Alexander Vance lo tiene todo: poder, millones y el control absoluto de su imperio. Pero cuando acepta suplir a un amigo en la universidad, su mirada se cruza con Elena Marín, una estudiante rota, exhausta y atrapada en una vida de secretos nocturnos.
Ella no busca salvación; él no sabe lo que es la piedad. Lo que comienza como una tutoría privada bajo chantaje se transforma en una espiral de pasión prohibida, erotismo salvaje y mentiras peligrosas. Cuando los secretos del pasado salgan a la luz, desatarán una tragedia de la que no podrán escapar. Porque hay amores que no construyen... destruyen.
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CAPÍTULO 7: El olor de la necesidad
La pantalla del teléfono brillaba en la penumbra del estudio como una pequeña estaca de luz blanca clavada en la conciencia de Elena. El fulgor incandescente iluminaba apenas las líneas tensas de su rostro y la sombra espectral de Alexander proyectada contra los estantes de caoba. Su pulso se detuvo por un segundo entero, paralizado por la gravedad del texto y la amenaza implícita que vibraba entre sus dedos. Con un pánico sofocante oprimiéndole el pecho, extendió el dedo tembloroso hacia la superficie de cristal para pulsar el enlace, dispuesta a desentrañar la verdad de una vez por todas.
Sin embargo, no llegó a tocar la pantalla. La mano rápida y precisa de Alexander se interpuso como una sombra rauda, arrebatándole el dispositivo con un movimiento seco, impecable y carente de todo esfuerzo.
—No va a abrir eso —ordenó Alexander con una voz cortante que resonó como un látigo en la quietud de la estancia. Sin perder la compostura, guardó el teléfono en el bolsillo interior de su chaleco con la misma desenvoltura con la que guardaría una pluma estilográfica de lujo.
—¡Ese mensaje es para mí! —estalló Elena, perdiendo de golpe el poco control que le quedaba tras una noche al borde del abismo. Dio un paso al frente para desafiar la Imponente altura del magnate, con el pecho agitado por una mezcla incontrolable de rabia y sofoco—. ¡Usted me está ocultando algo sobre Julian y sobre la verdad de esta universidad! Todo este macabro juego de las tutorías, el chantaje constante, la sustitución repentina en la cátedra... nada de esto fue una coincidencia. ¡Usted me estaba buscando desde mucho antes de que yo pusiera un pie en esta oficina!
Alexander no se inmutó en lo más mínimo. Su rostro permaneció impasible, transformado en una máscara de mármol pulido tallada en los privilegios del lujo y la espesura del secreto. No obstante, la forma en que los nudillos de su mano derecha se blanquearon al cerrarse alrededor del borde de la mesa delataba la furiosa tensión interna que intentaba dominar.
—La paranoia es un síntoma profundamente feo en una mente tan brillante como la suya, Elena —murmuró él con un tono suave y pausado, dando un paso lento y predatorio hacia ella hasta acorralarla de nuevo contra la madera fría del mueble—. Pero dígame... ¿Y si fuera así? ¿Y si cada paso que usted ha dado a lo largo de este semestre hubiera sido calculado milimritricamente para tenerla exactamente aquí, esta noche, a mi entera merced? ¿Acaso cambiaría en algo la forma en que su cuerpo tiembla cuando la toco?
El aire en la habitación se volvió densamente espeso, casi imposible de respirar. Elena sintió una violenta oleada de rabia chocando de frente contra una humillante sensación de sumisión. Quería odiarlo con todas sus fuerzas; quería aborrecerlo por manipular cada hilo de su existencia, por tejer con paciencia una red invisible de dependencia financiera y emocional que la dejaba sin salida. Y sin embargo, la calidez sofocante de su presencia física, el aroma a madera de sándalo que lo envolvía y el eco todavía ardiente de sus besos recientes en sus labios sabotearon trágicamente cualquier intento de huida o resistencia moral.
—Usted está enfermo —susurró ella con la voz quebrada y los ojos brillantes por el peso de las lágrimas contenidas—. Es simplemente un depredador jugando con su presa.
—Entonces disfrute de la caza, Elena —respondió Alexander, dibujando una sonrisa perversa, lenta y cargada de una oscura promesa. Se inclinó sobre su cuello para morder con suave firmeza el lóbulo de su oreja, provocando que un estremecimiento violento e involuntario recorriera cada fibra de la joven.
—Porque le juro que ninguna presa en este mundo ha sido deseada con semejante locura.
Sin darle el menor tiempo para articular una réplica o recuperar el aliento, Alexander rodeó su cintura y la alzó en peso con una fuerza desmedida pero extrañamente controlada. La sentó directamente sobre la superficie pulida del escritorio de nogal, empujando carpetas, documentos y estilográficas al suelo, los cuales cayeron con un eco sordo sobre la alfombra. Sus miradas se cruzaron en una batalla silenciosa de dominación y entrega.
Pero justo antes de que los labios de Alexander volvieran a devorar los de ella en un encuentro erótico y desesperado, un sonido helado fracturó la atmósfera de la estancia.
El timbre de la puerta principal del penthouse volvió a resonar en el vestíbulo, acompañado esta vez por el seco chispazo metálico de una llave girando con familiaridad en la cerradura blindada. Apenas un segundo después, el taconerío firme de unos zapatos de diseñador comenzó a aproximarse por el mármol, precedido por una voz femenina, elegante y helada que retumbó desde el pasillo:
—Alexander, querido... Sé perfectamente que estás ahí dentro. Y sé muy bien que no estás solo.