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El Heredero Del Imperio Eterno

El Heredero Del Imperio Eterno

Status: En proceso
Genre:Héroes / CEO / Fantasía épica
Popularitas:275
Nilai: 5
nombre de autor: Manuel Saucedo

Durante ocho años, Shen Yuchen vivió bajo un nombre que no era el suyo.

Sin familia, sin poder, sin pasado y con una sola orden: no regresar hasta que terminara el plazo.

Pero la noche en que los ocho años llegan a su fin, alguien escribe su verdadero nombre en una calle olvidada de Lóngchéng.

Desde ese momento, todo comienza a derrumbarse.

Un falso heredero ocupa su lugar.

Un hombre con su mismo rostro asegura ser el verdadero Adrián Valerius.

Antiguas familias empiezan a perseguirlo.

Sus recuerdos esconden secretos que alguien borró deliberadamente.

Y dentro de su cuerpo despierta una fuerza relacionada con las misteriosas Nueve Puertas, un poder que incluso las familias más antiguas temen.

Mientras descubre la verdad sobre su origen, Shen Yuchen deberá construir su propio poder, enfrentarse a clanes, cultivadores, imperios empresariales y enemigos ocultos durante siglos.

Pero existe un problema todavía mayor:

Su identidad no fue simplemente robada.

Fue dividida.

NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Día 2,921

La primera puerta tembló.

Adrián no sabía cuánto tiempo permaneció inmóvil frente a la ventana.

Quizá fueron tres segundos.

Tal vez treinta.

Desde allí podía ver gran parte del Distrito Este de Lóngchéng cubierto por miles de puntos rojos.

Los faroles continuaban formando aquel símbolo imposible.

Nueve estrellas.

Una corona vacía.

El resto de la ciudad seguía a oscuras.

No había anuncios.

No había semáforos.

Las torres financieras, normalmente visibles desde casi cualquier parte de Lóngchéng, parecían enormes lápidas negras elevándose sobre la ciudad.

Adrián apretó el medallón de jade.

Seguía caliente.

Demasiado.

Una corriente recorrió su brazo.

No era electricidad.

Lo sabía.

Había sentido aquello antes.

Muchos años atrás.

Antes del exilio.

Antes de recibir el nombre de Adrián Valerius.

Antes de que le ordenaran olvidar quién era.

La corriente alcanzó su hombro.

Después el pecho.

Y volvió a golpear contra aquella barrera invisible que llevaba ocho años dentro de él.

Boom.

Adrián dio un paso atrás.

Las ocho velas temblaron simultáneamente.

No se apagaron.

La presión aumentó.

Era como tener una segunda respiración atrapada debajo de la piel, intentando salir.

Adrián cerró los ojos.

Inspiró lentamente.

Una vez.

Dos.

Tres.

Recordó una voz.

Grave.

Paciente.

Su padre.

—El cuerpo nunca debe seguir al miedo.

Adrián tenía nueve años la primera vez que escuchó aquella frase.

—¿Y qué debe seguir?

—La respiración.

—¿Y la respiración?

—La voluntad.

—¿Y la voluntad?

Su padre había sonreído.

—Cuando seas mayor entenderás que esa es la pregunta peligrosa.

Adrián abrió los ojos.

La presión había disminuido.

Pero no desaparecido.

Algo había cambiado.

Durante ocho años el sello había sido absoluto.

No podía sentir lo que había detrás.

Ahora sí.

Muy débilmente.

Como escuchar agua correr detrás de una pared.

Su teléfono vibró.

Adrián lo miró.

Sin señal.

Sin conexión.

Aun así, había recibido un mensaje.

NO MIRES LOS FAROLES DURANTE MUCHO TIEMPO.

Adrián frunció el ceño.

El remitente no existía.

Otro mensaje apareció inmediatamente.

YA TE ESTÁN MIRANDO.

Adrián levantó la vista.

No hacia los faroles.

Hacia los edificios.

Nada.

Pero su instinto reaccionó antes que sus ojos.

Giró violentamente.

Una sombra pasó frente a la ventana de la habitación.

Cuarto piso.

Por fuera.

Adrián se acercó.

No vio a nadie.

Abrió la ventana.

La lluvia entró inmediatamente.

Miró hacia arriba.

Nada.

Abajo.

Nada.

Solo oscuridad.

Entonces observó el edificio de enfrente.

En la azotea había una figura.

La misma que había pronunciado aquellas palabras momentos antes.

Lo encontré.

Adrián no podía escucharla.

Pero podía verla.

Un hombre.

Al menos eso parecía.

Ropa negra.

Cabello largo recogido detrás de la cabeza.

No llevaba paraguas.

Permanecía completamente inmóvil bajo la lluvia.

Separados por casi cincuenta metros.

La figura levantó una mano.

Dos dedos juntos.

Un saludo antiguo.

Adrián sintió otra pulsación dentro del pecho.

El hombre bajó la mano.

Y saltó.

Adrián entrecerró los ojos.

El edificio tenía ocho pisos.

La figura desapareció entre ambos edificios.

No hubo grito.

No hubo golpe.

Nada.

Adrián esperó.

Cinco segundos.

Diez.

Entonces escuchó pasos en el pasillo exterior de su apartamento.

Uno.

Dos.

Tres.

Lentos.

Adrián salió de la habitación secreta.

Cerró el panel.

Apagó las velas con una manta.

Tomó el medallón.

La caja vacía quedó donde estaba.

No había tiempo.

Los pasos se detuvieron frente a su puerta.

Adrián miró el picaporte.

No llevaba arma.

Tampoco buscó una.

La cerradura giró.

Sin llave.

Muy lentamente.

Adrián flexionó ligeramente los dedos.

La puerta comenzó a abrirse.

Primero un centímetro.

Luego cinco.

Una silueta apareció.

Adrián atacó.

No hubo advertencia.

Su palma golpeó directamente hacia la garganta.

El intruso desvió el ataque con el antebrazo.

Adrián cambió de dirección.

Codo al pecho.

Rodilla al abdomen.

Golpe corto a la sien.

Tres movimientos.

Todos detenidos.

El desconocido retrocedió apenas medio paso.

Adrián también.

Se miraron.

El hombre de negro era joven.

Quizá treinta años.

Rostro delgado.

Una cicatriz junto al ojo izquierdo.

La ropa estaba completamente mojada.

Pero respiraba con absoluta normalidad.

—Tus movimientos siguen siendo rápidos —dijo.

Adrián no respondió.

—Aunque demasiado humanos.

—¿Quién eres?

El hombre sonrió.

—Eso es decepcionante.

—No suelo recordar a las personas que entran por mis ventanas.

—Entré por la puerta.

—La próxima vez toca.

—Si hubiera una próxima vez, sería porque yo cometí un error.

Adrián observó su posición.

Piernas relajadas.

Hombros bajos.

Peso distribuido.

Parecía despreocupado.

No lo estaba.

—Te vi en el edificio de enfrente.

—Entonces tus sentidos no están completamente muertos.

Adrián sintió la frase como una provocación deliberada.

—¿Me estabas buscando?

—Durante siete años.

—Llegaste tarde.

—Llegué exactamente cuando debía.

Silencio.

El hombre miró hacia la habitación.

—¿La caja?

Adrián no reaccionó.

—Así que ya viste que está vacía.

—Tú la tomaste.

—No.

—¿Quién?

—Si lo supiera, no estaría hablando contigo.

Adrián lo estudió.

No parecía mentir.

Eso no significaba nada.

Había conocido personas capaces de controlar el pulso mientras mentían.

—Nombre.

—Jian Mo.

Adrián intentó recordar.

Nada.

El hombre lo notó.

—No me conoces.

—Entonces deja de actuar como si debiera hacerlo.

Jian Mo dejó escapar una pequeña risa.

—Ahora entiendo algunas cosas.

—¿Cuáles?

—Por qué querían mantenerte lejos.

Adrián dio un paso hacia él.

—¿Quiénes?

Jian Mo dejó de sonreír.

—Eso sería empezar por el final.

—Empieza donde quieras.

—No tienes suficiente tiempo.

Afuera, algunas luces comenzaron a regresar.

Primero los edificios residenciales.

Después los semáforos.

Los rascacielos fueron despertando uno a uno.

Los faroles rojos del Distrito Este se apagaron.

El símbolo desapareció.

En menos de veinte segundos, Lóngchéng parecía normal nuevamente.

Jian Mo miró por la ventana.

—Terminó.

—¿Qué?

—La llamada.

Adrián frunció el ceño.

—¿La ciudad entera se quedó sin electricidad para llamarme?

—No.

Jian Mo volvió a mirarlo.

—Para anunciarte.

Adrián permaneció callado.

—Hay diferencia.

—Explícala.

—Una llamada espera una respuesta.

Jian Mo señaló la ciudad.

—Esto no.

Aquellas palabras no le gustaron.

Nada de esa noche le gustaba.

—¿Quién vio el símbolo?

—Quien debía verlo.

—Eso no responde nada.

—En Lóngchéng, algunas respuestas son peligrosas incluso para quien pregunta.

—No me interesa.

Jian Mo lo miró fijamente durante varios segundos.

—Sí. Definitivamente eres hijo de ese hombre.

El ambiente cambió.

Adrián avanzó.

—Conociste a mi padre.

—Sí.

—¿Está vivo?

Jian Mo no respondió.

Adrián volvió a preguntar.

—¿Está vivo?

—No sé.

—Mientes.

—Ojalá.

Por primera vez desde que entró, la expresión de Jian Mo parecía sincera.

Adrián observó sus ojos.

No encontró nada.

—La última vez que lo vi fue hace seis años.

Eso golpeó más fuerte que cualquier ataque.

Seis años.

Adrián había pasado ocho años creyendo que su padre había desaparecido la noche del exilio.

—¿Dónde?

—No puedo decirlo.

Adrián agarró a Jian Mo por la chaqueta.

La respuesta fue instantánea.

La mano del hombre se cerró sobre su muñeca.

Por un instante, Adrián sintió algo.

Una presión.

Densa.

Caliente.

No provenía de los músculos de Jian Mo.

Era otra cosa.

La misma energía que él tenía sellada.

Sus ojos se encontraron.

Jian Mo dejó de parecer relajado.

Adrián también.

—Suéltame —dijo Jian Mo.

—Habla.

—Si utilizo fuerza, tu sello reaccionará.

—Inténtalo.

—No entiendes.

—Entonces explícame.

Jian Mo suspiró.

La presión desapareció.

—Si rompes el sello esta noche, posiblemente mueras.

Adrián aflojó lentamente la mano.

—¿Posiblemente?

—No conocemos tu estado.

—¿Nosotros?

Jian Mo no respondió.

Otro silencio.

Adrián soltó su chaqueta.

—Tú no trabajas para la Casa Shen.

—No.

—¿Para las Nueve Casas?

Jian Mo sonrió.

—Tampoco.

—Entonces ¿quién eres?

—Alguien que le debía una vida a tu padre.

Esa respuesta sí parecía verdadera.

—¿Por eso llevas siete años buscándome?

—No.

—¿Entonces?

—Porque hace siete años tu padre me pidió que te encontrara.

Adrián sintió una presión diferente.

No energía.

Rabia.

—¿Siete?

—Sí.

—Me envió aquí hace ocho.

—Lo sé.

—Entonces pasó un año antes de que te buscara.

—Sí.

—¿Por qué?

Jian Mo negó suavemente con la cabeza.

—Esa es una de las preguntas correctas.

—¿Y la respuesta?

—No la tengo.

Adrián caminó hacia la mesa.

Miró el teléfono.

00:09.

Nueve minutos desde el fin del plazo.

Su vida de ocho años había comenzado a desmoronarse en nueve minutos.

—¿Qué ocurrió hace siete años?

—Tu padre apareció en el Valle de Luoshui.

—¿Dónde está?

—No aparece en mapas públicos.

—Continúa.

—Estaba herido.

—¿Qué tan herido?

Jian Mo tardó en responder.

—Lo suficiente para que yo no entienda cómo seguía caminando.

Adrián apretó los dientes.

—¿Quién lo hizo?

—No lo dijo.

—¿Qué pidió?

—Que te encontrara.

—¿Y?

—Que no me acercara hasta que terminaran los ocho años.

Adrián lo miró.

—Eso no tiene sentido.

—Yo pensé lo mismo.

—Si sabía dónde estaba...

—No sabía.

—Acabas de decir que te pidió buscarme.

—Buscarte no significa encontrarte.

Jian Mo se acercó a la ventana.

—Tu rastro desapareció completamente la noche que llegaste a Lóngchéng.

—He trabajado con mi nombre durante años.

—Adrián Valerius no existía antes de aquella noche.

Adrián guardó silencio.

—Los documentos son reales —continuó Jian Mo—. El registro de nacimiento es real. El historial escolar es real. Incluso existen fotografías tuyas de niño bajo ese nombre.

Adrián frunció el ceño.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

—Nunca fui a esas escuelas.

—También lo sé.

Jian Mo lo miró.

—Alguien no creó documentos falsos para ti.

—¿Entonces?

—Creó una vida completa.

Aquella idea resultaba mucho más inquietante.

Una identidad falsa podía comprarse.

Una vida entera era diferente.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Sabes muy poco.

—Y tú todavía sabes menos.

Adrián casi sonrió.

—Eso empieza a molestarme.

—Acostúmbrate.

Jian Mo sacó algo del interior de su chaqueta.

Adrián se tensó.

Era una pequeña pieza rectangular.

Madera negra.

La colocó sobre la mesa.

Tenía grabado un carácter:

墨

Mo.

—Mañana, cuando salga el sol, ve al Mercado de las Siete Campanas.

—¿Por qué?

—Pregunta por el Pabellón Wuyin.

—¿Qué encontraré?

—Si todavía existe, una respuesta.

—¿Y si no existe?

—Entonces alguien llegó antes que nosotros.

Adrián tomó la pieza.

—¿Quién?

—Eso es precisamente lo que tienes que descubrir.

—No trabajo para ti.

—Perfecto.

Jian Mo caminó hacia la puerta.

—Los hombres que obedecen demasiado no suelen vivir mucho en este mundo.

Adrián habló antes de que saliera.

—¿Quién es el falso Shen Yuchen?

Jian Mo se detuvo.

No se giró.

—Eso depende de qué entiendas por falso.

Adrián entrecerró los ojos.

—Utiliza mi nombre.

—Sí.

—Ocupa mi posición.

—Sí.

—Entonces es falso.

Jian Mo giró lentamente.

—Tiene la sangre Shen.

Eso cambió la conversación.

—¿Qué dijiste?

—Su sangre fue comprobada por tres ancianos de la familia.

—Entonces ¿quién es?

—El hijo de Shen Tianyu.

Adrián sintió que algo dentro de él se congelaba.

Shen Tianyu.

Conocía ese nombre.

Su tío.

Hermano menor de su padre.

El hombre que desapareció cuando Adrián tenía siete años.

—Mi tío no tenía hijos.

—Al parecer, sí.

—Eso no explica por qué usa mi nombre.

—No.

—¿Su nombre real?

Jian Mo lo observó.

—Shen Zhaoling.

Adrián repitió mentalmente.

Shen Zhaoling.

Nunca había escuchado ese nombre.

—¿Y mañana las Nueve Casas reconocerán a Zhaoling como Shen Yuchen?

—No mañana.

Jian Mo miró el reloj.

—Ya ocurrió.

Adrián quedó en silencio.

—A medianoche —continuó—, mientras Lóngchéng se apagaba, los representantes firmaron el reconocimiento.

—Entonces ¿por qué me anunciarían al mismo tiempo?

Jian Mo sonrió ligeramente.

—Esa es otra de las preguntas correctas.

Y salió.

Adrián escuchó sus pasos alejarse.

No intentó detenerlo.

Esperó veinte segundos.

Después abrió la puerta.

El pasillo estaba vacío.

Corrió hacia las escaleras.

Bajó cuatro pisos.

Nada.

La entrada del edificio seguía cerrada.

El guardia nocturno dormía detrás de su escritorio.

Adrián regresó lentamente.

Jian Mo había desaparecido.

No era imposible.

Pero tampoco normal.

Entró en su apartamento.

Cerró.

Bloqueó la puerta.

Volvió a la habitación secreta.

Las velas estaban apagadas.

El medallón ya no vibraba.

La caja continuaba vacía.

Adrián tomó la fotografía quemada.

La mujer era su madre.

El niño era él.

Del hombre solo quedaba medio rostro.

Su padre.

Shen Jianhong.

Adrián conocía pocos datos sobre la familia Shen.

Eso parecía absurdo considerando que había nacido dentro de ella.

Pero su padre siempre había limitado lo que podía aprender.

Cuando era pequeño, Adrián creía que todas las familias tenían habitaciones prohibidas.

Que todos los niños entrenaban antes del amanecer.

Que todas las casas tenían ancianos capaces de romper una tabla de piedra con dos dedos.

Después comprendió que no.

A los doce años empezó a hacer preguntas.

A los catorce dejó de recibir respuestas.

A los dieciocho fue enviado lejos.

Nunca entendió por qué.

Adrián dejó la fotografía.

La frase de Jian Mo regresó a su mente.

Tu padre apareció hace siete años.

Eso significaba que un año después de despedirse de él, Shen Jianhong todavía estaba vivo.

Y lo estaba buscando.

¿Por qué?

¿Por qué enviarlo lejos para luego ordenar que lo encontraran?

El teléfono vibró.

Esta vez había recuperado señal.

Cientos de notificaciones.

Mensajes de amigos.

Aplicaciones.

Noticias.

La mayoría hablaba del apagón.

Fallo eléctrico masivo afecta Lóngchéng durante tres minutos.

Autoridades investigan una interrupción sin precedentes.

Miles reportan extrañas luces rojas en el Distrito Este.

Adrián abrió una noticia.

Había fotografías.

Pero ninguna mostraba el símbolo completo.

Solo faroles individuales.

Calles.

Tejados.

Comentarios de personas asegurando haber visto patrones.

Otros se burlaban.

Una explicación oficial ya circulaba:

“Sistema tradicional de iluminación de emergencia activado accidentalmente durante la falla.”

Adrián soltó una pequeña risa.

Rápidos.

Demasiado rápidos.

Alguien estaba controlando la narrativa.

Continuó revisando.

Entonces encontró algo extraño.

Una noticia financiera.

No estaba relacionada con el apagón.

Grupo Shen anuncia reorganización histórica después de ocho años de incertidumbre sucesoria.

Adrián abrió el artículo.

La fotografía cargó.

Un hombre joven.

Traje oscuro.

Rostro elegante.

Cabello corto.

Veintisiete o veintiocho años.

Sonreía frente a un edificio enorme.

Debajo:

Shen Yuchen será presentado mañana como nuevo representante de la cuarta generación del Grupo Shen.

Adrián miró el rostro durante largo rato.

No lo conocía.

Pero algo resultaba familiar.

Los ojos.

No el color.

La forma.

Shen.

Definitivamente Shen.

Leyó el artículo.

Shen Yuchen.

Educado en el extranjero.

Inversionista.

Filántropo.

Preparado durante años en privado.

Hijo único de una rama secundaria.

El texto evitaba mencionar a Shen Tianyu.

Interesante.

Adrián siguió leyendo.

Una frase lo detuvo.

“La familia informó que Yuchen regresó recientemente tras completar una preparación de ocho años fuera del país.”

Ocho años.

Adrián acercó el teléfono.

Leyó otra vez.

Ocho.

Exactamente.

El falso heredero también había cumplido un periodo de ocho años.

No podía ser coincidencia.

Abrió otra noticia.

Más antigua.

Siete años atrás.

Nada.

Seis.

Nada.

Cinco.

Ninguna mención de Shen Yuchen.

Cuatro.

Nada.

El hombre prácticamente no existía en medios públicos antes de seis meses atrás.

Adrián dejó el teléfono.

Dos identidades.

Dos hombres.

El mismo nombre.

Dos periodos de ocho años.

Uno había vivido escondido.

El otro había sido preparado para ocupar su lugar.

¿Preparado por quién?

Un pensamiento apareció.

Su padre.

Adrián lo rechazó.

No.

Pero no podía descartar nada.

Todavía no.

La pantalla del teléfono cambió.

Llamada entrante.

Número local.

Adrián respondió.

—¿Sí?

Una voz masculina.

—¿Señor Valerius?

—¿Quién habla?

—Policía Metropolitana de Lóngchéng.

Adrián se quedó quieto.

—¿Qué ocurre?

—Necesitamos que venga a identificar a una persona.

—¿Qué persona?

—Un hombre fue encontrado esta noche cerca de la Calle Qinghe.

Adrián miró el reloj.

00:31.

—¿Por qué me llaman a mí?

El policía dudó.

—Tenía su dirección.

—Eso no significa que lo conozca.

—No es solo eso.

Silencio.

—¿Entonces?

—Llevaba una fotografía suya.

Adrián se puso de pie.

—Descríbalo.

—Aproximadamente sesenta años. Cabello gris. Ropa tradicional oscura.

—¿Está vivo?

El hombre tardó demasiado en responder.

—Señor Valerius...

Adrián cerró los ojos.

—Pregunté si está vivo.

—No.

Una pausa.

—Pero hay algo extraño.

—¿Qué?

—Según nuestro médico, el hombre murió hace al menos dos días.

Adrián abrió los ojos.

—Eso es imposible.

—Lo sabemos.

—¿Dónde lo encontraron?

—En un callejón detrás del número cuarenta y siete de Qinghe.

El mismo edificio.

El mismo lugar donde recibió el sobre.

—Voy para allá.

Adrián colgó.

Tomó la chaqueta.

Antes de salir miró nuevamente la caja vacía.

Después observó las ocho velas.

Una estaba encendida.

Solo una.

Adrián se acercó.

No la había encendido.

La llama era pequeña.

Azulada.

En la cera, lentamente, comenzó a aparecer una marca.

Una línea.

Luego otra.

Un carácter.

一

Uno.

La Primera.

Adrián sintió la presión en el pecho.

Esta vez fue más fuerte.

Se apoyó contra la mesa.

Algo golpeó desde dentro.

Una vez.

Dos.

Tres.

Una voz que no había escuchado en dieciocho años pareció surgir de algún lugar enterrado en su memoria.

La voz de su abuelo.

—Cuando la Primera Puerta despierte...

Adrián apretó los dientes.

El recuerdo estaba incompleto.

—...no permitas...

Dolor.

La imagen desapareció.

Adrián cayó de rodillas.

La corriente atravesó su cuerpo.

Los músculos se contrajeron.

El aire pareció volverse pesado.

La llama azul creció.

Y entonces recordó la frase completa.

—Cuando la Primera Puerta despierte, no permitas que nadie descubra cuál de las nueve reconoció tu sangre.

Adrián levantó la cabeza.

—¿Cuál de las nueve?

La vela se apagó.

El apartamento quedó en silencio.

Adrián tardó varios segundos en ponerse de pie.

Miró su mano.

Algo había aparecido bajo la piel de su muñeca.

Una pequeña línea oscura.

Como tinta.

Formaba apenas una parte de un símbolo.

No sabía qué significaba.

Pero comprendió algo.

Durante toda su infancia había pensado que las Nueve Puertas eran nueve etapas que una persona debía abrir.

Tal vez se había equivocado.

Tal vez nunca hubo nueve etapas.

Tal vez...

había nueve caminos.

Y alguien había dedicado ocho años a impedir que el mundo descubriera cuál pertenecía a él.

A cuarenta kilómetros de distancia, en el extremo norte de Lóngchéng, un anciano abrió los ojos.

Estaba sentado frente a un estanque.

No había tocado el té que tenía delante.

Un hombre vestido de blanco permanecía arrodillado a cinco metros.

—Patriarca —dijo—. El apagón terminó.

El anciano no respondió.

Miró el agua.

Nueve peces dorados nadaban lentamente.

Uno se detuvo.

Después saltó fuera del estanque.

Cayó sobre las piedras.

El anciano se levantó.

Por primera vez en muchos años, su mano tembló.

—¿Qué ocurre? —preguntó el hombre de blanco.

El anciano miró hacia el sur.

Hacia Lóngchéng.

—La Primera Puerta respondió.

El hombre arrodillado palideció.

—¿Shen Zhaoling?

—No.

—Entonces...

El anciano cerró los ojos.

Una expresión que parecía imposible apareció en su rostro.

Miedo.

—El otro niño sigue vivo.

En la capital, dentro de un salón que llevaba más de cuatrocientos años cerrado al público, nueve personas permanecían sentadas alrededor de una mesa circular.

No había teléfonos.

No había cámaras.

No había nombres sobre las sillas.

En el centro descansaba un documento.

RECONOCIMIENTO DE HEREDERO — CASA SHEN

Debajo:

Shen Yuchen.

Ocho firmas.

La novena posición estaba vacía.

Una mujer con velo negro miró el asiento sin ocupar.

—La Casa Gu todavía no ha firmado.

Un anciano respondió:

—Firmará.

—¿Y si no?

—No importa.

La mujer deslizó un dedo sobre la mesa.

—Importará si los rumores son ciertos.

Silencio.

Nadie preguntó a qué rumores se refería.

Todos lo sabían.

Finalmente, el hombre sentado en la cabecera habló.

—El niño murió hace ocho años.

La mujer levantó la mirada.

—Entonces ¿por qué Lóngchéng encendió las Nueve Lámparas?

Nadie respondió.

El hombre en la cabecera observó el documento.

Después dijo:

—Encuentren a Adrián Valerius.

La mujer sonrió detrás del velo.

—¿Vivo?

El hombre tardó varios segundos.

—Primero descubramos cuál de las nueve puertas lo reconoció.

La mujer se levantó.

—¿Y después?

Esta vez la respuesta fue inmediata.

—Decidiremos si debe seguir existiendo.

Adrián cerró la puerta de su apartamento.

No sabía que, en ese mismo instante, tres grupos diferentes habían comenzado a buscarlo.

No sabía que su falso nombre había dejado de protegerlo.

No sabía que un hombre muerto desde hacía dos días lo esperaba en Qinghe.

Y todavía ignoraba lo más importante.

El día 2,921 no había sido el final de sus ocho años.

Había sido el primer día de algo que había comenzado mucho antes de que él naciera.

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