Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.
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Capítulo 11
Cap 11: La Sangre No Miente
—Té de manzanilla con un poco de acacia de luna. —Val colocó la tetera en la mesa del jardín, entre las orquídeas del ala que llevaba su nombre—. Dicen que ayuda a dormir mejor.
Catalina sonrió con esa dulzura que nunca terminaba de llegarle a los ojos.
—Qué detalle, Valentina. No sabía que todavía me consideraras tu amiga, después de todo lo que ha pasado.
—Fuiste la única que se quedó a mi lado cuando todos los demás se alejaron. —Val sirvió dos tazas, la mano firme, la voz suave—. Eso no se olvida tan fácil.
Sombra permanecía dos pasos detrás de Catalina, inmóvil. Val ya conocía ese silencio: no era el de una sirvienta distraída, sino el de alguien entrenado para no bajar la guardia.
Catalina tomó la taza, bebió sin dudar, comentó algo sobre el clima. Val observó cada gesto: la garganta que tragaba sin resistencia, las manos que no temblaban, el aroma dulzón del té mezclándose con su piel sin producir ningún cambio.
Ninguna erupción. Ningún enrojecimiento. Ninguna de las señales que la acacia de luna provocaba, sin excepción, en cualquier ser humano que no llevara sangre de licántropo.
"Confirmado", pensó Val, sosteniendo su propia taza sin beber. "Catalina es licántropo. La pregunta nunca fue esa. La pregunta es de qué manada."
—¿Tú no tomas nada, Sombra? —preguntó Val, con la cortesía ligera de quien no espera respuesta.
—No tengo sed, mi señora. —La voz de Sombra salió plana, sin inflexión, los ojos fijos en un punto detrás del hombro de Val.
Catalina rió, un sonido cristalino y ensayado.
—Sombra nunca come ni bebe delante de extraños. Costumbres de su tierra, ya sabes.
Val asintió, guardando ese dato también. Un guardia que rechazaba cualquier alimento ofrecido por manos ajenas no era una costumbre. Era entrenamiento.
Entonces, cuando Catalina se inclinó para dejar la taza sobre el platillo, Val captó algo debajo de su perfume floral.
Un aroma seco, terroso, casi metálico. Hierbas machacadas y aplicadas directamente sobre la piel, en las muñecas, detrás de las orejas, en el nacimiento del cabello.
Val conocía ese aroma. Lo había estudiado en los libros prohibidos de la biblioteca de su padre, los que hablaban de tácticas de guerra entre manadas rivales.
Olor de cobertura.
Una mezcla de hierbas capaz de enmascarar el aroma natural de un licántropo, ocultando la manada de origen incluso ante el olfato más entrenado. Nadie usaba algo así por vanidad. Nadie lo usaba por accidente.
Solo los espías la usaban.
Val sintió que su loba se ponía alerta.
No cambió su expresión. Sonrió, preguntó por la salud de Catalina, comentó sobre las orquídeas que empezaban a florecer, y cuando el sol comenzó a bajar, la acompañó hasta la verja del ala con la misma calidez fingida con la que la había recibido.
—Gracias por la visita, Catalina.
—Siempre es un placer, Valentina. —Catalina le tomó ambas manos, un gesto que en cualquier otra persona habría sido cariño genuino—. Cuídate. Estos tiempos son difíciles para todos.
Val observó cómo se alejaba, Sombra un paso detrás, ambas figuras recortadas contra la luz anaranjada del atardecer, hasta que desaparecieron tras la curva del sendero.
Solo entonces dejó caer la sonrisa.
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—¿Val? —Sofía salió de entre las columnas del ala, secándose las manos en el delantal—. ¿Cómo te fue?
—Catalina es licántropo. —Val se sentó de nuevo, mirando la taza intacta de Sombra—. Comió la acacia de luna sin ninguna reacción. Eso ya lo sabíamos, en el fondo. Pero hay algo más.
—¿Qué cosa?
—No pertenece a ninguna manada que conozcamos. —Val cerró los ojos un momento, dejando que el recuerdo del aroma volviera a instalarse en su memoria—. Está ocultando su origen. Usa una mezcla de hierbas para enmascarar su olor de manada. Solo los espías hacen eso, Sofía.
El rostro de Sofía perdió el color.
—¿Una espía? ¿Aquí, en Hacienda Ríos?
—Eso explicaría muchas cosas. —Val se levantó, caminando despacio hacia la ventana que daba al jardín, donde las últimas luces del día se apagaban sobre las orquídeas—. Su llegada tan oportuna, justo cuando Sebastián empezaba a mostrar debilidad. Su cercanía calculada conmigo. El hecho de que Sombra se comporte como una guerrera y no como una sirvienta.
—Entonces... ¿quién es? —La voz de Sofía bajó a un susurro—. ¿De qué manada viene?
Val se quedó mirando el horizonte, donde las montañas se recortaban oscuras contra un cielo que empezaba a llenarse de estrellas.
—Eso es lo que vamos a averiguar.
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Esa noche, sola en su habitación, Val se paró frente al espejo con las cortinas cerradas y la puerta asegurada.
Respiró hondo, dejó que su loba subiera a la superficie sin oponerle resistencia, y observó cómo el vello plateado comenzaba a extenderse por sus antebrazos, cómo sus uñas se alargaban en garras curvas y precisas.
Practicar. Necesitaba recuperar el control que había perdido durante tres años. La única forma era enfrentar el cambio una y otra vez, hasta poder dominarlo.
Los músculos de sus brazos ardieron, sus dientes se afilaron apenas, sus sentidos se expandieron hacia el exterior en oleadas que casi la marearon.
Y entonces lo sintió.
No sintió el dolor familiar del enlace roto con Sebastián. Ese hilo ya no existía. Esto era distinto, nuevo y tan tenue que al principio lo confundió con su propio pulso.
Sintió una presión leve en el pecho, dirigida hacia el norte. Hacia el lugar donde, según los mapas que Sofía le había mostrado, se alzaba el Palacio Montero.
Val se llevó una mano al pecho, garras y todo, el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas.
Alguien, muy lejos de ahí, estaba sintiendo lo que ella sentía. No a través del enlace que conocía. A través de otro vínculo.
se jodió esto
por fin ya era hora