Noah tenía todo: 24 años, Milán, su regreso a la pasarela. Hasta que su hermana Lila murió mientras él se probaba un abrigo. Dejó todo botado, recayó y lo echaron de Europa.
Sin nada, vuelve al sur, a la casa chueca de su abuela cerca de Traiguén. Al lado vive Tomás, 32, agricultor, callado, conservador. Lo odia a primera vista.
Tres meses es el trato. Tomás le enseña a trabajar la tierra. Noah le enseña a no tenerle miedo a sentir.
Entre gallinas metidas, un tractor chocado, un invernadero saboteado y un desfile en un granero, se enamoran lento. Con barro en las manos y miedo de volver a caer.
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Capítulo 10: El tractor
El tractor de Tomás era más viejo que yo. Más viejo que mi papá. Más viejo que la casa de mi abuela, creo.
Era rojo, pero ya no rojo rojo, rojo desteñido con manchas de óxido, con un asiento de fierro que quemaba si le daba el sol y que congelaba si no le daba. Tenía un volante enorme y una palanca que sonaba clac clac cada vez que la movías.
Yo lo miraba desde mi ventana. Tomás lo usaba todos los días a las siete. Pum pum pum, sonaba. Como corazón viejo.
Esa mañana me gritó.
¡Noah! ¡Ven!
Salí con mi café que ya era café de verdad porque Tomás me había regalado un tarro de café de campo y ya no tomaba manzanilla del 2019.
¿Qué? Grité de vuelta.
¿Quieres aprender?
¿A qué?
A manejar el tractor. Así no andas a pie como pato.
Me reí. Yo nunca había manejado nada más que mi maleta con rueditas en aeropuerto. En Milán me llevaban. Acá tenía que aprender a manejar tractor del año 1970.
¿Es difícil? Pregunté.
No. Es como bailar cumbia. Si te pones tenso te caes.
Me subí. El asiento de fierro estaba helado. Me senté y se me congeló todo.
Tomás se subió detrás. No al lado, detrás, porque solo había un asiento. Quedamos pegados. Yo adelante, él atrás, con sus brazos por sobre los míos para agarrar el volante. Olía a leña y a jabón barato y a campo.
Ya, dijo en mi oreja. Este es embrague. Este es freno. Esta palanca es para adelante y atrás. No toques nada más.
Apreté embrague. Sonó feo. Como queja.
Más suave, dijo. Como si acariciaras.
Intenté suave. El tractor saltó para adelante. Yo grité. Tomás se rió en mi oreja.
Tranquilo, dijo. Otra vez.
Segunda vez saltó menos. Tercera vez avanzamos. Pum pum pum. Lento, pero avanzando por el barro.
¡Estoy manejando tractor! Grité como niño de cinco años.
Sí, pero mira para adelante no para mí, dijo Tomás. Si miras para atrás chocamos el invernadero.
Y claro que miré para atrás. Porque lo tenía ahí mismo, respirándome en la nuca. Y claro que casi chocamos el invernadero.
¡Freno! Gritó Tomás.
Apreté algo. No era freno. Era otra palanca. El tractor hizo un ruido horrible y se paró de golpe. Yo me fui para adelante y Tomás me agarró de la cintura para que no me cayera arriba del volante.
Nos quedamos así. Pegados. El tractor parado en diagonal, a dos metros del plástico del invernadero. Mi corazón pum pum más fuerte que el tractor.
¿Ves? Dijo Tomás todavía agarrándome. Te dije que miraras adelante.
Me estabas distrayendo, dije. Todavía con su mano en mi cintura.
Yo no hice nada, dijo, pero no me soltó.
Nos quedamos un segundo más de lo necesario. Hasta que escuchamos una voz.
¡Mira nada más! ¡Aprendiendo a manejar!
Era 【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】. Venía por el camino de tierra con su camioneta verde que sonaba casi igual que el tractor. Llevaba un gorro rosado y botas de agua. Traía una bolsa.
¿【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】? Dije. Me bajé del tractor como si me hubieran pillado robando. Tomás también se bajó, se acomodó el gorro.
Les traje pan, dijo 【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】. Y les traje chisme. Dos por uno.
【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】 era veterinaria, amiga de Tomás desde chicos, y ahora mi única amiga del pueblo además de la señora Marta que era mafiosa del pan. Tenía 30, pelo corto, tatuaje de vaca en brazo.
¿Qué chisme? Preguntó Tomás.
Don Gerardo anda diciendo que va a comprar la casa de la Rosa, dijo 【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】 bajando la bolsa. Dice que tú se la vas a vender, Noah, porque no aguantaste ni una semana.
Me quedé helado. Más frío que el asiento del tractor.
¿Yo? Yo no voy a vender nada. Esa casa es de mi abuela. Y además ni siquiera es mía todavía, es de mi mamá.
Bueno, dile eso a Gerardo porque anda diciendo que ya habló contigo, dijo 【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】. Y que le dijiste que sí.
Tomás me miró. No enojado. Preocupado.
No hablé con nadie, dije. Te juro. Solo hablo contigo, con la Marta y con las gallinas.
Lo sé, dijo Tomás. Pero Gerardo miente harto. Es su pega. Mentir y comprar barato.
Sofía abrió la bolsa. Eran sopaipillas. Calientes. Olían a aceite y a zapallo.
Toma, me dijo pasándome una. Para que no te desmayes del susto. Y deja de manejar tractor que vas a matar a alguien.
No voy a matar a nadie, dije con la boca llena. Casi mato invernadero nomás.
Tomás se rió. 【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】 también.
¿Y ustedes dos qué? Dijo Sofía mirándonos. ¿Ya son pololos o todavía están en esa etapa de mirarse con hambre y no hacer nada?
【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】, dijo Tomás colorado.
¿Qué? Si se nota. Toda la gente del pueblo ya hizo apuesta. Yo aposté que se dan beso antes de la feria de Traiguén.
Me atraganté con sopaipilla. Tomás me pegó en la espalda fuerte, como si quisiera matarme de verdad ahora.
No estamos en nada, dije tosiendo. Estamos aprendiendo a manejar tractor.
Claro, dijo Sofía. Y yo soy modelo de Milán.
Se fue. Nos dejó las sopaipillas y se subió a su camioneta. Antes de irse me gritó por ventana: ¡Si vas a quedarte con el tractor, ponte casco! ¡Y condón también!
Me tapé la cara. Tomás se reía pero colorado hasta las orejas.
¿Todos apuestan? Pregunté bajito cuando se fue 【entity-Sofía¦canonical_name\=Sofía】.
Sí, dijo Tomás. Pueblo chico.
¿Y tú apostaste algo?
No, dijo. Yo no apuesto por cosas que quiero que pasen de verdad.
Nos quedamos callados. Con olor a sopaipilla y a diesel del tractor viejo.
¿Seguimos? Preguntó Tomás señalando tractor.
Sí, dije. Pero ahora miro adelante. Te lo prometo.
Me subí de nuevo. Él se subió detrás. Esta vez no me agarró tan fuerte la cintura. Me dejó más libre. Y avancé. Pum pum pum. Por el campo, sin chocar nada, con el viento frío en cara y con sus brazos cerca pero no tanto.
Y entendí que manejar tractor era como todo acá. Lento, con ruido, con riesgo de chocar, pero con alguien atrás que te agarra si te vas a caer.