Cassidy Evans sabe arreglar casi cualquier cosa, excepto su propia vida. Entre un taller que apenas se sostiene, un padre que consume todo lo que toca y un futuro que parece decidido por otros, ha aprendido a confiar solo en sus manos, su ingenio y su hermano.
Adamo Greco nació para un mundo completamente distinto. Heredero de una familia mafiosa, peligroso, arrogante y demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere, llega a Idaho buscando algo que ni siquiera sabe nombrar.
Una Ducati averiada los pone frente a frente. Lo que comienza con provocaciones, discusiones y una atracción imposible de ignorar pronto se convierte en una obsesión capaz de arrastrarlos a ambos.
Cassidy no sabe quién es realmente Adamo.
Adamo sí sabe que debería mantenerse lejos de ella.
Pero hay adicciones que empiezan con una sola mirada… y terminan costándolo todo.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Potencia y capacidad
Adamo
Manny aparece media hora después.
Entra hablando por teléfono.
No tarda ni cinco segundos en notarse que algo ocurre.
—No, amor, pero dale agua... sí... sí, entiendo...
Cass levanta inmediatamente la cabeza.
Manny se aleja hacia la oficina.
—¿Todo bien? —pregunta ella.
Él levanta un dedo y termina la llamada.
—Sí.
—Eso fue un “sí” de mentira.
—Cass…
—¿Qué pasó?
Manny suspira.
—Ethan tiene fiebre.
Cass deja lo que tiene en la mano.
—¿Cuánto?
—Casi treinta y nueve.
—¿Desde cuándo?
—Anoche.
—¿Y qué haces aquí?
—Trabajando.
Cass lo mira como si acabara de confesar un delito.
—¿Por qué no me llamaste?
—Porque tú no trabajas los sábados.
—Pero sabías que hoy venía.
—No iba a dejarte sola con…
Me señala.
Cass mira hacia mí.
—¿Con él?
—Gracias —digo.
—No era personal —responde Manny.
—Sonó personal.
Cass vuelve a él.
—Vete.
—Tengo las citas de…
—Yo las hago.
—Cass.
—Manny.
Él suspira.
—Sarah está con él.
—Entonces ve con Sarah.
—No hace falta que…
—Tu hijo está con casi treinta y nueve de fiebre y estás aquí cambiando aceite. Es ridículo.
Manny mira el taller. Después a ella.
—Te voy a deber una.
—No me debes nada.
—Cass…
—Lárgate antes de que cambie de opinión.
Él sonríe.
Le da un beso rápido en la cabeza.
—Gracias.
—Sí, sí. Vete.
Manny sale y yo la observo.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez estás mirando.
—Estoy aprendiendo.
—¿Qué cosa?
—Todavía no decido.
Ella niega con la cabeza, pero hay algo que cambia. Porque cada cinco minutos descubro una versión distinta de Cassidy Evans.
La mujer que amenaza con asesinarme.
La que entiende una máquina por el sonido.
La que puede hacer callar a un hombre que le dobla la edad sin levantar la voz.
Y ahora esta.
La que viene un sábado aunque nunca trabaja los sábados y manda a su empleado a casa porque su hijo tiene fiebre.
Interesante.
Demasiado interesante.
*****
Pasa casi una hora más.
Cass trabaja.
Yo reviso mapas.
De vez en cuando hablamos.
Nada importante.
Hasta que finalmente escucha el motor.
Mi motor.
La Ducati enciende.
El sonido llena el taller.
Me pongo de pie de inmediato mientras Cass escucha durante unos segundos.
Acelera apenas.
Espera.
Vuelve a hacerlo.
Después apaga.
—Bien.
—¿Bien bien?
—Bien bien.
Me acerco.
—¿Qué era?
Se quita los guantes.
—Principalmente hiciste exactamente lo que sospechaba. El radiador estaba bastante bloqueado por arena y suciedad y el filtro de aire estaba hecho un desastre. Revisé refrigerante, circulación, conexiones y ventilador. Todo está funcionando.
—¿Y el embrague?
—Lo calentaste mucho.
—Eso suena mal.
—Porque fue estúpido.
—Eso también lo sé.
—Pero no parece que lo hayas destruido.
—¿Parece?
—Adamo.
—Ya.
Sonríe.
—Está bien. Pero quiero que dejes de tratar una moto de aventura como si fuera indestructible.
—No prometo nada.
—Entonces nos veremos seguido.
La frase queda entre nosotros.
Ella parece darse cuenta.
Yo también.
Cass carraspea.
—Son ciento…
—Toma mi tarjeta.
—Ni siquiera te dije cuánto.
Le entrego la tarjeta negra que me dio papá cuando cumplí quince años. Sin límites.
Mamá pensó que era un error, pero finalmente mi hermana y yo les demostramos que no gastamos en exceso.
Mi hermana: Ropa, carteras, algunas joyas de fantasía, ni siquiera joyas caras.
Yo: Ropa. Un auto que todavía tengo. Y dos motos.
—Confío en ti.
La mira.
Después me mira.
—¿No quieres saber?
—No.
—Podría cobrarte el doble.
—No lo harás.
—¿Cómo sabes?
Me encojo de hombros.
—Porque eres tú.
No sé por qué eso la deja en silencio, pero lo hace.
Ella toma la tarjeta.
—Niño rico.
—Otra vez con eso.
—Ni siquiera preguntas cuánto cuestan las cosas.
—Las cosas se reemplazan.
—La gente que tiene dinero siempre dice eso.
—Porque es verdad.
Me mira.
Error.
He dicho más de lo necesario.
—¿Familia con plata?
—Algo así.
—Importaciones.
—Exacto.
—Sospechoso.
Sonrío.
Mientras ella termina el cobro, abro nuevamente el mapa.
—Entonces voy a intentar esto.
Cass mira la pantalla.
—¿Qué es eso?
—Mi ruta.
Se acerca.
Su hombro toca el mío.
Ignoro lo mucho que noto ese contacto.
—¿Vas a ir ahí?
—Sí.
Ella se ríe.
—¿Qué?
—Nada.
—Cass.
—Es la ruta de turistas.
—¿Turistas?
—Gente que quiere decir que estuvo en las dunas sin hacer nada interesante.
—Estoy herido.
—Sobrevivirás. —Toca la pantalla—. Si realmente quieres pasarlo bien, tienes que entrar por acá.
Amplía el mapa.
—No aparece nada.
—Exactamente. —Me muestra otro sector—. Hay dunas mucho más altas al oeste. Algunas pasan fácilmente los cien metros. Pero no vas por donde te señala esa ruta.
—¿Has ido?
Me mira.
La pregunta parece ofenderla.
—Muchas veces.
—¿Con esa camioneta?
—No.
—Entonces...
Mira el reloj.
12:03.
Después me mira.
Algo aparece en sus ojos.
—Mi turno terminó.
—Pensé que no trabajabas hoy.
—Exactamente.
Va hacia la oficina.
—¿Qué haces?
—Cambio de planes.
Sale dos minutos después con una chaqueta.
—¿Estás libre?
La miro.
—Durante tres meses, sí.
Sonríe.
—Eso no respondió mi pregunta.
—Sí.
—Bien.
Camina hacia una puerta lateral del taller.
—¿Qué hay ahí?
—Mi moto.
Ah. Ahora sí me interesa.
Levanta la puerta y detrás aparece una Suzuki dual-sport gris.
No es nueva.
No es cara.
No intenta serlo.
Pero está impecablemente mantenida.
Neumáticos para tierra.
Protecciones.
Un par de modificaciones discretas.
Nada decorativo.
Todo funcional.
—¿Esa es tuya?
—No. —La mira—. La robé.
Sonrío.
—Muy graciosa.
—Sí, es mía.
Me acerco.
—Suzuki.
—DR-Z.
Pasa una mano por el manillar.
Hay algo distinto en la manera en que toca esta moto.
Cariño… no. Adoración.
—Pensé que alguien como tú tendría algo más...
—¿Barato?
—Potente.
Me mira.
—Ese es el problema de los hombres.
—¿Cuál?
—Creen que potencia y capacidad son la misma cosa.
Me río.
—Explícame.
—Es ligera, simple, aguanta golpes, puedo arreglar prácticamente cualquier cosa que le pase y tiene suficiente motor para hacer todo lo que necesito. —Se pone el casco—. No necesito impresionar a nadie. —Sus ojos verdes desaparecen detrás de la visera. La enciende y su moto cobra vida—. Además —grita sobre el motor—, si la destrozo, no tengo que vender un riñón para comprar otra.
Miro mi Ducati.
Después la suya.
—¿Eso fue por mí?
—Todo es por ti, niño rico. —Sube—. ¿Vienes o no?
Sonrío.
Me coloco el casco.
—¿Adónde?
Cass baja la visera.
—A mostrarte dónde juegan los que no necesitan un mapa —dice y arranca.
La observo salir del taller.
Durante un segundo permanezco inmóvil.
Después miro mi Ducati.
Tres meses.
Eso es todo lo que tengo.
Tres meses antes de volver a Grecia.
Antes de convertirme en lo que siempre supe que sería.
Y por primera vez desde que salí de casa, dejo de pensar en cuánto camino me queda por recorrer.
Enciendo la moto y voy detrás de ella.
y ahora sin carga de un padre que les quita el dinero de una madre que ni los protege