Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
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Capítulo 17: Entre La Corona y El Corazón
Durante las semanas siguientes, el palacio imperial se convirtió en un hervidero de preparativos para la gran ceremonia de unificación y bodas reales. La ciudad entera decoraba sus fachadas con guirnaldas de pino verde y estandartes dorados y azules.
Pese a la vorágine de decretos, alianzas comerciales y reorganizaciones de las tropas, Antonio se aseguraba de pasar cada momento libre al lado de Melany. La Torre Este ya no era su prisión; las puertas permanecían abiertas de par en par, y la princesa disponía de su propio séquito de damas y consejeros de Aethelgard que habían viajado desde el sur para asistirla.
Una tarde nublada, mientras la nieve comenzaba a caer suavemente sobre las balconadas, Melany se encontraba en la biblioteca imperial revisando las cartas de amnistía para los prisioneros de guerra. Emanuel entró a la estancia portando un juego de sellos oficiales y varias carpetas de cuero.
—Princesa —dijo el canciller con una reverencia pulcra—. Traigo las copias finales de las leyes de integración fronteriza. Requieren vuestra firma junto a la del emperador.
Melany alzó la vista y le sonrió con serenidad.
—Gracias, Emanuel. Déjalas sobre el escritorio.
El canciller caminó hacia la mesa, pero en lugar de retirarse de inmediato, observó a la joven durante unos instantes. Su mirada, antes fría y calculadora, mostraba ahora una profunda estima.
—Debo confesaros algo, princesa —dijo Emanuel con un tono confidencial—. Durante años, vi a Antonio cargar con el peso intolerable de esta corona. Lo vi volverse cada vez más distante, más duro, consumido por la responsabilidad de una guerra que él no había deseado. Pensé que el destino de un emperador era la soledad absoluta.
Melany inclinó la cabeza, escuchando atentamente.
—Sin embargo —continuó Emanuel con una leve sonrisa en los labios—, desde que llegasteis a este palacio... no solo salvasteis la vida de miles en las fronteras. Devolvisteis la humanidad a mi mejor amigo. Antonio vuelve a sonreír, vuelve a mirar hacia el futuro con esperanza. Por eso, no solo como canciller, sino como su hermano de vida, os doy infinitas gracias.
—Emanuel... —respondió Melany, conmovida por las sinceras palabras del consejero—. Él siempre tuvo esa nobleza dentro. Yo solo fui el espejo que le recordó quién era en verdad.
Emanuel se inclinó en una profunda inclinación de respeto antes de salir.
Apenas unos minutos después de la partida del canciller, los pasos firmes y pesados de Antonio resonaron en el parquet de la biblioteca. El emperador rodeó la mesa y se colocó detrás de la silla de Melany. Apoyó sus grandes manos en las hombreras del asiento e inclinó el rostro hasta que su aliento cálido le rozó la mejilla a la joven.
—Emanuel estuvo aquí —constató Antonio con una pizca de diversión en su voz grave.
—Vino a dejarme trabajo —sonrió Melany, echando la cabeza hacia atrás para mirarlo—. Y a decirme que te has vuelto peligrosamente blando desde que estoy aquí.
Antonio soltó una carcajada profunda que hizo vibrar su pecho. Se inclinó un poco más y estampó un beso tierno en la comisura de los labios de la princesa.
—¿Blando? Que se lo pregunten a los generales de la frontera con los que estuve reunido esta mañana —murmuró el emperador, rodeándole el cuello suavemente con un brazo—. Les dejé muy claro que si alguna de las provincias rompe la tregua, seré yo mismo quien encabece la marcha. Pero cuando estoy contigo... no hay armadura que necesite llevar, Melany.
Melany se giró en la silla y tomó el rostro del gigante entre sus manos, delineando con sus dedos la mandíbula firme y las pequeñas cicatrices que el tiempo le había dejado.
—Faltan solo tres días para la ceremonia, Antonio —susurró ella, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba ante la cercanía de sus labios—. A veces siento que todo esto es un sueño del que voy a despertar en mi antigua celda.
—No es un sueño, mi reina —respondió él con mirada ardiente, atrayéndola hacia arriba hasta ponerla de pie frente a él—. Es la realidad que construimos juntos. Y nada en este mundo volverá a separarnos.