Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.
Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.
En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.
Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.
Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.
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20. La verdad detras de la tercera niña.
ABRIL
La voz de la doctora Lucía Ferrer llegó desde el otro lado de la puerta.
—Ahora voy a tener que terminar lo que empecé.
Nadie se movió.
Durante unos segundos, lo único que escuché fue mi propia respiración y el crujido de la madera sobre nuestras cabezas.
Lucía Ferrer estaba muerta.
Gael nos lo había dicho. Había encontrado información sobre su fallecimiento, ocurrido tres días antes de que Olivia apareciera en el invernadero de la mansión Valdés.
Yo misma había visto la fecha.
Había leído su nombre.
Entonces, ¿quién acababa de hablar?
—No puede ser ella —susurró Mateo.
Gael miró la puerta.
—No. Pero alguien quiere que creamos que lo es.
Aquella frase me devolvió un poco de aire.
Tenía razón. En los últimos días, alguien había utilizado fotografías, grabaciones, cartas y recuerdos para obligarnos a creer cosas que quizá nunca habían sucedido de la manera en que las recordábamos.
La voz podía ser una grabación.
Podía ser alguien imitando a Lucía.
O podía ser una prueba de que los documentos sobre su muerte estaban equivocados.
Por primera vez, decidí que no iba a aceptar ninguna de aquellas posibilidades sin pruebas.
—Nadie abre esa puerta —dije.
Mi madre me miró sorprendida.
—Abril…
—No. Esta vez vamos a pensar antes de hacer lo que nos dicen.
Miré a Gael.
—¿Tenés la carta de tu padre?
Él asintió.
—¿Y la dirección que aparece abajo?
—También.
—Entonces vamos a investigar eso primero. Si la doctora Lucía está realmente muerta, alguien está usando su nombre. Y si está viva, quiero saber por qué todos nos hicieron creer lo contrario.
Alma me observaba en silencio.
Había pasado tanto tiempo intentando descubrir cuál de nosotras tenía derecho a llamarse Abril que había olvidado hacer la pregunta más importante.
¿Quién se había beneficiado de nuestra separación?
Porque alguien había cambiado documentos, escondido fotografías, borrado recuerdos y mantenido a una niña lejos de su familia.
Y esa persona no podía ser una niña de nueve años.
—Antes de irnos —dije—, quiero saber una cosa.
Me volví hacia mi madre.
—Cuando dijiste que había tres niñas en el hospital, ¿cómo supiste que éramos nosotras?
Elena apretó los labios.
—Por las pulseras.
Miré las cuentas rojas que llevaba Alma.
Después recordé la segunda pulsera, la que habíamos encontrado dentro de la caja de madera.
—¿Había tres pulseras?
Mi madre asintió.
—Cada una tenía una pequeña marca en una de las cuentas. Era la manera que tenían de distinguirlas cuando eran pequeñas.
Alma se quitó la suya.
La sostuvo bajo la luz.
—Esta tiene una raya blanca.
Busqué en mi bolsillo la pulsera que había guardado desde el descubrimiento de la caja.
La puse junto a la suya.
La cuenta central tenía una raya blanca también.
Idénticas.
—Entonces no sirven para distinguirnos —dijo Mateo.
—Las pulseras no —respondió Elena—. Pero las marcas sí.
Me acerqué a ella.
—¿Qué marcas?
Mi madre tardó en contestar.
—Una de las niñas tenía una pequeña cicatriz detrás de la oreja izquierda. Otra tenía una marca de nacimiento en el hombro. La tercera…
Se interrumpió.
—¿Qué tenía la tercera? —pregunté.
Elena miró a Alma.
Después me miró a mí.
—No tenía ninguna de las dos.
El silencio se hizo insoportable.
Si las tres niñas habían tenido el mismo rostro, ¿cómo podía mi madre distinguirlas?
Y si no podía, ¿cómo había elegido a cuál llevarse?
—¿Dónde están esas marcas? —pregunté.
Alma se apartó el cabello de la oreja izquierda.
No tenía ninguna cicatriz.
Me miré en el pequeño espejo de metal que Gael llevaba en su llavero. Detrás de mi oreja tampoco había nada.
—No entiendo —murmuré.
Mi madre bajó la mirada.
—Porque no estoy segura de que las niñas que salieron del hospital fueran las mismas que habían entrado.
Sentí un escalofrío.
Aquello cambiaba todo.
Hasta ese momento, había pensado que la tercera niña era alguien que se había cruzado en nuestras vidas y que después había desaparecido.
Pero si los registros del hospital habían sido manipulados, si las pulseras habían sido intercambiadas y si nuestra madre no podía identificar a sus propias hijas, quizá nunca habíamos sabido con certeza quién había regresado a casa.
Ni siquiera ella.
—Tenemos que ir al hospital —dije.
Gael asintió.
—Los archivos originales podrían seguir allí.
—¿Y si ya los destruyeron? —preguntó Mateo.
Lo miré.
—Entonces buscaremos quién los destruyó.
Por primera vez en toda la noche, sentí que teníamos una dirección.
No una respuesta.
Pero sí un lugar donde buscarla.
Y, en un misterio construido sobre diez años de mentiras, eso era más de lo que habíamos tenido hasta entonces.
ALMA
Nunca había confiado en los hospitales.
No por las agujas ni por las habitaciones blancas, sino porque allí había aprendido que los adultos podían cambiarte el nombre sin preguntarte.
Recordaba una cama junto a una ventana.
Una mujer con anteojos.
Un reloj que hacía un ruido insoportable.
Y una pregunta.
¿Cómo te llamás?
Yo había respondido mi nombre.
La mujer había sonreído.
Después había escrito otra cosa en una carpeta.
Cuando volví a mirar, el nombre ya no era el mío.
Durante años pensé que aquel recuerdo era un sueño. Había pasado demasiado tiempo tratando de recuperar una infancia de la que apenas conservaba fragmentos.
Pero ahora sabía que había ocurrido.
La doctora Lucía Ferrer me había llamado por otro nombre.
Y mi madre había permitido que sucediera.
—¿Qué te acordás del hospital? —me preguntó Abril mientras subíamos las escaleras.
No quería contestarle.
Todavía estaba furiosa con ella. Una parte de mí seguía convencida de que me había dejado atrás, aunque empezaba a sospechar que alguien había construido aquella certeza dentro de mi cabeza.
—Una habitación —respondí—. Una mujer. Y una ventana.
—¿Qué más?
Cerré los ojos.
—Una niña sentada en la cama de enfrente.
Abril se detuvo.
—¿Cómo era?
—Tenía el pelo rojo.
—¿Como nosotras?
—Sí.
—¿Y qué hacía?
Tragué saliva.
—Me miraba.
No había nada extraordinario en aquella respuesta. Sin embargo, algo en la expresión de Abril me indicó que acababa de recordar algo.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Ella tardó en hablar.
—Cuando era chica, soñaba con una habitación blanca. Siempre había otra niña sentada enfrente de mí. No podía verle bien la cara, pero sabía que estaba llorando.
La miré fijamente.
—¿Y qué hacías vos?
—Le preguntaba por qué lloraba.
—¿Y qué te respondía?
Abril se llevó una mano a la frente.
—No lo recuerdo.
Quise decirle que quizá aquella niña era yo.
Quise preguntarle si también recordaba el ruido del reloj, la ventana y la mujer que escribía nombres en una carpeta.
Pero entonces vi algo que me hizo detenerme.
En la parte inferior de la fotografía que Gael llevaba en la mano, detrás de las tres niñas, había una ventana.
Una ventana idéntica a la que acababa de recordar.
Me acerqué y le arrebaté la imagen.
—¿De dónde sacaste esto?
—Estaba en la carta de mi padre.
Le di la vuelta.
La frase seguía allí.
La niña de Lucía no es ninguna de las dos.
Debajo, con una letra diferente, había una palabra que no habíamos visto antes porque estaba oculta bajo el pliegue del papel.
PABELLÓN TRES.
Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
—No era un hospital cualquiera —dije—. Era el pabellón donde estaba internada la niña.
Abril miró a Gael.
—¿Sabés dónde queda?
Él negó con la cabeza.
—Pero mi padre guardaba documentos de una clínica privada que cerró hace años. Voy a buscar la dirección.
Por primera vez, Abril y yo nos miramos sin acusarnos.
No éramos amigas.
No éramos todavía las hermanas que alguna vez habíamos sido.
Pero teníamos algo en común.
Una pregunta que ninguna de las dos podía responder.
¿Quién había salido realmente de aquella clínica?
GAEL
La clínica se llamaba Santa Emilia.
Encontré el nombre en una carpeta que mi padre había escondido dentro de una caja metálica, junto con escrituras antiguas y copias de documentos de la mansión Valdés.
Había pasado horas revisando sus archivos después de la muerte de Olivia, buscando cualquier vínculo entre mi familia y lo que había ocurrido diez años atrás.
Hasta esa noche, había encontrado principalmente contratos, pagos y nombres.
Ahora, por fin, tenía una pista concreta.
Santa Emilia había cerrado sus puertas once años atrás, pero algunos de sus archivos habían sido trasladados a un depósito municipal.
El documento de traslado incluía una lista de cajas.
Una de ellas llevaba el número 17.
Otra, el número 3.
Y una tercera tenía una anotación escrita a mano:
No archivar. Entrega personal a L. Ferrer.
La fecha era el dieciocho de octubre, diez años atrás.
El día siguiente a la desaparición de Mara.
—La doctora Lucía se llevó los documentos —dije.
Mateo se inclinó sobre la mesa.
—¿Qué documentos?
—No lo sé. Pero mi padre firmó la entrega.
Abril se quedó mirando la anotación.
—¿Y si la tercera niña estaba en esa clínica antes de que desapareciéramos?
—Es posible —respondí—. La clínica cerró antes de los hechos, pero los documentos pudieron seguir utilizándose después.
—¿Para qué?
—Para ocultar su identidad.
Alma se cruzó de brazos.
—Entonces vamos a buscarla.
—No es tan sencillo —le advertí—. El depósito municipal está cerrado a esta hora. Necesitamos autorización para consultar archivos antiguos.
Abril me miró con una expresión que ya empezaba a conocer.
—¿Y si no esperamos a que nos la den?
—No voy a ayudarte a entrar ilegalmente en un depósito.
—No te pedí que lo hicieras.
—Abril…
—Podemos buscar los registros públicos de la clínica, hablar con alguien que haya trabajado allí o averiguar quién recibió las cajas. Hay muchas maneras de investigar sin romper una puerta.
Me quedé callado.
Tenía razón.
Y, por primera vez, me di cuenta de que la manera en que ella abordaba el misterio estaba cambiando.
Ya no corría detrás de cada mensaje anónimo ni aceptaba cualquier fotografía como una verdad definitiva.
Estaba aprendiendo a desconfiar de las pruebas sin dejar de buscarlas.
Era exactamente lo que necesitábamos.
Abrí el ordenador y busqué el nombre de la clínica en los documentos digitalizados que había encontrado.
Apareció un registro.
Tres ingresos.
Una misma fecha.
Diecisiete de octubre.
Los nombres estaban parcialmente ocultos por una anotación de confidencialidad, pero las horas eran legibles.
Paciente 1: 23:18.
Paciente 2: 23:24.
Paciente 3: 23:31.
Las tres habían sido ingresadas con pocos minutos de diferencia.
Las tres figuraban como menores de diez años.
Y las tres tenían la misma observación al pie del documento:
Identidad pendiente de confirmar por familiar responsable.
—Tres pacientes —susurró Mateo.
—Tres niñas —dijo Abril.
Alma se acercó a la pantalla.
—¿Quién las llevó?
Abrí el documento siguiente.
Había un nombre en el apartado del adulto responsable.
No era Elena Montenegro.
No era Esteban Ferrer.
Tampoco era Lucía Ferrer.
Era un nombre que reconocí de inmediato por haberlo visto en los expedientes relacionados con la mansión.
Inés Valdés.
Abril se apartó de la mesa.
—Inés nos dijo que había llegado a la mansión después de que Mara ya estuviera muerta.
—Eso fue lo que nos contó —respondí.
Mateo tomó el teléfono.
—Tenemos que hablar con ella.
Antes de que pudiera marcar, apareció una notificación en la pantalla.
Un correo electrónico nuevo.
Sin remitente visible.
El asunto decía:
NO BUSQUEN A LA TERCERA NIÑA.
Abril abrió el mensaje.
Solo contenía una fotografía.
Era una imagen reciente de la entrada de la antigua clínica Santa Emilia.
La puerta estaba cerrada con cadenas.
En una de las ventanas, alguien había escrito con pintura blanca:
UNA DE ELLAS NUNCA SALIÓ.
Debajo había una segunda línea.
Una frase que hizo que Alma se llevara las manos a la boca.
Y la que salió no era la que ustedes creen.
INÉS
Cuando escuché los golpes en la puerta, supe que habían llegado.
No porque los estuviera esperando, sino porque había pasado diez años temiendo el día en que alguien encontrara la carpeta que escondí en mi casa.
Tres golpes.
Una pausa.
Dos golpes.
Abrí la puerta apenas unos centímetros.
Abril estaba al frente.
A su lado se encontraba Alma, idéntica a ella. Detrás venían Mateo y Gael.
Por un instante, creí que estaba viendo una fotografía que alguien había colocado frente a mis ojos.
Dos niñas que deberían haber permanecido separadas.
Dos nombres que nunca tendrían que haber vuelto a pronunciarse juntos.
—Tenemos que hablar —dijo Abril.
Miré a Alma.
—Ya veo.
—Sabemos lo de Santa Emilia —continuó ella—. Sabemos que llevaste a tres niñas a la clínica la noche del diecisiete de octubre.
Mi mano se cerró alrededor del picaporte.
No pregunté cómo lo habían descubierto.
No tenía sentido.
—Pasen —dije.
Los conduje hasta el comedor.
La carpeta seguía escondida detrás de una tabla suelta del armario. La había conservado durante diez años porque era la única prueba de que no había imaginado lo ocurrido.
También era la prueba de que había mentido.
—¿Por qué nos llevaste allí? —preguntó Abril.
Me senté lentamente.
—Porque la mansión ya no era segura.
—¿Para quién?
—Para las tres.
Alma se inclinó hacia mí.
—¿Quién era la tercera?
La miré.
Había una respuesta.
La había tenido durante diez años.
Pero decirla significaba aceptar que todo lo que les habían contado sobre su infancia estaba construido sobre una mentira.
—Antes de responder, necesito que entiendan algo —dije—. Yo no sabía cuál de las tres niñas era la verdadera Abril cuando llegué a la clínica.
Abril palideció.
—¿Cómo que no lo sabías?
—Porque las tres estaban asustadas. Las tres lloraban. Las tres repetían nombres que no siempre coincidían con los documentos.
—¿Y mi madre? —preguntó Alma.
—Elena llegó más tarde.
—¿Y nos reconoció?
Bajé la mirada.
—Reconoció a una.
—¿A cuál?
No respondí.
Abril golpeó suavemente la mesa con la palma.
—¡Inés, necesitamos la verdad!
La miré a los ojos.
—La verdad es que Elena eligió a una niña porque creyó que era su hija. Después llegó la doctora Ferrer y dijo que se había equivocado.
El silencio se apoderó de la habitación.
—¿Se equivocó en qué? —preguntó Gael.
—En la identidad de la niña que había llevado a casa.
Abril se quedó inmóvil.
—Entonces, ¿quién volvió conmigo?
—No lo sé.
Alma negó con la cabeza.
—Todos dicen eso. Nadie sabe nada. Nadie recuerda nada. ¿Cómo puede ser que después de diez años nadie sepa quiénes somos?
—Porque hubo alguien que sí lo sabía —respondí.
Abrí el armario y retiré la tabla suelta.
Saqué una carpeta amarillenta, atada con una cinta azul.
La dejé sobre la mesa.
En la portada figuraba el nombre de la clínica Santa Emilia.
Debajo, escrito con tinta negra, había una frase:
IDENTIDAD DE LA TERCERA PACIENTE: CONFIRMADA.
Abril extendió la mano, pero la detuve.
—Hay algo más.
Los cuatro me miraron.
—La tercera niña no fue la única que desapareció aquella noche. También desapareció la persona que firmó su salida de la clínica.
—¿Quién? —preguntó Mateo.
Desaté la cinta.
Dentro había un formulario, una fotografía y una hoja con firmas.
La fotografía mostraba a una mujer joven, de cabello oscuro, sosteniendo a una niña pelirroja.
La niña tenía una pulsera de cuentas rojas.
La mujer llevaba un colgante de estrella.
Gael se acercó.
—Es ella.
—¿Quién? —preguntó Abril.
—La mujer de la estrella.
Debajo de la fotografía había un nombre.
Lucía Ferrer.
Pero lo que nos dejó sin palabras fue la fecha del formulario.
La salida de la tercera paciente había sido registrada el veinte de octubre, tres días después de la desaparición de Mara.
Y en el espacio destinado a la persona que la había recibido, alguien había escrito:
ELENA MONTENEGRO.
Abril levantó la mirada hacia mí.
—Mi madre se llevó a la tercera niña.
Asentí.
—Sí.
—¿A dónde?
—Eso es lo que nunca pude averiguar.
Alma tomó la fotografía con dedos temblorosos.
Observó a la niña.
Después observó a la mujer.
Y, de pronto, su expresión cambió.
—Yo la conozco.
Todos nos volvimos hacia ella.
—¿A quién? —preguntó Gael.
Alma señaló a la niña de la fotografía.
—A ella.
Abril se acercó.
—¿Cómo podés conocerla?
Alma no apartó la mirada de la imagen.
—Porque no es una desconocida.
Su voz comenzó a temblar.
—Es la niña que aparecía en mis sueños. La que estaba sentada enfrente de mí en la habitación blanca.
Me miró.
Y pronunció una frase que ninguno de nosotros estaba preparado para escuchar.
—Abril, la tercera niña no era nuestra hermana. Era nosotras.
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