Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.
Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.
Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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El pecado del Duque.
El reloj dejó de sonar.
Sin embargo, Evelyn seguía escuchando las campanadas dentro de su cabeza.
Nueve.
Nueve golpes que parecían anunciar una muerte, una despedida o el final de algo que nunca había tenido la oportunidad de comenzar.
Frente a ella, Adrian permanecía inmóvil.
—Yo fui quien pidió que borraran su nombre.
Las palabras seguían suspendidas entre ambos.
Evelyn lo miró sin comprender cómo aquel hombre, que había prometido protegerla, podía estar relacionado con la desaparición de su propia hija. Quería creer que existía una explicación. Quería recordar que Adrian no era el hombre que había sido en aquella otra vida, que ambos habían recibido una segunda oportunidad y que merecían descubrir la verdad antes de condenarse.
Pero una parte de ella, una parte que no podía controlar, comenzaba a temerle.
No al duque que tenía delante.
Al hombre que había sido.
—¿Por qué? —preguntó finalmente.
Adrian no respondió.
—Te he preguntado por qué, Adrian.
Él cerró los ojos.
—Porque creí que era la única manera de salvarla.
Evelyn retrocedió un paso.
—¿Salvarla de quién?
—No lo recuerdo.
—¿Cómo puedes recordar que ordenaste borrar su nombre, pero no recordar por qué lo hiciste?
—¡Porque cada vez que intento recordar lo que ocurrió aquella noche, siento que alguien me arranca algo de la cabeza!
Su voz resonó por la habitación.
Evelyn se quedó quieta.
Adrian parecía horrorizado por su propio grito. Se pasó una mano por el cabello y se apartó de ella, como si temiera que su cercanía pudiera hacerle daño.
—Perdóname —dijo, esta vez en un susurro—. No quería asustarte.
—No me has asustado por levantar la voz.
—Entonces, ¿por qué no puedes mirarme?
Evelyn levantó los ojos.
Porque lo amaba.
Esa era la parte más cruel de todo.
Si Adrian hubiera sido un desconocido, habría podido alejarse. Si hubiera sido un enemigo, habría podido odiarlo. Pero era el hombre al que había elegido después de una vida entera de arrepentimientos. El hombre que la había escuchado cuando le confesó que había vivido hasta los setenta y seis años. El hombre que había creído en ella cuando ni siquiera ella podía explicar su propia existencia.
Y ahora era también el hombre que quizá había contribuido a borrar a su hija del mundo.
—Porque necesito saber quién eres —respondió—. Y no sé si la respuesta me gustará.
Adrian asintió lentamente.
—Lo entiendo.
—No. Todavía no lo entiendes. Tú puedes esconderte detrás de tus recuerdos incompletos, pero yo tengo que vivir con la posibilidad de haber amado a un hombre capaz de hacer algo terrible.
Él recibió aquellas palabras sin defenderse.
—Entonces no me pidas que te perdone —dijo—. No hasta que sepas la verdad.
Evelyn sintió que se le cerraba la garganta.
—¿Y si la verdad nos separa?
Adrian la miró durante un largo instante.
—Entonces habré perdido dos veces a la mujer que amo.
Aquella noche no durmieron juntos.
Evelyn se encerró en una de las habitaciones del ala oeste, lejos del retrato y de los pasillos donde había visto aparecer a la niña. No quería estar sola, pero tampoco podía soportar que Adrian intentara consolarla.
Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la voz infantil.
Mamá, no le creas.
No sabía si la niña había querido advertirle sobre Adrian o si aquella frase era una trampa destinada a separarlos.
Lo peor era que ambas posibilidades parecían igual de dolorosas.
Se sentó junto a la ventana y observó los jardines del castillo. La luna iluminaba los árboles y las fuentes, pero el paisaje que antes le había parecido hermoso ahora tenía algo amenazante.
Sobre la mesa descansaban los documentos encontrados detrás del retrato.
El registro de Eleanor Margaret Whitmore.
El segundo registro, con el nombre de Marianne Whitmore.
La anotación de las cinco mil libras.
Y la carta que afirmaba que Evelyn había sido quien ocultó a la niña.
Tomó esta última y volvió a leerla.
Cuando recuerdes mi verdadero nombre, recordarás también quién me entregó.
No fue tu abuelo quien me ocultó. Fuiste tú.
—¿Qué hicimos? —susurró.
Una ráfaga de viento movió las cortinas.
Evelyn se levantó para cerrar la ventana y entonces vio algo en el jardín.
Una figura vestida de negro permanecía junto a la fuente.
Era una mujer.
Tenía el cabello recogido y llevaba un vestido antiguo, de mangas largas. Aunque la distancia impedía distinguir su rostro, Evelyn sintió que la conocía.
La mujer levantó una mano y señaló la ventana.
Después señaló el suelo.
Evelyn miró hacia abajo.
A los pies de la fuente había algo blanco.
Una rosa.
Cuando volvió a levantar la mirada, la mujer había desaparecido.
Evelyn no lo pensó dos veces.
Se puso una capa sobre los hombros, tomó una lámpara y salió al jardín.
El aire nocturno le mordió el rostro. Caminó con cuidado entre los senderos húmedos hasta llegar a la fuente.
La rosa blanca descansaba sobre el borde de piedra.
No tenía sangre.
En su tallo había una pequeña etiqueta atada con hilo negro.
Evelyn la desató.
Solo contenía tres palabras:
Ven sola. Whitmore. Amanecer.
Debajo aparecía una inicial.
M.
Margaret.
Su abuela seguía viva.
Y quería verla sin Adrian.
Evelyn apretó la etiqueta entre los dedos.
No sabía si se trataba de una invitación o de una trampa. Sin embargo, una cosa estaba clara: si Margaret conocía el verdadero nombre de la niña, quizá también sabía por qué Adrian había ordenado borrarlo.
Y si existía alguna posibilidad de comprender lo ocurrido antes de la boda, no podía desperdiciarla.
Guardó la etiqueta dentro de su vestido.
Después regresó al castillo sin contarle a nadie lo que había visto.
La casa de los nombres perdidos
Al amanecer, Evelyn partió hacia la antigua residencia Whitmore.
La propiedad se encontraba a varios kilómetros del castillo de Blackthorne, más allá de una extensión de bosques y campos que la niebla cubría como un velo. Había pertenecido durante generaciones a la familia de Margaret, hasta que Arthur Blackthorne, el padre de Adrian, la adquirió en circunstancias que nadie parecía dispuesto a explicar.
La residencia estaba abandonada desde hacía años.
Las ventanas tenían las contraventanas cerradas. La hiedra trepaba por los muros y las estatuas del jardín habían perdido sus rostros bajo el desgaste del tiempo.
Evelyn descendió del carruaje.
—Espéreme aquí —le indicó al cochero.
—¿Está segura, milady? Este lugar no parece seguro.
—No tardaré.
No estaba segura en absoluto.
Pero avanzó de todos modos.
La puerta principal estaba entreabierta.
Al entrar, encontró un vestíbulo cubierto de polvo. Un reloj detenido presidía la escalera. Sobre una mesa descansaban varios candelabros oxidados y un jarrón vacío.
Todo parecía abandonado.
Sin embargo, Evelyn percibió un aroma tenue a rosas frescas.
Lo siguió hasta el corredor de la derecha.
Al fondo encontró una puerta blanca.
Se detuvo.
La imagen que Adrian había recordado la noche anterior regresó a su mente.
Una puerta blanca.
Una niña detrás.
Una promesa.
Si abro esa puerta, todo volverá a comenzar.
Evelyn apoyó la mano en el picaporte.
Estaba cerrado.
Probó una vez.
Dos.
A la tercera, escuchó un clic.
La puerta se abrió.
La habitación era pequeña y estaba iluminada por la luz del amanecer que se filtraba a través de una ventana. Había una cama infantil, una cómoda, una silla junto a la chimenea y varios juguetes cuidadosamente dispuestos sobre una repisa.
En el centro de la pared colgaba un retrato cubierto por una tela.
Evelyn se acercó.
No necesitó retirar la tela para comprender que aquella habitación había pertenecido a una niña.
Sobre la cama encontró un libro de cuentos. En la primera página alguien había escrito:
Para mi pequeña, que algún día recordará quién es.
La firma estaba borrada.
Evelyn pasó los dedos por la tinta descolorida.
De pronto, un sonido la hizo volverse.
Una puerta se cerró en algún lugar de la casa.
—¿Margaret? —llamó.
Nadie respondió.
Evelyn tomó una pequeña campanilla de plata que descansaba sobre la cómoda. Tenía grabada una inscripción en el reverso.
Para llamar a quien todavía recuerda.
La hizo sonar.
Una vez.
El sonido fue suave, casi delicado.
Dos veces.
La casa pareció contener la respiración.
A la tercera, alguien habló detrás de ella.
—No deberías haber venido sola.
Evelyn se giró bruscamente.
Margaret Whitmore estaba junto a la puerta.
Parecía más anciana que la última vez que la había visto. Tenía el rostro pálido y una herida en la sien, parcialmente cubierta por el cabello. Su vestido estaba sucio y una de sus manos temblaba.
—¡Abuela!
Evelyn corrió hacia ella, pero Margaret levantó una mano para detenerla.
—No me abraces todavía.
—¿Qué te ha ocurrido?
—No tenemos tiempo para eso.
—Llevo horas intentando averiguar dónde estás. Adrian…
—No pronuncies su nombre aquí.
Evelyn se quedó helada.
Margaret cerró la puerta y giró la llave.
—Hay lugares donde los nombres tienen más poder del que deberían. Y esta casa es uno de ellos.
—¿Qué significa eso?
—Significa que algunas personas pueden encontrarte si pronuncias el nombre que están buscando.
Evelyn pensó en la niña del vestido azul.
—¿Estás hablando de ella?
Margaret bajó la mirada.
Por primera vez desde que había reaparecido, Evelyn vio miedo en el rostro de su abuela.
No temor a morir.
Temor a lo que podría ocurrir si la verdad salía a la luz.
—¿Cuál era su verdadero nombre? —preguntó Evelyn.
Margaret se sentó lentamente en la silla junto a la chimenea.
—Antes de responder, necesito que me digas algo.
—¿Qué?
—¿Qué recuerdas de la noche en que nació?
Evelyn sintió que se le encogía el corazón.
—No recuerdo nada con claridad. Solo imágenes. Una manta azul, una habitación iluminada por velas, una mujer llorando… y una voz que decía que debíamos entregar a la niña para salvar a todos.
Margaret cerró los ojos.
—Entonces ha comenzado.
—¿Qué ha comenzado?
—Tu memoria.
—¿Por qué todos hablan como si recordar fuera algo terrible?
Margaret volvió a abrir los ojos.
—Porque la última vez que recordaste todo, el mundo terminó.
Evelyn retrocedió.
—Eso es imposible.
—¿Lo es? Viviste setenta y seis años en una vida que ahora recuerdas como un sueño. Despertaste con dieciocho años y encontraste al hombre que habías perdido. Has visto a una niña muerta caminar por los pasillos. Has escuchado campanas que no deberían sonar. ¿Todavía crees que lo imposible es una buena medida de lo que puede suceder?
Evelyn no respondió.
Margaret se inclinó hacia ella.
—Debes comprender algo, mi niña. Tu segunda vida no comenzó cuando abriste los ojos a los dieciocho años.
—¿Cuándo comenzó, entonces?
—Antes de que nacieras.
El nombre prohibido
Margaret retiró la tela que cubría el retrato.
Evelyn contuvo la respiración.
Era la misma niña que aparecía en el cuadro del castillo de Blackthorne. El cabello castaño le caía sobre los hombros y sus ojos grises miraban al pintor con una serenidad impropia de su edad.
Pero había algo diferente.
En este retrato no vestía de azul.
Llevaba un vestido blanco y sostenía una pequeña medalla entre las manos.
En el marco, una inscripción decía:
Para Marianne, nuestra hija amada.
Evelyn se acercó.
—Entonces sí se llamaba Marianne.
—Ese fue uno de sus nombres —respondió Margaret—. El primero que le dieron al registrarla. Pero no fue el nombre con el que nació.
—¿Quién se lo cambió?
—Tu abuelo y mi familia hicieron lo necesario para que el mundo creyera que aquella niña nunca había existido. Arthur Blackthorne pagó por los documentos. Los Langford se encargaron de que nadie hiciera preguntas. Y yo…
Margaret se interrumpió.
Evelyn sintió una punzada de angustia.
—¿Y tú qué hiciste?
—Yo elegí el nombre que debía desaparecer.
La confesión cayó entre ellas como una piedra.
—¿Por qué?
Margaret miró el retrato.
—Porque el nombre verdadero no era solo un nombre. Era una promesa.
—¿Qué promesa?
—Una que tú hiciste antes de nacer.
Evelyn negó lentamente con la cabeza.
—No puedo haber hecho una promesa antes de nacer.
—En una vida normal, quizá no. Pero la tuya nunca ha sido normal.
Margaret se levantó y abrió un cajón de la cómoda. De él sacó una caja de madera oscura, cerrada con un pequeño broche.
—Tu abuelo me entregó esto poco antes de morir. Me pidió que lo destruyera, pero no tuve valor.
Abrió la caja.
Dentro había una pulsera infantil, una llave de plata y una carta sellada.
Evelyn reconoció la letra del sobre.
Era la suya.
No la de su vida actual.
La de aquella mujer anciana que había sido antes de morir.
El mismo trazo inclinado. La misma forma de escribir la letra E. La misma pequeña marca al final de su firma.
Evelyn sintió que las manos le temblaban.
—¿Cómo puede estar aquí?
—Porque esta carta no fue escrita durante tu primera vida ni durante la segunda.
Margaret la observó con tristeza.
—Fue escrita antes de la primera.
Evelyn dejó de respirar.
—Eso no tiene sentido.
—Ábrela.
Con dedos torpes, Evelyn rompió el sello.
Dentro había una sola hoja.
Si estás leyendo esto, significa que has regresado una vez más.
No permitas que te convenzan de que todo comenzó con la muerte de la niña. La niña fue el precio, no el origen.
Adrian intentará salvarte. Tú intentarás salvarlo. Y ambos volveréis a cometer el mismo error si olvidáis por qué prometisteis traerla al mundo.
Su verdadero nombre es el que tú elegiste antes de conocer su rostro.
Cuando lo recuerdes, tendrás que elegir entre recuperar a tu hija o conservar la vida que te han devuelto.
No podrás hacer ambas cosas.
La carta terminaba con una frase que Evelyn leyó varias veces, incapaz de comprenderla.
Esta vez, no entregues a la niña para salvar al padre.
La hoja cayó de sus manos.
—¿Qué significa esto?
Margaret la sostuvo por los hombros.
—Significa que en vuestra primera vida tuviste que elegir.
—¿Entre Adrian y nuestra hija?
—Sí.
—¡Pero yo jamás elegiría entre ellos!
—Eso mismo dijiste la primera vez.
Evelyn sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—¿Qué pasó?
Margaret miró hacia la ventana, como si temiera que alguien pudiera estar escuchando.
—La niña nació con una condición que los médicos de aquella época no comprendían. Hubo complicaciones. Su vida estaba en peligro y Adrian creyó que podía salvarla si entregaba algo a cambio.
—¿Su propia vida?
—Más que eso.
Margaret se acercó a la mesa y tomó la llave de plata.
—En esta casa existía una habitación donde tu familia guardaba documentos que nunca debieron escribirse. Allí se registraban las promesas hechas por los Ashbourne y los Blackthorne. Promesas que pasaban de una generación a otra.
—¿Promesas sobrenaturales?
—No sé cómo llamarlas. Solo sé que, cuando Adrian pidió salvar a la niña, alguien aceptó su petición.
—¿Quién?
Margaret no respondió inmediatamente.
Después pronunció un nombre:
—Arthur Blackthorne.
Evelyn recordó las iniciales de los documentos, el dinero pagado para ocultar la identidad de la niña, el silencio de Adrian sobre su padre.
—¿El padre de Adrian?
—Sí. Pero no actuó solo. Tu abuelo estuvo allí. Y también el hombre que tiene el rostro de Adrian.
Evelyn sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—¿Quién es ese hombre?
Margaret apretó la llave entre sus dedos.
—El hermano que Adrian nunca supo que tenía.
Dos hermanos, una sola vida
Durante unos segundos, Evelyn no pudo hablar.
Había imaginado muchas explicaciones para aquel rostro idéntico al de Adrian. Un doble, un impostor, una aparición nacida de los recuerdos de otra vida.
Nunca había considerado que pudiera tratarse de un hermano.
—¿Cómo es posible que Adrian no sepa que tiene un hermano?
—Porque oficialmente ese niño murió al nacer.
—¿Y no murió?
Margaret negó con la cabeza.
—Nació unos minutos antes que Adrian. Su madre, Eleanor, estaba muy enferma. Los médicos dijeron que no sobrevivirían los tres. Arthur tomó una decisión y ordenó que uno de los bebés fuera declarado muerto.
—¿Cuál?
—El que tenía una marca en el rostro.
Evelyn recordó la cicatriz sobre la ceja izquierda del hombre que habían visto en el jardín.
—¿La cicatriz?
—No. La cicatriz llegó después. La marca que tenía al nacer era pequeña, cerca de la ceja. Con los años, una herida la convirtió en esa cicatriz.
—¿Y por qué lo ocultaron?
Margaret guardó silencio durante tanto tiempo que Evelyn comprendió que la respuesta era mucho peor de lo que esperaba.
—Porque una antigua predicción decía que uno de los hijos de Eleanor viviría para salvar a la familia y el otro viviría para destruirla.
Evelyn sintió un escalofrío.
—¿Y Arthur decidió cuál de ellos debía vivir?
—Decidió cuál debía tener un nombre.
La frase fue tan terrible que Evelyn tardó unos segundos en comprenderla.
—¿El hermano de Adrian fue criado sin identidad?
—Fue llevado lejos de la propiedad. Lo educaron personas que no conocían su origen. Cuando creció, descubrió quién era y regresó para reclamar lo que le habían quitado.
—¿Y qué ocurrió?
Margaret bajó la mirada.
—Murió.
—Adrian dijo que lo vio morir.
—Lo vio caer durante el incendio que destruyó la antigua capilla. Pero nunca encontraron su cuerpo.
Evelyn recordó la mirada del hombre, tan parecida a la de Adrian y, al mismo tiempo, tan distinta.
—Entonces, ¿por qué aparece ahora?
Margaret la miró directamente.
—Porque la niña sigue esperando que ambos hermanos cumplan la promesa que hicieron antes de su nacimiento.
—¿Qué promesa?
Margaret abrió la mano y mostró la llave de plata.
—Que uno de ellos salvaría a la niña y el otro salvaría a su madre.
Evelyn sintió que el corazón le latía con violencia.
—Pero Eleanor murió.
—Sí.
—Y la niña también.
—Sí.
—Entonces fracasaron.
Margaret cerró los dedos alrededor de la llave.
—No. La promesa no se cumplió porque alguien cambió las condiciones.
Evelyn recordó la carta.
No podrás hacer ambas cosas.
—¿Quién las cambió?
Margaret se acercó al retrato de Marianne.
—Tú.
Evelyn retrocedió.
—No.
—Lo siento, mi niña.
—¡No! ¡No puedes seguir diciéndome que hice cosas que no recuerdo y esperar que las acepte!
Margaret no se defendió.
Evelyn respiró con dificultad, intentando contener una angustia que amenazaba con desbordarse.
—Si entregué a mi hija, necesito saber por qué. Si fui responsable de su muerte, necesito saber cómo ocurrió. Pero no voy a aceptar que me conviertan en una culpable sin dejarme recordar.
Margaret asintió lentamente.
—Tienes razón.
Aquella respuesta inesperada la hizo callar.
—¿Qué?
—Tienes razón. No debes aceptar mi palabra. Ni la de Adrian. Ni la de tu abuelo. Ni siquiera la de la mujer que fuiste en otra vida.
Margaret le entregó la llave.
—Por eso te he traído aquí.
Evelyn la miró.
—¿Qué abre?
Margaret señaló una puerta estrecha que había junto al armario.
Era tan discreta que Evelyn no la había visto al entrar.
—La habitación donde se escribió el verdadero nombre de la niña.
La habitación sin ventanas
La llave encajó en la cerradura.
Al abrir la puerta, un olor a papel viejo y humedad llenó el pasillo. La habitación no tenía ventanas. Las paredes estaban cubiertas de estanterías y, en el centro, había una mesa de roble con un libro abierto.
Evelyn entró despacio.
En la primera página del libro había una fecha.
17 de octubre de 1816.
Debajo, tres nombres:
Eleanor de Blackthorne.
Margaret Whitmore.
Thomas Ashbourne.
Y una cuarta línea que había sido raspada hasta desgarrar el papel.
Evelyn se acercó.
—Aquí escribieron el nombre de la niña.
Margaret asintió.
—Tu abuelo intentó borrarlo. Pero no pudo destruir el libro.
—¿Por qué?
—Porque el nombre no estaba escrito solamente con tinta.
Evelyn miró las páginas.
En el centro de la hoja había una mancha oscura, casi negra, que parecía haberse extendido desde el interior del papel. Al tocarla, sintió un pinchazo en la yema del dedo.
Una gota de sangre cayó sobre la página.
Y entonces las letras comenzaron a aparecer.
Primero una curva.
Después una inicial.
Luego varias letras que se formaron lentamente, como si una mano invisible las estuviera escribiendo desde el otro lado del tiempo.
Evelyn se quedó inmóvil.
El nombre apareció ante sus ojos.
ELARA.
Debajo surgió una segunda línea:
Hija de Evelyn Ashbourne y Adrian de Blackthorne.
Y una tercera:
La que deberá nacer de nuevo cuando sus padres recuerden la promesa.
Evelyn sintió que las piernas le fallaban.
—Elara…
El nombre le resultaba familiar. No como un recuerdo, sino como una melodía que había olvidado y que, al escucharla de nuevo, le llenaba el pecho de dolor.
Margaret se cubrió la boca.
—Lo has recordado.
—No. Solo he leído el nombre.
—Pronúncialo otra vez.
Evelyn miró la página.
—Elara.
Un golpe retumbó detrás de ellas.
La puerta de la habitación se cerró.
Margaret se volvió bruscamente.
—No…
Las estanterías comenzaron a vibrar. El libro se abrió por otra página y las letras anteriores desaparecieron, sustituidas por una frase escrita en tinta roja.
LA MADRE HA RECORDADO. EL PADRE DEBE ELEGIR.
Evelyn retrocedió.
—¿Qué está pasando?
Margaret tomó la llave e intentó abrir la puerta, pero la cerradura no cedió.
Desde el otro lado se escucharon pasos.
Lentos.
Firmes.
Una voz masculina habló en el corredor.
—Margaret. Abre la puerta.
Evelyn reconoció la voz.
Adrian.
Corrió hacia la puerta.
—¡Adrian! ¡Estamos aquí!
—Evelyn, aléjate de la puerta —respondió él desde el otro lado.
Margaret se quedó pálida.
—No puede estar aquí.
Evelyn la miró.
—¿Por qué?
—Porque si ha venido, significa que el otro también está con él.
La voz de Adrian volvió a sonar.
—Evelyn, escúchame. No importa lo que veas cuando se abra la puerta. No dejes que se acerque al libro.
Evelyn sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿De quién estás hablando?
Al otro lado hubo un silencio.
Después, una segunda voz respondió.
Era idéntica a la de Adrian.
—De mí, supongo.
Margaret soltó un grito ahogado.
La puerta se abrió de golpe.
En el corredor había dos hombres.
Dos rostros idénticos.
Dos pares de ojos grises.
Uno llevaba el hombro vendado y el rostro marcado por el cansancio. El otro tenía una cicatriz sobre la ceja izquierda y una expresión que parecía contener años de rabia.
Adrian dio un paso hacia Evelyn.
—Ven conmigo.
El hombre de la cicatriz levantó una mano.
—No la escuches. Él no sabe lo que hizo.
—¡Cállate! —rugió Adrian.
—¿Vas a negarlo otra vez? ¿También vas a fingir que no recuerdas lo que ocurrió con Elara?
Evelyn sintió que el mundo se detenía.
El hombre de la cicatriz la miró directamente.
—Tú sí lo recuerdas, ¿verdad, Evelyn?
Ella no pudo responder.
El hombre sonrió con tristeza.
—Claro que no. Te lo quitaron todo. Tu hija, tu nombre, tu primera vida. Y ahora pretenden que vuelvas a elegir sin conocer el precio.
Adrian se interpuso entre ellos.
—No te acerques a ella.
—Siempre haces lo mismo, hermano. Te colocas delante de todos como si fueras el único capaz de protegerlos.
El hombre miró a Evelyn por encima del hombro de Adrian.
—Pregúntale quién murió para que tú pudieras nacer.
Evelyn volvió la mirada hacia Adrian.
Él no apartó los ojos de su hermano.
—No le creas.
—Entonces dime la verdad —susurró ella.
Adrian se quedó inmóvil.
—Dime quién murió para que yo pudiera nacer.
Por primera vez desde que Evelyn lo conocía, Adrian no tuvo una respuesta.
Su hermano dio un paso atrás.
—Eso pensé.
Después sacó algo del bolsillo de su abrigo.
Una pequeña pulsera infantil.
Azul.
La misma que Evelyn había visto dentro de la caja de Margaret.
—Elara no murió la noche que creísteis —dijo—. Y tampoco fue vuestra hija la primera vez que la perdisteis.
Evelyn sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué significa eso?
El hombre de la cicatriz apretó la pulsera entre los dedos.
—Significa que Elara ya había nacido antes de que tú y Adrian os conocierais.
La habitación quedó en silencio.
Margaret empezó a llorar.
Adrian palideció.
Y el libro, todavía abierto sobre la mesa, escribió una última frase.
LA TERCERA VIDA COMENZARÁ CUANDO LA NIÑA REGRESE AL VIENTRE DE SU MADRE.
Evelyn se llevó ambas manos al abdomen.
No estaba embarazada.
No había tenido hijos en esta vida.
Sin embargo, en ese preciso instante sintió un movimiento leve, imposible, como el aleteo de algo pequeño bajo su corazón.
Y una voz infantil, conocida y lejana, susurró dentro de su mente:
Mamá, esta vez no me dejes nacer.
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Que abra pasado???
Quede en suspenso.
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Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.
Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.
En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.
Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Oooooooo cielos.
En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.
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Me encanta la Historia
👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
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Me volví masoquista.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.
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Me encanta Margaret,.
😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁