¡Que escuchen los hombres, que escuchen los reyes y que escuchen los cielos! ¡Si la moralidad del mundo exige que renuncie a ti, destruiré el mundo! ¡Y si el cielo mismo intenta separarnos, le declararé la guerra a los mismos dioses! ¡Mi único reino es tu corazón, Elysian!
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LA AUDIENCIA DE LA DESVERGÜENZA Y LA IRA DEL REY
Al día siguiente de la ejecución de Julian y Gerald, los jefes de las Casas Vane-Gart y Corvus solicitaron una audiencia de emergencia con el Rey Kaelen.
Al principio, al entrar al gran salón del trono, los familiares de los jóvenes atacantes venían pálidos, temblorosos y arrastrándose por el suelo. Pedían perdón a gritos, temiendo que la ira de la corona cayera sobre sus familias.
—¡Perdón, Majestad! ¡No sabíamos nada de las locuras de nuestros hijos! —suplicaba el viejo Lord Vane-Gart, golpeando su frente contra el mármol.
Sin embargo, cuando Kaelen confirmó con voz fría que Rhaed había ejecutado a ambos muchachos en el acto dentro del claustro, la actitud de los nobles cambió drásticamente. Al saber que los jóvenes habían sido masacrados antes de culminar el acto, el dolor de la pérdida y el orgullo aristocrático eclipsaron su terror inicial.
Lord Corvus se puso de pie, ajustándose la túnica con un gesto altivo y mirando con desprecio a Lyra, que permanecía pálida al lado de Elysian.
—¡Esto es un atropello! —gritó Lord Corvus, con la voz llena de veneno—. Nuestros hijos eran nobles de cuna ilustre, ¡y han sido asesinados por un perro mercenario por culpa de una plebeya ofrecida!
—¡Es la verdad! —exclamó la madre de Julian, alzando el mentón con arrogancia—. Todo el mundo sabe que esa niña salvaje buscaba atención. Los tentó, los provocó con sus modales de la calle y luego fingió pánico. ¡Es una ofrecida que no vale la vida de nuestros herederos! ¡Es una salvaje sin honor!
Las palabras resonaron en el salón.
Lyra dio un paso atrás, sintiendo que las acusaciones le atravesaban el pecho. Elysian la rodeó con el brazo, mirando a los nobles con una indignación profunda. Pero el ambiente se congeló por completo cuando se escuchó un chasquido de sombras.
La ira de Kaelen se desbordó.
El Rey de Hierro no gritó. Una marea de sombras negras y densas emanó de su cuerpo, apagando todas las antorchas del salón y sumiendo la estancia en una penumbra abrumadora. La presión mágica hizo que los cristales de los ventanales se agrietaran.
—¿Ofrecida?... ¿Salvaje? —murmuró Kaelen. Su voz no parecía humana; sonaba como el rugido de un monstruo antiguo que salía de la tierra.
Kaelen bajó del estrado a una velocidad sobrehumana. Antes de que Lord Corvus pudiera reaccionar, Kaelen lo tomó del cuello con una sola mano y lo estampó contra una de las columnas de piedra, fracturándole la columna con un crujido seco.
—¡Kaelen! —intentó intervenir Elysian, pero Kaelen ya estaba cegado por una furia genocida.
—Cerraron sus bocas para proteger a unos monstruos y ahora se atreven a insultar a mi hermana en mi propia casa —siseó Kaelen, con los ojos ardiendo en fuego plateado—. Dije que borraría a cualquiera que la dañara. Toda su estirpe morirá hoy.
Lo que siguió en las horas posteriores fue una purga sistemática. Kaelen no solo ejecutó a los nobles presentes en la sala; encabezó a la Guardia de Sombras hacia las mansiones de ambas familias. Cada bien fue confiscado, cada título abolido y cada adulto implicado en la conspiración fue pasado a cuchillo. La nobleza recordó, con un terror sangriento, por qué Kaelen era llamado el Rey de Hierro.