Sienna Hale tiene veinticuatro años, un título de diseño de modas y ninguna intención de volver a ser la hija obediente de nadie. Cuando por fin consigue escapar de su pasado, su hermano Wes le ofrece un refugio: un apartamento en lo más alto de Larkspur Tower, en Vale Harbor, donde la espera una regla muy simple. Mantente lejos de Ronan Kestrel.
Ronan es el mejor amigo de Wes, el hombre al que todos en la ciudad le hablan en voz baja y a quien nadie se atreve a decirle que no. Tiene la mirada de quien ya decidió algo y una cocina donde, a las tres de la madrugada, hay cosas que Sienna no debería haber visto.
Ella necesita un trabajo, un nombre propio y un lugar donde no tenga que demostrar nada. Él necesita que ella sea intocable. Pero entre cenas incómodas, miradas que duran un segundo de más y una puerta que alguien deja entreabierta, los dos empiezan a descubrir que la prohibición solo hace más difícil resistirse.
Mientras Sienna construye la carrera con la que siempre soñó, el mundo de Ronan, con sus familias, sus deudas y sus enemigos, empieza a acercarse demasiado. Y confiar en el hombre equivocado puede costar mucho más que un corazón roto.
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Capítulo 21
Capítulo 21: Ese vestido está pidiendo problemas
Sienna
Wes nunca respondió mi pregunta. Esa noche en el vestíbulo, solo me pasó un brazo por los hombros y me acompañó al elevador.
—Una pelea de bar —dijo—. Unos borrachos idiotas. No te preocupes, peque.
Una pelea de bar. Con tanta sangre en la camisa de Ronan. No le creí ni por un segundo. Pero me lavé la sangre de Ronan de los dedos en el lavabo de mi baño y no volví a preguntar.
Cada vez se me daba mejor no preguntar.
Pasó un mes. Un mes entero en Vale Harbor. Amaba mi trabajo. Amaba a la gente del local. Juno, Jules, Josie, Marcus, hasta Pia. Ya no eran solo compañeros de trabajo. Eran mis amigos. Mis primeros amigos de verdad en años.
Salíamos casi todos los fines de semana. Bares, antros, un karaoke donde Marcus cantó una canción de amor tan mal que Josie lloró de risa.
Por primera vez en la vida, tenía un lugar adonde ir un viernes por la noche.
Wes seguía sin parar en casa.
—Temporada alta —decía siempre—. Te prometo que pronto te llevo a salir.
Dejé de esperar ese pronto. ¿Y Ronan? Lo veía a veces en el elevador. En el vestíbulo. Una vez en el garaje, subiendo a un auto negro con Tank. Asentía. Nada más.
Un asentimiento. Como si nunca me hubiera sujetado la muñeca. Como si nunca hubiera presionado el pulgar sobre mi pulso y lo hubiera sentido desbocarse.
Cole también se había callado. Después de las fotos, había mandado algunos mensajes más. Pensando en ti. Te extraño, baby boo. No olvides a quién perteneces. Luego fueron llegando cada vez menos.
Luego pararon. Uno pensaría que eso me haría sentir mejor. No fue así. Me hizo sentir peor. Cole no se detiene sin más. Cole no suelta nada. Si se había callado, era porque planeaba algo.
La semana anterior había hecho algo a escondidas. Wes dejó su celular en la barra de la cocina mientras se bañaba. Yo sabía su clave. Era el cumpleaños de nuestra mamá. Siempre lo había sido.
Escribí el número de Cole y lo bloqueé. Me temblaron las manos todo el rato. Sabía que no lo detendría si de verdad quería llegar a Wes. Hay cien maneras de mandar una foto, pero me hizo sentir un poco más segura.
Un poco.
Ahora era viernes otra vez. Íbamos a un bar del centro, así que me arreglé. Un vestido lencero de satén azul, corto y sedoso, con tirantes finitos. Una chaqueta de cuero negra encima para que no se viera tan elegante. Tacones.
Me delineé los ojos con un trazo largo y afilado, como de gato. Me rizé las pestañas. Labios nude. Rubor rosa suave. El pelo con raya en medio y ondas sueltas en las puntas. Me miré en el espejo. Me veía bien.
Muy bien.
Esperaba en la sala a que Jules me escribiera que estaba abajo. Fue entonces cuando oí la cerradura. Wes. Sonreí y me levanté. Mis tacones resonaron en el piso.
—Hola, desconocido.
Se detuvo en la puerta y me miró de arriba abajo.
—Vaya. Toda arreglada. ¿Adónde vas?
—A salir con Jules y todos.
Entonces vi quién venía detrás de él.
El estómago se me cayó.
Ronan. Traje oscuro. Una camisa rosa pálido debajo, que en un hombre como él debió verse suave. No fue así. Se veía cara y peligrosa. Una fina cadena de plata le cerraba el cuello de la camisa.
Se quedó en la puerta con esa postura abierta suya, las manos en los bolsillos. No dijo una palabra, pero sus ojos empezaron en mis tobillos y subieron despacio. Mis pantorrillas. Mis rodillas. Mis muslos desnudos donde terminaba el satén azul. Mis caderas. Mi cintura. Los tirantes finos sobre mis hombros.
Hasta llegar a mi cara. Sus ojos estaban oscuros. Más oscuros de lo que jamás los había visto. ¿Me estaba mirando de arriba abajo? ¿O estaba enojado? El vestido era corto. Muy corto. Quizás le parecía demasiado. Su cara no me decía nada.
Pero sus ojos ardían.
Wes buscaba algo en su cuarto. Gritó desde el pasillo.
—¡Solo voy por un expediente! ¡Salimos enseguida!
O sea que no se quedaban. Vibró mi celular. Jules.
¡Estoy abajo!
—Dile a mi hermano que me despedí —le dije a Ronan.
No lo miré. Solo caminé hacia la puerta. Hacia él. Estaba justo a su lado. Tenía que pasar junto a él para salir. Sentí sus ojos en mis piernas a cada paso.
Y justo cuando pasaba junto a él, su mano salió disparada.
Me atrapó por la parte alta del brazo. Su mano era grande, cálida y áspera, y me rodeaba el brazo por completo. No me jaló. Solo me sostuvo ahí, a su lado.
Luego se inclinó. Su boca quedó junto a mi oído. Sentía su aliento en el cuello.
—Ese —dijo, grave y lento— es el tipo de vestido que solo trae problemas.
Me quedé helada. ¿Era una advertencia? ¿Me estaba diciendo que no le gustaba? ¿O me decía otra cosa? Lo miré a través de las pestañas. Estaba tan cerca. Su mandíbula. El corte del labio de aquella noche se había convertido en una finísima línea rosa.
Su mano seguía en mi brazo. No me soltó. Era algo tan pequeño. Solo su mano en mi brazo. El contacto más inocente del mundo, pero su calor me atravesó. Por el brazo. Por todo el cuerpo.
Hasta lo más hondo entre mis piernas.