Ellos se conocen desde que tenían diez años. Antes eran amigos. Competían por todo, se molestaban y discutían, pero podían pasar una tarde entera juntos sin problema. Hasta que un accidente, una peluca y un rumor cambiaron todo. Ella creyó que él había contado su secreto más vergonzoso. Él nunca tuvo la oportunidad de explicarse. Así que ella decidió vengarse. Él terminó con una pierna rota. Y desde entonces, se declararon la guerra. Han pasado años y siguen igual. Se insultan, compiten, se provocan y aprovechan cualquier oportunidad para demostrar quién es mejor. Lo curioso es que ninguno parece tomárselo demasiado en serio… al menos hasta que sus madres, mejores amigas desde siempre, tienen la brillante idea de que deberían salir juntos. Una cita. Solo una. Para complacerlas. El problema es que sus madres parecen tener otros planes. Y quizás pasar tanto tiempo con la persona que más detestas no sea tan terrible cuando descubres que, debajo de todas esas peleas, todavía queda algo de aquellos dos niños que alguna vez se llevaban bien. Aunque claro… Primero tendrán que sobrevivir a las citas sin matarse. O sin cometer algún error que los haga verse cara a cara para siempre…..
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Oh no madre
No debería haberle contado a mi madre.
Eso fue lo primero que pensé cuando la vi sentada en la cocina al día siguiente.
Tenía una taza de café entre las manos y me miraba con esa expresión que conocía demasiado bien.
La expresión de una madre que ya había descubierto algo antes de que yo abriera la boca.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Mamá.
—Estoy tomando café.
—Me estás mirando.
—¿No puedo mirar a mi propia hija?
—No con esa cara.
Sonrió.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No sé de qué hablas.
Suspiré.
Tomé un vaso de agua y me senté frente a ella.
No pensaba contarle nada.
De verdad.
Pero entonces recordé la habitación.
La cuna.
Los pequeños estantes.
Los calcetines que Knox había guardado.
Y, sin querer, dije:
—Ayer fui a ver la habitación del bebé.
Mi madre dejó la taza sobre la mesa.
Demasiado rápido.
—¿Qué habitación?
Me arrepentí inmediatamente.
—La de Knox.
Silencio.
Mi madre parpadeó.
—¿Fuiste a la casa de Knox?
—Sí.
—¿Sola?
—Sí.
—¿Entraste?
—Mamá.
—Solo pregunto.
—Sí, entré.
—¿Y viste la habitación?
—Sí.
—¿Y?
—¿Y qué?
Mi madre sonrió.
—¿Te gustó?
—Sí.
La respuesta salió demasiado rápido.
Me quedé quieta.
Ella levantó una ceja.
—¿Qué?
—Nada.
—No pongas esa cara.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Acabas de decir que te gustó.
—La habitación.
—Claro.
—¡Mamá!
Se rio.
—Está bien.
Me levanté para buscar algo en la alacena.
—No significa nada.
—Yo no dije que significara algo.
—Pero lo estás pensando.
—Estoy pensando muchas cosas.
—Pues deja de pensar.
—Eso no se puede.
Me giré.
—¿Qué quieres decir?
Mi madre tomó nuevamente su taza.
—Que me alegra que Knox esté intentando estar presente.
Bajé la mirada.
—Está intentando mucho.
—Lo sé.
—Y…
Me detuve.
No quería decirlo.
Pero mi madre esperaba.
—¿Y?
Suspiré.
—Creo que está haciendo las cosas bien.
Ella sonrió suavemente.
—Eso es bueno.
—No significa que lo haya perdonado.
—Nunca dije eso.
—Ni que quiera vivir con él.
—Tampoco dije eso.
La miré.
—Pero lo estás pensando.
Mi madre sonrió.
—Quizás.
...⸻...
Por supuesto, el universo decidió empeorar las cosas.
Esa misma tarde llegó Clara.
La madre de Knox.
Entró a casa con una bolsa en la mano y una sonrisa sospechosa.
—Traje unas cosas.
—¿Qué cosas?
—Ropita.
—¿Para el bebé?
—Sí.
Mi madre apareció detrás de ella.
—También quería preguntarte algo.
Las miré a ambas.
No.
No.
Definitivamente no.
—¿Qué?
Clara dejó la bolsa sobre la mesa.
—¿Ya viste la habitación que preparó Knox?
La miré.
—¿Quién les contó?
Mi madre levantó las manos.
—Yo no fui.
Clara sonrió.
—Knox.
Cerré los ojos.
—Claro.
—¿Y?
—Está linda.
Las dos sonrieron.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada —dijo Clara.
—Otra vez esa cara.
—¿Qué cara?
—La misma que mi madre.
Clara se rio.
—Solo me alegra que hayas ido.
—Fue una visita.
—Lo sé.
—Nada más.
—Está bien.
—Y no estoy pensando en mudarme.
Las dos se quedaron calladas.
Demasiado calladas.
—¿Qué? —pregunté.
Mi madre miró a Clara.
Clara miró a mi madre.
Después ambas me miraron.
—¿Qué? —repetí.
—Nadie dijo nada —respondió mi madre.
—Pero lo estaban pensando.
—Quizás.
Me crucé de brazos.
—No voy a mudarme con Knox.
Clara inclinó la cabeza.
—¿Y si fuera temporal?
—No.
—¿Y si fuera por el bebé?
—No.
—¿Y si él te dejara escoger todo?
—No.
—¿Y si…?
—¡No!
Las dos empezaron a reír.
—¡No es gracioso!
—Un poco sí —dijo Clara.
Me dejé caer en una silla.
—No sé por qué todos quieren que vivamos juntos.
Mi madre se sentó frente a mí.
—Porque van a tener un bebé.
—Podemos ser padres sin vivir juntos.
—Claro.
—Entonces…
—Pero también pueden vivir juntos si algún día quieren.
—No quiero.
Mi voz salió demasiado rápida.
Clara sonrió.
—Todavía.
La miré.
—No digas “todavía”.
—Está bien.
Silencio.
Entonces mi madre preguntó:
—¿Y Knox qué piensa?
—No sé.
—¿No hablaron de eso?
—Sí.
—¿Y?
—Dijo que sería más práctico.
Clara soltó una risa.
—Ese es mi hijo.
—¿Qué significa eso?
—Cuando algo le importa, lo disfraza de practicidad.
Me quedé callada.
No quería pensar demasiado en esa frase.
Porque quizá tenía razón.
...⸻...
Esa noche recibí un mensaje.
Knox: ¿Sobreviviste a las preguntas?
Fruncí el ceño.
Yo: ¿Qué les dijiste?
Knox: Nada.
Yo: Mi madre y la tuya saben que fui a tu casa.
Knox: Ah.
Yo: “Ah” no es una respuesta.
Knox: Les conté que habías ido a ver la habitación.
Yo: ¿Por qué?
Knox: Porque estaba feliz.
Me quedé mirando la pantalla.
No esperaba esa respuesta.
Escribí.
Borré.
Volví a escribir.
Yo: ¿Feliz por qué?
La respuesta tardó.
Knox: Porque por primera vez entraste a mi casa sin estar planeando cómo matarme.
Sonreí.
No pude evitarlo.
Yo: No descartes la posibilidad.
Knox: Sabía que todavía eras tú.
Yo: Buenas noches.
Knox: Buenas noches, Blair.
Bloqueé el teléfono.
Me recosté.
Y justo antes de cerrar los ojos pensé en algo que no quería admitir.
No me había molestado que Knox estuviera feliz porque yo hubiera ido.
De hecho…
Me había gustado.
Y eso era peligroso.
Porque empezaba a sospechar que el problema ya no era que todos quisieran que viviéramos juntos.
El problema era que, poco a poco…
La idea empezaba a dejar de parecerme tan terrible.
Vale la pena leerla, no nos vayas a dejar en el abandono