Elishabet creció convencida de que el amor no estaba hecho para ella. Hija no deseada de unos padres que siempre soñaron con un varón, aprendió desde niña a vivir entre silencios, desprecios y una dolorosa sensación de no pertenecer. Pero todo cambia cuando, a los quince años, sus padres adoptan a un joven de un orfanato y le entregan a él el lugar que ella nunca consiguió ocupar. Para Elishabet, su llegada representa una nueva traición. Para él, aquella casa es la promesa de una familia al fin encontrada. Ninguno de los dos eligió el papel que le tocó interpretar, pero ambos quedarán atrapados en una historia marcada por el resentimiento, la culpa y unos sentimientos cada vez más difíciles de ignorar. Mientras intenta descubrir quién es realmente y qué lugar ocupa en su propia vida, Elishabet comenzará a sospechar que la llegada de aquel joven no fue una simple casualidad. Y cuando el pasado revele sus secretos, comprenderá que algunas verdades pueden cambiarlo todo.
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Capítulo 14: La voz del otro lado
No todos los secretos quieren ser descubiertos
La puerta terminó de abrirse.
Elishabet contuvo la respiración.
La oscuridad del pasillo se extendía frente a ellos.
—Adrián...
La voz volvió a pronunciar su nombre.
Él dio un paso hacia delante.
—¿Quién eres?
Nadie respondió.
Gabriel se colocó delante de ellos.
—No te acerques.
Una sombra apareció en la entrada.
Elishabet retrocedió.
La figura permaneció inmóvil durante unos segundos.
Después encendió una pequeña linterna.
El rostro seguía oculto.
—No he venido a haceros daño.
Gabriel tensó la mandíbula.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Que dejéis de buscar.
Adrián avanzó.
—¿Dónde está mi madre?
La figura guardó silencio.
—¡¿Dónde está Agatha?!
—No lo sé.
Adrián soltó una risa amarga.
—Todos decís lo mismo.
—Porque nadie sabe dónde está.
—Tú sí sabes algo.
La persona bajó ligeramente la linterna.
—Sé que Agatha quería protegerte.
Adrián sintió un nudo en la garganta.
—¿La conociste?
Silencio.
—Respóndeme.
La figura dio un paso atrás.
—No debéis estar aquí.
Gabriel reconoció algo en aquella voz.
—Espera.
La persona se giró.
—¿Quién eres? —preguntó Gabriel.
La figura respondió:
—Alguien que le debe demasiado a Agatha.
Y salió corriendo.
Adrián reaccionó inmediatamente.
—¡Espera!
Subió las escaleras.
Elishabet fue detrás de él.
Gabriel intentó detenerlos.
—¡No!
Pero ya era tarde.
Salieron al exterior.
El bosque estaba oscuro.
Adrián miró a ambos lados.
—¿Por dónde fue?
Elishabet señaló hacia la derecha.
—Por allí.
Corrieron entre los árboles.
Las ramas golpeaban sus brazos.
Adrián avanzaba demasiado rápido.
—¡Adrián, espera!
Él no se detuvo.
Hasta que tropezó.
Elishabet consiguió sujetarlo antes de que cayera.
—¿Estás bien?
Adrián respiraba con dificultad.
—Sí.
—No tienes que perseguirlo solo.
Él la miró.
—Podría saber dónde está mi madre.
—Lo sé.
—Entonces no puedo dejarlo escapar.
—No te estoy diciendo que lo dejemos escapar.
Elishabet señaló el suelo.
Había unas huellas.
—Solo digo que tenemos que pensar.
Adrián miró las huellas.
Después la miró a ella.
—Tienes razón.
Fue la primera vez que lo dijo sin discutir.
Elishabet sonrió ligeramente.
—No te acostumbres.
Adrián soltó una pequeña risa.
Duró apenas un segundo.
Pero ambos necesitaban ese segundo.
Regresaron a la casa.
Gabriel los esperaba en la entrada.
Estaba furioso.
—¿En qué estabais pensando?
Adrián respondió:
—Quería encontrarlo.
—Podría haberte hecho daño.
—No lo hizo.
—Esta vez.
Elishabet intervino.
—Papá, él sabía quién era Agatha.
Gabriel se quedó callado.
—Dijo que le debía algo —continuó Adrián—. Y sabía que ella quería protegerme.
Elena salió de la casa.
—¿Qué ha pasado?
Gabriel la miró.
—Alguien estaba aquí.
Elena palideció.
—¿Quién?
—No lo sabemos.
Adrián se acercó.
—Dijo que conocía a Agatha.
Elena cerró los ojos.
—Entonces ha vuelto.
Gabriel la miró.
—¿Quién?
Elena tardó unos segundos en responder.
—Mauricio.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿El hombre de las fotografías?
Elena asintió.
—Sí.
—¿Qué relación tenía con mi madre?
Elena respiró profundamente.
—Trabajaba con Daniel.
—Eso ya lo sabemos.
—Pero no era solo eso.
Gabriel intervino.
—Elena.
Ella lo miró.
—Ya es demasiado tarde.
Después volvió a mirar a Adrián.
—Mauricio estaba allí la noche que murió Daniel.
El silencio cayó sobre ellos.
—¿Estaba con él? —preguntó Adrián.
Elena negó.
—No.
—¿Entonces?
—Estaba con los hombres que lo estaban buscando.
Adrián se quedó sin palabras.
Más tarde, cuando todos estaban en el salón, Gabriel extendió sobre la mesa las fotografías encontradas en el sótano.
—Hay algo que no entiendo —dijo Elishabet.
—¿Qué?
—Si Mauricio estaba allí aquella noche, ¿por qué aparece en fotografías con Daniel?
Gabriel miró las imágenes.
—Porque probablemente trabajaban juntos antes.
—¿Y después se convirtió en enemigo?
—Quizá.
Adrián tomó una de las fotografías.
—O quizá nunca fue amigo de Daniel.
Elishabet lo miró.
—¿Qué quieres decir?
Adrián señaló una imagen.
—Mira su posición.
Los cuatro observaron la fotografía.
Daniel estaba sentado.
Agatha estaba a su lado.
Mauricio aparecía detrás.
—Siempre está detrás de ellos —dijo Adrián.
Elena frunció el ceño.
—¿Y eso qué significa?
—No lo sé.
Elishabet tomó otra fotografía.
—Aquí también.
Después otra.
—Y aquí.
Siempre aparecía detrás.
Nunca junto a ellos.
Siempre observando.
Gabriel tomó la última fotografía.
—Quizá estaba vigilándolos.
Adrián levantó la mirada.
—Entonces quizá Daniel sabía que lo vigilaban.
Esa noche, Elishabet salió al porche.
Necesitaba aire.
Adrián apareció unos minutos después.
Se sentó a su lado.
—¿No puedes dormir?
—No.
—Yo tampoco.
Elishabet miró hacia el bosque.
—¿Sabes qué pienso?
—¿Qué?
—Que antes de que llegaras, mi vida era mucho más sencilla.
Adrián bajó la mirada.
—Lo siento.
Elishabet negó.
—No lo digo por ti.
—Ya lo sé.
—Es solo que...
Se quedó callada.
—Toda mi vida pensé que el problema era yo.
Adrián la miró.
—Y ahora resulta que hay secretos, personas desaparecidas, fotografías escondidas...
Elishabet soltó una pequeña risa.
—Una familia bastante normal.
Adrián sonrió.
Después su expresión se volvió seria.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por quedarte.
Elishabet lo miró.
—No tienes que pasar por esto solo.
Adrián sostuvo su mirada.
—Tú tampoco.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
El viento movió suavemente el cabello de Elishabet.
Adrián apartó la mirada primero.
—Deberíamos dormir.
—Sí.
Se levantaron.
Antes de entrar, Adrián se detuvo.
—Elishabet.
—¿Sí?
—Pase lo que pase...
Ella lo miró.
—¿Qué?
—No voy a dejar que vuelvas a pensar que no tienes un lugar.
Elishabet sintió un extraño calor en el pecho.
No respondió.
Solo sonrió.
Dentro de la casa, Elena estaba sola en la cocina.
Gabriel apareció detrás de ella.
—No deberías haber dicho el nombre de Mauricio.
—Ya lo saben todo.
—No.
Gabriel cerró la puerta.
—Todavía no.
Elena lo miró.
—¿Hasta cuándo piensas ocultarlo?
—Hasta que sepamos quién está detrás de esto.
Elena negó con la cabeza.
—Ya sabes quién es.
Gabriel se quedó inmóvil.
—No.
—Sí.
Elena se acercó.
—El hombre que busca a Adrián no quiere los documentos.
Gabriel bajó la voz.
—Entonces, ¿qué quiere?
Elena lo miró directamente.
—Quiere asegurarse de que Adrián nunca descubra quién era realmente su padre.
Gabriel sintió un escalofrío.
—¿Y tú sabes quién es?
Elena no respondió.
Pero su silencio confirmó la sospecha.
Gabriel la miró fijamente.
—Elena...
Ella cerró los ojos.
—Sí.
—¿Quién?
Antes de que pudiera responder, el teléfono de Gabriel comenzó a sonar.
Número desconocido.
Contestó.
No hubo palabras.
Solo una grabación.
La voz de un hombre.
—Si queréis saber la verdad sobre Agatha, buscad debajo de la casa.
La llamada terminó.
Gabriel miró a Elena.
Ella palideció.
—¿Qué significa eso?
Elena susurró:
—Que alguien sabe lo que escondimos allí.