El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2: El filo de las tijeras
La presión de la mano de Caleb era firme, tibia y exasperantemente familiar. En cuanto el último destello de los flashes se disipó y los periodistas se volcaron sobre el siguiente binomio anunciado, Victoria retiró los dedos con la rapidez de quien acaba de tocar una plancha encendida.
—Guárdate el espectáculo para los accionistas, Caleb —dijo ella en un susurro gélido, limpiándose discretamente la palma contra la tela de su pantalón—. Esto no es una victoria tuya. Es una extorsión del comité organizador.
Caleb metió las manos en los bolsillos del pantalón con una parsimonia irritante. Ni un solo pliegue de su saco perdió la compostura.
—Lámalo como quieras para dormir tranquila esta noche, Vic —murmuró, acortando su nombre con esa confianza descarada que nadie más se atrevía a usar—. Pero los estatutos son claros: si rechazas la asignación, la Bienal te retira el aval público, cancela la exención impositiva de tu taller y quedas fuera del circuito oficial por tres años. ¿Cuánto tiempo crees que resistirá tu pequeña utopía artesanal sin créditos ni desfiles?
Victoria apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolió la raíz de los dientes. Lo peor no era la arrogancia de sus palabras, sino la precisión letal de su diagnóstico. Caleb conocía los números del sector al dedillo; sabía exactamente qué tuerca apretar para dejarla sin margen de maniobra.
—¿Tanto miedo te daba competir limpio que tuviste que comprar al jurado para tenerme atada de manos? —contraatacó ella, clavándole una mirada cargada de ponzoña.
Caleb soltó una risa seca, sin una pizca de humor, inclinándose apenas hacia ella. El aroma a madera oscura y especias volvió a golpearla de lleno, trayéndole ráfagas de noches lejanas, de risas compartidas bajo techos de chapa y madrugadas de café recalentado.
—No te halagues tanto. Yo no pedí a una diseñadora independiente con delirios de mártir. Textil Vanguardia necesitaba una cara con credenciales artesanales para lavar su imagen corporativa, y entre toda la mediocridad disponible, eras la única que sabe armar una sisa sin que parezca un saco de papas. Negocios puros, querida. Nada personal.
—Todo en ti es personal y rastrero —replicó Victoria, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Pero si crees que voy a ser la comparsa decorativa de tu pasarela industrial, estás muy equivocado. Mañana a primera hora, en mi taller. Lleva a tus abogados.
—El taller central de Vanguardia tiene diez veces tu espacio, climatización técnica y tecnología de corte por láser —dijo él, enarcando una ceja con condescendencia.
—Y huele a plástico y explotación en serie —cortó ella con una sonrisa afilada como un bisturí—. Si la Bienal te exigió identidad artesanal, vas a tener que bajar al barro, Rinaldi. Mañana a las ocho. Y si llegas cinco minutos tarde, le anuncio a la prensa que Textil Vanguardia no cumple con los plazos de producción antes de empezar.
Sin esperar respuesta, Victoria dio media vuelta. Sus tacones resonaron con autoridad sobre el piso de mármol mientras cruzaba el salón hacia la salida, seguida de cerca por Clara, que apenas lograba recuperar el aliento.
Caleb se quedó inmóvil en su lugar, observando la línea impecable de la espalda de Victoria hasta que la multitud la tragó. Por primera vez en toda la noche, la media sonrisa burlona desapareció de su rostro. Se llevó la mano al bolsillo interior del saco, donde guardaba una pequeña libreta de cuero desgastada que jamás mostraba a nadie, y suspiró despacio.
—Sigue siendo imposible —murmuró para sí mismo.
A las siete y media de la mañana siguiente, el taller de Victoria era un hervidero de tensión.
Ubicado en el primer piso de un viejo edificio de techos altos y ventanales industriales, el atelier olía a lino recién planchado, cera de tiza y café recién molido. Las paredes estaban cubiertas de bocetos a carboncillo, muestras de género sujetas con alfileres y grandes rollos de seda salvaje, terciopelo de algodón y lanas pesadas apilados en estanterías de hierro. En el centro, dominando el espacio, descansaban tres amplias mesas de corte de madera maciza, curtidas por años de trabajo riguroso.
Victoria ya llevaba dos horas despierta. Con el cabello recogido en un moño tirante, una cinta métrica colgando sobre su cuello como una estola y unos pantalones anchos de lino, revisaba minuciosamente el borrador del contrato que los representantes legales de Vanguardia habían enviado por correo electrónico en la madrugada. Cada cláusula era una trampa: cesión de derechos de autor, supervisión jerárquica a cargo de Caleb, exclusividad de distribución.
—No vamos a firmar esto —dijo Clara, dejando una taza de café humeante sobre la mesa—. Si aceptas estas condiciones, tu firma pasa a ser propiedad de su conglomerado.
—No voy a aceptar una sola coma —respondió Victoria con voz pausada, tachando un párrafo entero con tinta roja—. Si Caleb quiere esta colección, va a tener que aceptar mis términos o explicarle a su directorio por qué el proyecto estrella de la temporada fracasó antes de cortar la primera tela.
El timbre del interfono sonó puntual a las ocho en punto.
Tres minutos después, los pasos firmes resonaron en la escalera de madera. La puerta se abrió y Caleb entró solo.
No había rastro de su séquito corporativo, ni de asistentes corriendo con carpetas, ni de abogados con maletines de cuero. Vestía unos pantalones oscuros de lana fría y una camisa de popelina blanca con las mangas arremangadas hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos firmes y las manos que Victoria conocía demasiado bien: dedos largos, nudillos marcados y esa precisión milimétrica al sostener una herramienta.
Caleb se detuvo en el umbral y recorrió el taller con la mirada. Sus ojos se demoraron en las tijeras de forja pesada colgadas en la pared, en los maniquíes de modista acolchados en lino crudo y, finalmente, en la vieja máquina de coser a pedal arrinconada cerca de la ventana, restaurada y lustrada pero intacta.
Un destello fugaz cruzó su mirada, una grieta diminuta en su máscara de indiferencia que Victoria no pasó por alto.
—Veo que conservas las reliquias —comentó él, avanzando hacia la mesa central sin pedir permiso—. Creí que te habías modernizado.
—Conservo lo que tiene valor real y no se rompe con el primer cambio de temporada —disparó ella, plantándose del otro lado de la mesa de madera—. ¿Dónde están tus abogados?
—Les dije que se quedaran en el auto —respondió Caleb con tranquilidad, arrojando una carpeta negra sobre el tablón—. Esto no es un juicio, Victoria. Es una colección. Y si dejamos que los leguleyos redacten cómo vamos a trabajar, terminaremos presentando uniformes de oficina.
Victoria lo miró con desconfianza.
—Tu contrato original me despojaba de la autoría.
—Ese era el borrador estándar del departamento comercial. Ni siquiera lo leí —dijo él, cruzándose de brazos y clavando sus ojos ámbar en ella—. Aquí tienes mis términos reales.
Victoria abrió la carpeta. La hoja contenía apenas cuatro puntos mecanografiados:
* Cincuenta por ciento de autoría compartida en cada pieza presentada.
* Diseño y confección realizados íntegramente en este taller, utilizando procesos artesanales complementados con patronaje estructural de Vanguardia.
* Veto mutuo: ninguna prenda sale a pasarela sin la aprobación unánime de ambos directores creativos.
* Acceso total e irrestricto para Caleb Rinaldi al espacio de trabajo durante los tres meses de producción.
Victoria levantó la vista, con el corazón latiendo con una fuerza sorda contra sus costillas. La propuesta era sorprendentemente justa... casi generosa para los estándares de un gigante industrial. Y precisamente por eso, resultaba aterradora.
—¿Por qué? —preguntó ella en voz baja—. Vanguardia podría aplastarme y subcontratar a diez diseñadores más dóciles. ¿Qué estás buscando, Caleb?
Caleb dio un paso al frente, apoyando ambas palmas sobre la mesa de corte e inclinándose hacia ella. La distancia se redujo a un suspiro; el aire entre los dos se volvió denso, cargado de esa electricidad estática que diez años de silencio no habían logrado disipar.
—Estoy buscando ganar la Bienal —dijo él, con una voz ronca que le acarició la piel como terciopelo a contrapelo—. Y porque sé perfectamente de qué eres capaz cuando alguien te desafía, Victoria. Te conozco mejor que nadie en este negocio. Sé cómo piensas, sé dónde colocas las pinzas para estilizar una espalda y sé exactamente cuándo estás mintiendo.
Victoria no retrocedió ni un milímetro. La cercanía quemaba, pero su orgullo era más fuerte.
—No me conoces en absoluto, Caleb. El chico que creías conocer murió el día que vaciaste tus cajones y te tomaste un avión a Milán sin decir una palabra.
La mandíbula de Caleb se tensó. Por un segundo, una sombra de culpa o de furia contenida oscureció su semblante, pero la máscara volvió a cerrarse de inmediato.
—Entonces demuéstramelo —desafió él, sacando una tiza de sastre azul del bolsillo de su camisa y deslizándola sobre la mesa hasta rozar los dedos de ella—. Firma el acuerdo, toma la tiza y muéstrame a la diseñadora que juras haber construido sin mí.