Anastacia Thompson lo sacrificó todo por salvar a su padre, incluso al hombre que amaba. Ella hizo lo impensable.
Años después, conoce a Edmund Carter. Él le devuelve la ilusión, la hace creer nuevamente en el amor y termina convirtiéndose en su prometido. Con él, Anastacia cree haber encontrado el amor que tanto había temido volver a sentir.
Pero ningún amor está libre de errores.
Cuando los secretos, el deseo y las heridas comienzan a poner a prueba su relación, todo aquello que Anastacia creía tener bajo control empieza a desmoronarse.
Todo cambia cuando Adrian Blake, el hermano mayor de Edmund el hombre que nunca olvidó a Anastacia, vuelve a su vida. Entre ellos existe un pasado que jamás murió una atracción que ninguno de los dos puede ignorar.
Mientras Edmund lucha por conservar el amor de la mujer que ama, Anastacia comienza a quedar atrapada entre la seguridad de un amor que conoce y el deseo prohibido de un hombre que nunca debió volver a su vida.
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Ella
—He dicho que basta, Sara. No voy a permitir que vuelvas a hablar así en mi casa.
Sara bajó la mirada. La rabia que había mostrado unos segundos antes dio paso a una expresión de desconcierto.
—Mamá, yo solo…
—No quiero escuchar tus justificaciones.
Margaret se detuvo frente a nosotras. Primero miró a Wendy, que permanecía a mi lado con las gafas entre las manos y los ojos bajos. Después volvió la mirada hacia su hija.
—Puedes estar molesta con alguien, Sara. Puedes no estar de acuerdo con sus decisiones. Pero nada de eso te da derecho a humillarla.
—No sabes lo que ha hecho —replicó Sara, con la voz tensa.
—Sé perfectamente lo que necesito saber para exigirte respeto hacia ella.
El silencio que siguió fue incómodo.
Yo no comprendía qué estaba ocurriendo. Apenas conocía a aquella joven llamada Wendy y jamás había visto a Sara comportarse de aquella manera. Tampoco sabía qué había pasado entre ellas, pero la hostilidad era demasiado evidente para ignorarla.
Margaret se volvió hacia la joven.
—Wendy, querida, lo siento mucho.
—No se preocupe, señora Margaret —respondió ella con una sonrisa débil—. No ha sido nada.
—Sí ha sido algo. Y no tendrías que soportarlo.
Wendy asintió sin decir más. Después me miró.
—Gracias por ayudarme con las escaleras, Anastacia. Y perdona por el accidente.
—No tienes que disculparte. Espero que tu pie esté bien.
—Seguro que sí.
Se acomodó las gafas y se despidió de Margaret con una inclinación de cabeza. Luego se dirigió hacia la puerta, caminando despacio para no forzar el pie lastimado.
Nadie intentó detenerla.
Cuando Wendy salió de la residencia, Margaret permaneció unos segundos en silencio. Después se volvió hacia mí.
—Ana, cariño, ven conmigo. Necesito hablar contigo.
Su tono me hizo comprender que aquella conversación no podía esperar.
—Claro, Mamá
Miré a Sara. Ella seguía junto a la entrada, con los brazos rígidos y la mandíbula apretada. Parecía querer decir algo, pero no se atrevía a hacerlo delante de su madre.
—Mamá, yo lo siento —murmuró finalmente—. No quería que te alteraras.
Margaret la miró con seriedad.
—Entonces deberías haber pensado antes de hablar.
Sara guardó silencio.
Yo no sabía si debía intervenir o marcharme. Aquello era un asunto familiar y, aunque me preocupaba la manera en que se habían tratado, no quería empeorar las cosas.
Margaret me tomó suavemente del brazo.
—Vamos, querida.
La acompañé escaleras arriba, esta vez a un ritmo mucho más lento. Antes de llegar al pasillo, miré brevemente hacia atrás. Sara seguía inmóvil, su mirada tan extraña tan dificil de descifrar.
Cuando entramos en la habitación, Margaret cerró la puerta y me indicó que me sentara junto a ella.
Su rostro continuaba pálido y parecía cansada, pero sus ojos mantenían una seriedad que me inquietó.
—¿Ocurre algo, Margaret? —pregunté—. ¿Te encuentras bien?
Ella tomó mi mano entre las suyas.
—Estoy mejor, cariño. No te preocupes por eso.
Esperé a que continuara.
Margaret respiró profundamente y me sostuvo la mirada.
—Lo que acaba de suceder abajo no es el motivo por el que te he pedido que subieras. Hay algo más de lo que necesito hablar contigo.
Mi sonrisa se desvaneció poco a poco.
—¿Conmigo?
—Sí, Anastacia. Contigo.
Hizo una pausa, como si estuviera buscando la manera correcta de comenzar.
—Y quiero que me escuches hasta el final antes de sacar conclusiones.
Sentí una inquietud repentina.
No sabía qué tenía que decirme Margaret, pero su expresión me hizo comprender que aquella conversación podía cambiar muchas cosas.
Asentí despacio.
Me senté junto a Margaret, todavía inquieta por lo que acababa de presenciar en el vestíbulo. No podía dejar de pensar en la expresión de Sara ni en la manera en que había tratado a Wendy. Había algo detrás de aquella hostilidad, algo que evidentemente yo desconocía.Margaret permaneció unos segundos en silencio, con las manos entrelazadas sobre su regazo. Parecía estar decidiendo por dónde empezar.
—Supongo que te sorprendió lo que acabas de ver abajo —dijo finalmente.
—Un poco, sí. Nunca había visto a Sara comportarse de esa manera. No sé qué ocurrió entre ellas, pero fue bastante desagradable.
Margaret suspiró.
—Sara tiene sus razones para sentirse molesta con Wendy. No voy a decirte que no las tenga. Sin embargo, hay cosas que no se olvidan fácilmente y otras que, por mucho que duelan, tampoco justifican que tratemos a alguien con crueldad.
La miré con atención.
—¿Quién es Wendy, Margaret?
Ella bajó la mirada durante un instante y acarició distraídamente el anillo que llevaba en una de sus manos.
—Wendy fue la primera novia de Edmund.
La noticia me tomó por sorpresa.
—¿La primera?
—Y su mejor amiga desde que eran niños. Crecieron prácticamente juntos. Ella venía a esta casa desde que era pequeña. Desayunaba con nosotros, pasaba las vacaciones con mis hijos y, cuando sus padres tenían compromisos, muchas veces se quedaba aquí. Para mí, Wendy nunca fue solamente la hija de unos amigos. La quise como a una hija.
Me quedé callada, tratando de imaginar a Edmund compartiendo su infancia con aquella joven de cabello castaño y gafas delicadas.
—No sabía que Edmund había tenido una relación tan importante antes de conocerme —admití.
Margaret esbozó una sonrisa triste.
—Hay muchas cosas de su pasado que quizá no te ha contado. No porque quiera ocultártelas, sino porque algunas todavía le duelen.
—¿Qué pasó entre ellos?
Margaret respiró profundamente.
—Se enamoraron cuando eran jóvenes. Al principio, todos pensábamos que aquella relación terminaría en matrimonio. Edmund estaba profundamente enamorado de ella. No era solamente su novia; Wendy había sido su confidente, su compañera y la persona en quien más confiaba, después de su familia.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Pero ella lo engañó.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Lo engañó?
—Sí. Estaba con otro hombre mientras seguía manteniendo una relación con Edmund. Él se enteró de una manera bastante dolorosa y, cuando la confrontó, Wendy no pudo negarlo pero yo no podía imaginar lo que significaría descubrir una traición semejante por parte de alguien a quien habías entregado tu confianza.
—¿Y Edmund nunca pudo perdonarla?
—No. Al menos, nunca logró volver a confiar en ella. Wendy intentó explicarse, pidió perdón y buscó la manera de arreglar las cosas, pero él no quiso escucharla. Para entonces todo se había roto entre ellos.
Margaret apretó los labios y sus ojos se humedecieron ligeramente.