejaba poco: una taza de café térmico, un estetoscopio de marca suiza grabado con sus iniciales y su bolso.

Aleksandra vivía en una contradicción constante que nadie en el hospital sospechaba. Todos la veían como una becaria brillante y sacrificada que había salido del orfanato de las Hermanas de la Merced tras la trágica muerte de sus padres en una autopista de Turín, cuando ella apenas tenía ocho años. Lo que nadie sabía era que cada mes, puntualmente el día primero, una cuenta fiduciaria en Zúrich transfería a su banco una suma exorbitante de dinero. Estaba todo previsto: matrículas pagadas hasta el último día de su doctorado, seguros internacionales de cobertura total y un fondo que le habría permitido vivir como una aristócrata en el centro de Milán sin trabajar un solo día de su vida.

Sin embargo, vivía en un departamento diminuto de dos ambientes, comía ensaladas preparadas por ella misma y donaba la mayor parte del excedente anónimo a comedores infantiles. Había algo en ese dinero que siempre le provocó una punzada de desconfianza. Su padre, a quien recordaba como un hombre de modales toscos pero mirada tierna, le había dejado una carta en un sobre lacrado que la madre superiora le entregó al cumplir dieciocho años: «Sé médica, Sashenka. Salva todo lo que yo no pude. Y nunca bajes la guardia».

El reloj digital sobre el panel de admisión marcaba las 21:55 cuando atravesó las puertas automáticas del hospital.

Afuera, la noche de Milán la recibió con una llovizna helada y pegajosa. El aire olía a asfalto mojado, a combustible quemado y a invierno inminente. Las calles alrededor del complejo médico estaban desiertas, bañadas por una luz amarillenta y mortecina que temblaba sobre los charcos.

Se ajustó la capucha de la campera y se paró al borde de la acera para esperar el taxi que había solicitado por la aplicación cinco minutos antes. El frío le mordía las mejillas, pero su respiración se mantuvo acompasada. En su mano izquierda, casi por reflejo instintivo, las llaves de su departamento descansaban entre sus nudillos: la punta de bronce sobresaliendo entre el dedo índice y el medio, el ángulo exacto para un golpe de defensa a la carótida que su cuerpo ejecutaba sin necesidad de pensarlo.

El reloj de su teléfono vibró en su bolsillo.

Las 22:00 en punto.

Fue en ese instante exacto cuando el silencio de la calle se rompió. No fue el motor de un vehículo ni la sirena de una ambulancia lejana. Fue un golpe seco, seguido por el sonido inconfundible de metal chocando contra contenedores de basura y un jadeo gutural, denso, cargado de dolor, proveniente de la oscuridad del pasaje ciego que corría al costado del pabellón de patología.

Aleksandra se congeló. Cualquier otra persona se habría apresurado a subir al taxi o habría corrido de vuelta a la recepción blindada.

Pero ella no solo era cirujana.

Soltó las llaves dentro del bolsillo para liberar las manos, afinó el oído calculando la distancia y, sin titubear un segundo, dio el primer paso hacia las sombras del callejón.

1
Dorkis Huerta
Buenas noches, muy linda.
Maria Laura Perez: Gracias 😘
total 1 replies
Marta Luisa Nebreda Escalante
porqué ella no instruye al hijo como su padre hizo con ella ? quedará a cargo de dos dinastías y el chico cero instrucción 🤔🤔🤔🤔🤔
Marta Luisa Nebreda Escalante
no sólo que lo abrió sino que ella se abrió de piernas a él 🤣
Marta Luisa Nebreda Escalante
ella es más mafiosa que él, porque viene de la mafia rusa 🤔🤦
Marta Luisa Nebreda Escalante
no quiere llevarlo hacia la mafia de su padre y qué lindo ejemplo le está dando al hijo con un arma en la mano.....va va vs🤔
Ana Cortes
felicidades me encantó tu novela fue fluida y no monótona lo único que al final las edades de los hermanos no coincidían ya que de principio se llevaban por tres años al final fueron por seis años todo lo demás lo disfrute al máximo éxito y bendiciones♥️♥️♥️
Marta Luisa Nebreda Escalante
jajaja jajaja 🤣, idiota e inconsciente dijo porque se fué y no pensó lo mismo cuando se encamo 😂😂😂😂😂😂
Ana Cortes
dios los libre
Mayra C Velez V
cuándo le dirá papá ☺️
Mayra C Velez V
madre mía 🤭
Ana Cortes
como dra puede irse sin pensar en sus pacientes de Dubai irse sin dar ninguna explicacion
Mayra C Velez V
mas de cuatro años... tres años y medio de Dimitri más el embarazo
Mayra C Velez V
/Toasted//Shy//Gosh/
Maria Gudiño
y el trabajo en Dubai 🤔🤔🤔?????
Mayra C Velez V
"en tú cama"
Mayra C Velez V
"en tu cocina" creo
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play