En una mansión aislada entre bosques nevados, el antiguo clan Vane oculta secretos que podrían destruir el mundo vampírico. Julian Vane, un vampiro de doscientos veinte años, ha perdido toda conexión con su humanidad, hasta que conoce a Leo Ardent, un joven restaurador de arte cuya sangre guarda un misterio ancestral.
Atraídos por una conexión inexplicable, ambos se adentran en una historia de obsesión, secretos familiares, celos y deseos prohibidos. Pero mientras el pasado amenaza con repetirse, Julian deberá enfrentar una verdad aterradora: la sangre puede unir sus destinos, pero jamás garantizar que Leo llegue a amarlo.
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Capítulo 21.
La figura no desapareció cuando Leo parpadeó.
Seguía allí.
Al otro lado del espejo, bajo la luz pálida de los candelabros, había un hombre idéntico a Julian Vane. La misma mandíbula afilada. El mismo cabello oscuro, ligeramente despeinado sobre la frente. Los mismos ojos, tan antiguos que parecían haber contemplado el nacimiento y la caída de imperios.
Sin embargo, había algo terriblemente equivocado en su expresión.
Julian solía mirar el mundo como si nada pudiera sorprenderlo. Incluso cuando estaba furioso, conservaba aquella serenidad aristocrática que hacía difícil distinguir entre su paciencia y su desprecio. El hombre del espejo, en cambio, sonreía.
Una sonrisa pequeña, casi afectuosa.
Una sonrisa que Leo nunca había visto en Julian.
—¿Quién eres? —preguntó.
La figura inclinó la cabeza.
Sus labios se movieron.
Leo no escuchó ninguna palabra, pero entendió lo que el extraño quería decir.
Por fin has vuelto.
El aire se enfrió.
Una grieta apareció en la superficie del espejo, extendiéndose desde la frente de la figura hasta el borde inferior. Leo retrocedió de golpe. Cuando volvió a mirar, solo encontró su propio reflejo: el rostro pálido, los ojos abiertos de par en par y una mano aferrada al diario de Lucien.
El silencio de la habitación le pareció insoportable.
Desde la terraza llegó el sonido de unos pasos.
—Leo.
La voz de Julian lo hizo girarse.
El vampiro estaba en el umbral, con una mano apoyada en el marco de la puerta. Llevaba el mismo traje negro con el que había salido a la terraza unos minutos antes. La nieve se había acumulado sobre sus hombros y comenzaba a derretirse lentamente.
Leo lo observó con atención.
Primero los ojos. Después la boca. Finalmente, las manos.
Necesitaba comprobar que era él.
Julian lo notó.
—¿Qué ha ocurrido?
Leo levantó el diario.
—Había alguien en el espejo.
La expresión de Julian no cambió, pero su mirada se desplazó inmediatamente hacia el cristal agrietado.
—¿Quién?
—Tú.
Por primera vez desde que Leo lo conocía, Julian pareció no encontrar una respuesta.
No fue miedo lo que apareció en su rostro. Fue algo más antiguo, más profundo. Una especie de reconocimiento involuntario, como si hubiera escuchado el nombre de alguien a quien llevaba siglos intentando olvidar.
—¿Qué aspecto tenía? —preguntó.
Leo frunció el ceño.
—Tu aspecto.
—Eso ya lo has dicho.
—Entonces deja de hacer preguntas estúpidas y dime por qué hay una copia tuya apareciendo en los espejos de esta casa.
Julian entró en la habitación. No se acercó demasiado. Desde que Leo le había dejado claro que no pensaba permitirle decidir por él, parecía medir cada movimiento, como si temiera que cualquier gesto pudiera convertirse en otra forma de violencia.
—¿Te habló?
—No lo escuché. Movió los labios.
—¿Qué dijo?
Leo vaciló.
No sabía por qué le costaba repetir aquellas palabras. Tal vez porque, al pronunciarlas, tendría que admitir que la figura no le había parecido un desconocido.
—Dijo que había vuelto.
Julian se quedó inmóvil.
Durante unos segundos, la nieve que caía tras las ventanas fue el único movimiento en la habitación.
—¿Julian?