A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.
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Capítulo 11
Capítulo 11: Una cena imposible
Convencer a Lisandro Sotomayor de ir a cenar con un grupo de personas fue, probablemente, el logro diplomático más grande de mi vida. Incluida la otra.
—No.
—¿Por qué no?
—No me gustan las cenas grupales.
—¿Has ido a alguna?
Silencio.
—Exacto. No puedes decir que no te gustan si nunca has ido a una. Es como decir que no te gusta el mango sin haberlo probado.
—No me gusta el mango.
—Eso es imposible. Nadie en este país puede no gustarle el mango. Eso es anticonstitucional.
Estábamos caminando a casa, él tres pasos adelante, la distancia se había reducido a dos y medio, pero quién contaba, y yo hablando con la parte trasera de su cabeza, que era básicamente mi interlocutor principal en esta relación.
—Es una parrillada —insistí—. Carne asada, tortillas recién hechas y una mesa sin mantel que puedas arruinar. Catalina, Tomás y yo. Nada más. Tres personas. Cuatro contigo. Un número razonable.
—Tres ya es demasiado.
—¿Cuántas serían aceptables?
—Cero.
—Cero no es un número de personas en una cena. Cero es una tragedia.
No respondió. Pero la línea de sus hombros se relajó un milímetro, lo cual en lenguaje Lisandro significaba que estaba considerándolo.
Saqué mi arma secreta.
—Tienen frijoles charros.
Se detuvo. No se volteó. Pero se detuvo.
—Es un restaurante de carne asada.
—Sí, pero también tienen frijoles charros. Lo vi en el menú. Y tortillas recién hechas. Y agua de jamaica.
Un segundo. Dos. Tres.
—A qué hora —dijo.
No fue una pregunta. Fue una rendición.
El restaurante se llamaba El Brasero y era el tipo de lugar que sobrevive porque la comida es buena, no porque la decoración lo sea. Mesas de madera con marcas de quemaduras, ventiladores de techo que hacían más ruido que brisa y un olor a carbón, carne asada y cebollitas que te golpeaba desde la puerta.
Catalina y Tomás ya estaban sentados cuando llegamos. Catalina abrió los ojos como platos al ver a Lisandro detrás de mí.
—No me lo creo —articuló sin voz.
Tomás, fiel a sí mismo, se levantó y le extendió la mano a Lisandro como si fueran amigos de toda la vida.
—¡Sotomayor! ¡Qué buena onda que viniste! Siéntate, ya pedí la parrillada.
Lisandro miró la mano extendida. Luego miró a Tomás. Luego, con la lentitud de un programa de computadora procesando un comando inesperado, le estrechó la mano.
Fue un apretón breve, rígido, como si la mano de otro ser humano fuera un objeto desconocido que no supiera exactamente cómo manipular. Pero lo hizo.
Se sentó. Junto a mí, porque el único lugar disponible era el de mi lado y porque yo lo había planeado así desde que hice la reservación.
La parrillada llegó crepitando sobre un brasero de mesa. Arrachera, chorizo, pollo, nopales y cebollitas cubrían la plancha; alrededor aparecieron tortillas calientes, guacamole, salsa y una cazuela de frijoles charros que soltaba nubes de vapor.
Tomás fue el primero en meter las pinzas.
—A ver, esto va así: agarras lo que quieras, lo pones en la tortilla, le echas salsa y te lo comes. Simple. Democrático. Hermoso.
—¿Puedo ponerle queso al nopal? —preguntó Catalina.
—Catalina, puedes ponerle queso a lo que quieras. Eso es lo bello de una parrillada.
Lisandro observaba la plancha con la expresión de un científico estudiando un fenómeno desconocido. No agarró las pinzas. No se sirvió nada. Simplemente miraba la carne chisporrotear como si estuviera calculando la temperatura, el punto de cocción y el ángulo óptimo para darle la vuelta.
—¿Quieres que te sirva? —le pregunté en voz baja.
—Puedo servirme solo.
—Ya sé que puedes. Pero ¿quieres?
Un segundo de duda. Casi imperceptible.
—La carne —dijo.
Le puse tres tiras de arrachera en la plancha. Las volteé cuando se doraron y luego se las puse en el plato, junto a los frijoles charros que ya le había servido.
—Listo.
Empezó a comer. En silencio, como siempre, con la cabeza ligeramente inclinada y los lentes empañándose por el vapor.
Los lentes empañándose cada vez que se inclinaba sobre la cazuela.
No le di importancia los primeros diez minutos. Todos los que usan lentes saben que el vapor los empaña y que hay que limpiarlos cada poco tiempo. Es molesto, pero manejable.
Lo que no es manejable es cuando los lentes están tan empañados que no puedes ver, y en vez de quitártelos para limpiarlos, decides ignorar la situación porque quitarse los lentes en público significa mostrar tu cara sin la barrera que llevas puesta desde los diez años.
Lisandro se los limpió con la servilleta una vez. Dos veces. A la tercera, el vapor era tan denso que la tela no servía de nada. Los lentes estaban blancos.
—Oye, quítatelos y límpialos bien —le dije.
—Estoy bien.
—No puedes ver nada.
—Puedo ver lo suficiente.
En ese momento, como si el universo hubiera decidido darme la razón de la forma más espectacular posible, Lisandro se inclinó para alcanzar una cebollita al otro lado de la mesa. El vapor de los frijoles le dio de lleno. Los lentes se le resbalaron por la nariz.
Y cayeron.
Directamente dentro de la cazuela humeante.
Splash.
El sonido fue mínimo. El efecto fue máximo.
—¡Mis lentes! —Fue lo primero que dijo, inclinándose hacia la olla con los ojos entrecerrados.
Lo segundo que pasó fue que yo, sin pensar, metí la mano hacia el caldo.
Lo tercero fue que Catalina, con unos reflejos que no le conocía, me agarró de la muñeca y me jaló hacia atrás un segundo antes de que mis dedos tocaran el líquido hirviente.
—¡¿ESTÁS LOCA?! —gritó Catalina—. ¡Eso está hirviendo, Sol!
—¡Sus lentes!
—¡Los lentes se compran, los dedos no se compran!
Tomás, con la calma de un bombero retirado, tomó las pinzas largas de la parrillada, las metió a la cazuela con precisión quirúrgica y sacó los lentes chorreando caldo y frijoles.
—Aquí están —dijo, sosteniéndolos con los dedos—. Intactos. Bueno, un poco cocidos. Pero intactos.
Los puso sobre una servilleta. El armazón estaba caliente pero no dañado. Los cristales estaban enteros.
Pero Lisandro no podía ponérselos todavía. Estaban ardiendo.
Y sin lentes, Lisandro Sotomayor era otra persona.
Lo vi. Lo vi de verdad, sin la barrera de pasta gruesa que siempre le tapaba la mitad del rostro. Y lo que vi me quitó el habla.
Cejas oscuras, perfectamente definidas, como trazadas con pincel. Ojos que sin los lentes parecían el doble de grandes: profundos, de pestañas largas, con esa intensidad devastadora que el armazón normalmente contenía como un dique contiene el agua. Pómulos altos. Nariz recta. La mandíbula que ya conocía, pero que sin lentes se veía más definida, más angular, más…
—Sol. —Catalina me codeó—. Cierra la boca.
Me la cerré.
Lisandro, que sin lentes veía el mundo como una pintura impresionista, entrecerraba los ojos intentando enfocar. Su cara tenía una vulnerabilidad que nunca le había visto. Sin la armadura de los lentes, parecía más joven, más suave, más humano. Como si los lentes fueran no solo una corrección óptica sino una protección emocional, y sin ellos quedara expuesto a un mundo que no soportaba ver en alta definición.
—Tengo lentes de contacto —dije, buscando en mi bolso—. De repuesto. Los cargo siempre por si acaso.
Mentira. Los cargaba desde hacía exactamente tres días, desde que leí en un artículo que las personas con miopía alta deberían tener una alternativa siempre disponible y decidí que la miopía de Lisandro Sotomayor era mi responsabilidad personal.
Saqué el estuche. Se lo di.
Él miró el estuche, o intentó mirarlo, porque sin lentes probablemente veía un rectángulo borroso, lo tomó con ambas manos y lo abrió.
—Son desechables —expliqué—. Nuevos. Graduación genérica, pero te van a servir mejor que nada.
—Tengo los míos en casa.
—Tu casa está a cuarenta minutos de aquí. Estos te los pones ahorita y ves para llegar.
No discutió más. Se puso los lentes de contacto con la destreza de alguien que nunca los ha usado pero que es demasiado inteligente para fallar en el intento. Parpadeó tres veces. Cuatro. Ajustó la mirada.
Y la primera persona que enfocó con nitidez fui yo.
Sus ojos —sus ojos sin lentes, con los lentes de contacto invisibles, enormes y descubiertos por primera vez— se posaron en mi cara con una claridad que me atravesó el pecho como una flecha.
Me vio.
No a través de un cristal grueso. No con el filtro de la distorsión óptica. Me vio como se ve un paisaje cuando limpias un parabrisas sucio: todo a la vez, en alta definición, sin bordes borrosos.
Y algo pasó en su cara. Un micro-movimiento, tan rápido que Tomás y Catalina no lo notaron. Pero yo sí. Fue un parpadeo más lento que los demás, como si sus ojos quisieran quedarse un segundo más en lo que estaban viendo.
—Gracias —dijo.
En voz baja. Sin mirarme directamente. Con las orejas tan rojas que parecían farolitos.
Pero lo dijo.
El resto de la cena transcurrió entre risas de Tomás, comentarios de Catalina y un Lisandro que, por primera vez, comió en una mesa con tres personas más sin levantarse a mitad de la cena para irse. No habló mucho, "mucho" para Lisandro eran más de cinco oraciones por hora, pero escuchó. Asintió cuando Tomás dijo algo gracioso. Movió la cabeza cuando Catalina hizo una pregunta. Y en un momento, cuando yo me reí de un chiste malo de Tomás con tanta fuerza que se me salió un hipo, la comisura derecha de su labio se elevó.
No una fracción de milímetro. Dos milímetros completos.
Para él, eso era una carcajada.
De camino a casa, caminamos solos. Catalina y Tomás habían tomado el camión en la dirección opuesta, así que era Lisandro y yo bajo un cielo de estrellas que Santa Lucía solo mostraba en las noches de viento.
Caminamos en silencio durante dos cuadras. Él con los lentes ya secos puestos —se los había vuelto a poner en cuanto se enfriaron, como un soldado que se pone la armadura después del baño— y yo con las manos en los bolsillos del suéter.
En la tercera cuadra, sin detenerse, sin voltear, sacó algo de su bolsillo y me lo extendió.
El estuche de los lentes de contacto.
—Gracias —repitió. La segunda vez en una noche. Un récord absoluto—. Yo compré los míos. No necesito los tuyos.
Su voz había perdido el filo y ya no pertenecía al muro de las primeras semanas. Era la voz de alguien que no sabe aceptar ayuda porque nunca se la han dado y que devuelve los regalos porque le resulta imposible creer que alguien quiera darle algo sin pedir nada a cambio.
—Está bien —dije, tomando el estuche—. Pero los voy a seguir cargando. Por si vuelves a cocinar tus lentes.
No respondió. Pero sus hombros se relajaron un poco.
Llegamos a nuestras casas. La pared medianera. El limonero de su jardín. Mi puerta azul, su puerta café.
Me detuve en la banqueta.
—Lisandro.
Se detuvo.
—¿Tú y yo fuimos a la misma secundaria?
La pregunta salió antes de que pudiera evaluarla estratégicamente. No era el momento ideal, estábamos en la calle, de noche, después de una cena que ya había sido un paso enorme, pero la curiosidad me ganó. En la vida anterior, nunca supe que compartimos escuela secundaria. Lo descubrí por casualidad, revisando una caja de fotos viejas después de su muerte.
Lisandro giró la cabeza. Me miró. Sin lentes de contacto ni lentes de pasta, los normales seguían un poco empañados, entrecerró los ojos como si quisiera verme a través de la oscuridad.
—La Secundaria Técnica 14 —dije—. Tú estabas en el grupo B. Yo en el D. Pero no nos conocíamos.
Silencio.
Un silencio largo, denso, que pesaba como plomo.
—Sí —dijo finalmente—. Estuve ahí.
—¿Me recuerdas? De la secundaria, digo.
Otro silencio. Más largo que el anterior.
—Recuerdo a alguien —dijo.
Y no dijo más.
Entró a su casa. Cerró la puerta. La luz de su cuarto se encendió un minuto después.
Me quedé en la banqueta, con el estuche vacío de los lentes de contacto en una mano y el corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo en las puntas de los dedos.
Recuerdo a alguien.
¿A quién? ¿A mí? ¿Me recordaba de la secundaria? ¿O recordaba a la persona que, cuando él tenía trece años, lo detuvo al borde de algo terrible sin saber que lo estaba haciendo?
En la vida anterior, descubrí esa historia demasiado tarde. A los trece años, Lisandro vivió su peor crisis. La violencia de su madre, la indiferencia de su padre, el aislamiento total. Y alguien —una chica del grupo D que él nunca identificó por nombre— hizo algo pequeño, insignificante, casual, que lo detuvo justo a tiempo.
Esa chica fui yo.
Pero yo no lo sabía entonces. Y él nunca lo supo tampoco. No hasta que su psicólogo, años después, lo ayudó a reconstruir ese recuerdo como el punto de inflexión de su adolescencia.
Recuerdo a alguien.
¿Me recuerdas a mí, Lisandro? ¿Recuerdas a la chica que pasó corriendo por el pasillo aquel día y que te sonrió sin razón?
¿O recuerdas el momento en el que decidiste seguir adelante?
Entré a mi casa. Subí a mi cuarto. Me asomé por la ventana.
Su luz estaba encendida. Su silueta detrás de la cortina, inmóvil en el escritorio.
Pero esta vez, algo era diferente.
La cortina estaba ligeramente abierta. Lo suficiente para que, si alguien mirara desde la ventana de al lado, pudiera verlo sentado, leyendo, con los lentes recién lavados puestos y una taza de algo humeante en la mano.
No era una invitación. Lisandro Sotomayor no sabía hacer invitaciones.
Pero era una puerta que no estaba cerrada.
Y eso, viniendo de él, era más que suficiente.