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Sariel. Él Inicio De La Eternidad

Sariel. Él Inicio De La Eternidad

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:52
Nilai: 5
nombre de autor: victoria illescas

Sariel portador del séptimo rayo, es elegido por el dios del amor para ser su guardián en la tierra humana, mientras trata de ser el observador cósmico del creador , conocerá la fragilidad de su esencia al conocer el sentimiento que solo los mortales estaban condenados a sentir , él amor , acompaña al guerrero de amatista a encontrar su verdadera misión entre él cielo, la tierra y el infierno en ese extensa línea de la Eternidad

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capítulo 3: El despertar del corazón y el filo de la rebelión.

Capítulo 3. El Despertar del Corazón y el Filo de la Rebelión

Sariel, el observador cósmico , el que conocía los secretos de las estrellas ,comenzó a notar un cambio en su propia existencia, y la causa era Alanis.

Mientras Sariel vivía un amor silencioso, la mayoría de los ángeles se regocijaban en la luz del creador, el encontraba su paz observando a Alanis. Ella pasaba ciclos eternos en el borde de los Jardines de cristal, mirando hacia la tierra.

A Sariel no le atraía su obediencia, sino su curiosidad insaciable.

Sariel se enamoró de la forma en que el rostro de Alanis se iluminaba cuando observaba las pequeñas luchas y alegrías de la humanidad. Ella no veía a los humanos como simples creaciones inferiores, los veía como seres capaces de entender el sacrificio por amor, ese sentimiento era una tragedia que los ángeles, atrapados en su perfección, no podían comprender. Sariel, era el más analítico de los ángeles, y lentamente comenzó a experimentar una emoción que no estaba escrita en los códices celestiales, poco a poco y sin darse cuenta el deseo de proteger esa chispa de humanidad en ella, y el anhelo de ser el objeto de su mirada.

Una tarde en la terraza de los suspiros, Alanis intentaba aprender de Uriel , la lectura de las constelaciones que Sariel había plasmado en el techo de la biblioteca que ahora Uriel custodiaba, pero su mente divagaba hacia los dos arcángeles que estaban cerca de ella.

Miguel estaba de pie cerca de ellas, con la mano apoyada en el pomo de su espada, observando el horizonte del jardín como si esperara una invasión que no existía. Cuando Alanis tropezó ligeramente con una piedra de luna, la reacción de Miguel fue instantánea y eficiente.

-Cuidado , Alanis , dijo él, sujetándola del brazo con una fuerza firme, casi autoritaria

- El suelo aquí es irregular. Debes caminar con más atención si pretendes moverte por los niveles superiores. Dijo Miguel.

Miguel no la soltó de inmediato. La miró con una intensidad protectora que se sentía como un escudo de acero. Para él, Alanis era una responsabilidad sagrada, un tesoro que debía ser resguardado bajo llave. Su amor hacia ella era una vigilancia constante, una estructura donde ella estaba a salvo, pero siempre bajo su mando.

-Gracias, Miguel , susurró ella, intimidada por la severidad de su cuidado.

Desde el otro lado, Sariel, que estaba sentado junto a su gemelo Zadquiel, no se levantó de un salto. Él simplemente extendió su mano y, con un leve movimiento de sus dedos, hizo que las piedras de luna del camino se suavizaran y se hundieran ligeramente en la tierra para que ella no volviera a tropezar.

Sariel la miró a los ojos y, sin decir una palabra, Alanis sintió que él entendía su distracción. Él no le dio una orden de caminar con más atención, Sariel comprendió que ella estaba soñando despierta y ajustó el mundo para que su sueño no fuera peligroso.

-No es el suelo lo que te hace tropezar, Alanis , dijo Sariel con una voz suave, casi un susurro que solo ella captó

-Es que tu mente está volando más alto que tus pies. Está bien, yo vigilaré el camino por ti mientras tú miras las estrellas. Dijo Sariel con un ligero rubor en su rostro

Alanis sonrió tímidamente y después apresuró el paso para darle alcance a Uriel y Miguel que ya estaban por cruzar a la siguiente sala

Luzbel, que observaba la escena mientras pulía un espejo de obsidiana, soltó una risa melodiosa pero cargada de intención.

-¿Lo han visto ? dijo Luzbel, mirando a Gabriel y Rafael

-Miguel quiere construirle una jaula de cristal a Alanis para que no se raye la piel, mientras que Sariel quiere convertirse en el aire que ella respira ,para que nunca le falte el aliento. Uno la cuida como a una propiedad, el otro como a un milagro.

Zadquiel suspiró, sintiendo la vibración melancólica que emanaba de su gemelo.

-¿Ambos la aman? Dijo burlonamente Luzbel para sembrar el caos entre los demás arcángeles

Zadquiel intervino tratando de mantener la paz

- Si , Luzbel, lo hacen , pero Miguel ama su deber de protegerla, y Sariel ama la esencia de lo que ella es.

Gabriel frunció el ceño, sintiendo que la armonía de su música se alteraba.

-Este desequilibrio traerá problemas , advirtió Gabriel mientras miraba cómo Alanis sonreía junto a Uriel desde la otra habitación

Rafael simplemente negó con la cabeza

- El problema es que ella confunde la fuerza de Miguel con seguridad, y la dulzura de Sariel con una amistad eterna. No ve que el fuego que más quema es el que arde en silencio, dijo Rafael mientras sanaba una hoja marchita

En ese momento, Alanis llamó desde la otra habitación a sus demás guías

A Alanis le atraía la seguridad inquebrantable de Miguel, esa sensación de que nada en la creación podría lastimarla mientras él estuviera cerca. No sé había dado cuenta de que el alma de Sariel era el único lugar donde se sentía verdaderamente vista, no como una protegida, sino como una igual.

Antes de que las flotas estelares fueran siquiera una opción en el horizonte de Sariel , él buscó la fuerza de Miguel. Necesitaba hablar con él, contarle sobre lo que estaba sintiendo en su pecho al estar cerca de Alanis

En ese entonces el primer círculo no era aún una celda de castigo, sino un lugar de retiro donde ahora se encontraba Miguel después de que el creador lo nombrara su comandante

Ese día, Miguel meditaba sobre las estrategias del cielo , cuando Sariel llegó allí con el paso vacilante, cargando un peso que no era de metal ni de guerra.

- Miguel, necesito hablar contigo, dijo Sariel, buscando la mirada de su hermano mayor

Miguel lo recibió, inmediatamente vió la mirada confundida de Sariel

- Siento un ardor en el pecho que no se apaga con la oración ni con el deber. Es por Alanis. Dijo Sariel, la forma en que ella custodia él flujo en el reloj de arena, su entrega total al tiempo… me ha cautivado de una manera que no puedo explicar.

Miguel escuchó con atención, otorgándole a Sariel el espacio para desahogarse.

En aquel entonces, para el General, Alanis era simplemente una pieza fundamental en el engranaje de la ciudad de plata.

Una vez Sariel se marchó. Miguel se quedó pensando en la situación por la que estaba pasando su pequeño hermano, pasaron unos cuantos días y Miguel intrigado por la intensidad de Sariel, en secreto comenzó a observarla.

Desde lejos, oculto tras las columnas de la ciudad de plata, Miguel empezó a estudiar a la guardiana. Al principio, lo hacía con la curiosidad de quien intenta descifrar un enigma ajeno. Quería entender qué había visto Sariel en ella que lo perturbaba tanto.

Sin embargo, el destino le tendió una trampa.

Al observar la paciencia infinita de Alanis, la delicadeza con la que cuidaba cada segundo que caía en el cristal y esa soledad digna que la rodeaba, Miguel sintió que algo se quebraba dentro de él. Lo que comenzó como una vigilancia por lealtad a Sariel se convirtió en una necesidad propia. Se descubrió a sí mismo buscando el brillo de su cabello bajo la luz del mediodía y admirando la fortaleza de su espíritu.

Sariel volvía a menudo a los campos de entrenamiento del primer círculo para hablar de ella, buscando el consejo de Miguel, sin sospechar que cada palabra sobre la belleza de Alanis era una estocada en el alma de Miguel

- ¿Crees que ella alguna vez miraría a alguien como yo? Preguntaba Sariel con esperanza.

Miguel asentía mecánicamente, mientras por dentro la lucha era feroz. Se sentía un traidor. Alanis le había robado el corazón a él también, y ahora se encontraba en una encrucijada imposible, en sus adentros se preguntaba si , ¿debía confesarle a Sariel que sentía lo mismo, que él sentía por Alanis, arriesgándose a destruir su amistad, o debía acercarse a Alanis y reclamar lo que su alma gritaba, a pesar de la confianza que Sariel había depositado en él?, Miguel no sabía que hacer

La ciudad de plata nunca le pareció tan fría como en ese momento, atrapado entre la lealtad a un hermano y el amor por la mujer que ambos, en silencio, adoraban.

Pasaba el tiempo y el conflicto crecía en el pecho de Miguel como una tormenta contenida tras una muralla de cristal. Cada vez que Sariel se acercaba para hablar de sus esperanzas, Miguel sentía que su propia armadura le pesaba más de lo habitual.

Una tarde, mientras los dos ángeles caminaban por el borde de los Jardines de Cristal, Sariel se detuvo frente a un estanque de agua plateada.

- A veces pienso , susurró Sariel, rompiendo la calma

- que Alanis es como el tiempo mismo, presente para todos, pero inalcanzable para cualquiera. He pensado en llevarle una esencia de los nardos celestiales, algo que rompa la monotonía de su guardia. ¿Crees que sea demasiado, ese obsequio ?. Preguntó Sariel

Miguel apretó la empuñadura de su espada, no por ira, sino por la angustia de compartir el mismo deseo. Él también había imaginado acercarse al reloj de arena, no para consultar las eras, sino para ver de cerca el reflejo de las estrellas en los ojos de ella.

- Ella valora el silencio y la constancia, Sariel , respondió Miguel, con la voz más firme que pudo fingir

- Quizás un gesto sencillo sea más poderoso que uno grandioso.

Sariel solo sonrió, agradecido por el consejo del que consideraba su mejor amigo y mentor. Pero en cuanto se marchó, la máscara de Miguel se desmoronó.

Miguel se dirigió hacia el mirador más alto de la ciudad de plata, aquel desde donde se podía divisar, aunque fuera como una pequeña chispa, la cámara donde Alanis custodiaba el flujo de la eternidad.

- ¿Cómo he llegado a esto?, se preguntó Miguel, sintiendo una vulnerabilidad que ni el más fiero de los demonios le había provocado jamás. Soy el General de las huestes, el equilibrio de la justicia… y aquí estoy, envidiando cada palabra de afecto que Sariel pronuncia, dijo para si mismo Miguel

La dualidad lo estaba desgarrando

Por un lado, estaba la lealtad inquebrantable hacia Sariel, quien le había abierto su alma con una honestidad desarmarte. Por otro, la atracción magnética hacia Alanis, una fuerza que parecía dictada por el mismo destino que él juró proteger.

Miguel sabía que el equilibrio no duraría mucho. pues el Séptimo Rayo ya mostraba signos de inestabilidad por el secreto que Sariel no había podido confesar a zadquiel y las tensiones en el consejo aumentaban. Sabía que pronto, las responsabilidades de la guerra y el orden le exigirían su atención total, pero su corazón estaba anclado en esa torre, junto a la guardiana del tiempo

Miguel sin darse cuenta ya se encontraba en una encrucijada, donde no había estrategia militar que valiera.

Pensaba hablar con Sariel, tenía que ser honesto y decirle que él también la amaba, arriesgándose a fracturar su hermandad, justo en ese momento en que las sombras comenzaban a acechar por un enemigo desconocido

Una y otra vez Miguel se preguntaba que debía hacer, si confesarse a Alanis. Buscarla en su soledad y revelar lo que sentía

Necesitaba saber si el corazón de ella correspondía a uno de ellos o a ambos, o a ninguno.

Miguel atormentado se cuestionaba si guardar silencio, o seguir siendo el confidente de Sariel, mientras su propio corazón se marchitaba en secreto.

Miró una última vez hacia el horizonte antes de que la luz de la ciudad se atenuara. El destino de la ciudad de plata pendía de un hilo, y ahora, el corazón de su más grande defensor también

Lo que Miguel no sabía era que Alanis ya había notado su presencia , pues ella también lo observaba desde la lejanía …. Continuará

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