Alexandre Mendonça lo tiene todo: una empresa que mueve millones, una mansión en Jardins… y un corazón que se congeló el día en que enterró a su esposa. Desde entonces vive encerrado en su luto, rodeado de niñeras que huyen despavoridas de una hija de cuatro años que muerde antes de que la abandonen.
Mariana Silva acaba de perder su empleo por negarse a ceder ante un jefe abusivo, y con su mamá enferma no puede darse el lujo de rendirse. Cuando entra a esa mansión para la entrevista más humillante de su vida, solo tiene una oferta: una semana de prueba y cero garantías.
Lo que Mariana no sabe es que la pequeña Alice no necesita una niñera, sino a alguien que la escuche. Y lo que Alexandre no imagina es que la mujer que le contestó sin bajar la mirada acabará derritiendo, uno a uno, todos los muros de hielo que construyó a su alrededor.
Entre acusaciones injustas, secretos detrás de una puerta que nadie puede tocar, un deseo que se enciende a pesar de todas las reglas y una sombra del pasado que no piensa quedarse enterrada, ¿podrá un hombre que juró no volver a amar atreverse a despertar?
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EL CUARTO DE CRISTAL Y CENIZAS
Más tarde esa noche, el silencio en la mansión Mendonça volvió a ser absoluto. Mariana ya había acostado a Alice y se había retirado a su habitación en el ala del servicio.
En el piso de arriba, al fondo del pasillo más aislado de la casa, Alexandre se detuvo frente a una puerta de jacarandá macizo.
A diferencia de todas las demás, aquella cerradura era digital, y la llave biométrica solo requería su pulgar. El sistema emitió un pitido suave y el pestillo cedió con un chasquido que retumbó como un disparo en el pasillo vacío.
Alexandre empujó la puerta y entró, cerrándola de inmediato. No encendió las luces del techo. No hacía falta. La luz de la luna, que se filtraba por los enormes ventanales, iluminaba el santuario intacto de Letícia.
Todo seguía exactamente igual que el día en que ella salió rumbo al hospital, embarazada de nueve meses, sonriente y llena de planes. Su perfume —una mezcla suave de lavanda y vainilla— aún flotaba en el aire, conservado por el encierro de la habitación.
Alexandre cerró los ojos e inhaló el aroma con un dolor tan agudo que lo hizo tambalearse.
(Pensamiento de Alexandre: Sigue aquí. Siento el fantasma de tu mano en mi cara… ¿Por qué me dejaste solo con este peso, Letícia? ¿Por qué el mundo exigió tu vida a cambio de la suya?)
Eran perfectos el uno para el otro. Alexandre nunca había sido un hombre de sonrisas fáciles, pero Letícia tenía el poder de derretir su frialdad con una sola mirada. El embarazo de Alice debía haber sido la cumbre de la felicidad de ambos, pero se convirtió en una pesadilla de riesgo médico.
El día del parto, el corazón de Letícia no resistió. Murió en la mesa de operaciones, segundos después de oír el primer llanto de su hija.
Alexandre caminó hasta el tocador. Tocó los frascos de perfume, el labial que ella había dejado destapado con las prisas y una foto de los dos riendo en una playa de Italia.
Sus dedos, siempre tan firmes en las juntas del consejo de Mendonça Holdings, temblaron violentamente.
(Pensamiento de Alexandre: Quieren que te entierre de verdad. Mi madre, mi hermano… Todos los días repiten la misma maldita frase: «Alice necesita una madre, Alexandre. Tienes que volver a casarte». Creen que el amor es una pieza de repuesto. Creen que puedo meter a otra mujer en tu cama y en tu lugar sin más. No entienden nada.)
El recuerdo de su última conversación con su hermano Gustavo le ardió en la mente. Gustavo había intentado empujarle a la hija de uno de sus socios en una cena la semana pasada. Alexandre recordaba perfectamente el sabor a bilis en la garganta cuando su hermano le dijo: «Ya han pasado cuatro años, hermano. Estás viviendo con un cadáver. Alice merece una figura materna de verdad, no una sucesión de niñeras».
La reacción de Alexandre había sido visceral. Había estrellado una copa de cristal contra la pared del restaurante, convertido en una fiera descontrolada frente a la familia. «¡Cállate!», había rugido entonces, con la voz temblando de odio. «Nunca vuelvas a mencionar a mi esposa. Jamás voy a traicionar la memoria de Letícia. ¡Todavía la amo, y ninguna mujer en este mundo va a entrar a esta casa para intentar ocupar su lugar! Si tengo que criar a Alice solo hasta el fin de mis días, lo haré».
De vuelta en el presente, Alexandre se sentó en el borde de la cama matrimonial y hundió el rostro entre las manos. El dolor de la pérdida no había disminuido con el tiempo; solo se había solidificado y lo había convertido en el hombre calculador y gélido que todos conocían en el mundo exterior.
Usaba la frialdad como armadura para proteger lo que quedaba de su corazón destrozado.
(Pensamiento de Alexandre: Nadie va a entrar aquí. Nadie va a robarte este espacio. Prefiero vivir en este infierno de soledad antes que fingir que siento algo por otra persona. Mi corazón murió contigo en esa sala de parto.)
Se acostó de lado en la cama, abrazando la almohada que alguna vez fue de ella, y se permitió, solo en aquel cuarto cerrado y oscuro, llorar las lágrimas que le ocultaba al resto del mundo.
Abajo, en la planta baja, Mariana también miraba el techo, preocupada por el futuro, sin imaginar siquiera la magnitud del abismo emocional que separaba a su nuevo jefe del resto de la humanidad.