La niñera de la mafia
Su esposo la envió a trabajar a una mansión con la esperanza de que muriera y así cobrar su seguro de vida. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Contratada como cuidadora personal de un mafioso ciego, malhumorado y temido por todos, pronto descubrirá que convivir con ese hombre será mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Él no puede verla, pero ella está a punto de convertirse en su mayor obsesión.
Y cuando la mafia descubra quién se atrevió a ponerle las manos encima a su mujer, será demasiado tarde para arrepentirse.
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Capitulo 1
—¿Estás segura de que esta es la dirección?
Valeria comprobó por tercera vez el mensaje que su marido le había enviado.
Sí. Era exactamente la misma.
Levantó la cabeza.
Frente a ella se alzaba una mansión rodeada de muros altísimos, cámaras de seguridad y hombres vestidos de negro que parecían haber salido de una película de mafiosos.
Valeria volvió a mirar el teléfono.
—Mi amor, ¿no estarás intentando deshacerte de mí?
Se rio de su propia ocurrencia.
Después dejó de reírse.
—No. Imposible. Me ama.
Guardó el teléfono en su bolso y caminó hacia la entrada.
Su marido le había explicado que una familia adinerada necesitaba empleadas domésticas. El salario era excelente, incluían alojamiento y, según él, trabajar allí sería una oportunidad para ahorrar dinero.
Valeria necesitaba ese empleo.
Así que se había puesto su mejor blusa, una falda discreta y los zapatos menos desgastados que tenía.
No estaba dispuesta a perder la oportunidad por culpa de sus nervios.
Pulsó el timbre.
Un hombre corpulento abrió la puerta peatonal. Tenía una cicatriz en la mejilla y una expresión que habría conseguido que cualquier persona sensata saliera corriendo.
Valeria le dedicó su sonrisa más educada.
—Buenos días. Vengo por la entrevista de trabajo.
El hombre la miró en silencio.
—¿Qué entrevista?
Ella parpadeó.
—La de empleada doméstica. Me dijeron que necesitaban personal.
El hombre giró la cabeza hacia otro sujeto que acababa de aparecer detrás de él.
—¿Están contratando sirvientas?
—¿Yo qué sé? Pregúntale al jefe.
Ambos volvieron a mirarla.
Valeria sintió que algo no estaba bien.
—Miren, si hoy no es un buen día, puedo regresar mañana.
—Espera aquí.
El hombre desapareció por la puerta.
Ella se quedó sola frente a la entrada.
—Bueno, al menos no me han echado a patadas.
Cinco minutos después, escuchó un grito procedente del interior de la mansión.
—¡NO QUIERO COMER!
Valeria dio un respingo.
Otro hombre respondió:
—¡Señor, lleva dos días sin probar bocado!
—¡ENTONCES DEJA DE MOLESTARME!
Un estruendo sacudió la casa.
Valeria miró hacia la puerta abierta.
—¿Se les ha muerto alguien?
El hombre de la cicatriz regresó.
—Tú. Entra.
—¿Yo?
—¿Ves a otra mujer esperando?
Valeria obedeció, aunque empezó a arrepentirse de haber salido de casa.
La condujeron por un vestíbulo enorme hasta una sala donde varios hombres discutían alrededor de una mesa. Ninguno parecía un mayordomo. Todos tenían aspecto de poder esconder un cadáver sin despeinarse.
Un hombre de cabello gris se llevó las manos a la cabeza.
—No podemos seguir así. El muchacho no come, no duerme y no permite que nadie se acerque.
—¿Y qué quiere que hagamos? —preguntó otro—. Ayer casi le rompe la nariz al médico.
—¡Porque el médico intentó examinarlo!
—¡ES SU TRABAJO!
—¡PUES QUE BUSQUE OTRO!
Valeria retrocedió un paso.
Aquella no era una entrevista de trabajo.
Aquello era una reunión de psicópatas.
Y ella estaba en medio.
El hombre de cabello gris reparó en su presencia.
—¿Quién es esta mujer?
—Dice que viene por la entrevista para el servicio doméstico.
Todos se quedaron callados.
Valeria levantó una mano tímidamente.
—Hola.
Los hombres intercambiaron miradas.
Entonces el anciano se acercó a ella con una expresión que le provocó escalofríos.
—¿Sabe cuidar de personas enfermas?
—Depende. ¿Tiene fiebre o está poseída?
—¿Qué?
—Nada. Perdón. Estoy nerviosa.
El hombre la observó durante varios segundos.
—¿Tiene experiencia cuidando hombres difíciles?
Valeria pensó en su marido.
Recordó todas las veces que había tenido que soportar sus cambios de humor, sus discusiones y sus excusas.
—He estado casada durante dos años.
El anciano asintió lentamente.
—Perfecto.
Ella frunció el ceño.
—¿Perfecto qué?
—Llévenla arriba.
—¡¿QUÉ?!
Dos hombres se acercaron a ella.
Valeria levantó las manos.
—¡Un momento! ¡Yo he venido por una entrevista de empleada doméstica!
—Y nosotros necesitamos a alguien que cuide al señor Damián.
—¡Pues contraten a una enfermera!
—Lo hemos intentado.
—¡Entonces contraten a otra!
—Lo hemos intentado.
—¡¿Y QUÉ PASÓ CON TODAS ELLAS?!
El anciano suspiró.
—Renunciaron.
Desde el piso superior llegó otro grito.
—¡COMO ENTRE ALGUIEN MÁS EN ESTA HABITACIÓN, LO TIRO POR LA VENTANA!
Valeria se quedó inmóvil.
—Ah.
Miró a los hombres.
Ellos la miraron a ella.
—No —declaró Valeria—. Ni se les ocurra.
El anciano le dedicó una sonrisa que no le gustó absolutamente nada.
—Señorita, tenemos un pequeño problema.
—No quiero saberlo.
—Nuestro jefe no permite que nadie lo cuide.
—¡ESO NO ES MI PROBLEMA!
—Ahora lo es.
Chasqueó los dedos.
Los dos hombres la sujetaron por los brazos.
Valeria abrió la boca.
—¡¿PERO QUÉ LES PASA?!
—Si consigue que coma y que acepte sus cuidados, recibirá un buen salario.
—¿Y si no lo consigo?
El anciano dejó de sonreír.
—Entonces tendremos que deshacernos de usted.
Valeria sintió que el alma se le salía del cuerpo.
—¿Deshacerse de mí cómo?
El hombre de la cicatriz hizo un gesto hacia una ventana que daba al jardín.
—Tenemos un estanque.
El otro añadió con absoluta naturalidad:
—Hay peces bastante grandes.
Valeria los miró horrorizada.
—¡¿USTEDES ESTÁN LOCOS?!
—Probablemente.
—¡NO PUEDEN MATARME PORQUE UN ADULTO NO QUIERE COMER!
—Puede intentarlo usted misma, o podemos dejar que el señor Damián decida qué hacer con usted.
Ella apretó los labios.
Marido de mierda. Trabajo de mierda. Vida de mierda.
—Está bien —dijo finalmente—. Voy a hablar con él.
Los hombres soltaron sus brazos.
—Excelente decisión.
—Pero si me mata, voy a regresar del más allá para perseguirlos.
—Anotado.
La habitación del joven era enorme.
Tenía cortinas oscuras, muebles elegantes y una cama tan grande que Valeria podría haber dormido allí durante una semana sin moverse demasiado.
En el centro de aquella habitación estaba el responsable de todas sus desgracias.
Damián.
Tenía veintisiete años, el cabello negro revuelto y una camisa oscura abierta en el cuello. Estaba sentado sobre la cama, con un plato de comida intacto en la mesita de noche.
Sus ojos, ocultos tras unas gafas oscuras, no podían ver.
Sin embargo, su expresión bastaba para dejar claro que no necesitaba la vista para intimidar a nadie.
—¿Quién eres? —preguntó.
Valeria cerró la puerta despacio.
—La persona que viene a salvarte de morir de hambre.
El silencio fue absoluto.
Damián giró el rostro hacia ella.
—¿Qué acabas de decir?
—Que tienes que comer.
—Lárgate.
Valeria observó el plato.
Después lo observó a él.
—¿Cuánto llevas sin comer?
—No es asunto tuyo.
—¿Un día?
Silencio.
—¿Dos?
Damián apretó la mandíbula.
Valeria dejó escapar un suspiro.
—Dios mío. Eres un niño grande.
Él se puso de pie.
—Te daré tres segundos para salir de mi habitación.
Ella retrocedió instintivamente.
Uno.
Valeria miró la puerta.
Dos.
Pensó en los hombres de abajo.
Tres.
—¡MALDITA SEA, YO NO QUIERO MORIR!
Damián apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Valeria se lanzó sobre él.
Ambos cayeron sobre la cama.
—¡¿QUÉ DEMONIOS HACES?! —rugió el mafioso.
—¡Darte de comer!
—¡BAJA DE MÍ!
—¡CUANDO COMAS!
Damián intentó apartarla, pero Valeria se aferró a su camisa con la desesperación de una mujer que acababa de descubrir que su esperanza de vida dependía de un desconocido malhumorado.
—¡Estás loca!
—¡Y TÚ ERES UN CAPULLO! ¡ABRE LA BOCA!
—¡TE VOY A MATAR!
—¡PUES MÁTAME DESPUÉS DEL ALMUERZO!
La puerta se abrió de golpe.
Tres hombres entraron preparados para rescatar a su jefe.
Se quedaron paralizados.
Su temible líder, el hombre que había hecho temblar a familias enteras de la mafia, estaba tumbado sobre su propia cama con una mujer encima, mientras ella intentaba meterle una cucharada de comida en la boca.
—¡ABRE LA BOCA, MALDITO ANIMAL!
—¡SÁQUENMELA DE ENCIMA!
—¡NO HASTA QUE COMAS!
Uno de los hombres se llevó una mano a la boca.
El otro comenzó a temblar.
No por miedo.
Estaba intentando no reírse.
Damián giró el rostro hacia ellos.
—¿QUÉ ESPERAN? ¡AYÚDENME!
Nadie se movió.
Porque jamás habían visto algo semejante.
Valeria aprovechó la distracción para acercarle la cuchara.
—Vamos, cariño. Una por mamá.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—¡HE DICHO QUE ABRAS LA BOCA!
Y, en un momento de absoluta indignación, el mafioso abrió la boca para gritarle.
Valeria introdujo la cuchara.
Él se quedó congelado.
Ella sonrió triunfalmente.
—¡Eso es! ¿Ves que no era tan difícil?
Damián masticó lentamente.
Después tragó.
La habitación quedó en silencio.
Valeria levantó el puño como si acabara de ganar una guerra.
—¡PRIMERA VICTORIA!
El mafioso se incorporó de golpe.
—Voy a matarte.
Ella se apartó y levantó ambas manos.
—¡Espera! ¡Ya comiste! ¡Ahora somos amigos!
—¡NO SOMOS AMIGOS!
—¡Podemos coexistir!
—¡TE VOY A ARROJAR POR LA VENTANA!
—¡Y YO NO QUIERO TERMINAR EN EL ESTANQUE CON LOS PECES!
Damián se quedó callado.
Por primera vez, pareció genuinamente desconcertado.
—¿Qué peces?
Valeria lo miró.
Después miró hacia la puerta, donde los hombres intentaban disimular sus expresiones.
—Tus empleados me dijeron que, si no conseguía cuidarte, me mandarían con los peces.
El silencio que siguió fue aterrador.
Damián giró lentamente el rostro hacia sus hombres.
—¿Quién le dijo eso?
Los tres retrocedieron.
—Señor...
—¿QUIÉN?
—Fue una forma de hablar.
—¡NO PARECÍA UNA FORMA DE HABLAR CUANDO ME MOSTRARON EL ESTANQUE!
Damián se levantó.
Los hombres salieron disparados de la habitación.
Valeria aprovechó la oportunidad para escabullirse hacia la puerta.
—Bueno, me voy. Ha sido un placer conocerte. Espero que sigas comiendo y que encuentres la felicidad.
—Tú no vas a ninguna parte.
Ella se detuvo.
Muy despacio, giró la cabeza.
—¿Cómo dices?
—Te quedarás aquí.
—¿Para qué?
—Para cuidarme.
Valeria soltó una carcajada nerviosa.
—Ja. Ja. Muy gracioso.
Damián no se rio.
—No estoy bromeando.
—¡PERO YO NO SOY ENFERMERA!
—Aprenderás.
—¡TENGO UNA CASA!
—Ahora tienes una habitación aquí.
—¡TENGO UN MARIDO!
Por alguna razón, Damián se quedó callado durante un instante.
Después extendió una mano hacia la mesita.
Sus dedos encontraron el vaso de agua.
—Entonces tu marido tendrá que acostumbrarse a que estés aquí.
Valeria sintió que las piernas le temblaban.
—No puedes retenerme contra mi voluntad.
—Pruébame.
Aquella respuesta le quitó las ganas de seguir discutiendo.
Damián bebió un sorbo de agua y volvió a sentarse en la cama.
—Y tráeme algo más de comer.
Valeria lo miró como si acabara de pedirle que saltara desde el tejado.
—¿Ahora quieres comer?
—Me has hecho perder el apetito con tus gritos.
—¡CASI ME DA UN INFARTO POR TU CULPA!
—Entonces estamos a mano.
Valeria apretó los dientes.
Voy a asesinarlo. Voy a asesinarlo mientras duerme. No, espera, soy yo quien duerme en su casa. Él puede asesinarme primero.
—Está bien —murmuró—. Te traeré comida.
—Y no vuelvas a saltar encima de mí.
Ella se detuvo en la puerta.
—Entonces no vuelvas a amenazarme con matarme.
Damián inclinó la cabeza.
—No prometo nada.
Valeria salió de la habitación con una sola certeza: acababa de cometer el peor error de su vida.
Esa noche, sentada sobre la cama de su nueva habitación, Valeria sacó el teléfono del bolso.
Tenía tres llamadas perdidas de su marido.
Lo llamó inmediatamente.
—¡Amor!
—¿Cómo te fue? —preguntó él.
Ella cerró los ojos.
—¿Qué clase de entrevista me conseguiste?
Hubo un silencio.
—¿Qué quieres decir?
—¡NO HABÍA NINGUNA ENTREVISTA! ¡ME HAN OBLIGADO A QUEDARME EN UNA MANSIÓN LLENA DE MAFIOSOS PARA CUIDAR A UN HOMBRE QUE ME AMENAZA CON MATARME!
Al otro lado de la línea, su marido dejó de respirar por un instante.
—¿Qué?
—¡LO QUE OYES! ¡ME MANDARON A CUIDAR A UN TIPO CIEGO QUE NO QUIERE COMER Y QUE TIENE EL CARÁCTER DE UN DEMONIO!
Su esposo guardó silencio.
Valeria se secó una lágrima de frustración.
—Me dijiste que buscaban empleadas domésticas. Me mentiste.
—Cariño, yo...
—¿Cómo sabías de este lugar? ¿Quién te dio la dirección?
Él no respondió inmediatamente.
Y aquella pausa le dolió más que cualquier insulto.
—¿Amor?
—Tengo que colgar. Después hablamos.
La llamada terminó.
Valeria se quedó mirando la pantalla.
Su marido jamás colgaba primero.
Nunca.
Se abrazó las rodillas y respiró profundamente.
Quizá había cometido un error. Quizá él había confundido la dirección. Quizá existía alguna explicación razonable.
Pero una idea comenzó a abrirse paso entre sus pensamientos.
¿Y si su esposo nunca había querido conseguirle un trabajo?
¿Y si la había enviado allí por alguna otra razón?
Valeria miró la puerta cerrada.
Al otro lado del pasillo, un hombre gritó:
—¡SEÑOR DAMIÁN, NO PUEDE ROMPER OTRO MUEBLE!
Y la respuesta no tardó en llegar:
—¡ENTONCES QUE ESA MUJER REGRESE Y ME TRAIGA ALGO DE COMER!
Valeria se cubrió la cara con ambas manos.
—Estoy rodeada de locos.
No sabía que, mientras ella comenzaba a sospechar de su marido, Damián estaba haciendo exactamente lo mismo con ella.
Y ninguno de los dos imaginaba que aquella convivencia forzada terminaría convirtiéndose en el principio de una guerra.
Una guerra en la que el hombre que no podía verla acabaría siendo el primero en reconocer que ella era la única persona a la que no quería perder.