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ENTRE EL PELIGRO Y TÚ AMOR

ENTRE EL PELIGRO Y TÚ AMOR

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:67
Nilai: 5
nombre de autor: FOAR

ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️‍🔥

Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.

Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.

Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.

NovelToon tiene autorización de FOAR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA MENTIRA DE LOS ADULTOS

Valentina no había dormido prácticamente nada.

Cada vez que cerraba los ojos, recordaba las palabras que había escuchado desde su habitación.

«Ella todavía no sabe nada. Y voy a asegurarme de que siga así».

¿Hablaba Sebastián de ella? ¿Qué era lo que no debía saber? Y, sobre todo, ¿qué tenía que ver su madre con la desaparición del padre de Sebastián?

A las siete de la mañana, Valentina ya estaba vestida y sentada frente al espejo, intentando decidir qué hacer.

Tenía dos opciones: preguntarle directamente a Sebastián y arriesgarse a recibir otra de sus respuestas evasivas, o acudir al antiguo taller aquella noche y descubrir la verdad por su cuenta.

La segunda opción parecía mucho más peligrosa.

Por supuesto, también era la que más le atraía.

—Perfecto —murmuró, tomando su teléfono—. Porque aparentemente mi pasatiempo favorito es meterme en problemas con hombres insoportables.

Bajó a desayunar con la intención de hablar con su madre. Sin embargo, al entrar en el comedor, descubrió que Clara estaba sentada junto a Alejandro Montenegro, revisando unos documentos.

Ambos dejaron de hablar cuando la vieron.

Valentina se detuvo en la entrada.

—¿Interrumpo una reunión secreta?

Clara frunció el ceño.

—Buenos días para ti también, cariño.

—Buenos días. ¿De qué hablaban?

Alejandro Montenegro cerró la carpeta que tenía delante.

—Asuntos de trabajo.

—Qué curioso. Últimamente, todo el mundo en esta casa tiene asuntos de trabajo cuando hago preguntas.

Su madre le lanzó una mirada de advertencia.

—Valentina, siéntate y desayuna.

Ella obedeció, aunque no dejó de observarlos.

Alejandro Montenegro parecía tranquilo, pero había algo extraño en su comportamiento. Tenía el teléfono boca abajo y una expresión demasiado seria para tratarse de una simple reunión laboral.

—Mamá —dijo Valentina mientras se servía café—, ¿conocías al padre de Sebastián antes de casarte con Alejandro?

Clara dejó caer la cuchara.

El sonido metálico resonó en el comedor.

—¿Por qué me preguntas eso?

Valentina sintió que acababa de encontrar la primera grieta.

—Simple curiosidad.

—No es una pregunta que se haga por simple curiosidad —intervino Alejandro Montenegro.

Valentina lo miró.

—Entonces quizá deberías responderla tú.

El hombre sostuvo su mirada durante unos segundos.

—Tu madre conoció a mi familia hace muchos años. Eso no es ningún secreto.

—¿Y por qué nunca me lo contó?

—Porque no tiene importancia.

Valentina apretó los labios.

—Si no tiene importancia, no entiendo por qué les cuesta tanto hablar del tema.

Clara se levantó de la mesa.

—Tengo que hacer una llamada.

—Mamá…

—Después hablamos, Valentina.

Su madre salió del comedor sin mirarla.

Valentina siguió su figura con los ojos hasta que desapareció por el pasillo.

Entonces Alejandro Montenegro se inclinó ligeramente hacia ella.

—Escúchame bien. No sé qué te han contado, pero hay historias que es mejor dejar enterradas.

Valentina sintió un escalofrío.

—¿Eso es una advertencia?

—Es un consejo.

—Pues no te lo he pedido.

Se levantó, tomó su bolso y salió del comedor.

No había conseguido respuestas.

Pero ahora estaba segura de algo: su madre conocía la historia del padre de Sebastián y estaba haciendo todo lo posible por evitar que ella la descubriera.

---

Encontró a Sebastián en el garaje, inclinado sobre el capó de un deportivo rojo.

Llevaba una camiseta gris y unos pantalones negros. Tenía el cabello despeinado y una pequeña mancha de grasa en la mejilla.

Valentina se quedó observándolo unos segundos más de lo necesario.

Era irritante que alguien pudiera resultar tan atractivo incluso cuando estaba cubierto de aceite y parecía estar discutiendo con un motor.

—¿Piensas quedarte mirándome toda la mañana? —preguntó él sin levantar la cabeza.

Valentina cruzó los brazos.

—No te emociones. Estoy intentando entender cómo un coche puede soportarte.

Sebastián sonrió.

—Los coches tienen mejor gusto que las personas.

—Eso explica por qué te gustan tanto.

Él levantó la mirada.

—Buenos días, problemática.

—No serán buenos si sigues evitando mis preguntas.

La sonrisa de Sebastián desapareció.

Dejó la herramienta sobre la mesa y se limpió las manos con un trapo.

—¿Qué quieres saber?

Valentina se acercó.

—Anoche te escuché hablando por teléfono.

Él se quedó inmóvil.

—¿Qué escuchaste?

—Que alguien no sabía nada y que ibas a asegurarte de que siguiera así.

Sebastián apartó la mirada.

—No era lo que piensas.

—¿Ah, no? Entonces explícame qué significa.

—Estaba hablando de un asunto familiar.

—¿Un asunto familiar que tiene que ver con mi madre?

Su silencio fue suficiente para que Valentina sintiera que se le encogía el estómago.

—Dios mío… —susurró—. Sí tiene que ver con ella.

—Valentina, escúchame.

—¡No! Estoy cansada de que todos me pidan que escuche mientras se niegan a contarme la verdad.

Sebastián se acercó, pero ella retrocedió.

Aquello pareció dolerle más de lo que quiso demostrar.

—No quiero hacerte daño.

—Pues empieza por dejar de mentirme.

Él respiró profundamente.

—Tu madre conocía a mi padre. Eso es cierto.

—¿Qué relación tenían?

—No lo sé todo.

—¡Otra vez con lo mismo!

—¡Porque es la verdad! —respondió Sebastián, alzando la voz—. Hay cosas que ni siquiera yo entiendo. Llevo seis meses intentando descubrir qué pasó aquella noche.

Valentina se quedó callada.

Por primera vez, percibió algo detrás de su rabia: cansancio, miedo y una tristeza que Sebastián parecía empeñado en esconder.

—¿Por qué no me lo dijiste desde el principio? —preguntó ella.

Él bajó la voz.

—Porque cuando te miro, por primera vez en mucho tiempo, consigo olvidarme de todo eso.

Valentina sintió que el corazón le daba un vuelco.

Sebastián pareció darse cuenta de lo que acababa de decir. Apartó la mirada y volvió a ponerse la máscara de arrogancia que tanto la desesperaba.

—Pero no te confundas. No significa que puedas meterte en mis asuntos.

La expresión de Valentina se endureció.

—Tranquilo. No volveré a cometer el error de pensar que confías en mí.

Se dio la vuelta y salió del garaje antes de que él pudiera detenerla.

Sebastián permaneció inmóvil, con los puños cerrados.

—Idiota —murmuró para sí mismo.

Pero no estaba hablando de Valentina.

---

A media mañana, Alejandro Ferrer apareció en la terraza donde Valentina intentaba leer.

—¿Puedo sentarme?

Ella levantó la mirada.

—Depende. ¿Vienes a decirme que no me meta en asuntos que no me corresponden?

Alejandro sonrió.

—No. Vengo a ofrecerte un café y cinco minutos sin discutir con Sebastián Montenegro.

Valentina no pudo evitar reírse.

—Eso sí suena tentador.

Él se sentó a su lado y le entregó un vaso de café.

—Te ves preocupada.

—¿Tan evidente es?

—Solo para alguien que está prestándote atención.

Valentina bajó la mirada hacia el café.

Alejandro tenía una forma de tratarla que la hacía sentirse cómoda. No intentaba intimidarla ni convertir cada conversación en una batalla. Con él podía reír, hablar y respirar sin preguntarse qué secreto aparecería en la siguiente frase.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella.

—Lo que quieras.

—¿Por qué sigues siendo amigo de Sebastián después de todo lo que ha pasado?

Alejandro tardó en responder.

—Porque no siempre fue así.

—¿Cómo era antes?

Una sonrisa nostálgica apareció en su rostro.

—Era divertido. Leal. El tipo de persona que se metía en problemas para ayudar a alguien que ni siquiera conocía. Después de la muerte de su madre, cambió. Y cuando su padre desapareció, terminó de encerrarse en sí mismo.

—¿Y tú nunca intentaste ayudarlo?

—Lo intenté. Muchas veces.

—¿Qué ocurrió?

Alejandro apretó el vaso entre sus manos.

—Que llegó un momento en el que dejó de confiar en mí.

Valentina recordó la discusión del garaje.

—¿Por qué?

Él la miró directamente.

—Porque le oculté algo sobre la noche en que desapareció su padre.

—¿Qué cosa?

Alejandro bajó la voz.

—Vi a alguien salir del coche de su padre poco antes de que desapareciera.

Valentina dejó el café sobre la mesa.

—¿A quién?

Alejandro miró alrededor antes de responder.

—A tu madre.

El mundo pareció detenerse.

—No. Eso es imposible.

—Ojalá lo fuera.

Valentina se levantó de golpe.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque no quería que te involucraras en algo que podía hacerte daño.

—¡Todos dicen lo mismo! ¡Todos deciden qué puedo saber y qué no!

Alejandro también se puso de pie.

—Valentina, mírame. No te estoy diciendo que tu madre le haya hecho algo a su padre. Solo te digo lo que vi.

Ella respiró con dificultad.

Su madre había conocido al padre de Sebastián. Alejandro Ferrer aseguraba haberla visto salir de su coche la noche de la desaparición. Y el hombre que había irrumpido en el garaje había mencionado a Clara.

Las piezas comenzaban a encajar, pero la imagen que formaban era aterradora.

—Necesito estar sola —murmuró.

Alejandro asintió.

—Lo entiendo.

Cuando ella pasó junto a él, Alejandro le tomó suavemente la mano.

—Valentina, hay algo más.

Ella se volvió lentamente.

—¿Qué?

Alejandro la miró con una sinceridad que la desarmó.

—No quiero que Sebastián te haga daño. Pero tampoco quiero ser alguien en quien confíes solamente porque él te decepciona.

Valentina se quedó sorprendida.

—¿Qué quieres decir?

Él soltó su mano.

—Que me gustas. Y no voy a fingir que no es así.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Valentina sintió una mezcla de ternura y confusión. Alejandro era maravilloso con ella, y una parte de su corazón deseaba que todo fuera tan sencillo como elegir al chico que nunca le hacía daño.

Pero entonces recordó la forma en que Sebastián la había sujetado durante la oscuridad del garaje. La seguridad con la que le había pedido que no lo soltara. La mirada que le había dedicado antes de que ella subiera las escaleras.

—Alejandro… —comenzó.

—No tienes que responderme ahora —la interrumpió él—. Solo quería que lo supieras.

Le dedicó una sonrisa triste y se marchó.

Valentina permaneció sola en la terraza, con el corazón dividido entre dos chicos y una verdad que amenazaba con destruirlo todo.

---

A las nueve y media de la noche, Valentina tomó una decisión.

Iría al antiguo taller.

No porque confiara en el desconocido que le había enviado los mensajes, sino porque ya no confiaba en nadie lo suficiente como para quedarse esperando respuestas.

Guardó la llave en el bolsillo de su chaqueta y salió de su habitación.

Sin embargo, cuando llegó al pasillo, encontró a Sebastián apoyado contra la pared, como si llevara tiempo esperándola.

—¿Adónde vas?

Valentina se sobresaltó.

—¿Qué haces aquí?

—Te hice una pregunta.

—Y yo no tengo por qué responderte.

Sebastián la observó de arriba abajo. Su mirada se detuvo en la chaqueta y después en el bolsillo donde ella había guardado la llave.

—No vas a salir.

Valentina soltó una carcajada incrédula.

—¿Perdón?

—Sé que algo estás planeando.

—¿Ahora también lees mentes?

—No. Pero te conozco lo suficiente para saber cuándo estás a punto de hacer una estupidez.

—Entonces debes conocerme muy poco.

Intentó pasar junto a él, pero Sebastián se movió para bloquearle el camino.

—Valentina, por favor.

Ella se quedó inmóvil.

Era la primera vez que lo escuchaba decirle esas palabras sin sarcasmo.

—¿Por qué? —preguntó en voz baja—. ¿Por qué no quieres que vaya al taller?

Sebastián apretó la mandíbula.

—Porque recibí una amenaza.

El corazón de Valentina comenzó a latir más deprisa.

—¿Qué amenaza?

Él sacó su teléfono y le mostró la fotografía que había recibido la noche anterior. En la imagen aparecía ella entrando al garaje, y debajo estaban escritas las palabras que no había conseguido quitarse de la cabeza.

«Si de verdad quieres protegerla, aléjala de tu familia. Antes de que descubra lo que hizo su madre».

Valentina sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Desde cuándo tienes esto?

—Desde anoche.

—¿Y por qué no me lo mostraste?

—Porque sabía que intentarías investigar por tu cuenta.

Ella lo miró con incredulidad.

—¡Y tenías razón! Pero no porque sea una irresponsable, sino porque todos ustedes están ocultándome algo.

Sebastián guardó el teléfono.

—No voy a dejar que te pase nada.

Valentina sintió que los ojos se le humedecían, pero se negó a llorar.

—No puedes protegerme de una verdad que ni siquiera te atreves a contarme.

Él dio un paso hacia ella.

—Estoy intentando descubrirla.

—Entonces déjame ayudarte.

Sebastián la miró durante un largo momento. Después levantó una mano y apartó delicadamente un mechón de cabello de su rostro.

Valentina dejó de respirar.

—No sabes lo difícil que me lo estás poniendo —susurró él.

—¿Qué cosa?

Sus ojos descendieron hacia sus labios y regresaron a los de ella.

—Mantenerme alejado de ti.

El corazón de Valentina comenzó a golpearle el pecho.

—Entonces deja de hacerlo.

Sebastián se quedó inmóvil.

Por un instante, pareció que iba a besarla. Valentina sintió que todo lo que había intentado negar desde su llegada a la mansión estaba a punto de salir a la luz.

Pero él se apartó.

—No puedo.

La decepción le atravesó el rostro a Valentina.

—¿Por qué?

Sebastián tragó saliva.

—Porque si descubres lo que pasó aquella noche, quizá nunca vuelvas a mirarme de la misma manera.

Antes de que ella pudiera responder, el teléfono de Sebastián comenzó a sonar.

Él miró la pantalla y palideció.

—¿Quién es? —preguntó Valentina.

Sebastián no contestó. Aceptó la llamada y se llevó el teléfono al oído.

—¿Qué quieres?

Una voz distorsionada respondió desde el otro lado.

Valentina no alcanzó a escuchar todas las palabras, pero distinguió una frase con claridad:

—La chica ya sabe lo de su madre. Si quieres mantenerla con vida, tráeme la llave antes de medianoche.

Sebastián cerró los ojos.

—Si la tocas, te juro que…

La llamada terminó.

Durante varios segundos, ninguno de los dos se movió.

Entonces Valentina sacó la llave de su bolsillo.

—Vamos al taller.

Sebastián la miró como si estuviera a punto de discutir, pero finalmente asintió.

—No te separes de mí.

—No pensaba hacerlo.

Y juntos salieron de la mansión, sin imaginar que alguien los observaba desde un coche estacionado al otro lado de la calle.

Dentro del vehículo, una persona tomó una fotografía de ambos y envió un mensaje.

«Ya tienen la llave. Es hora de que conozcan la verdad».

El coche arrancó y desapareció en la oscuridad.

Porque aquella noche, en el antiguo taller, Valentina descubriría que el secreto de su madre no solo estaba relacionado con la desaparición del padre de Sebastián.

También tenía que ver con el motivo por el que sus familias habían terminado viviendo bajo el mismo techo.

Y quizá, con la razón por la que alguien estaba dispuesto a separarlos antes de que se enamoraran.

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