Morí por trabajar demasiado y desperté como la villana de una novela. Mi esposo está en coma, mi hijo me odia y estamos a punto de quedarnos sin dinero. Conociendo el trágico futuro que nos espera, decidí cambiarlo todo. Esta vez cuidaré de mi familia, protegeré a mi esposo y le daré a mi hijo el amor que nunca recibió. Aunque... parece que ambos creen que me volví completamente loca. ✨💕📖
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una idea que salió mal
Lucas todavía seguía mirando a su madre como si hubiera perdido la razón.
Valeria empujaba la silla de ruedas de Sebastián con una enorme sonrisa.
—¡Vamos! ¡Salida familiar! Lastima que auto no andaba pero tenemos pies más divertido.
—Mamá, la gente nos está mirando.
—Que miren qué hermosa familia.
—Nos están señalando.
—Que señalen.
—Mamá...
—Lucas, relájate. Nadie puede arruinar este hermoso día.
"Valeria estás loca", pensó Sebastián.
Después de varios minutos llegaron a la escuela.
Los estudiantes y algunos padres comenzaron a voltear hacia ellos.
No era normal ver a una mujer llevando a un hombre en coma hasta la escuela.
Mucho menos si esa mujer era Valeria Montenegro.
Varias madres comenzaron a susurrar.
—¿No es ella?
—Sí, la esposa de Sebastián.
—Pensé que ya había huido con otro hombre.
—Yo también.
—Pobre Sebastián.
—Y pobre niño.
Lucas bajó la cabeza.
Ya estaba acostumbrado.
Siempre hablaban así.
Valeria frunció el ceño.
No le gustaba escuchar aquello.
Una mujer elegante se acercó con una sonrisa burlona.
—Valeria, cuánto tiempo.
Valeria la observó.
No tenía idea de quién era.
—Hola Tú.
La mujer pareció sorprendida.
—¿No me recuerdas?
—Mmmm...No.
—Soy Patricia.
—Ah creo creo que viene algo de recuerdo.
Seguía sin recordarla.
Patricia sonrió con superioridad.
—Bueno es normal que no me recuerdes nunca vienes y veo que las cosas van cada vez peor para ti.
Su mirada pasó de Lucas a Sebastián.
—Traer a tu esposo en coma a la escuela es bastante desesperado.
Algunas mujeres soltaron pequeñas risas.
Lucas apretó los puños.
Sabía lo que venía después.
Siempre era igual.
—Aunque debo admitir que Sebastián sigue siendo muy atractivo —continuó Patricia—. Es una lástima que terminara así.
Las demás volvieron a reír.
Valeria sintió que algo dentro de ella se enfriaba.
Quizá la antigua Valeria soportaba aquellas burlas.
Pero ella no.
—¿Y qué tiene de gracioso?
Las risas se apagaron.
Patricia parpadeó.
—¿Perdón?
—Mi esposo sufrió un accidente.
Su voz era tranquila.
—¿Te parece divertido?
La mujer abrió la boca sin saber qué responder.
—Y mi hijo escucha todo lo que dicen.
Valeria rodeó los hombros de Lucas con un brazo.
El niño levantó la cabeza sorprendido.
—Así que si vinieron a burlarse de un hombre enfermo y de un niño de siete años, deberían sentir vergüenza.
El lugar quedó en silencio.
Patricia enrojeció.
—Yo no...
—Sí, lo hiciste.
Valeria sonrió.
—Pero no te preocupes. Te perdono.
Patricia casi se atragantó.
Las otras madres comenzaron a apartar la mirada.
Lucas observó a su madre sin poder creerlo.
Era la primera vez.
La primera vez que alguien lo defendía.
Valeria se agachó frente a él.
—Ahora ve a clases.
Lucas dudó unos segundos.
—¿Vendrás a buscarme?
La pregunta salió tan rápido que ni él mismo se dio cuenta.
Valeria sonrió.
—Por supuesto.
Lucas bajó la mirada.
Intentó ocultar una pequeña sonrisa.
—Está bien.
Y corrió hacia la escuela.
Valeria lo observó marcharse.
Luego bajó la vista hacia Sebastián.
—¿Viste eso? Fui una madre increíble.
"Solo hiciste lo mínimo."
—Gracias.
"Yo no dije nada."
—Sí, sí. Gracias por reconocer mi talento.
Después de dejar a Lucas en la escuela, Valeria se quedó mirando la entrada.
—Ahora... ¿qué hago?
Miró a Sebastián.
Sebastián seguía sentado en la silla de ruedas, inmóvil.
—Bueno, esposo. Tenemos varias horas libres.
"Nosotros no tenemos nada."
—¿Quieres volver a casa?
"Si porfavor."
—Perfecto. Yo tampoco.
"¿Eh?"
Valeria comenzó a empujar la silla por las calles.
Después de caminar un rato, el delicioso aroma de comida llamó su atención.
Sus ojos brillaron.
—¡Empanadas!
Sin perder tiempo, se dirigió a un pequeño puesto callejero.
Minutos después estaba sentada en una mesa de plástico.
Frente a ella había varias empanadas y un vaso de jugo.
Sebastián permanecía a su lado.
—Mmm...
Valeria dio un mordisco.
—Qué rico.
"Al menos alguien está disfrutando el día."
Ella giró la cabeza y lo observó.
—¿Sabes qué?
Silencio.
—Eres increíblemente guapo.
"Ahí vamos otra vez."
Valeria apoyó la barbilla sobre sus manos.
—De verdad.
Lo examinó de arriba abajo.
—Tus pestañas son largas.
"Gracias... supongo."
—Tu nariz es perfecta.
"Qué observación tan extraña."
—Y tu mandíbula...
Valeria asintió varias veces.
—Es una mandíbula de protagonista.
"¿Qué significa eso?"
—Definitivamente eres el hombre más atractivo que he visto.
Sebastián quería golpearse la cabeza contra algo.
Lamentablemente estaba en coma.
—Qué injusticia.
Valeria suspiró.
—Yo trabajé toda mi vida.
"Claro por qué viva de mi dote de boda"
Tomó otra empanada.
—Nunca tuve novio.
" Supongo que eso fue mi culpa"
Otra mordida.
—Nunca tuve una cita.
"Bueno tuve un accidente no nos pudimos conocer bien"
Otra mordida.
—Nunca nadie me regaló flores.
"¿Y sus amantes que? ¿nunca le dieron nada?"
Sebastián no entendía nada.
Por primera vez la escuchó hablar sin bromear.
—Pero ahora tu y Lucas son mi prioridad.
Valeria sonrió suavemente.
—Mas Lucas que es tan Lindo hermoso no puedo creer algo tan lindo salió de mi.
" Claro Pero te tiene miedo."
—Y un esposo ridículamente atractivo.
"Ridículamente atractivo..."
Valeria asintió.
—Sí.
Se inclinó hacia él.
—Si despiertas, prometo cuidarte muy bien.
Sebastián sintió algo extraño.
Era la primera vez en años que alguien le decía algo así.
Pero rápidamente recordó quién era.
Valeria Montenegro.
La mujer que había hecho su vida miserable.
"Mentira."
Ella tomó un sorbo de jugo.
—También prometo no aprovecharme de ti mientras estés inconsciente.
"¿También?"
—Aun no me puedo Resistir eso pecho.
"Ya empieza"
Valeria volvió a observar su rostro.
—Muy difícil.
"¡¡VALERIA!!"
Una señora que estaba en la mesa de al lado la observó con horror.
Valeria se dio cuenta.
—¿Qué?
La mujer señaló a Sebastián.
—¿Está hablando sola?
Valeria sonrió.
—No. Estoy teniendo una conversación muy profunda con mi esposo.
La señora miró al hombre inmóvil.
Luego a Valeria.
Luego otra vez a Sebastián.
Y decidió levantarse para cambiar de mesa.
"Perfecto. Ahora todos creen que estás loca."
—No importa.
Valeria tomó otra empanada.
—Mientras seas tan guapo, puedo soportarlo.
Valeria estaba terminando su tercera empanada.
—Sebastián, creo que deberíamos comprar flores para decorar la casa.
"Creo que deberías dejar de hablar sola."
—También necesito aprender a cocinar.
"Eso sí me preocupa."
—Y buscar trabajo.
"Eso me preocupa más."
De repente una sombra apareció sobre ellos.
—Disculpe, señora.
Valeria levantó la cabeza.
Dos policías estaban frente a la mesa.
—¿Sí?
Uno de ellos señaló a Sebastián.
—¿Qué le ocurrió a este hombre?
—Nada.
—¿Nada?
—Está en coma.
Los policías intercambiaron miradas.
—¿Y por qué lo pasea por la ciudad?
—Porque es mi esposo.
Silencio.
—¿Su esposo?
—Sí.
—¿Y está en coma?
—Sí.
—¿Desde hace cuánto?
—Siete años.
Los policías volvieron a mirarse.
Ahora parecían mucho más preocupados.
—Señora... ¿está segura de que sigue vivo?
Valeria abrió mucho los ojos.
—¡Claro que está vivo!
—¿Tiene cómo demostrarlo?
—Bueno...
Miró a Sebastián.
—Respira.
—No lo vemos respirar.
—Respira muy despacio.
—Ya veo.
El segundo policía comenzó a tomar notas.
—¿Y por qué está sentado aquí?
—Porque estamos teniendo una cita.
Los dos policías se quedaron congelados.
"¿Una qué?"
—¿Una cita? —repitió uno.
—Sí.
—¿Con un hombre en coma?
—Sí.
—¿Y hablan?
—Claro.
"NO."
—¿Y él le responde?
—Bueno... no siempre.
Los policías dieron un paso atrás.
—Creo que debemos acompañarla a la comisaría.
—¿Qué?
—Solo para aclarar algunas cosas.
—¡Pero no hice nada!
—Señora, lleva una hora hablando sola con un hombre inconsciente.
—¡Es mi esposo!
—Por favor, acompáñenos.
Media hora después.
Valeria estaba sentada en una celda.
—Esto es injusto.
—Usted dijo que tenía una cita con un hombre en coma.
—Porque era una cita.
—Eso no ayuda a su caso.
—¡Está vivo!
Mientras tanto Sebastián seguía afuera.
Sentado en su silla de ruedas.
Completamente inmóvil.
Un policía lo observaba nervioso.
—Da miedo.
"Y tú eres un inútil."
Ese mismo momento.
Lucas regresó de la escuela.
—¿Mamá?
La casa estaba vacía.
—¿Papá?
Silencio.
El niño recorrió las habitaciones.
Nadie respondió.
Su corazón comenzó a acelerarse.
—No...
Recordó todas las veces que su madre lo había abandonado.
—No otra vez...
Corrió hacia la habitación de Sebastián.
Vacía.
La silla de ruedas tampoco estaba.
Lucas sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Se fueron...
Se abrazó a sí mismo.
—Mamá se fue...
Bajó lentamente las escaleras.
La enorme casa parecía más vacía que nunca.