Ella es la hija de un General, es capaz, es inteligente, Pero todos ven que ser mujer es su única debilidad.
Pero ella demostrará lo contrario.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Ascenso 1
Los meses siguientes no fueron fáciles.
Emma participó en nuevas misiones, estudió las rutas de abastecimiento del ejército y propuso mejoras en los sistemas de comunicación entre las unidades de reconocimiento y los puestos fronterizos.
Sus superiores empezaron a recurrir a ella cuando una operación requería algo más que fuerza bruta.
No siempre la escuchaban.
En ocasiones, sus propuestas eran rechazadas por razones que tenían poco que ver con su calidad. En otras, un oficial más experimentado recibía el mérito de una estrategia que ella había diseñado.
Emma aprendió a documentar sus planes, conservar los informes y exigir que sus decisiones fueran evaluadas por sus resultados.
También aprendió a aceptar ayuda sin sentir que eso disminuía sus logros.
Porque ser capaz no significaba hacerlo todo sola.
Significaba saber cuándo actuar, cuándo escuchar y cuándo confiar en los demás.
A los veinticuatro años, Emma recibió el mando de una pequeña unidad encargada de proteger una ruta de suministros en la frontera norte.
La región era complicada. Los caminos atravesaban bosques densos, las tormentas podían bloquear los pasos durante días y las patrullas enemigas conocían el terreno mejor que muchos soldados de Sunderland.
Emma estudió los informes durante una semana antes de desplegar a sus hombres.
Cambió los horarios de las caravanas, distribuyó las provisiones en varios depósitos y organizó patrullas móviles que pudieran apoyarse entre sí sin dejar desprotegidas las rutas secundarias.
Algunos oficiales protestaron.
—Está complicando demasiado una operación sencilla —le dijo uno.
—Una operación sencilla no debería haber perdido tres caravanas en dos semanas —respondió Emma.
El oficial guardó silencio.
[Qué curioso. Cuando un hombre modifica un plan, lo llaman iniciativa. Cuando lo hago yo, aparentemente estoy complicando las cosas.]
La estrategia funcionó.
Durante los dos meses siguientes, los suministros llegaron a su destino con regularidad. Las patrullas interceptaron varios intentos de sabotaje y la unidad redujo considerablemente las pérdidas.
Emma recibió una recomendación formal para ascender.
Esta vez, su expediente contenía algo que ni siquiera sus detractores podían ignorar.. resultados verificables, misiones completadas y testimonios de soldados que habían servido bajo su mando.
El ascenso no llegó inmediatamente.
Hubo reuniones, evaluaciones y discusiones sobre si los soldados aceptarían que una mujer ostentara el rango de capitana.
Emma fue convocada ante un consejo de oficiales.
Uno de ellos, un hombre de cabello plateado y expresión severa, examinó su expediente.
—Señorita Viceroy, nadie cuestiona sus resultados. Sin embargo, el rango de capitán implica una autoridad considerable. ¿Está preparada para asumir esa responsabilidad?
Emma mantuvo la espalda recta.
—Sí, señor.
—¿Incluso si sus subordinados se niegan a obedecerla?
—Si se niegan a obedecer una orden legítima, aplicaré el reglamento. Si se niegan porque he cometido un error, escucharé sus razones y corregiré lo necesario. No confundo autoridad con infalibilidad.
El oficial entrecerró los ojos.
—¿Y qué hará si un soldado considera que una mujer no puede dirigirlo?
Emma no vaciló.
—Le exigiré que cumpla con su deber. Si después de servir bajo mi mando sigue creyendo que mi sexo determina mi capacidad, ese será un problema suyo, no una deficiencia de mi liderazgo.
Uno de los oficiales ocultó una sonrisa.
El hombre de cabello plateado dejó el expediente sobre la mesa.
—¿Comprende que su ascenso será observado con especial atención?
—Lo comprendo.
—Cualquier error podría utilizarse como argumento contra otras mujeres que aspiren a ingresar en el ejército.
Por primera vez, Emma sintió que la pregunta le pesaba de una manera distinta.
No se trataba únicamente de ella.
Si fracasaba, algunos no dirían que Emma Viceroy había cometido un error. Dirían que las mujeres no servían para el mando. Si otro capitán cometía exactamente el mismo error, probablemente lo considerarían una equivocación individual.
Esa era la injusticia que más le dolía.
La responsabilidad era suya, pero las consecuencias de sus fallos parecían extenderse a todas las mujeres que todavía no habían tenido la oportunidad de intentarlo.
Emma respiró profundamente.
—Señor, sé que se me juzgará con severidad. Siempre ha sido así. Pero no considero justo que mi éxito deba demostrar la capacidad de todas las mujeres, del mismo modo que el fracaso de un hombre no demuestra la incapacidad de todos los hombres.
El silencio se extendió por la sala.
—No puedo prometer que nunca cometeré errores. Ningún oficial honesto podría hacerlo. Lo que sí puedo prometer es que estudiaré mis decisiones, asumiré las consecuencias y haré todo lo posible para proteger a los soldados que estén bajo mi responsabilidad. No solicito que reduzcan sus exigencias por mí. Solicito que me permitan responder a ellas.
El oficial de cabello plateado la observó durante varios segundos.
Después cerró el expediente.
—El consejo deliberará.
Emma inclinó la cabeza y abandonó la sala.
No pidió favores a su padre.
No escribió a su hermano para que intercediera.
No acudió a ningún noble para conseguir una recomendación adicional.
Esperó.
Tres días después, recibió la notificación.
Ascendida al rango de capitana del ejército de Sunderland.
Emma leyó el documento una vez.
Después otra.
Y una tercera, solo para asegurarse de que nadie hubiera cometido un error administrativo.
[¡Lo conseguí!]
Se quedó inmóvil durante unos segundos, con el papel entre las manos.
No lloró, aunque estuvo cerca.
Recordó las burlas de sus primeros días en la academia, las pruebas que había tenido que repetir, los informes que había visto atribuidos a otros hombres y todas las ocasiones en que alguien le había sugerido que eligiera una vida más apropiada para una mujer.
Recordó también a los soldados que habían comenzado desconfiando de ella y que después habían seguido sus órdenes en el campo de batalla.
No había conseguido aquel rango porque fuera hija de Lord Viceroy.
Tampoco porque Eric fuera un general respetado.
Lo había conseguido porque había estudiado, entrenado, tomado decisiones difíciles y demostrado que podía asumir las consecuencias de ellas.
Emma Viceroy era capitana porque se había ganado el derecho a serlo.
Y, aunque sabía que todavía tendría que luchar contra los prejuicios, había conseguido algo que nadie podría quitarle.
Una prueba de que era posible.